A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Pepe Velo, el maestro republicano que secuestró un transatlántico para hundir el franquismo

por Henrique Mariño

Pepe Velo Santa Maria Liberdade

El gallego no protesta, emigra. Pepe Velo, sin embargo, protestó y por eso se vio forzado a la emigración, que en realidad era destierro. Allí, fondeado en el desarraigo, había un exilio de ultramar convencido de que le correspondía a ellos, como expatriados forzosos, liberar a España. Él también lo creía así, por lo que ideó un utópico plan para quitarle el yugo a los súbditos de Franco y Salazar: secuestraría un trasatlántico en el Caribe, tomaría rumbo a África, sublevaría Guinea Ecuatorial y Angola, y propagaría la revolución de las colonias a la península Ibérica. El barco elegido tenía capacidad para 1.500 personas y se llamaba Santa María, aunque los insurrectos pronto lo rebautizaron como Santa Liberdade.

Xosé Velo Mosquera (Celanova, 1916) se quedó con apenas diez años huérfano de padre, Lino Velo, que había sido el alcalde de su pueblo. Allí fundó, junto a Celso Emilio Ferreiro, las Mocedades Galeguistas, de las que llegó a ser secretario general. “En nosotros predominaba ese caudal de entusiasmo que nos llevaba a no renunciar de ninguna manera a la lucha por la recuperación del país”, afirma el economista Xaime Illa Couto en el documental Pepe Velo, verbas como lóstregos, dirigido por Xan Leira. El Partido Galeguista, paraguas de aquellas Mocedades, cobijaba un espectro de políticos nacionalistas que iban desde una derecha wagneriana hasta una izquierda independentista. Tras la sublevación de 1936, fueron pasados por las armas o buscaron refugio en el extranjero, donde crearon organizaciones afines. Quienes resistieron en su tierra, exploraron la vía cultural, que contrastaba con la estrategia de algunos exiliados.

Con el paso de los años, Velo, que había estudiado Filosofía y Letras y dos cursos de Medicina, consideró que sus paisanos en Suramérica se habían anquilosado. Frente a un antifranquismo adormilado, propugnaba la acción directa desde Caracas, adonde había llegado en 1948. Su huida de España parece un ensayo de lo que sería su gran odisea: el ourensano es detenido y encarcelado tres días después del golpe de Estado; lucha obligado en las filas rebeldes de la División Acorazada Brunete; es condenado por desertar a un batallón de castigo en Guinea Ecuatorial; al término de la guerra civil abre una academia de enseñanza en Celanova y luego, otra en Vigo; vuelve a ser detenido por ejercer de enlace con el antifranquismo en el exterior; ingresa de nuevo en prisión y es torturado; se fuga aprovechando la libertad condicional; permanece oculto más de un año en la aldea de Moreira, cerca de su pueblo; y atraviesa la frontera, donde lo arresta la temida policía política portuguesa (PIDE).

Corre entonces el riesgo de ser expulsado, pero su causa se internacionaliza gracias a la ayuda de Humanitarian Service, una organización mormona que presta socorro a los refugiados, sostiene José Ramón Campos Álvarez en la tesis La emigración gallega a Venezuela (Complutense). Rómulo Gallegos, presidente venezolano y simpatizante republicano, se interesa por su caso y, gracias a él, logra hacerse con un pasaporte de emergencia expedido por el Consulado de Venezuela en Lisboa. Válido para un sólo viaje, finalmente embarca rumbo a Caracas.

En el documento figura que “no es venezolano”, que está casado (había contraído matrimonio a los diecinueve años con Jovita Pérez González, con quien tuvo tres hijos: Lino, Manuela y Víctor), que ejerce de profesor, que profesa la religión católica, que mide 1,76 metros, que su cabello y sus ojos son negros, y que su filiación política es “republicana galleguista”. La mejor definición de su ideología, si bien la prensa franquista se encargaría de tachar a los secuestradores de comunistas. “Era un tipo libre e indomable. Aunque no era anarquista, su espíritu era libertario”, asegura a Público el editor Paco Macías, que tiene previsto publicar ¡Morra España!, ¡Viva Hespaña!, su testamento ideológico. Ahí se ve reflejado no sólo que era una persona de izquierdas, siglas al margen, sino también un iberista.

Pepe Velo, con bigote, en el Congreso de la Emigración Gallega de Buenos Aires de 1956. / FOTO-CINE E. GONZÁLEZ

Una vez en la capital venezolana, siguió ejerciendo de profesor en el Orto, un colegio progre con predicación entre los republicanos, y en la Escuela de Administración del Ejército. También presidió el Lar Gallego, fundado por veintiocho exiliados antifranquistas, en su mayoría progresistas, sin relación alguna con la legación diplomática española. Ésta la consideraba una asociación “peligrosa dominada por los comunistas”, como recoge el libro El asociacionismo en la emigración española a América (Uned), de Juan Andrés Blanco Rodríguez. Eran unos apestados para la Embajada, que no toleraba que la sede estuviese presidida por una bandera gallega y otra republicana, que le hubiesen prohibido la entrada al embajador y que la peña de ajedrez se llamase Alexandre Bóveda, el motor del Partido Galeguista, fusilado en 1936.

Además de prestar servicios médicos y odontológicos a los emigrantes gallegos que vivían en precario, organizaban conferencias y actividades culturales. El ajedrecista argentino Miguel Najdorf, por ejemplo, visitó sus salones. Era un fenómeno que batía los récords que él mismo iba estableciendo: llegó a jugar 250 partidas simultáneas y 45 simultáneas a ciegas, o sea, sin ver el tablero y memorizando los movimientos. Los rivales, exhaustos, tenían que ser relevados, hasta casi duplicar su número al final del desafío. Su memoria era prodigiosa: en una ocasión, una persona le comentó que había jugado contra él en una exhibición, pero el gran maestro internacional era incapaz de recordarlo. Cuando le dijo cuál era el tablero, Najdorf no sólo evocó el juego sino el momento exacto del jaque mate. Otro visitante ilustre del Lar fue un bisoño Bobby Fischer, campeón mundial de ajedrez entre 1972 y 1975. El escritor y galleguista conservador Ramón Otero Pedrayo, sin embargo, rechazó la invitación durante una visita a la ciudad, pues temía ser represaliado cuando volviese a España. Una negativa que decepcionó a Velo, mosqueado con Camilo José Cela, quien tampoco se dignó a intervenir en el hogar gallego.

El futuro premio Nobel había publicado La Catira por encargo del dictador Marcos Pérez Jiménez, detractor del Lar. La novela satirizaba la novela Doña Bárbara, escrita por Rómulo Gallegos, quien apenas ejerció unos meses el cargo de presidente de Venezuela debido al golpe de 1948. Gallegos había inaugurado las instalaciones. En su discurso, recordaba sus días de autoexilio durante la Segunda República en Bueu, adonde había llegado por recomendación de su amigo Mezquita, pareja de la pintora Maruja Mallo. Velo, que había conocido en Galicia al presidente, no dudó en poner a caldo La familia de Pascual Duarte durante la emisión de un programa radiofónico, lo que enfureció a Cela, que se mofó de su pronunciada nariz. También destacaba en la fisonomía del maestro de Celanova un fino bigote, una calva contenida y una delgadez extrema digna del osario mejor surtido.

Pepe Velo fue un “extraordinario orador” con un “encanto carismático que cautivaba a quienes lo escuchaban”.

No temía a los dictadores propios ni ajenos. En Pepe Velo (Xerais), Antonio Piñeiro rememora el discurso que pronunció en 1956 para conmemorar el Estatuto de Autonomía de Galicia, que no llegó a entrar en vigor debido al estallido de la guerra civil: “La libertad sólo es posible en la democracia, y es por eso que nosotros somos partidarios decididos de la democracia. Pero en España, además, la democracia sólo es viable dentro del sistema republicano, y es por eso que nosotros somos partidarios incondicionales de la República”. Otros socios, en cambio, sucumbieron ante las presiones de la dictadura española, que azuzaba a su vez al Gobierno venezolano. Cuando sus entonces mil miembros fueron advertidos de que podrían tener problemas si viajaban a España, casi dos tercios decidieron darse de baja.

Velo intentó un acercamiento con el Centro Gallego, que sí llegó a visitar Otero Pedrayo. Para ello, formó parte de la “comisión por la unidad gallega”, que perseguía la fusión de ambas entidades. “Tú y yo, hermano gallego, somos ante todo gallegos, y no hay ningún motivo para que no nos entendamos”, escribió en un boletín del Lar. El proyecto conjunto sufriría una escisión, la Casa de Galicia, y no sería hasta la caída de la dictadura de Pérez Jiménez cuando se lograría la fusión de los tres centros bajo el nombre de la Hermandad Gallega de Venezuela. Sin un dictador al frente del país, las presiones de Franco no surtían tanto efecto. “Antes de nada, mi padre fue un galleguista”, explica a Público Víctor Velo, hijo de Pepe y uno de los secuestradores del Santa María. “Él habló siempre gallego, mientras que otros paisanos sentían vergüenza, porque su idioma estaba considerado de quinta categoría”.

