Sánchez-Cuenca: “Los intelectuales de izquierda se volvieron conservadores o se los tragó la tierra”

por Henrique Mariño

ignacio sanchez cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) ha puesto patas arriba el columnismo español con su último libro, La desfachatez intelectual (Catarata), en el que arremete contra los escritores, intelectuales y economistas que desbarran cuando disertan sobre la situación política del Estado. El profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid pone en la picota las cabezas de Pérez Reverte, Marías, Juaristi, Savater o Muñoz Molina por valerse de su prestigio como escritores para dar lecciones de españolidad y buen gobierno, sin aportar datos ni argumentos rigurosos. Personalidades que, a juicio del autor, transitaron de la extrema izquierda al liberalismo sin despeinarse, por lo que no duda en acusarlos de ser un ejemplo de la “frivolidad intelectual” que contamina los periódicos tradicionales.

Usted es profesor universitario. ¿Para cuando la carrera de Todología?

No creo que sea malo hablar de muchos asuntos, siempre y cuando uno se los prepare. El debate público no tiene que consistir en especialistas hablando sobre su tema, porque eso puede ser muy empobrecedor. Si hay un todólogo bueno, que intervenga y nos ilumine a todos.

¿Cuál es la fecha de caducidad de las grandes firmas que nos acompañan desde la transición?

En principio, no tendría por qué haberla. El problema es que han ido bajando el nivel, por lo que es necesario que se produzca una renovación profunda, porque impiden que entren otras personas en el debate que tienen más que decir.

La generación tapón.

No sé si se debe a ellos mismos, que han abortado la entrada de nuevas voces (salvo que coincidieran con las suyas) o a los medios de comunicación, que se han querido rodear de figuras de gran prestigio y ahora no se atreven a reemplazarlas.

Usted achaca la derechización de los columnistas a la “frivolidad intelectual”. ¿No cree que también puede responder a una cuestión de edad o a intereses económico-empresariales?

Eso es indudable. Lo que es bastante asombroso es que sean capaces de dar un giro total desde sus posiciones iniciales maoístas, trotskistas, anarquistas, proguerrilla y proETA no hasta posiciones socialdemócratas, sino hasta la derecha de las tesis del Partido Popular. Es un tránsito tan exagerado que me lleva a pensar que hay algo de frivolidad intelectual. Quien no es capaz de tener unos principios mínimos asentados, va cambiando en función de las modas intelectuales del momento. Y, en este caso, va cambiando siempre a su favor, sin colocarse en una posición arriesgada.

Y, paralelamente a ese cambio, los medios para los que escriben también se han ido haciendo cada vez más conservadores.

Eso ha provocado que la situación actual sea un poco extraña, porque en la prensa de papel no hay nada a la izquierda del liberalismo, por lo que el debate público está muy sesgado hacia la derecha.

Las cabeceras en las que escriben serían intercambiables, ¿no?

Sí, porque ha habido una convergencia entre los periódicos. La distancia ideológica entre El País, El Mundo y el ABC se ha estrechado muchísimo en los últimos años.

Aunque los medios digitales han socavado esas tribunas clásicas.

Sí. Claramente, se ha producido una merma de su credibilidad y la influencia que tienen en la sociedad es mucho menor. En cambio, siguen teniendo mucha influencia sobre las élites, que todavía consideran que todo lo que no salga publicado en papel es un ruido de fondo al que no hay que prestar demasiada atención. Y, en la medida en que influyen en las élites económicas y políticas, los periódicos tradicionales siguen siendo importantes.

En esa prensa, el debate está protagonizado por hombres, que encarnan el “machismo discursivo” al que usted apela en su libro. ¿Dónde están las mujeres?

El debate también está muy sesgado en cuestiones de género, otro ámbito más de la sociedad donde impera el machismo.

¿Y los intelectuales de izquierda?

