Las rutas de la prostitución brasileña en España

por Henrique Mariño

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(Esta serie de reportajes y entrevistas fue publicada en ADN.es en octubre de 2008)

“Te prometen el cielo y la tierra. Vete a España, que vas a ganar mucho dinero. En seis meses podrás montar un negocio y comprar una casa y un coche“. Carla, engatusada con tales promesas, decidió venirse a nuestro país, donde no tocó el cielo ni besó la tierra, pero supo qué es el infierno. Cada año, cientos de brasileñas como ella son captadas por mafias que las empujan a una odisea trufada de engaños, maltratos y explotación sexual. Sólo en Europa hay 75.000 prostitutas brasileñas, de las cuales unas 15.000 podrían residir en nuestro país, según fuentes de la Policía Nacional, que reconocen la dificultad para cifrar su número porque el ejercicio de la prostitución en España no es ilegal. Por ello, no existen registros fiables, aunque prácticamente todas se prostituyen en clubes (al menos 4.000) o pisos (los periódicos están plagados de anuncios por palabras, pero se desconoce cuántos hay). La calle es sobre todo para travestis o transexuales.

¿Cómo las engatusan? ¿Por dónde llegan? ¿Quién las explota? ¿Y su vida en el club? ADN.es siguió el periplo de estas chicas desde que ponen un pie en Lisboa o Madrid hasta que, después de meses o años ejerciendo la prostitución, consiguen escapar, ser rescatadas por la Policía o saldar la deuda contraída con las redes de trata de blancas. Así funcionan las rutas de la prostitución brasileña en España.

Destino final: España

La Investigación sobre el tráfico de mujeres, niñas y adolescentes con fines de explotación sexual (Pestraf) realizada en Brasil en 2002 reveló que existían 100 rutas internacionales de tráfico, de las cuales 32 tenían a España como destino final, por encima de Holanda (11), Venezuela (10), Italia (9) y Portugal (8).

“Las brasileñas entran a nuestro país por Oporto y Lisboa, aunque también por Madrid, pero en menor medida. Desde Portugal, suelen desplazarse a Vigo, A Coruña, Oviedo y Pamplona”, revela Ramón Esteso, responsable de inclusión social de Médicos del Mundo. Una vez en España, son sometidas a rotación, es decir, comienzan a ser trasladadas de club en club. “Hemos tratado a mujeres en Vigo y, a los cinco meses, era posible verlas en otras ciudades del norte, como Pamplona”, apunta.

Su distribución, en mayor o menor medida, abarca buena parte del territorio español y en algunas zonas representan la comunidad más numerosa. En Badajoz, por ejemplo, son mayoría tras las rumanas, como pudimos comprobar en varios locales situados en las afueras de la ciudad extremeña. Entre un 30 y un 40% proceden de Brasil, según fuentes de la Brigada de Extranjería de la Policía Nacional de Badajoz, que considera que entre siete u ocho de cada diez son de Goiás, estado situado en el interior de Brasil. En Galicia, representan el 60% de las prostitutas.

El norte de la península, grandes ciudades como Madrid y Barcelona, y las Islas Baleares son las zonas donde están más presentes, aunque la Policía ha desarticulado redes en otras urbes como, por citar tres ejemplos distantes entre sí, Castellón, Sevilla o Las Palmas.

La captación en el lugar de origen

La mayoría de las mujeres que salieron de su país para ejercer la prostitución eran afrobrasileñas, según la Pestraf. Muchas de ellas habían sufrido algún tipo de violencia, procedían de clases populares (baja escolaridad, oriundas de la periferia de las ciudades con carencia de saneamiento y transportes), vivían con algún familiar, tenían hijos y desempeñaban actividades laborales de “baja exigencia”.

Los responsables de esa investigación también percibieron la inserción en la prostitución de chicas de clase media, quienes son reclutadas en su lugar de origen por los contactos de las mafias en Brasil, por mujeres que ejercen o han ejercido la prostitución (que ven reducida su deuda o reciben una compensación económica a cambio) e incluso por sus propios familiares. También está el caso del brasileño residente en España que vuelve a su país, seduce a una mujer y le propone venirse a Europa junto a él.