Cuando lo hacía en público, epataba al respetable. Francisco Comesaña, militante del PCE y exiliado en México, alude en Verbas como lóstregos a su gran capacidad oratoria, que plasmó durante el Primer Congreso de la Emigración Gallega de Buenos Aires en 1956, al que asistieron delegados de las colectividades galaicas esparcidas por América, de Chile a Estados Unidos, pasando por Uruguay, Brasil, Venezuela, Cuba y México. Velo, que abrazó con fuerza a Comesaña y le dio las gracias por haberle dejado “calentita” la celda de la cárcel de Vigo, dejó boquiabiertos a los asistentes con su palabra “rica y florida”. Así la define en el citado documental Xoán Martínez Castro, representante de Uruguay, quien no se olvida de que “hablaba un gallego que llegaba a lo más recóndito de nuestro pecho, sin guion y con una naturalidad que nos dejaba pasmados”. Velo citaba a Rosalía, estimulaba el lagrimeo, abarrotaba los mítines. “Impactó a todos en aquel congreso”, afirma el escritor Xosé Neira Vilas, entonces secretario general de las Mocedades Galeguistas en la capital argentina. “Era un hombre de una ideología de izquierdas, pero planteaba las cosas de manera que eran incuestionables e incontrastables”, sostiene el autor de Memorias dun neno labrego.

Celso Emilio, en su libro A taberna do galo, clava a Velo: “Alto, flaco, de larga nariz, fue un orador nato de la escuela de Basilio Álvarez. Hablaba con voz tronante poniendo los brazos abiertos coma un Cristo campesino. Sus palabras, que le brotaban de un manantial profundo, era convincentes, llenas de sentido popular. Era un gran poeta, si de escasa obra, de abundantes desventuranzas”. Su primera poesía, Alciprés, la había publicado en la revista Nós a los diecinueve años, uno antes de fundar Cartafol de poesía junto al autor de Longa noite de pedra. Elixio Rodríguez, su “hermano” en las Mocedades Galeguistas y compañero de mítines en las ferias de la comarca que lo vio nacer, lo recuerda como un “nacionalista a ultranza, activo e inteligente”. No obstante, como recoge Lois Pérez Leira en el libro Protagonistas de una epopeya colectiva, sobre todo era un “extraordinario orador” con un “encanto carismático que cautivaba a quienes lo escuchaban”.

Con la palabra, pretendía mantener unidos a sus compatriotas y les recordaba que no podían olvidar el motivo que les había llevado a ser expulsados de su tierra. Velo consideraba que la actividad de los partidos e instituciones en el exilio era insuficiente. “Creía que no se podía pactar con Franco, sino que era necesario tumbarlo”, afirma Macías, responsable de Edicións Positivas. De alguna manera, los opositores se habían burocratizado, por lo que estimó que era necesaria la acción directa frente al quietismo imperante. Lo intentó con el aviador republicano Alberto Bayo, si bien las relaciones no prosperaron. Exiliado en Cuba, ejercía como instructor de la guerrilla castrista e, influido por el Che Guevara, pensaba que una insurrección popular podía derrotar a un ejército. Para ello, fundó en La Habana la Unión de Combatientes Españoles (UCE) en julio de 1959, pidiendo a todos los opositores “unidad y acción”, pero su llamada apenas tuvo eco.

La Unión de Combatientes Españoles Antifranquistas Nacionalistas Gallegos (Ceanga), fundada por Velo e integrada en la UCE, sería el germen del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL), un pacto antifascista sellado ese mismo año contra las dictaduras de Franco y Salazar que también contó entre sus impulsores con los militares portugueses Humberto Delgado y Henrique Galvao. Ambos habían sido salazaristas, aunque terminaron pasándose a la oposición. Delgado, el General sin miedo, llegó a presentarse a las elecciones y, tras ser derrotado, denunció un pucherazo y fue amenazado de muerte. Tras huir del país, se autoproclamó presidente del Portugal en el exilio. Galvao era un convencido colonialista que, cuando consideró que Salazar no premiaba sus servicios en Angola, se cambió de bando y denunció la explotación de la población local. Como Delgado, fue expulsado del Ejército, dirigió su campaña presidencial y, tras el fraude electoral, se refugió en Argentina y luego en Venezuela.

“Galvao era un señor mayor, más salazarista que antifascista”, explica a Público el investigador Xurxo Martiz Crespo. “Fue un luchador que se había escapado de la cárcel, mas también un dandi que iba dando tumbos por ahí. Galvao prometía, pero no arrancaba”, asegura Martiz, que sacó a la luz 24 homens e mais nada. A captura do Santa María (Abrente), escrito por el gallego José Fernández Vázquez, el tercer cerebro del secuestro del barco. Exmilitante del PCE y comandante de la Marina republicana durante la guerra, su apodo era Sotomayor, mientras que Velo recibió el alias de Junqueira de Ambía. Éste y Delgado ejercían de secretarios generales del DRIL y Fernández, de jefe del aparato militar. En 1960 comenzaron a explotar bombas en España, reivindicadas en rueda de prensa por el capitán portugués, aunque el secuestro que los capultaría a las portadas de la prensa internacional todavía se estaba gestando.

El paquebote Santa María tenía capacidad para 1.500 personas, entre pasajeros y tripulación.

El asalto al cuartel Moncada, como preludio del derrocamiento del dictador Batista y la ascensión al poder de Fidel Castro en Cuba, animó al Directorio Revolucionario a trazar una acción propagandística de envergadura. “Todo sucede en un año clave, cuando el PCE ha renunciado a la lucha armada y los libertarios la han ido marginando progresivamente; los viejos maquis se han quedado aislados; los sindicatos se han anquilosado en el exilio; y el anarquista Quicó Sabaté, un referente para los más jóvenes, hace un año que ha muerto”, explica a Público Xavier Montanyà, autor del libro Santa Maria. Pirates de la llibertat. “Los hijos del exilio, ya universitarios, perciben que el mundo está cambiando y que África camina hacia la independencia, de ahí que vean con buenos ojos el resurgir de la acción antifranquista”.

El propósito, pues, es atraer la atención de los países democráticos sobre las dictaduras de España y Portugal, por lo que Velo plantea el secuestro de un trasatlántico que cubra la ruta entre Suramérica y la península Ibérica. “Sotomayor baraja que sea un navío de guerra, si bien mi padre le advierte de que eso es absolutamente inviable”, explica Víctor Velo. En España hay pena de muerte, pero en el país vecino no, por lo que se decide que en el barco ondee la bandera lusa.

Es lo que sostiene Sotomayor en su libro Yo robé el Santa María, mientras que algunos historiadores aluden a las características del transatlántico elegido para justificar su elección. Un paquebote de la Companhia Colonial de Navegaçao construido en los astilleros belgas John Cockerill con un desplazamiento de 20.000 toneladas, una potencia de 20.000 caballos y una velocidad de veinte nudos. Valorado en dieciséis millones de dólares, era uno de los buques más veloces, más lujosos y mejor equipados que realizaban esa travesía. Y, lo más importante, tenía una autonomía de veinte días, con un consumo diario de 140 toneladas de fuel y 200 de agua. Suficiente para arribar a las colonias africanas e iniciar la revolución.

Los militares portugueses Humberto Delgado y Henrique Galvao. / ARCHIVO MÁRIO SOARES

La nave cubría la ruta Vigo-Lisboa-Madeira-Tenerife-La Guaira-Curazao-San Juan de Puerto Rico-Miami, por lo que el plan inicial pasaba por embarcar el 20 de enero de 1961 durante la escala en el puerto venezolano de La Guaira. Si bien los secuestradores tenían un grave problema: no había dinero para armas ni para los pasajes, pues no contaban con la bendición de los partidos comunistas ni, por extensión, de Moscú. Tuvieron que hacer un fondo común, aunque buena parte del presupuesto procedió de los ahorros de Sotomayor, según Federico Fernández Ackerman, su hijo y también miembro del comando, compuesto por veinticuatro hombres. Aun así, ocho o diez tendrían que acceder de forma clandestina. “Galvao se movió bien poco, al contrario que Velo y Sotomayor”, asegura Martiz. El capitán portugués, además, no podía ser visto en Venezuela para no levantar sospechas, porque era muy conocido, por lo que tuvo que embarcar en la isla de Curaçao un día después de que la mayoría lo hubiese hecho en La Guaira, no sin inconvenientes.

Velo, por ejemplo, no tenía pasaporte y tuvo que subir al barco de incógnito. Martiz cree que lo hizo con un salvoconducto de visita para despedirse de su hijo mayor, Lino, que había embarcado con billete. Una vez dentro de la nave, Lino descendió y él se quedó con su pasaporte, al que le había pegado su foto. La otra posibilidad es que simplemente embarcase para acompañar en los últimos minutos a su hijo pequeño, Víctor, y luego se escondiese en el camarote de un miembro del DRIL. Además de la falta de billetes, que costaban una fortuna, tampoco habían reunido armas suficientes, algunas de las cuales habían sido un regalo. Esperaban encontrarlas en el armero del navío, mas esa posibilidad hizo aguas. “Dos miembros portugueses que habían viajado previamente en el Santa María le dijeron a Galvao que dentro había armas automáticas, pero las escopetas eran de aire comprimido”, explica Víctor Velo desde Sao Paulo, donde vive actualmente.