Pues no lo sé. Todos han ido virando de forma coordinada hacia posiciones conservadoras. Los que se quedaron en la izquierda fueron desapareciendo o se los tragó la tierra: Manuel Sacristán murió; Gabriel Albiac se pasó a la COPE, al sionismo y a defender tesis reaccionarias; Gustavo Bueno era un marxista-leninista y hoy defiende tesis neofalangistas…

Y algunos intelectuales y artistas catalanes, hartos del pujolismo, terminaron abrazando a la neoliberal Esperanza Aguirre.

Lo que les mueve a transitar hasta ahí es la cuestión del nacionalismo, primero con ETA y los partidos que no abogan por la violencia, y luego con el conflicto catalán. Parten del supuesto de que la izquierda ha tenido siempre una complicidad de fondo con los movimientos nacionalistas, que a su juicio han restringido la libertad en España y tienen una visión totalitaria del Estado. La izquierda sería culpable, por lo que la única manera de lavar sus pecados es abjurando de la ideología que tuvieron en su juventud y pasándose, ya sin complejos, a posiciones liberales y reaccionarias.

A muchos intelectuales, la crisis les pilló con el pie cambiado. ¡Con Ibarretxe y Mas vivíamos mejor!

Bueno, el proceso soberanista todavía les da juego… Es imposible encontrar una sola idea suya original y provechosa acerca de la crisis. No tienen nada que decir. Y, cuando surge el 15-M, sólo les produce cierta condescendencia: “Estos chicos son unos ingenuos”, “no entienden nada”, “tienen unas ideas buenistas de la política”, “piensan que todo se puede transformar como mera consecuencia de la voluntad de la multitud”… Todo esto les provoca una mala conciencia increíble, porque en cierto modo les retrotrae a lo que ellos fueron cuando empezaron sus carreras. Por eso reaccionan de forma tan virulenta contra Podemos, mostrando su lado más visceral y venenoso para tratar de deslegitimar al nuevo partido.

Usted considera que las opiniones dogmáticas sin fundamento no encuentran obstáculo por culpa de la impunidad, porque ni los colegas ni los medios les ponen freno. O sea, perro no come perro y, en su ámbito académico, catedrático tampoco come catedrático…

Añadiría una tercera razón: la actitud del público lector, que debe ser más crítico y exigente. Me asombra, por ejemplo, el éxito que ha tenido Todo lo que era sólido, el libro de Antonio Muñoz Molina sobre la crisis económica y política de España.

En cambio, al público le encanta leer que todos los políticos son iguales, destrozan la educación y nos llevan a la ruina.

El libro está maravillosamente escrito, con un lenguaje que atrapa, pero defiende una tesis muy cómoda: toda la culpa de lo que nos pasa es de la clase política. Por lo tanto, los lectores (y me permito la licencia de hablar en la primera persona del plural) concordamos con Muñoz Molina porque estamos en una posición tan elevada como la suya, por encima de esa clase política mediocre que nos condena a tener un país ineficiente y corrupto. O sea, nosotros somos los que vemos la porquería y lo denunciamos. Yo, en cambio, argumento que las responsabilidad están más compartidas, incluyendo a la sociedad civil.

El debate público se ha degradado porque hay mucha pluma y pocos datos, ¿no?

También tiene que haber lugar para una discusión más ideológica o centrada en los valores, pero si uno se mete a hablar de la crisis económica, de los problemas de los partidos o del estado de la educación, sí que es necesario ofrecer datos o, al menos, estar al tanto de lo que otros han dicho al respecto. La contradicción que más me interesa del libro de Muñoz Molina es que él pretende escribir como un autor del New Yorker cuando en la práctica lo hace como un escritor de la generación del 98.

Usted le achaca a los intelectuales el mal del aislacionismo y la autarquía intelectual.

Todos ellos son muy viajados, pero no les ha calado mucho. Siguen teniendo una postura muy introspectiva respecto a España, sin poner en perspectiva lo que sucede aquí respecto al mundo. Su prosa es de lamento: “¿Por qué me ha tocado un país que me fuerza a exiliarme interiormente?”.

Si no viajando, que dirían Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, ¿cómo se cura el nacionalismo?