Podría pensarse que todas son pobres, pero no siempre es así. Frecuentemente, lo que impulsa a las mujeres a viajar a Europa es mejorar su calidad de vida, por lo que aceptan propuestas de trabajo bien remuneradas. Además, Goiás no es precisamente una región desfavorecida. Allí trabajaban, sobre todo, en el sector servicios: peluqueras, esteticistas, camareras, recepcionistas…

Después de las oriundas de ese estado, le siguen en número las de Minas Gerais, Sao Paulo y Río de Janeiro, aunque en ocasiones los datos no se refieren a su lugar de origen sino al aeropuerto del que partieron las chicas. Su elección está sometida a varios factores (desde la belleza física hasta sus ataduras familiares) que explicaremos más adelante, aunque es evidente que resulta más fácil someter a una persona con hijos que a una soltera y sin compromisos.

La bolsa de viaje

Existen agencias de viajes que funcionan como tapadera y organizan el desplazamiento, así como prestamistas que, indirectamente, también se benefician del tráfico de personas. Viajan solas o en grupos reducidos, procuran evitar sospechas y portan una bolsa de viaje facilitada por las mafias, compuesta por el pasaporte y el visado, el billete de avión, la reserva de hotel y la cantidad de dinero que solicitan las autoridades españolas para poder entrar en el país.

Así, gracias a la cobertura legal que les brindan las redes, viajan como turistas o con falsos contratos de trabajo. Una vez que se suben al avión, contraen una deuda económica que devolverán cuando lleguen a España y que, en algún caso, ha llegado a alcanzar los 8.000 euros. Incluso puede llegar a formalizarse ante notario, tal y como relata la Guardia Civil en el informe de 2005 Trata de seres humanos (con fines de explotación sexual).

Algunas chicas no se imaginan que tendrán que prostituirse, puesto que les han prometido un trabajo de camarera o bailarina, y las que lo saben desconocen las verdaderas condiciones en las que tendrán que hacerlo. “Conocemos el caso de unas chicas que tenían que pagar por ducharse y por el agua que bebían. Las encerraron en un piso y, como se resistían a ejercer la prostitución, les pegaron palizas hasta que accedieron a ir al club”, asegura Beatriz Cercas, asesora jurídica de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura.

Amenazas de muerte

“Nunca terminas de pagar. Parece que siempre estás debiendo dinero”, confiesa Carla, quien no tardó en ser amenazada por el dueño del club tras llegar a nuestro país. “Me dijo que si no pagaba la deuda, mataría a mi familia en Brasil. Y que si intentaba huir, también me mataría a mí”. No fue capaz de cumplir sus órdenes y estuvo quince días sin poder acostarse con un cliente. “Cuando se acercaban a mí, sólo era capaz de llorar. Quería volver a mi país, pero no podía”.

Carla, lejos de las garras de su explotador, recuerda ahora que su experiencia fue “horrible y tenebrosa”. Sumida en una crisis depresiva, tenía que recurrir a las drogas para soportarlo todo. “Sólo conseguía trabajar si esnifaba coca y, cada noche, me toma un libro de Ballantines. Creía que estaba en el propio infierno e incluso intenté suicidarme”.

Conozcan o no su futura ocupación, nos encontramos ante casos de engaño y explotación, puesto que de la promesa a la realidad hay un gran trecho y, además, existe alguien que se lucra con su trabajo. El dueño del club donde estaba ella se encargaba puntualmente de minarla psicológicamente. “Mira, hija de puta, vienes de Brasil, donde pasas hambre. ¿Te crees que estás de vacaciones? Tú tienes una deuda conmigo”.

El problema, según una experta en trata de mujeres con fines de explotación sexual que prefiere omitir su nombre, reside en que muchas “no se reconocen como víctimas de tráfico porque creen que están simplemente pagando la deuda”. Llegado este punto, conviene diferenciar entre trata y tráfico de personas. El objetivo de la trata es la explotación, mientras que el del tráfico es la entrada ilegal de inmigrantes. Hay redes que sólo se dedican a traficar con personas (prostitutas o no), otras que compran a las mujeres y las explotan sexualmente en clubes, y también existen mafias que reclutan a las chicas, las ponen a trabajar en sus propios locales y, si lo estiman oportuno, las revenden.

“Les dicen que van a ganar mucho dinero en tres meses, pero nunca les dicen si van a salir del club o si lo tienen prohibido, si lo pueden dejar cuando quieran, si van a pagar un alto precio por el alquiler de las habitaciones donde duermen o si las van a ir rotando”, añade Cercas, quien deja claro que el explotador no siempre es el dueño del club. “Simplemente, éste puede pedirle a una red que les traiga a chicas y después les alquila las habitaciones, pero quien se lleva el dinero por los servicios puede ser un proxeneta”, explica a modo de ejemplo.