Si no había sido fácil establecer el inicio de la Operación Dulcinea, que Velo quiso llamar Operación Compostela, según Piñeiro, las discusiones sobre la fecha de la toma del puente se sucedían, hasta el punto de que cuando embarcaron el gallego y el luso ya no se dirigían la palabra. “Sotomayor ejercía de intermediario”, explica Martiz, quien razona que la falta de entendimiento estaba relacionada con el carácter de ambos: “Pepe Velo era un iluminado y Henrique Galvao, un pasota”. Horas después de subir el capitán portugués, aprovecharon la caída de noche para comenzar la toma de la sala de máquinas, la estación de radio y el puente de mando, mientras que cuatro guerrilleros sin armas se dedicaban a tareas de vigilancia.

Todo transcurrió sin problemas, excepto en el puente de mando. Víctor Velo recuerda que entraron por babor y estribor. Uno de los comandos pegó un tiro y a un miembro del grupo que estaba enfrente le bailó un dedo y se le escaparon varios disparos, relata el hijo de Junqueira de Ambía, que tenía sólo dieciséis años. “Yo, que había subido con Sotomayor, Porriño y Basilio Losada, llegué a ser acusado por los compañeros portugueses de ser el autor del disparo. Creían que al ser menor de edad podría acarrear menos problemas”, rememora Víctor. Sabe quién disparó, sin embargo guarda el secreto de su nombre. Las luces, hasta entonces apagadas, se encendieron. La acción había sido planificada para que fuese incruenta, pues el objetivo no era causar bajas, pero en el suelo, sobre un charco de sangre, había tendidos tres hombres. Uno estaba muerto.

Instrucciones para secuestrar un transatlántico e instaurar la Tercera República

santa liberdade

Su silueta espigada, rayana en los huesos, se desplaza por la cubierta como una figura de Giacometti. Entre el pasaje cunde el nerviosismo, que se atenúa cuando se sirve el desayuno, como si nada hubiese sucedido durante la madrugada. Sin embargo, los pasajeros han escuchado un tiroteo, en el que un oficial portugués ha caído muerto y otros dos miembros de la tripulación han resultado heridos. Afeitado su pintoresco bigote para la ocasión, aquel locuaz esqueleto se dirige a los presentes: el Santa María, a partir de ese momento, pasa a llamarse Santa Liberdade. En tierra nadie sabe que Pepe Velo, un maestro republicano de Celanova, ha secuestrado un transatlántico con más de seiscientos pasajeros y 350 tripulantes a bordo. Las transmisiones por radio han sido cortadas, pues el objetivo de los guerrilleros es dirigirse hacia las colonias africanas de España y Portugal para provocar una sublevación y, después, trasladar la revolución a las metrópolis.

El ourensano charla con los pasajeros, discute sobre temas políticos, intenta imbuirlos de su ideología. “Era un buen escritor, pero también un gran orador”, recuerda a Público su hijo Víctor Velo, que participó en el secuestro con sólo dieciséis años. “Encantaba a la gente, en el buen sentido del término. Porque no era un encantador de serpientes, sino alguien que tenía convicciones políticas y las defendía con la palabra, no con las armas”. Algunos pasajeros simpatizan con los secuestradores. Luis Noya, que había sido alumno de Pepe Velo, se une a la causa y filma con una cámara Súper 8 la evolución de la travesía. Los marineros de la sala de máquinas, la mayoría caboverdianos, los saludan con un “al fin es día de fiesta”, señala el revolucionario Camilo Mortagua Taváres en una entrevista al Jornal de Estarreja.

“Procuramos que se llevase una vida lo más normal posible, por lo que se mantuvieron las comidas y las fiestas. Había que tratar de disminuir el impacto en la gente, que estaba preocupada”, rememora Víctor. “Además, intentamos crear una especie de socialismo dentro del barco y, entre otras cosas, se permitió la movilidad del pasaje de tercera”. La gente chapoteaba en la piscina e incluso compartía juegos con los comandos. El cura daba misa y un insurgente portugués cantaba fados al son de la orquesta. Arriba, parecía que nada había cambiado, aunque en las bodegas se larvaba una resistencia soterrada.

Pasajeros del barco, en la cubierta del Santa María, donde la vida transcurría con normalidad durante el secuestro.

El capitán, Mário Simões da Maia, que al principio había mostrado una tenaz oposición y ordenado apagar los motores, les avanza a los viajeros que en los próximos días llegarán a puerto. Ha acatado a la fuerza las órdenes del DRIL, cuyo primer comunicado es leído al pasaje en portugués, español, inglés y, obviamente, en gallego, que para eso Velo había hecho una revolución. Parte de los viajeros eran de Galicia, al igual que los asaltantes. Sotomayor, teniente de navío y al timón del barco, procedía de A Pobra do Caramiñal. Basilio Losada era un pulidor de muebles de Escairón, la capital de O Saviñao, un municipio lucense de tradición socialista. Ferro remite a Monforte y Porriño fue el apodo que recibió Manuel Pérez por haber nacido en la capital del granito. “Velo es el que le da la impronta galleguista al secuestro, empezando por las arengas”, señala a Público la cineasta Margarita Ledo, autora del documental Santa Liberdade. La gallegada se completa con el objetivo a batir, un señor bajito de Ferrol con voz atiplada que dos años después de comenzar la guerra dictó que la ciudad pasaba a ser del Caudillo.

El éxito de la operación dependía del silencio y la invisibilidad. Si otro barco se percataba de su presencia, podían saltar las alarmas. Con la radio apagada, el transatlántico navegaba en zigzag para evitar ser localizado por los radares. “Sotomayor aplica técnicas guerrilleras y efectúa movimientos insólitos teniendo en cuenta que la persecución se lleva a cabo mediante el empleo de tácticas militares al uso”, explica a Público Xavier Montanyà. Esa forma de desplazarse pudo ser una idea suya, porque era el único con experiencia en el mar, o del propio capitán del paquebote. Aunque luego se verá cómo Maia trató de sabotear el secuestro malgastando agua y combustible a espaldas del DRIL, cuyos miembros ya habían desplegado sus siglas en el puente de mando. Nadie sabe qué habría pasado a partir de aquí si los revolucionarios no hubieran decidido desembarcar en Santa Lucía al oficial herido grave en el tiroteo y a un pasajero enfermo. Sotomayor lo había descartado, pues la isla era una colonia británica y la escala desbarataría la operación al descubrirse sus planes. Sin embargo, deciden que unos marineros los lleven en un bote hasta Castries. “Saben que van a ser descubiertos, pero toman esa decisión porque quieren separar la acción política de lo que podría ser un acto terrorista”, aclara Montanyà, autor del libro Santa Maria. Pirates de la llibertat. Una vez en tierra, los ocupantes de la chalupa cuentan lo sucedido y comienza la persecución.

El destructor británico Rothesay, que zarpó de la isla de Santa Lucía a la caza del Santa Liberdade.

El destructor británico Rothesay zarpa del puerto santalucense y Salazar solicita ayuda a Gran Bretaña y Estados Unidos, aduciendo que el capitán Henrique Galvao comete un acto de piratería. A John F. Kennedy, que acaba de jurar el cargo de presidente, le pilla todo por sorpresa. “Tres días después de llegar a la Casa Blanca, se encuentra el dosier del Santa María sobre la mesa y encarga a sus asesores jurídicos un informe, que llega una semana más tarde y concluye que es una acción política legítima”, afirma Montanyà, quien considera un gran logro que ambas potencias lo percibiesen como un acto insurgente. “Encarna lo que para mucha gente no dejaba de ser un sueño absurdo: continuar la lucha. Y lo hacen a lo grande, porque secuestran un transatlántico”. Al tiempo, Kennedy cursaba un máster exprés en relaciones internacionales.

Si bien el Rothesay tiene que regresar a puerto porque se queda sin combustible tras una maniobra de despiste del Santa María, la fragata holandesa Vam Astel y los destructores estadounidenses Wilson y Damato se suman a la persecución, asistidos por vuelos de reconocimiento. Además de 239 españoles y 179 portugueses, en el paquebote viajan 87 venezolanos, 44 holandeses, 35 estadounidenses, cuatro cubanos, un brasileño, un panameño y un italiano. La prensa española, sin embargo, tratará la acción como el secuestro de un barco portugués a manos de piratas de la misma nacionalidad. Pero los responsables se han cuidado de no dejar cabos sueltos y, para no incurrir en un acto de piratería, hacen un inventario de la caja fuerte en presencia del capitán, de modo que no hay botín. Humberto Delgado asume la responsabilidad moral del secuestro desde Río de Janeiro e insiste en que el móvil es político. Kennedy, consciente de ello, deja claro que sus navíos no van a abordar el Santa María, sino a escoltarlo. “La flota americana cuidaba, entre comillas, de nosotros”, ironiza Víctor Velo en el documental Santa Liberdade. Holanda retira el suyo y Gran Bretaña hace lo propio presionado por la bancada laborista, que critica el apoyo a la dictadura de Salazar del primer ministro conservador, Harold MacMillan.

