Los chicos del K.O.

por Henrique Mariño

hunter-thompson

Cuando alguien agarra el teléfono al otro lado del charco y se dispone a hablar con el señor editor, Emilio Sánchez Mediavilla atiende la llamada en pantuflas. La editorial es un cuarto de su casa atestado de sobres, que va rellenando con los ejemplares que le han pedido los lectores a través de la web de Libros del K.O. Emilio se adentra como un bandeirante en esa selva de celulosa en busca del aparato, mientras al otro lado esperan Álex Ayala o Alberto Arce. Ninguno sospecha que recibe en batín. Ni que la rutina diaria (responder al correo, auscultar el boceto de una obra, darle el visto bueno, pulir el texto, hablar con la imprenta, freír unas croquetas…) sólo la romperá la visita a la oficina de Correos, convenientemente adecentado para la ocasión.

Emilio y varios locos más son los responsables de la citada editorial, que ha recuperado la crónica periodística de largo aliento. Su lema, una declaración de intenciones, es genial: “Todo va a salir mal, y nos parece estupendo”. Podría haber sido así si no fuese por el best seller de Nacho Carretero, Fariña, un espléndido vademécum del narcotráfico en Galicia que hunde sus raíces en la Raia, aquella frontera difusa por la que Méndez Ferrín hizo campar en Arraianos a meigas, falangistas, niños con cuernos, maquis, estraperlistas, poseídos y posesos. Por allí transitaba un contrabandista sobre dos ruedas que siempre salía impune: por mucho que lo registrara, la pareja de la Guardia Civil jamás lograba requisar mercancía alguna, porque aquel hombre traficaba precisamente con las bicicletas que montaba. El resto, ya saben: del café al Winston de batea, del tabaco al hachís y, luego, a la cocaína.

Es un libro honesto, escrito por uno de los mejores reporteros contemporáneos, que pone a cada uno en su sitio y desmitifica los tópicos que estigmatizan el territorio. Por ejemplo, hace años, entrevisté al músico Enrique Bunbury y, de aquella charla, brotó un titular: “Para mí Galicia son rayas y centollos”. En fin. Tampoco fue la Sicilia atlántica, aunque mucho no le faltó. Pero volvamos a Nacho, que no ha hecho otra cosa que la que procede: salir a la calle, hablar con la gente y contarlo de manera pulcra, sin alharacas. Puede parecer obvio, pero salir a la calle, en el periodismo de hoy, es menos habitual que la alternativa de que te echen a la calle: la profesión es despedida en procesión, hasta el punto de que parece la santa compaña.

Para espantar el fantasma del paro, otro título magnífico de Libros del K.O., La banda que escribía torcido, una radiografía apasionante del Nuevo Periodismo, encarnado por Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Joan Didion, Gay Talese, Truman Capote o Norman Mailer, que apelaron a la subjetividad como instrumento para alcanzar la verdad o, al menos, para aprehender su realidad: Kennedy, el LSD, Vietnam, el Black Power… El texto de Marc Weingarten, más allá del retrato de una época dorada del periodismo, tiene un efecto instantáneo en el lector: inocula las ganas (algunos dirían la necesidad) de escribir, aunque la lectura es de doble filo, porque el problema es dónde. Quizás en Libros del K.O. o en otras editoriales como Círculo de Tiza y, en digital, eCícero. Aviso para navegantes: no esperen la minuta del New York, Esquire o Rolling Stone.

Al menos, conocerán a gente entrañable como Emilio, que les invitará a unas cervezas de lata recién salidas de una nevera de playa que podrá degustar detrás de la caseta que instala a finales de mayo en el Retiro. La Feria del Libro, además de las colas interminables que se forman ante las firmas consagradas, también son los partidos de fútbol improvisados que disputan sobre el maltratado césped del parque capitalino los chicos del K.O. Alberto Almayer, Javier Lafuente, Guillermo López, Álvaro Llorca y el señor de las pantuflas (sí, esta editorial parece el camarote de los hermanos Marx) contra la selección de autores formada por, entre otros, Daniel Utrilla, Quique Peinado o Ander Izagirre, un contrabandista de pequeñas grandes historias aficionado a las dos ruedas y también best seller de la casa gracias a su épico Plomo en los bolsillos, traducido al vasco y quizás algún día al gallego. Valdría la pena aunque sólo fuese por el título: Chumbo nos petos.

El traje corto le sienta bien a Emilio, que gasta figura de central argentino, con su barba rala talibanesca coronada por una cabellera de caracolas. Un tío al que le pirra el fútbol, claro, de ahí la colección Hooligans ilustrados, donde propios y extraños (el locutor musical Julio Ruiz, el reportero de guerra Ramón Lobo o el cantante de Sr. Chinarro, Antonio Luque) dan rienda suelta a sus memorias sentimentales de los domingos. A falta de que Nacho escriba sobre su amado Deportivo, la nómina gallega está bien representada: Manuel Jabois se baja al bar de Grupo Salvaje para ver al Real Madrid y El Celta no tiene la culpa es la excusa de Alfonso Armada para para mentar al padre. Al periodista del ABC no le apasiona el deporte rey, pero ésa es precisamente la gracia de esta serie: son textos en los que sus autores se miran al espejo, ajustan cuentas con el pasado, se enfrentan a sus fantasmas y, en definitiva, añoran una infancia que huele a petardo y a bocata de tortilla.

Cuando llegó la crisis, sacaron su artillería pesada (Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez; Bajos fondos, de Luc Sante; A Moscú sin Kaláshnikov, de Daniel Utrilla), pero también otros grandes reportajes empotrados en libros menudos que se leen de un tirón y abordan la inmediata actualidad (Mariangela Paone relata los daños colaterales de las políticas de austeridad en Las cuatro estaciones de Atenas) o la memoria reciente (plano en la prosa, hondo en el sentimiento, Wojciech Tochman reconstruye en Como si masticaras piedras las almas rotas de la guerra de Bosnia). Frente al discurso derrotista, se embarcaron en la lunática aventura de fundar una editorial dirigida por y a periodistas, pero no sólo, pues muchos de sus libros se leen como una novela. Tal vez sería más preciso decir que va dirigida a lectores de periódicos, que han visto cómo los grandes reportajes han ido menguando, tanto en cantidad como en calidad; o, al menos, en medios para su confección.

Si no fuera porque él los vende, Emilio sería su mejor cliente. En el fondo, es un lector y, sobre todo, un escritor. Un escritor tapado, con una pluma chispeante, cargada de tinta humorística y con la voz del antihéroe por montera, que a veces se prodiga en las revistas Condé Nast Traveler y GQ. “Me falta sacrificio para ser periodista, cultura para ser historiador y paciencia para ser editor”, dijo en una ocasión, antes de alcanzar la cifra de medio centenar de títulos publicados. Menos mal que ha salido nervioso, porque si llega a tener temple habría que ir encargando una nueva estantería.

(Publicado en el suplemento Táboa Redonda de El Progreso en mayo de 2016)

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