Muchas vienen con la intención de permanecer en España los tres meses a los que da derecho el visado de turista y, en ese tiempo, deben saldar la deuda y ahorrar el máximo dinero posible para volver a su tierra con la cartera repleta de billetes. La teoría, para algunas, pinta bien, pero a veces la realidad que se encuentran es bien distinta. El permiso expira justo cuando han terminado de pagar lo acordado y no ven otra salida que seguir prostituyéndose en España, pero en este caso en situación irregular.

Las condiciones de trabajo

En el aeropuerto de destino las espera un miembro de la red o un intermediario que las trasladará al club o piso, donde ejercerán la prostitución, ya que las brasileñas no suelen trabajar en la calle. Los principales aeropuertos de destino son los de Madrid o Lisboa, aunque cuando los controles son más estrictos, las mafias optan por viajar a otros países (Francia, Holanda o Suiza).

El Servicio de Extranjeros y Fronteras de Portugal ha detectado a mujeres que habían aterrizado en Italia o Alemania, mientras que la prensa brasileña se ha hecho eco de mafias que las introducían a través de países del este de Europa. “Las redes conocen las vías de entrada. Antes venían a Madrid, pero hace dos o tres años comenzaron a ser más estrictos en la frontera y comenzaron a entrar por Lisboa. Procuran que vengan arregladas y les dan unas lecciones para que sepan responder a la policía. Lo importante es que no parezca que vienen a ejercer la prostitución”, comenta una experta en trata de mujeres.

Desde allí, son transportadas a los clubes por carretera. Nada más llegar, les retiran el pasaporte y les explican cómo será su trabajo (número de servicios por jornada, multas si exceden el tiempo acordado, etcétera) y los conceptos por los que tendrán que pagar (dormir, ropa de cama, preservativos) o por los que recibirán un porcentaje (servicios con los clientes, copas a las que son invitadas…).

Hay casos de chicas que tienen que comprar ropa con la marca del propio club. La asociación viguesa Alecrín también denuncia que hay locales que les cobran 300 euros por empadronarlas o 1.000 euros “por mirarle los papeles, cuando no hacen nada y sólo les dan un escrito de humo“. Otras veces, les hacen pagar 90 euros al mes por hacerle análisis médicos, pero “son ellos quienes se quedan con los resultados”. Y algunas, insiste Silvia Pérez, coordinadora de la entidad, “llegan a cobrar 6.000 euros por casarse con un español”. El porcentaje por cada servicio varía en función del local, pero suele ser del 50% si la mujer ya ha saldado la deuda, porque de lo contrario le retiran todo o la mayor parte del dinero. A un ritmo, eso sí, que puede alcanzar los 30 servicios por noche.

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2. RETRATO DE LAS PROSTITUTAS BRASILEÑAS EN ESPAÑA

“No hace falta reclutar a nadie, porque para muchas brasileñas ir a Europa supone una posibilidad de ascensión social. Otra cosa es que después pasen a ser unas víctimas explotadas”. La embajada de Brasil en Lisboa denuncia la facilidad de las mafias para captar a personas y prostituirlas en España o Portugal. “Si conociesen al detalle la vida que les espera aquí, se lo pensarían dos veces antes de venirse, aunque hay gente que lo sabe y no le importa”.

Los clubes del país vecino están atestados de brasileñas, según fuentes diplomáticas, quienes revelan que la imagen que tienen los portugueses de las mujeres procedentes de su excolonia está muy estereotipada: “Exuberante, sensual y entregada”. Una percepción errónea y falsa también cimentada por la prensa lusa, critican las autoridades del país sudamericano, que ha llevado a catalogar a la brasileña de “fácil”.

Un estudio del Servicio de Extranjeros y Fronteras de Portugal (SEF) realizado con 536 mujeres que ejercen la prostitución en clubes lusos revela que el perfil de las brasileñas es el siguiente: soltera, entre 22 y 30 años, con estudios medios, en situación irregular, con dificultades económicas y no consciente de ser víctima de una red de trata de mujeres con fines de explotación sexual. La afinidad lingüística las ayudó a elegir Portugal como destino, aunque muchas habían entrado desde España.