El presidente de Estados Unidos comparece ante la prensa el 25 de enero para anunciar que un avión lo ha localizado, tres días después de su paso por Santa Lucía, a seiscientas millas al norte del río Amazonas. Creían que se dirigía a Cuba cuando en realidad su destino era África, como le transmiten desde el barco al piloto, quien les ordena a su vez que se dirijan a Puerto Rico. Galvao se niega a cumplir la orden del responsable de la Sexta Flota de los Estados Unidos, el almirante Robert Dennison, que sería tiempo después el encargado del bloqueo de Cuba durante la guerra de los misiles. Desde entonces, la sombra de un avión se recostará cada día en la cubierta del transatlántico.

El diario falangista 'Voluntad', editado en Gijón, informa de que Galvao puede ser colgado del palo mayor por piratería.

Mientras la Casa Blanca es prudente, la prensa franquista desvía la atención hacia la causa portuguesa y silencia la presencia de españoles entre los revolucionarios, así como la autoría y los motivos del secuestro, centrándose en la evolución de los hechos. El Arriba, cuya primera noticia fue impresa no en las páginas de nacional o internacional, sino en las de sucesos, lo califica como “un acto de pura piratería, realizado en el turbulento mar político del Caribe, aureolado por todas las tradiciones de corsarios, bucaneros y piratas que son de todos sabidas, a cuya lista ha venido a sumarse el funesto capitán Galvao”, al que califican de “demencial”, “neurópata” y “suicida”. Según el diario falangista, “el Derecho Internacional lo que manda es colgarlo del palo mayor del Santa María […] sin formular previo juicio”. Y atribuye el secuestro a una conspiración comunista, cuando el militar portugués aborrecía esa ideología. “Galvao no es el personaje romántico de ninguna aventura política. Es un bandolero del mar […]. La aventura parece la obra de desesperados, de enfermos de megalomanía o de locos”, se puede leer en la edición del 26 de enero.

Ninguno de los veinticuatro asaltantes militaba en partido comunista alguno, aclara Armando Recio en El secuestro del Santa María en la prensa del régimen franquista, publicado en la revista Historia y Comunicación Social (Complutense). Aunque el diario Ya también insiste en ello, menciona al DRIL como el responsable del secuestro y le atribuye motivos políticos. Eso sí, no menciona a Velo y se centra en Galvao y Delgado, que contarían con “el apoyo técnico del capitán Bayo y el económico de Che Guevara, barbudo presidente del Banco Nacional de Cuba”. Una falacia. Además de recurrir a la excusa roja y de vincularlo a la masonería con el fin de criminalizar al comando, no ahorra en calificativos despectivos: sus miembros son una “banda”, una “partida” o una “pandilla” de “inadaptados”, “desalmados”, “gánsteres”, “forajidos” o “delincuentes”. ABC, que muestra su enfado por la reacción condescendiente de las potencias occidentales, llega a mencionar en una breve nota que el líder es un español llamado Bello (otros periódicos se refieren a él como profesor Bello, como el gijonés Voluntad, que acusa su línea editorial falangista al tildar a Galvao de “septuagenario neurópata, de acusada peligrosidad”), al tiempo que agita la amenaza comunista y la conspiración masónica.

El capitán Henrique Galvao, primero salazarista y luego miembro del DRIL.

“El régimen se valió de estos argumentos para desarrollar sus políticas represivas para proteger a España de tamaños peligros”, concluye Recio, quien rescata una entrevista a Margarita Ledo en Página 12. “El franquismo convirtió el hecho histórico en una fábula de piratas y alentó el silencio como si se tratara de una cuestión solamente portuguesa”, declara la cineasta al diario argentino. “Y, a su vez, Salazar aprovecha el secuestro para reforzar su figura”. No importaba que los marineros desembarcados en Santa Lucía afirmasen que en el transatlántico mandaba Velo. Tampoco que su nombre se mencionase en la prensa extranjera: El Mundo de Caracas abría con el “verdadero jefe”, aquel “misterioso revolucionario español ampliamente conocido entre los que luchan por derrocar” la dictadura.

“El franquismo puso el foco en Galvao porque se trataba de un personaje público”, comenta a este diario el editor Paco Macías. Era tan popular en Galicia que los padres mentaban al capitán portugués para reprender a sus hijos traviesos: “Pareces un Galvao”, les decían. “Había sido salazarista y, acostumbrado a moverse en los medios de comunicación, durante la travesía ejerció de relaciones públicas”, justifica Macías. “La participación de republicanos catalanes y gallegos queda disimulada porque la prensa oficial se encarga de borrarlos de la historia, mientras usan a Galvao en el papel de vedete”, añade Montanyà. Por su parte, el Gobierno de la Segunda República Española en el exilio no le da el visto bueno a la acción ni apoya la lucha armada. “Sólo lo hace tímidamente cuando Delgado la reivindica desde tierra”, apunta el escritor catalán. “Tampoco hay una reacción de los anarquistas, enfrascados en sus luchas internas. Por eso Velo queda en la sombra”.

Más allá de su fama, su propia actitud refuerza su protagonismo. La estación de radio de a bordo comienza a emitir comunicados que dejan claro que el triunvirato, formado por el capitán portugués, Velo y Sotomayor, asume el liderazgo de la operación. “El Santa Liberdade se convierte en una emisora libre desde la cabina del telegrafista”, afirma Xavier Montanyá. Pero Galvao se crece cuando Delgado, en calidad de presidente electo de Portugal, elude al DRIL y lo nombra general en jefe de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. “Estaba medio pirado y tenía delirios de grandeza”, critica Víctor, testigo de las decisiones que comienza a tomar por su cuenta, obviando a sus compañeros. “Era muy receloso de mi padre, que no gritaba sino que hablaba, y eso le dolía”.

El distanciamiento es tal que el portugués ni siquiera cita al maestro gallego en Santa Maria, My Crusade for Portugal, publicado ese mismo año. Sí reconoce el liderazgo operativo de Sotomayor, el único que sabe pilotar un navío. “Suponiendo que el barco fuera un país, se encargó del papel de Ministro de Relaciones Exteriores”, matiza en Santa Liberdade Camilo Mortagua, quien en el futuro fundaría la Liga de Unidade e Acção Revolucionária (LUAR) y permanecería en la clandestinidad hasta el triunfo de la Revolución de los Claveles. Mortagua sostiene que Galvao se creía “el hombre” elegido por Estados Unidos para sustituir al dictador portugués, entre otros factores debido a su firme posición contra el comunismo y a su querencia por las democracias liberales, como la norteamericana. “Lo único en lo que se engañó fue en no vivir el tiempo suficiente para que eso se concretase”, declara en la citada entrevista al Jornal de Estarreja. Pese a que Delgado ya se creía presidente, ínfulas no le faltaban a su lugarteniente.

Hoja de servicios del capitán de corbeta retirado Sabino Collazo, que refleja la ruta del crucero Canarias. / ARCHIVO FAMILIA COLLAZO

Si bien Sotomayor se había opuesto a retomar las transmisiones radiofónicas y telegráficas, la apertura al exterior les da la medida de la repercusión internacional que está teniendo el secuestro, pues empiezan a llegar mensajes de simpatizantes y de periódicos de todo el mundo. También entra en contacto con ellos el almirante estadounidense Robert Dennison, que les ofrece una salida airosa: desembarcar a los pasajeros a cambio de reconocer la causa de los rebeldes. Mientras, Salazar ordena a cuatro buques de guerra que hundan el Santa María si dan con él y Franco toma la decisión de enviar al Canarias, momento en el que el DRIL reivindica la autoría.

Galvao creía que se encontraba fondeado en Santa Cruz de Tenerife, pero el capitán de corbeta retirado Sabino Collazo, destinado en el crucero pesado, muestra a Público la hoja de servicios. El año había comenzado tranquilo. Excepto unas maniobras realizadas en diciembre en las rías de Ares y Ferrol, había permanecido amarrado en el muelle sur de la Empresa Nacional Bazán desde finales del pasado agosto. Cinco meses de tranquilidad interrumpida el 26 de enero, cuatro días después del inicio de la Operación Dulcinea, cuando el Canarias recibe la orden de partir a las 4.27 horas de los astilleros de Ferrol rumbo a Las Palmas, adonde llegan dos soles más tarde.

“Los secuestradores querían alcanzar la costa de Guinea Ecuatorial, por lo que nuestra misión era cortarle la ruta y abordar el transatlántico”, detalla Collazo, cuyo último destino fue la jefatura de la Ayudantía de Marina de Marín, donde reside actualmente. A la hora de comer, siete horas después de llegar a Las Palmas, parten hacia Mindelo, un puerto caboverdiano situado en la isla de San Vicente. El marino gallego, que ya ha cumplido 89 años, hace esfuerzos para recordar aquella travesía, aunque a veces le viene a la cabeza su recibimiento a Franco durante una “temporada de descanso” en Galicia. “Poco después de fondear el Azor, acudió a su bordo el ayudante de Marina de Vivero, don Sabino Collazo Varela, que cumplimentó al Jefe del Estado”, reza una noticia del ABC fechada el 7 de septiembre de 1973.