No estoy seguro de que el nacionalismo sea una enfermedad. Como toda ideología, a veces tiene manifestaciones patológicas: el socialismo dio lugar a sistemas comunistas sangrientos y represivos, mientras que el conservadurismo y el liberalismo dieron lugar al fascismo. Por su parte, el nacionalismo, además de las patológicas, también ha dado lugar a manifestaciones emancipatorias y liberadoras.

Cuando el autor de La fiesta del chivo aseguró que Esperanza Aguirre nos habría salvado de la crisis, ¿le estaba haciendo la pelota a la entonces lideresa del PP o realmente se lo creía?

Yo pensaba que se lo creía, hasta que salió a la luz que Arpegio, una fundación fantasma del Gobierno madrileño de Esperanza Aguirre, había destinado 70.000 euros a promocionar y homenajear la obra de Vargas Llosa [el diario El Mundo publicó el pasado marzo que el foro literario no llegó a celebrarse porque el dinero público desapareció, sin justificación alguna por parte de la fundación]. Ahí se establecen vínculos que van más allá de la ideología y que te hacen pensar mal.

La derecha española ha sido inteligente al abrazar a cierta intelectualidad para llenar un vacío de referentes.

Sí, ha sido extremadamente habilidosa cooptándolos: Jon Juaristi, que empezó militando en ETA, llega a ser director general de Universidades de la Comunidad de Madrid; Albert Boadella abandona Cataluña y se va a la capital a dirigir los Teatros del Canal, etcétera. La derecha ha sido más hábil porque tenía un déficit de intelectuales hace veinte años, cuando todos estaban en posiciones progresistas. Mientras, la izquierda, como daba por supuesto que los grandes escritores iban a estar de su parte, no ha hecho nada por retenerlos ni tampoco por conseguir nuevas figuras, quedándose prácticamente sin referentes.

¿Cree que los predicadores de lo que usted llama “matonismo verbal” son de una pieza?

Pérez Reverte me parece un estrambote. Me imagino que sus novelas serán estupendas y una fuente de entretenimiento, pero da vergüenza que le permitan decir tantas locuras. Me llama la atención la contradicción entre sus exigencias a los políticos y su propia conducta personal como escritor, porque ha sido condenado por plagio y alguna explicación podría haber dado al respecto [la Audiencia Provincial de Madrid condenó al escritor a pagar 212.528 euros por plagiar al cineasta Antonio González-Vigil en el guion de la película Gitano]. Tendría que justificarse con argumentos o pedir disculpas, pero siempre ha sostenido que los jueces no tienen ni idea y que le han condenado de forma arbitraria. Pertenece a ese tipo de figuras gritonas que genera España, estilo Jiménez Losantos o Hermann Tertsch, que no contribuyen nada a la vida pública y sólo se dedican a hacer ruido y a enmarañarlo todo.

Esa doble vara de medir también es habitual en otros autores.

Es el caso de otros escritores de mayor prestigio que fueron muy valerosos cuando encabezaron la oposición a ETA en el País Vasco. Sin embargo, no demostraron la misma coherencia en otros ámbitos. Fernando Savater, por ejemplo, se dejó querer por el expresidente colombiano Álvaro Uribe, cuando su política antiterrorista provocó muchas muertes inocentes. Y, tras el escándalo de los falsos positivos, no abrió la boca [la Fiscalía de Colombia investigó 3.430 casos de ejecuciones extrajudiciales de civiles a manos del ejército colombiano, que luego los hacía pasar como guerrilleros muertos en combate]. ¿Cómo puedes ser tan estricto en España y tan laxo fuera? Creo que muchos de esos escritores se han dejado consumir por la vanidad de los personajes que han creado (es decir, por la fama que tienen) y piensan que pueden decir cualquier cosa sin que la gente se entere de las incoherencias en las que incurren.

¿Quién puede presumir de testosterona?

El más faltón y agresivo es Jon Juaristi. A raíz del libro, ha publicado dos columnas en el ABC en las que me descalifica desde el primer momento. Me llama imbécil y comenta que me paso el día en la herriko taberna, que tengo complicidad con Bildu, que defiendo tesis antisistema porque Podemos me ha prometido una cátedra y que carezco de educación suficiente. Es, sin duda, al que más se le va la cabeza.

