Maldito Pereiro

por Henrique Mariño

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Su rostro era un campo de batalla donde se habían atrincherado el jaco y el sida, el paraíso reventado de la prosopología, un filme expresionista proyectado desde las cuencas fondas, lóbregas, de sus ojos. El retrato que nos dejó Lois Pereiro invita a la munición, a cargarlo de adjetivos: sufrió deprisa, murió joven, dejó un anguloso cadáver. Así, propios y extraños han podido erigir un monumento al poeta desconocido con un amorcillo asaeteado por hipodérmicas a sus pies. Clásico vanguardista. Poeta punk. Maldito Pereiro.

Dejó, antes de abrazar en la otra orilla a Rimbaud, Handke, Pound o Bernhard, apenas dos poemarios urgentes de espinoso hallazgo, a los que se fueron sumando ripios y perdigonazos que había sembrado en publicaciones seminales promovidas por el movimiento atlantista de Manuel Rivas, Antón Patiño o su propio hermano, Xosé Manuel, responsables ahora de su regreso del club de los poetas muertos y olvidados para entrar por derecho en los anaqueles literarios. La Real Academia Galega, acostumbrada a desempolvar a la intelectualidad carpetovetónica, le dedicó este año el Día de las Letras.

Yonqui, roquero, sidoso. Sorprende, ¿no?, que los próceres de la palabra sagrada hayan elegido a un icono involuntario de la contracultura para endomingar sus juegos florales, pero es que lo anteriormente expuesto es todo y nada. Pereiro –más allá de su imagen de maldito, impresa en las conciencias de los neófitos por sus manos perdidas en la baraja de la vida– fue un renovador gracias a un puñado de versos que ejercieron de champú anticaspa en un entorno que incomprendía no lo que se le venía sino lo que ya tenía encima. Con un ojo puesto en las vanguardias centroeuropeas, nos quitó la boina de un plumazo cuando la tribu se enfangaba en el arado o naufragaba en la gamela.

Cuando, tras publicar no sin esfuerzo Poemas 1981-1991, apuró Poesía última de amor e enfermidade, el suplemento cultural de El Mundo la bendijo en 1996 como la mejor obra de poesía editada en España. “La muerte puede o ha de dar muchas sorpresas, sobre todo si se vive como trinchera improbable, baluarte imposible, emoción de exiliado o incluso como experiencia romántica. Uno no anda por la muerte como si anduviera por cualquier otra circunstancia”, sentenció Eduardo Chamorro.

¿Quién era ese tal Pereiro? ¿Qué había hecho además de pergeñar dos libros larguiruchos y enjutos como la propia figura de Giacometti en la que se había convertido el dandi? Alérgico a círculos literarios y conciliábulos intelectuales, sólo era conocido por los suyos y por la modernidad finisterrana, una acelerada generación cultural en busca de referentes universales. Creadores unos y lectores otros de publicaciones como LoiaLuzes de Galiza, en las que propagaría un adelanto de su breve producción.

¿Quién? Luís Ángel Sánchez Pereiro. ¿Dónde? Monforte de Lemos, 1958. ¿Cómo, cuándo, por qué? Lois vino al mundo, donde existiría sólo 38 años, en un cruce de caminos de hierro que tal vez sirva para explicar al artista, porque el tren lo trae todo, pero también se lo lleva. Allí, en una villa lucense con solera, puerto en tierra afectado por la reconversión ferroviaria, madura sus precoces lecturas y exhibe en su mente películas que sólo conocía a través de las revistas. Una cinefilia que, ya en Madrid para estudiar Sociología, materializó en la Filmoteca, que ejercería de verdadera universidad, pues Pereiro le da la espalda a lo académico y se impregna de lenguas extranjeras.

Curiosamente, traduciría años después películas porno, valga el apunte como anécdota, que junto a otras han construido una imagen sesgada del autor de Modesta proposición, un manifiesto –tan contemporáneo– que difumina su aura de maldito y lo enmarca en el compromiso radical. “Ya no vamos a ser cómplices de lo que nos indigne o nos avergüence”, escribe. “Nada es inmutable. Todo se transforma”.

A Pereiro –“el clásico que tiene la literatura gallega sin saberlo”, pontificó Rivas– le inocularon en Madrid el veneno del aceite de colza adulterado, que minaría la salud y el ánimo del autor de un sentido epistolario al amor de su vida, Conversa ultramarina. Instalado en A Coruña, se ennovió con la heroína, le diagnosticaron el sida e imploró una tregua para poner el punto final a sus escritos, recogidos en la Obra completa publicada, en edición bilingüe, por Libros del Silencio. Murió el mismo día que se hizo pública la sentencia del síndrome tóxico, dejando como herencia una lírica cargada de futuro y un epitafio déjà vu: “Escupidme encima cuando paséis / por delante del lugar donde yo repose / enviándome un húmedo mensaje / de vida y furia necesaria”.

(Publicado en la revista Números Rojos en octubre de 2011)

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