Ramón Esteso, responsable de inclusión social de Médicos del Mundo, considera en cambio que las brasileñas que ejercen la prostitución en España viajaron principalmente en avión hasta Lisboa y Oporto, para después entrar en nuestro país. Renato Faria, portavoz de la Embajada de Brasil en Lisboa, rechaza que Portugal sea una “placa giratoria” desde donde se trasladan a otros estados. “Algunas podrán irse a España o Gran Bretaña, pero otras muchas, no”.

Viviane, por ejemplo, se quedó en Portugal y tiene muy claro que en breve volverá a su país. Acodada en la barra de un decadente club del centro lisboeta, quiebra el estereotipo trazado hasta el momento: pasa de los 40, tenía un trabajo bien pagado en su país hasta que se le terminó el contrato y su discurso es propio de una persona formada. “Yo no era puta en Brasil, pero una amiga me dijo que me viniese a Lisboa con ella porque si no difícilmente le iba a dar una carrera a mi hija”.

“Lloro cada vez que hablo con mi madre”

El teléfono suena en su casa de Goiás todos los días. “Lloro cada vez que hablo con mi madre y mi hija piensa que trabajo en un restaurante, pero no me siento avergonzada por trabajar como prostituta, ¿sabes? Estoy divorciada y quiero demostrarle a mi exmarido que puedo educar a mi niña”, explica mientras aspira el humo de un cigarro dándole la espalda a un hombre que acaba de acercarse a la barra. Tuerce la vista, lo observa fugazmente y continúa. “Yo fui muy guapa y no estoy mal para la edad que tengo, pero echo un año más aquí y me vuelvo”.

La melena lisa y rubia de Viviane flanquea su rostro enjuto. Un par de horas más en el local y volverá a su pequeño apartamento, donde ejerce libremente, comenta. “Esto lo hago porque quiero. Trabajo de once de la noche a tres y media de la mañana, pero si me pagan una copa, puedo irme del local cuando quiera”. Vuelve a mirar hacia atrás y le suelta el anzuelo al cliente. Es español y lleva un par de copas de más encima. “Claro que me prostituyo por dinero, pero no me voy con cualquiera”. El club está repleto de chicas, muchas de ellas brasileñas, y los clientes son minoría.

Luana, mucho más joven que ella, se irá cuando cierre el local a una discoteca, donde espera redondear la noche. “Suelo estar hasta las siete y después duermo toda la mañana”. No quiere volver a Sao Paulo porque es inseguro, aunque sueña con traerse a su pequeña hija y a su madre. Recuerda que, cuatro años atrás, lo primero que conoció de Europa fue el aeropuerto de Madrid, desde donde viajó hasta Portugal. “Por cierto, ¿en qué hotel estás?”.

Invisibles y estigmatizadas

Tras dejar Lisboa atrás y viajar por Badajoz, Madrid, Ibiza, Santiago y Vigo, extraemos otra conclusión: las brasileñas no ejercen la prostitución en la calle. Es muy raro verlas, pese a que hay mujeres que prefieren estar a la intemperie con tal de poder elegir al cliente. Sin embargo, las tarifas son menores, mientras que en los locales de alterne están establecidas. ¿Pero trabajan en libertad o no? Marta González, coordinadora del Proyecto Esperanza en Madrid, reconoce que autoridades y ONG opinan de diferente manera. “Mucha gente no entiende que el engaño puede ser respecto al tipo de trabajo, pero también en cuanto a las condiciones. Tampoco les dicen la verdad respecto al tiempo y algunas a las que les prometen que trabajarán tres meses tienen luego que estar pagando su deuda durante uno o dos años”.

Hay quien logra zafarse de sus explotadores, que pueden ser los encargados de traerlas a Europa o los propios responsables de los clubes. “Hay mujeres amenazadas que se escapan, aunque les hayan retenido su pasaporte, y vienen aquí diciendo que lo han perdido para que les demos uno nuevo”, sostienen fuentes del Consulado de Brasil en Portugal. En ocasiones, cuando cuentan con documentación pero el visado ha vencido, recurren a la excusa de la lavadora: tras un lavado, se borran las pruebas de la entrada en el país y se ahorran la multa por haberlo perdido.

Si lo consiguen, las mujeres se enfrentan con otro problema. “Uno de sus rasgos es que son invisibles”, explica Lourdes Pazo, educadora social de Vagalume, el programa que desarrollan las Hermanas Oblatas en Galicia con mujeres que ejercen la prostitución. Trabajan y duermen en el club, ajenas a los usos y costumbres del nuevo mundo al que pertenecen. Sin embargo, están estigmatizadas. “Nadie quiere a prostitutas en el piso de arriba o de abajo. Y, si hay una redada en un local, policía y prensa las definen como si hubieran cometido un delito o estuviesen al margen de la sociedad”.