Cuando sus hijos le preguntan por aquella tarde, él duda si recibió o no al Generalísimo. Por eso, cuando sale a colación la persecución del paquebote, para evitar que le traicione la memoria, recurre a su hoja de servicios, que guarda como oro en paño. El diario mecanografiado refleja la intención de la Marina española: interceptarlo en su ruta hasta Canarias o hasta Santa Isabel de Fernando Poo, pues los secuestradores tenían pensado usar la actual Malabo como plataforma de lanzamiento hacia Guinea Ecuatorial y Angola. De ahí que Portugal también enviase varios barcos a Cabo Verde, Guinea Portuguesa (hoy Guinea-Bisáu) y la propia Angola.

Un avión estadounidense vigila la travesía del Santa Liberdade.

Sin embargo, a algunos responsables del secuestro se les empiezan a quitar las ganas de llegar a África. Más allá del blindaje marítimo establecido por el Canarias y los buques portugueses, Estados Unidos ha movilizado a seis mil efectivos para proteger al Santa María, que viajan a bordo de destructores, buques cisterna y de desembarco, submarinos y catorce aviones. Al frente, el almirante Dennison, que le exige al DRIL que desembarque a los pasajeros en Belém do Pará. Sotomayor cree que es una locura, pero Galvao le envía un mensaje aceptando la solicitud, que el gallego ignora. Cada uno hacía su guerra, como atestigua Víctor: “La acción no fue absolutamente detallada”. Se suponía que llegarían a Fernando Poo y allí prenderían la mecha de la revuelta, mas ni fuera ni dentro estaba el horno para bollos.

Maia sugiere que se racione el agua, que escasea, lo que origina airadas protestas entre el pasaje. En realidad, la tripulación está dejando a propósito los grifos abiertos, lo que es aprovechado por un supuesto agente de la policía política portuguesa para sembrar el descontento entre los viajeros. “Fondean en alta mar y hay un motín de los viajeros. A Velo, que creía que con su verbo florido iba a apaciguarlos, se lo comían vivo. Para acallarlos, Galvao tuvo que disparar una ráfaga de metralleta”, explica a Público el investigador Xurxo Martiz. “Habían trazado un plan, pero se desviaba por el camino. Además, el portugués no se creía lo de África y Sotomayor tal vez tampoco, aunque Velo sí. Los dos primeros pensaban que ya habían cumplido con el lío que armaran”, añade este experto en la figura del comandante Fernández. Fijan, pues, una entrevista con el contralmirante Allen Smith a cincuenta millas de Recife el 31 de enero, el mismo día que Jânio Quadros asume la Presidencia de Brasil.

Ésa es la clave del inicio de las conversaciones a bordo del Santa María. Quadros es todo un personaje que irritará a sus partidarios a izquierda y derecha. Un mandatario que un día condecoraba al Che y, al siguiente, reprimía el movimiento campesino. Detrás de sus excentricidades, se escondía un maestro de la comunicación que buscaba ocupar siempre la primera plana: prohibió el biquini y el traje de baño en los concursos de belleza, las peleas de gallos y el lanzaperfumes, un ambientador de importación que había comenzado a ser inhalado durante el carnaval de Río, provocando más de un dolor de cabeza.

Aunque su Gobierno fue brevísimo, pasaron a la historia tanto él como sus memorandos. Para estimular una administración ralentizada por la burocracia, comienza a comunicarse con sus ministros a través de notas, un rudimentario sistema inspirado en las que escribía Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. Obviamente, fue objeto de chanza en la prensa opositora, mas a los secretarios, directores, jefes de sección y hasta simples funcionarios del Estado de Sao Paulo, que había presidido previamente, no le hicieron ninguna gracia los cuarenta mil bilhetinhos do Janio. Por supuesto, Quadros, “borracho como una cuba”, según los guerrilleros presentes en una reunión mantenida en Caracas, le había garantizado a Galvao que les concedería un visado si era elegido presidente: “Esperen a que llegue al poder y les daré todo el apoyo en la lucha contra las dictaduras”.

A la izquierda, los 'fuzileiros' de la Marina brasileña; a la derecha, desembarco de los pasajeros.

Mientras hacen tiempo para que sea investido, organizan un banquete especial para despedir a los viajeros, que incluía champán y langosta. Durante el baile, los líderes del DRIL firman a quien se lo pide el menú, bautizado como Santa María rumbo a la Libertad, señala Juan Vicente Méndez de León, un apasionado de la gesta, en Una acción olvidada de la oposición al franquismo. También revolotea por el salón Miguel Urbano Rodrigues, un periodista del Estadao y futuro eurodiputado comunista que acaba de llegar desde Pernambuco para unirse a los secuestradores. “La madrugada nos encontró hablando. De quimeras. Quería llegar a África, sublevar la Guinea Española y salir de allí para Angola. A bordo había veinticuatro comandos portugueses y españoles, una tripulación rencorosa y ochocientos pasajeros en la frontera de la desesperación. Sin embargo, a José Velo todo le parecía posible. Su fuego interior me contagió”, escribe once años después en Réquiem para un revolucionario, cuyo original manuscrito conserva su hijo Víctor.

“Irradiaba serenidad y paz, como las aguas del Atlántico. Parecía un sensible, aunque tranquilo, conductor de hombres. La toma del Santa Maria, el primero de los grandes secuestros internacionales, no significaba para él lo mismo que para los demás”. Urbano traza un perfil apasionado del ideólogo del secuestro: “Después de un principio de motín a bordo, me di cuenta que no era ni un condottiero [mercenario] ni un revolucionario profesional. Enfrentó sin armas a una muchedumbre enfurecida y la dominó con palabras. Pero de una manera rara, sin demagogia, sin amenazas, con un extraño calor humano”.

Asimismo, ajusta cuentas con Galvao, a quien califica de “figura senil y ávida de publicidad”. El capitán, según Urbano, firma todo lo que le piden, incluidas las proclamas revolucionarias al pueblo portugués. “El verdadero comandante, el autor de los planes, el ejecutor real del secuestro del transatlántico, había sido Junqueira de Ambía”, confirma el redactor del diario paulistano. Si bien la lusofonía pondrá el acento en su capitán, él no duda en concederle el mérito al gallego. Tampoco Francisco Teixeira da Mota, quien en el libro Henrique Galvão, um heroi português deja claro que Velo era el “comandante general de la operación y el ideólogo”, mientras que “para él estaba reservado el comando político, teniendo en cuenta el hecho de que el navío que iba a ser asaltado era portugués”. Incluso entre sus compatriotas del comando “había gente que lo detestaba”, desvela Víctor.

Llega el día y Allen Smith sube al Santa María acompañado de varios periodistas. Víctor Velo se cuadra en la cubierta ante el contralmirante estadounidense. Un chaval de dieciséis años, frente a la Sexta Flota. Junto a él, en formación, los guerrilleros más jóvenes. “Smith se quedó firme durante los diez minutos que duraron el himno portugués, el himno americano, el himno gallego y el de la República, aunque no entendió nada”, recuerda el hijo del maestro de Celanova. El triunvirato le explica que su objetivo es político y, siempre que se reconozca su causa, se muestra dispuesto a desembarcar a los pasajeros.

Tras comprobar que han sido tratados bien, el enviado del almirante Denisson admite en una nota de prensa que los asaltantes son opositores a las dictaduras y Quadros, ya investido presidente, mantiene sus promesas y les concede el derecho de asilo. Los insurgentes permiten el acceso a una representación del Gobierno y de la Marina de Brasil, a la que también le plantean que, una vez desalojado el Santa María, su plan es abastecerse de agua y combustible, efectuar las reparaciones necesarias y partir hacia África. En caso de que intenten retener el navío, hundirán el barco una vez que el pasaje haya desembarcado, acuerdan los revolucionarios a puerta cerrada.

El puerto de Recife, atestado de brasileños que esperan la llegada del transatlántico Santa María tras doce días de secuestro.

Falta por subir Humberto Delgado, cosecretario general del DRIL, quien una vez a bordo ignora a Velo y lo trata como a un subordinado, cuando es el ideólogo del secuestro y comparte cargo con él en el Directorio Revolucionario. “Era muy despectivo. Además de que muchos lo consideraban el presidente de la República de Portugal, tenía rango de general e iba a lo que iba”, cree Macías. Frente a esos tics autoritarios, el gallego mantiene las formas y parece conceder: “Velo respira un cierto espíritu libertario y no tiene una actitud militarista”, opina Montanyà. “Por ejemplo, en el barco se niega a llevar galones, porque dice que las constelaciones son cosas de militares”. Sotomayor, también despreciado por el General sin miedo, aseguraría tiempo después que no fue conocedor del plan hasta que se llevó a cabo. Sin embargo, displicente, les comunica que asume el mando de la Operación Dulcinea.

Vigilados por la marina estadounidense, la costa está infestada de buques de guerra brasileños, mientras que las noticias que reciben del Canarias no son alentadoras: el crucero enviado por Franco está cerca y ellos, fondeados en aguas internacionales, a su alcance. No obstante, son sólo rumores que no se ajustan a la realidad. La hoja de servicios de Sabino Collazo refleja que ese dos de febrero el navío español todavía sigue en Cabo Verde, y no será hasta el día cuatro cuando salga rumbo a Santa Isabel de Fernando Poo, adonde llegará el nueve. “Después de estar allí, el Gobierno aprobó que, aprovechando la estancia en la zona, fuésemos hasta la isla guineana porque estaba relativamente cerca”, recuerda el marino. Sea como fuere, en Brasil los acontecimientos se aceleran. Los pasajeros, cada vez más nerviosos, quieren desembarcar. Tanto ellos como la tripulación se muestran agitados, bien por las ganas de que todo termine, bien para ofrecer al salazarismo una muestra plausible de resistencia y no pecar de colaboracionistas. “Curiosamente, se revuelven un poco cuando ven que ya han llegado a Brasil, aunque es posible que lo hiciesen para que no los acusasen de pasividad”, observa Montanyà.