Aunque ya se ha explayado antes, pruebe a definir en una frase a Pérez Reverte.

Cuando opina de asuntos públicos, es un macarra.

Javier Marías.

Es una figura menos molesta, pero no deja de ser un cascarrabias.

Arcadi Espada.

Es un intolerante. Descalifica constantemente al contrario y no está dispuesto a reconocer que alguien que no piensa como él pueda tener una pizca de razón.

Muñoz Molina.

El más sentencioso y sermoneador de todos ellos. Es un moralista.

Luego están los economistas que patinan cuando escriben de política.

La economía es la ciencia social reina. Muchas veces, los economistas sólo leen a sus colegas y no tienen pajolera idea de otras disciplinas cercanas a la suya, como la historia, la sociología, la ciencia política o la antropología. Cuando dan el salto y empiezan a opinar de política sin haber leído ni una sola línea sobre el tema, a veces meten la pata. Esto se ha visto durante la crisis, que empezó siendo estrictamente económica hasta que muta en crisis política. Entonces, se ven impelidos a hablar de ambas y, en ocasiones, la lían. En el libro subrayo el caso de César Molinas, un economista muy inteligente y capaz que, cuando opina sobre el asunto, desbarra.

¿Quiénes sí están escribiendo con fundamento?

Un historiador como José Álvarez Junco, un filósofo pensador como Josep Ramoneda, el profesor de ciencia política en la Universidad de Goteburgo Víctor Lapuente… No hay falta de nombres, pero en el libro me he centrado más en la crítica y en la tarea de destrucción [risas].

Por cierto, ¿ya le han dejado una cabeza de caballo en la cama?

No. La única reacción que me ha resultado muy decepcionante son las columnas de Juaristi en el ABC, que tienen un punto delirante. No sé por qué, pero me asocia con Zapatero, aunque nunca he trabajado para su Gobierno ni para el PSOE. En la segunda columna que escribió, decía que Zapatero y yo queremos volver a la guerra civil, meterlo en una checa y asesinarlo. Y que si ETA no lo consiguió tras haberlo intentado, nosotros, que somos unos mierdas, tampoco lo vamos a conseguir.

El fantasma de ETA como autojustificación.

Siempre tiene que estar presente. Ellos querían sinceramente que ETA acabara, pero no estaban dispuestos a que lo hiciese según unos esquemas diferentes a los suyos. Eso no lo iban a admitir. De hecho, cuando su fin llega a través de ciertos acuerdos y negociaciones, ellos no celebran el final del terrorismo y lo pasan por alto. No creo que quisieran que continuase la actividad de la banda terrorista, eso me parecería excesivo, pero sí que terminase bajo su dictado. Y con un Gobierno a favor, no con el de Zapatero, en el que ellos tuvieran un mayor protagonismo. Pero bueno, no me voy a encontrar una cabeza de caballo en la cama porque yo soy profesor de universidad, por lo que no dependo de los medios de comunicación ni del favor de estos intelectuales. Soy un funcionario y eso me da muchísima libertad a la hora de criticar a quien quiera. No pueden hacerme nada.

Quizás la peor reacción sea el silencio.

Cuento con eso. En parte, es lógico, porque critico con dureza sus declaraciones. Procuro no entrar en ofensas personales, como las que ellos están acostumbrados a hacer. En cualquier caso, sé que no van a entrar al trapo porque nunca es un plato de buen gusto leer que critican tus opiniones, sobre todo si parte de alguien que no está a su altura en el escalafón institucional de la cultura. Pero no pasa nada, porque este libro está escrito para los lectores y, en consecuencia, para que haya debate sobre los escritores e intelectuales que lo protagonizan.

Foto: Toni Juliá.

(Publicado en la revista Luzes en junio de 2016. Puedes comprarla o suscribirte aquí)

______________________________________________________________________

Estoy en Twitter, Google+ y Facebook

Anuncios