Como no tengan documentación, “las meten en el mismo saco de los delincuentes arrestados”, denuncia Beatriz Cercas, asesora jurídica de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura. “Las fuerzas del orden creen que quieren denunciar para conseguir los papeles. Se les considera infractoras, no víctimas”. Eso, a pesar de las calamidades que atraviesan, como se encarga de recordar Silvia Pérez, cuya asociación calcula que el 60% de las personas que ejercen la prostitución en los clubes gallegos proceden de Brasil. “Nos consta que algunos dueños han cobrado a las chicas noventa euros al mes por realizar análisis clínicos, 300 euros por empadronarlas y 6.000 por casarse con un español”, explica la portavoz de Alecrín.

El sentimiento religioso y la noción del fracaso

Llegados a este punto, el carácter religioso de las brasileñas no es algo accesorio, puesto que el choque que supone para ellas el ejercicio de la prostitución es brutal. Católicas, evangélicas, espiritistas… Brasil es una tierra donde el peso de la religión es palpable. “Sí, ese sentimiento a veces les da fortaleza para seguir adelante. Menos mal que tienen a donde agarrarse”, explica Cleo Rodríguez, religiosa perteneciente a las Oblatas y responsable de Vagalume.

¿Y los ingresos? ¿Consiguen mejorar su situación económica? “Algunas ganan dinero en algún momento de su vida, pero eso de que ganan mucho dinero no sé yo. Lo mandan todo a su país, donde sus familiares viven como reyes, y parece que tienen que mantener a medio pueblo. Después están la ropa y los caprichos, por no hablar del club, donde les venden de todo y siempre terminan pagando por diferentes motivos”, reconoce Rodríguez.

Deudas, hijos, la vergüenza ante el regreso y la deshonra por no haber hecho las europas… “Me confiesan que no quieren retornar porque el sentimiento de fracaso es grande. Se vinieron a España para triunfar y hacerse ricas, por lo que no pueden volver con las manos vacías. Muchas están separadas, con hijos o familias desestructuradas. Si conservan el núcleo familiar, algunas piensan: Vuelvo para estar al lado de mi gente, aunque sea pobre. Pero cuando llegan y se recomponen, se preguntan: ¿Qué pinto aquí? Entonces, regresan a España, pero no tan engañadas”. En este caso, el motivo del viaje tal vez no sólo sea el dinero, como sugiere la responsable de una entidad que trabaja en la rehabilitación de prostitutas. Después de insistir en el drama que viven, lejos de su país y en condiciones que nunca se habían imaginado, alza la vista y concibe con sus ojos una interrogación. “Pero, a ver, ¿tú conoces alguna puta rica?”.

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3. MI INFIERNO DE VIDA EN UN CLUB DE ALTERNE

Las captan en Brasil, ofreciéndoles contratos en el sector servicios o como prostitutas, sin imaginarse las condiciones infrahumanas en las que van a ejercer la prostitución. Muchas no se habían acostado antes por dinero, pero por un puñado de billetes se aventuran a dejarlo todo para venirse a nuestro país. Llegan a través del aeropuerto de Madrid, pero también de Lisboa, Oporto y otras capitales europeas. Es entonces cuando son trasladadas a los clubes, puerta de entrada a su infierno personal.

Muchas veces no saben con certeza dónde se encuentran, una confusión que se ve acrecentada por el aislamiento que sufren, pues permanecen encerradas en locales que suelen estar alejados de los centros urbanos. “Una vez me llamaron dos brasileñas que estaban secuestradas en un club para que las ayudásemos”, recuerda Beatriz Cercas, asesora jurídica de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura, quien apenas recibió más información hasta que volvió a llamarle la madre de una de ellas.

“Pensaban que estaban en Madrid, pero en realidad sólo veían a través de la ventana del baño una carretera y árboles. Al final, las liberaron en un club que estaba entre la capital y Burgos”, añade esta abogada extremeña, consciente de la dificultad para entablar una relación de confianza con las mujeres para poder ayudarlas. “Llegué a conocer a una prostituta que no quería reconocer lo que hacía y prefería decir que trabajaba como cocinera en un club”.