El Potemkin luso, salvando las evidentes distancias, se ha convertido durante doce días en una República Ibérica en alta mar. El puerto de Recife está atestado de brasileños que agitan sus pañuelos y en la cubierta suena el Hino do Minho: “É avante portugueses / é avante não temer / pela santa Liberdade / triunfar ou perecer”. A medida que descienden al remolcador que los trasladará a tierra, los guerrilleros sellan el pasaporte de cada pasajero con las siglas JNIL, o sea, la Junta Ibérica de Liberación Nacional. A la prensa se le permite el acceso para que los entrevisten, como ya han hecho anteriormente. Para calmar los ánimos entre ellos, pues hay algún tira y afloja, también embarca un destacamento de fuzileiros, que llegan a hacer noche en el transatlántico. Pasan las horas y, cuando miran a su alrededor y perciben que no queda alma alguna, todavía les queda una nada romántica tarea por realizar: el barco está hecho unos zorros y deben aplicarse en las tareas de limpieza antes de cenar. Paradójicamente, la presencia de los los marines brasileños permite a los asaltantes conciliar el sueño, que no es otro que instaurar la democracia en la futura República Federal Ibérica.

Un propagandístico golpe de Estado contra Franco y Salazar

galvao velo sotomayor

“¿Todo era una ilusión?”, se pregunta Víctor Velo, el hijo del maestro republicano que todavía soñaba con derrocar a Franco a bordo de un paquebote. “Sí, todo era una ilusión”, responde el también guerrillero del DRIL, que contaba con apenas dieciséis años cuando participó en el secuestro. La cubierta del Santa María había amanecido aquel 3 de febrero de 1961 alfombrada de fuzileiros brasileños, que usaron las tablas como jergón sin perder de vista sus cascos y fusiles. Nadie más queda en el barco, a excepción de los veinticuatro asaltantes y cinco miembros de la tripulación que han abrazado su causa. Velo, el más joven del triunvirato que lleva las riendas de la Operación Dulcinea, quiere seguir adelante, pero Galvao y Sotomayor ya tienen unos años y consideran que el objetivo está cumplido: denunciar a los cuatro vientos la opresión que ejercen las dictaduras de Franco y Salazar o, en palabras de Víctor, “llamar la atención del mundo sobre el problema ibérico”.

“Sus posibilidades no daban para más”, asegura el investigador Xurxo Martiz. “Tras haber sido localizados por socorrer al oficial herido y carentes de marineros y medios económicos, poco podían hacer”. Aunque los insurgentes habían exigido abastecerse de víveres y combustible antes de liberar a los pasajeros, faltaban hombres con experiencia en la sala de máquinas y el puente de mando, pues el único militar que sabía navegar era Sotomayor, ya que había sido comandante de Marina republicano durante la guerra. Por no hablar del dinero, que escaseaba, hasta el punto de que los pasajes y las armas habían sido regalados o comprados con sus propios ahorros. “Pese a ello, la idea no era entregarlo a Brasil sino llevarlo a África”, deja claro Víctor, quien recuerda que la toma del navío sólo era un medio para alcanzar un fin. “No obstante, para llegar hasta Fernando Poo deberíamos haber tenido más armamento, al tiempo que el gasoil se revelaba insuficiente. Eso, junto al desembarco del herido, creó obstáculos muy serios para proseguir”.

Gil Delamare se lanza en paracaídas para embarcar en el Santa María y realizar un reportaje fotográfico para 'Paris-Match'.

El principal problema, pues, era logístico, más allá de la actitud de Galvao, que parecía satisfecho tras el atracón revolucionario. “Luchábamos por ideas”, afirma el hijo del profesor de Celanova. Sin embargo, las ideas solas no devuelven la democracia a un país y el plan, cuyo trazado no había sido en absoluto minucioso, hacía aguas. En definitiva, “no era posible”, reconoce Víctor, mas estuvieron cerca. El escritor Xavier Montanyà valora que prefiriesen salvar una vida antes que poner rumbo a Guinea y Angola, aunque eso implicase revelar su localización. “Saben que los cogerán tarde o temprano, pero deciden abortar la mitad del plan para no ser acusados de piratería”, afirma el autor de Santa Maria. Pirates de la llibertat, quien contextualiza la única muerte durante el secuestro. “Fue una acción de fuego cruzado que tiene lugar a oscuras. El resto funciona a la perfección como una operación pacífica sorprendente. No existe intención de matar, si bien un barco no se toma convenciendo a la tripulación”. El objetivo era dar un golpe publicitario, como el “rapto amable” del automovilista Juan Manuel Fangio organizado por Fidel Castro en Cuba, pero en este caso a lo grande.

“Hasta la parte imperfecta y utópica tiene su gracia”, comenta la cineasta Margarita Ledo. No obstante, Montanyà cree que la toma de las colonias africanas no era una quimera, aunque invadir España y Portugal fuesen palabras mayores. “Si hubiesen llegado a la costa de Guinea Ecuatorial, vete a saber qué podrían haber hecho, porque no estaba muy protegida. Lo que parece una locura hoy en día, tampoco lo era tanto en aquel momento”. Sea como fuere, el triunvirato llega a la conclusión de que el plan es irrealizable, acepta el asilo político que le brinda Janio Quadras y decide entregar el transatlántico a las autoridades, que sustituyen la bandera portuguesa por la brasileña. Los pasajeros del Santa Liberdade, que vuelve a reencarnarse en el Santa María, regresan a Europa a bordo del Veracruz, un navío gemelo y orgullo de la flota lusa. El fin de la Operación Dulcinea también supone el inicio de la decadencia del DRIL, que se desvanecerá meses después en una página traspapelada de la Historia. Pepe Velo escribe: “Fue una acción brillantemente concebida, medianamente desarrollada, mal acompañada y melancólicamente acabada”.

¿Sirvió para algo? El caso tuvo repercusiones e influyó en la política internacional, si bien es más sencillo analizar las consecuencias en la dictadura de Salazar que en la de Franco, tanto por el interés del primero en usar el secuestro en su propio beneficio, como por la decisión del segundo de tratar la acción como un problema inherente al país vecino. Además, el transatlántico navegaba bajo bandera portuguesa y el guerrillero más popular, que trató con las autoridades y ejerció de relaciones públicas, era luso. “Tanto a nivel interno como externo, representó un enorme golpe en el prestigio del Estado Novo. Dado su carácter inédito, su audacia y la extensa cobertura mediática que recibió, contribuyó para captar la atención del mundo sobre la situación vivida en Portugal”, sostienen los historiadores Nelson Moreira y Célia Gonçalves en Henrique Galvao y el asalto al Santa María. Trayectoria de una disidencia del Estado Novo y sus repercusiones internacionales, publicado en la revista Sapiens. “Galvao visibilizó internacionalmente la existencia de una oposición no comunista al régimen”, sobre el que se proyectó una “publicidad negativa e indeseada”.

La acción, cuyo éxito había residido en su originalidad, potenció el aislamiento internacional del Estado Novo. Gran Bretaña, vieja aliada de Lisboa, tenía ahora que guardar las formas, mientras que en las calles londinenses los exiliados aprovechaban el secuestro para lanzar “una campaña de propaganda planeada durante mucho tiempo contra el régimen de Salazar”, escribe The New York Times. En Luanda, un día después del fin de la Operación Dulcinea, se desata una ola de violencia y varias prisiones son asaltadas por nacionalistas africanos para liberar a sus compañeros encarcelados. “El secuestro reactivó la lucha de liberación en Angola”, opina el editor Paco Macías, aunque quizás sería aventurado relacionar esa revuelta con el Santa Liberdade, pues Galvao no tenía contactos entre la población local que buscaba emanciparse, sino entre los colonos portugueses. Es más, el capitán había enviado un emisario un año antes para tratar de convencer al movimiento de liberación nacional para que prestase apoyo y hombres para secuestrar un barco y tomar Luanda, pero las conversaciones fracasaron porque Galvao rechazaba la autodeterminación de la población negra de Angola. Sotomayor, en ese sentido, escribió que estaba aquejado de “puro patriotismo de niño rico”, pues veía las colonias “como la cosa más natural” y a los “blancos como hombres superiores” que deben gobernar “lo que es patrimonio portugués”.

La revista 'Life' realizó una amplia cobertura fotográfica del secuestro del Santa María.

Durante el intento de liberar a los presos, que habían sido detenidos por la PIDE y se encontraban encarcelados a la espera de ser transferidos tanto a Cabo Verde como a Lisboa, murieron varios guardias y anticolonialistas. El asalto trajo consigo una cadena de venganzas de las milicias blancas contra la población negra, y viceversa. Podríamos decir que la Operación Dulcinea fue simplemente la antesala del primer motín que condujo a la guerra de liberación. Sin embargo, “parece arriesgado establecer una correlación positiva directa”, subrayan Moreira y Gonçalves. Como ya había hecho anteriormente con el secuestro del transatlántico, Salazar vuelve a hacerse la víctima tras la revuelta emprendida por los nacionalistas africanos y difunde que ha sido apoyada por el comunismo internacional e instigada por Galvao y Delgado, pero no es más que propaganda. Pese al intento, la dictadura se queda desnuda en los foros mundiales, que perciben su inflexibilidad cuando varios periodistas desplazados a la capital de Angola para cubrir la hipotética llegada del Santa María son expulsados tras ser testigos de las refriegas.

Portugal esgrimía el argumento de la coexistencia pacífica entre colonizadores y colonizados para justificar su presencia en África, mas la cobertura periodística de la prensa extranjera lo echa por tierra. Kennedy le exige al Gobierno portugués que modifique su política colonial y le informa de que promoverá la autodeterminación de los pueblos africanos. La ONU, por su parte, vota una resolución que condena su política en el continente y apela a la extinción del colonialismo. Aunque no consiguieron alcanzar la península Ibérica, la acción contribuyó a alentar a los opositores, a exponer ante el mundo la falta de libertad en Portugal, a denunciar la política colonial retrógrada y a “debilitar el casi inquebrantable prestigio del dictador”, concluyen Moreira y Gonçalves.

En cuanto a las repercusiones en España, el secuestro no afectó en igual medida al franquismo. La gesta fue ninguneada incluso por la oposición y por el Gobierno de la República en el exilio, como si se tratase de una excentricidad de tres insensatos, hasta el punto de que llegaron a vincular al propio DRIL con el régimen. Lo único cierto es que entre los militantes en suelo español se había infiltrado la policía, como reconoció Sotomayor, quien dejaría por escrito que no esperaba nada de los opositores: “La división y la pasividad los tenía desde hace años incapacitados. El afán exclusivista de cada uno les llevaría a no estimar en todo su valor el momento político que vivíamos, tratando así de no reconocer en el DRIL la organización capaz de ser el núcleo de un frente de lucha activa”.

Pepe Velo se dirige a los guerrilleros del DRIL (izquierda) y a la tripulación del paquebote Santa María.

Por su parte, Pepe Velo publicaría un ensayo en el que carga contra los santones de la Segunda República, “figuras que absorbían la atención de los núcleos politizados”, mientras que él y lo suyos eran una “voz clamante en el desierto”. ¡Morra España! ¡Viva Hespaña!, que será publicado en breve por Macías en Edicións Positivas, no ahorra críticas a quienes terminarían ignorándolo: “Hacer política en el sentido deportivo de matar el tiempo es una vieja pasión de los españoles […]. Como si los organismos creasen anticuerpos por prescripción facultativa, nuestros inefables gobernantes creían que las insurrecciones se resuelven con una ley. Pero las recetas, por muy buenas que sean, no curan nada”.

Una vez instaurada la dictadura por no haber sido capaces de poner coto a los reaccionarios, no quiso saber nada de la reconciliación nacional porque sólo cabía, según él, la acción. “Una subespecie humana fácilmente reconocible en ciertos signos externos ordena y manda. Por el momento, el miedo impera en el mundo y, aunque digan y digan que el miedo guarda la viña, nosotros creemos que esto no es vivir”. Velo, de hecho, intentó vivir de otra manera, pero su ejemplo permaneció durante años en el olvido, hasta que un puñado de investigadores, cineastas, escritores y editores desempolvaron su figura casi medio siglo después. Este año, han celebrado su centenario con actos y publicaciones.

¿Por qué había permanecido durante tanto tiempo oculto? “Porque Galicia no existe en la Historia”, zanja Margarita Ledo, para quien tendría que haber sido un referente con la llegada de la democracia. “El franquismo lo ocultó y la democracia lo sigue haciendo porque él no sólo se opuso a Franco, sino también a la oposición de Franco”, apunta Macías. “En Galicia, como era un iberista y eso no le resulta simpático a muchos nacionalistas, está en un limbo. A nivel español, como no fue militante de ningún partido que hizo la Transición, también quedó olvidado, sin ningún paraguas que lo protegiese”, añade el editor, aunque el hecho de que Ledo, reconocida galleguista, dirigiese el documental Santa Liberdade relativiza su opinión. “En cambio, Velo fue para los anarquistas como un faro que los iluminó y los motivó para seguir en la acción. Encarna el referente fundacional para los activistas del movimiento libertario”, asegura Montanyà, que ve al profesor como un brillante intelectual que nunca se comprometió con ninguna organización. “Después de todo, sólo tiene un calle en Celanova, pequeñita y sin salida. Parece una metáfora”, se queja Macías.

Portada de 'Paris Match' y la revista de historietas 'Aventuras de la vida real'.

Galvao, en cambio, es un héroe en su país. El capitán ha protagonizado películas y libros, incluso uno que lleva su propia firma, en el que explica el origen del nombre de la operación: “La llamamos Dulcinea porque también éramos románticos luchando por nuestra dama, la Libertad”. No sólo escribe sobre su gesta, sino que publica obras que abordan diversos aspectos de las colonias, desde el comercio hasta las ferias de muestras. También aborda la fauna, la caza y la antropofagia en varios volúmenes, y traduce libros del francés y del inglés. “Un tipo exquisito en todos los sentidos: por sus orígenes, por su carrera militar y por su acervo cultural”, explica Martiz. “Era como un mesías y, cuando se exilió, se trajo a su corte a Caracas. Aunque luego, en el DRIL, miraba de arriba abajo a Velo y Sotomayor”.

Uno, profesor y otro, al frente de un pequeño negocio: poca cosa para el capitán, del que Víctor no guarda un buen recuerdo. “Era un personaje muy complicado, con visiones muy raras. Frecuentaba nuestro apartamento y lo recuerdo como una persona esquizofrénica”. Dentro del barco, su actitud altiva y marcial contrasta con la de Velo, que respira un cierto espíritu libertario. “Él, en cambio, se niega a llevar galones porque dice que las constelaciones son cosas de militares”, afirma Montanyà. Galvao parece más pendiente de aparentar, tanto ante los guerrilleros como ante los reporteros y autoridades. Miguel Urbano Rodrigues, un periodista que se había unido a los secuestradores a su llegada a Brasil, lo califica como “una figura senil y ávida de publicidad” en Réquiem para un revolucionario, su homenaje póstumo al gallego. “Mientras que Velo es el ideólogo, la persona que arenga y mantiene el espíritu de la utopía y de los objetivos que trascienden la operación en sí”, asevera Ledo. “Y una figura con un perfil más complejo que los de Galvao y Sotomayor, de ahí su significación más política”.

Otro rasgo que podría ser considerado negativo contribuyó a difundir internacionalmente el secuestro: el portugués era muy exhibicionista, añade la documentalista. “Respondían continuamente a los cablegramas y tenían un gran sentido de la publicidad, algo que les venía de su experiencia en la guerra y la República”. Montanyà, además, cree que fueron muy modernos en el uso de la propaganda. “Consiguen crearle un problema a Kennedy, ser considerados como militantes antifascistas y reconocidos como exiliados políticos”, explica el escritor catalán. “Inventan una nueva diplomacia, porque le hablan de tú a tú al responsable de la Sexta Flota”. Al desembarcar en Recife, también se ganan el respeto de Janio Quadros y consiguen desembarcar con honores, no como unos vulgares terroristas. “Renuevan el uso de los medios, convierten el barco en una emisora libre y con su acción toman por asalto las grandes empresas de comunicación”. Todo el mundo habla de ellos y, aunque la prensa franquista elude el protagonismo de Velo, el suplemento Blanco y Negro del ABC termina titulando: “No era Galvão el jefe supremo a bordo del Santa María”. Bajo la foto del triunvirato, añade que el “director general de la banda es Carlos Junqueira de Ambía”, nombre de guerra de Pepe Velo.

El capitán Henrique Galvao, primero salazarista y luego miembro del DRIL.

No sólo fueron buenos comunicadores, sino que los medios convencionales también se esforzaron en informar sobre ellos al precio que fuera. La revista Life publica un profuso reportaje gráfico. Paris Match les concede la portada tras enviar al actor Gil Delamare, que se tira al mar en paracaídas desde una avioneta para alcanzar el transatlántico y fotografiar la vida a bordo. Su compañero, Dominique Lapierre, lograría colarse en el barco disfrazado de bombero una vez en Recife: puro periodismo gonzo. La lista de cabeceras que dedicaron sus páginas a la Operación Dulcinea es interminable y sus organizadores llegaron a ilustrar tebeos y novelitas pulp. No obstante, el protagonismo de Velo fue eclipsado por el capitán Galvão, cuyo porte uniformado encarnaría el motín a ojos del mundo. No hace falta escarbar profundamente en la Historia para entender la proyección internacional de la imagen del militar portugués y el olvido al que fue sometido Velo, aunque es necesario desmadejar los intereses, como ya hemos visto.

Con el paso de los años, numerosas voces han puesto el foco sobre el maestro de Celanova. Una vez liberado, el comandante del transatlántico dejó claro en su día que “Galvao era más que nada un cartel en el complot perpetrado contra el Santa María, pues los verdaderos dirigentes eran Sotomayor, Velo y Rojo”. El periodista Miguel Bayón, autor de la novela Santa Liberdade, también defendió en una entrevista en El Correo Gallego que “el que dio la cara fue el más actor, el portugués Henrique Galvâo, pero la instigación y toda la planificación del golpe le corresponde al gallego Xosé Velo”. Sotomayor ofreció su versión en un libro, en el que calificó a su paisano como un “ególatra”, y Galvao ni siquiera lo citó en el suyo.

“Velo no escribió nada y se quedó sin reflejar su visión de los hechos para no echar más leña al fuego y evitar que creciese la división existente. Nunca pensó en sí mismo y no fue un tipo personalista, sino altruista”, afirma Macías. “Todos contaron su versión, muy parcial, menos él, que nunca fue muy crítico ni ácido con los demás”. Otros lo han hecho por el verdadero ideólogo, como Xavier Montanyà: “Fue un activista intelectual, quizás algo visionario, aunque aquí acertó. Es admirable, porque supo jugar con las pocas cartas que había: imaginación, valentía y capacidad para idear un plan que no fuese considerado un delito común ni tampoco un acto de piratería, sino una acción política de denuncia. Hoy sería considerado terrorismo, cuando en realidad se levantó contra un Estado terrorista”.

Guerrilleros del DRIL a bordo del transatlántico Santa María durante el secuestro.

Velo representó, en palabras de Ledo, una utopía activa, constantemente avanzando hacia lo posible. “Lo caracterizó la excepcionalidad, porque poseía rasgos que pocas veces se dan en una persona”. Un tipo libre e indomable que siempre, hasta el final, tuvo el deseo de cambiar el mundo, según Macías. “Una persona muy libre. Un profesor poeta. Pepe era Velo”. No militó en el anarquismo, pero su espíritu era libertario. “Para él, el secuestro suponía el inicio de una empresa mayor, que iba a tener una continuidad con el DRIL”, explica Martiz. Sin embargo, su concepción de la lucha chocó contra la de otros militantes y, tras intentar reactivar por su cuenta el Directorio Revolucionario, terminaron expulsándolo, como años atrás lo habían echado del Partido Galeguista. “A partir de ahí, se dedica al activismo cultural y a sobrevivir”.

El triunvirato fue condenado en ausencia por un tribunal portugués y las vidas de sus integrantes corrieron distinta suerte. Delgado cayó en una emboscada de la PIDE en 1965 y, tras ser raptado en la frontera hispano-portuguesa, fue asesinado junto a su secretaria en Villanueva del Fresno. Galvao defendió ante la ONU la “misión civilizadora del colonialismo” y su crédito se fue diluyendo entre los opositores al Estado Novo. Aislado políticamente y enfermo de alzhéimer, murió en Sao Paulo en 1970. Sotomayor regresó en una ocasión a Galicia durante un breve viaje desde Londres. Uno de los hijos que había dejado atrás lo reconoció tras el secuestro y le invitó a irse a vivir con él a la capital británica, donde residía. Curiosamente, años atrás había emigrado a Brasil y asistido a un acto público de su padre, sin saber que era él. No se adaptó a Londres y regresó a Venezuela, donde sufrió estrecheces económicas y murió en 1986.

Velo, por su parte, montó en 1962 la librería Nós en Sao Paulo con Bartolomé González, un socialista que ejercía de representante en Brasil del Gobierno de la República y que en 1979 se convertiría en el primer alcalde de Móstoles en democracia. También fundó la Editora Nós-Publicações Galicia Ceibe, que en 1966 publicó Poesías, una antología de Rosalía de Castro para la que había escrito el prólogo. Sin embargo, su texto no llegó a publicarse y fue sustituido por otro de Guilherme Almeida. “La traductora al portugués, Ecléa Bosi, era la esposa de un catedrático que sufrió la presión del Consulado de España para que no lo incluyese y, por miedo a represalias, acató las órdenes de la dictadura”. Fue el único libro que salió de imprenta, porque luego la editorial atravesó problemas económicos.

Sotomayor, jefe del aparato militar del DRIL, había sido comandante de la Marina republicana durante la guerra civil. / ARCHIVO XURXO MARTIZ

Instalado en Sao Paulo, al igual que su hijo Víctor (que estudió Físicas y trabajó en una empresa de ingeniería), también fundó la revista Paraíso 7 días. Velo, un hombre cultivado que en sus tiempos de guerrillero citaba a Thomas Carlyle y le leía los aforismos de Rafael Dieste a los secuestrados del Santa María, retoma en sus últimos años la escritura y colabora en diversos periódicos y publicaciones. “Hay quien cree que lo que proponía Velo era desarrollar los textos de Dieste”, baraja Macías. Titulados Para axudar á renacenza de Galiza, comienzan así: “1. Tener el don de la oportunidad, pero no ser oportunista / 2. Aprovechar el viento… y no olvidar el rumbo / 3. Saber que un viaje no es una regata / 4. No llegar antes de tiempo / 5. Saber cuándo hay que obedecer, y a quién / 6. Si no hay viento, bogar”.

Parecen su hoja de ruta poética para llevar el Santa Liberdade a buen puerto, aunque éste nunca llegó a ser alcanzado. “A mí me parece que nuestro exilio es tan largo, tan inútil, tan triste, porque cada exiliado se niega a sobrevivir a su partido”, le confesó a Urbano Rodrigues. “Sólo podrá ostentar con orgullo su condición de exiliado aquel que no se olvida de las causas que lo forzaron a serlo. No se nace exiliado ni se debe morir en el exilio”, decía Velo, quien no dejó de preguntarse por qué había fracasado su lucha en la guerrilla gallega y, quizás, la travesía hacia la nada del Santa Liberdade. Pese a la “fragilidad de sus análisis y el hecho de que sus esperanzas se asentaban en hipótesis”, escribió el periodista portugués, fue un hombre práctico que despreciaba la fraseología revolucionaria. “Tengo para mí que si Don Quijote fuera gallego, con una o dos salidas le hubieran sobrado”, comentaba Velo, que se consideraba por encima de todo un hombre que enseña. “Quisiera haber sido solamente un profesor, haber podido serlo plenamente”, le confesó a Urbano Rodrigues cuando un cáncer ya había amenazado con la pinza sus pulmones.

Cuántos adjetivos para un solo hombre: “Místico pagano”, “pionero de una Iberica confederada”, “nacionalista entrañable”, “Don Quijote cuerdo fundido en un santo de Zurbarán”, “gallego terco”… Tanto, que su obstinación por el iberismo se plasmará en el ensayo ¡Morra España! ¡Viva Hespaña!, mientras que su eterna vocación le llevará a escribir el libro para niños A rebelión dos sinais. Había volcado al papel otras reflexiones, pero no tuvo tiempo para verlas publicadas. Más de doscientos poemas también se quedaron huérfanos de imprenta. Y, que se sepa, nunca escribió sobre el Santa María, aunque su voz todavía retumba en la cubierta del paquebote: “Hablando para un auditorio, era otro. La voz ganaba modulaciones magnéticas, los ojos -inmensos- irradiaban un brillo líquido, el cuerpo se adelgazaba, su delgadez esquelética lo hacía aún más impresionante. La frialdad lacónica cedía el paso a la pasión, a una violencia sin agresividad, a la ternura, a una oratoria torrencial”. Detrás de esta descripción del Velo político a cargo de Urbano Rodrigues, se esconde el Pepe padre. “Era un hombre que bordaba la ternura y fue un ejemplo de vida, la mejor herencia que pudimos haber tenido. Un hombre que, pese a su vida difícil y accidentada, nunca perdió el optimismo”, recuerda su hija Manuela en el documental Pepe Velo, verbas como lóstregos, de Xan Leira.

“Una de las cosas más bellas es ver cómo un hombre que sabe que va a morir puede escribir sobre la esperanza”, declaró su hijo Víctor al programa de la TVG Anacos de vida. Lo hace veinticuatro años más tarde de su llegada a Caracas, cuando escribió su primer texto en el continente que lo acogería hasta el final de sus días. “Nada traigo conmigo. Una maleta vacía, cinco dólares, muchas esperanzas arruinadas, pero sobre todo ello la vocación millonaria de paz y libertad que nos prohíbe hacernos viejos”. Habla el exilio personificado. No dejará de hacerlo hasta poco antes de su muerte, a los cincuenta y cinco años, cuando un 30 de enero de 1972 una bandera gallega cubre su féretro en el cementerio paulistano de Morumbí. El poema se titula Espranza: “Ya que preguntas, ya sabes / de dónde me viene el aliento / para cantar mi esperanza: / de la visión del futuro / aunque siempre llega, / nunca jamás se alcanza”.

Fotos: Centenario Xosé Velo, Foto-cine E. González, Archivo Mário Soares, Voluntad, Gil Delamare, Archivo Familia Collazo, Paris-Match, Life y Archivo Xurxo Martiz.

(Publicado en el diario Público en octubre de 2016)

______________________________________________

Estoy en Twitter, Google+ y Facebook

Anuncios