Una vez allí, las mujeres suelen estar durante 21 días para, posteriormente, ir pasando de un local a otro. “La rotación de brasileñas se produce para que no se apeguen a los clientes y los clubes funcionan como un hotel, donde trabajan y alquilan un cuarto para dormir”, asegura una experta que conoce a fondo el mundo de la prostitución. Además del ansia de chicas nuevas que tienen los que se acercan a las whiskerías, el continuo traslado impide que traben amistad entre ellas.

Miedo a los explotadores, pero también a denunciar

Carla relata que no fue capaz de acostarse con un cliente durante los primeros días en España, por lo que el dueño comenzó a intimidarla. Lejos de esa pesadilla, reconoce que necesitaba consumir alcohol y drogas para soportarlo. “Las doblegan psicológicamente”, explica Ramón Esteso, responsable de exclusión social de Médicos del Mundo.

Según él, el ejercicio de la prostitución supone para las brasileñas “un shock por cuestiones religiosas y culturales”. Por no hablar de las advertencias de hacer pública su condición en su localidad de origen, una afrenta por la que no quieren pasar, o de las amenazas de matar a sus familiares. “Una chica de Goiás se atrevió a declarar a la Policía y le mataron a su hijo en Brasil”, asegura Silvia Pérez, coordinadora de la asociación Alecrín.

Además de las agresiones, algunas prostitutas también sufren dependencia psicológica de sus explotadores, a los que difícilmente delatarán, porque en el fondo creen que son los únicos que pueden ayudarlas. Denunciar implica reconocerse ante la Policía como irregular y enfrentarse a un proceso de expulsión, a la vez que se sienten desamparadas ante la ley.

“No hay ayuda psicológica para ayudarles a que denuncien”, asegura Cercas. “Se las trata como infractoras, no como víctimas, por lo que sólo el 1% de las obligadas a prostituirse llegan a denunciar”. La portavoz de Alecrín, que presta asistencia legal a las prostitutas y se presenta como acusación popular si deciden cursar una denuncia, añade que “los dueños las amedrentan y les hacen creer que si declaran en un juicio el perjuicio va a ser para ellas”.

Explotadores y fuerzas del orden

Las situaciones con las que se encuentra la Policía son dramáticas. “Cuando llegamos a un club, algunas se escapan y echan a correr. Si están en situación legal, les preguntamos por qué huyen. Nos dicen que tienen miedo y se ponen nerviosas. En una ocasión, una mujer, entre el nerviosismo y la bebida, se tragó la lengua y un compañero tuvo que evitar que no se asfixiase”, relatan fuentes de la Brigada de Extranjería de Badajoz, que estiman que un 20% de las brasileñas no tienen papeles. Otras fuentes consideran que la cifra de indocumentadas es muy superior.

En su huida, recurren a cualquier escondrijo para evitar ser arrestadas, desde un armario hasta los bajos de una cama. Temen a su explotador, pero también a las fuerzas del orden. Y no quieren que el sueño/pesadilla llegue a su fin. Carla lo consiguió, pero no a cualquier precio. “Mi vida no tenía sentido. Aquí maduré mucho, pero con sufrimiento. No le deseo a nadie lo que pasé, porque me ha generado secuelas para siempre”.

Ahora que ha rehecho su vida, confiesa que no volvería a coger el hatillo y cruzar el Atlántico en busca de una vida próspera. Es falso: la realidad era ésta. “La prostitución destruye a la persona. Que ninguna chica piense que en España van a ganar montones de dinero, porque en el mundo de la prostitución hay malos tratos y cada año que pasa las cosas empeoran”.

Tarifas e intereses

Una chica puede cobrar unos 50 euros por servicio, 100 euros por salida y entre 300 y 500 euros por noche, aunque depende de los locales y las condiciones a las que estén sometidas. “Incluso hay clubes que incluyen en el servicio la cocaína”, asegura Pérez, quien deja claro que “si hay trata a veces no ven un duro durante los primeros meses”. Y si pactan con el dueño del club que le manden remesas a su familia, “le cobrarán los intereses” del préstamo. Aunque las mujeres podrían liquidar en uno o dos meses la deuda contraída, el sistema al que se ven sometidas provoca que su dependencia de las mafias se dilate, tanto por los intereses como por los nuevos gastos que se ven obligadas a realizar nada más poner un pie en España.

Al principio, comenta Esteso, “no son conscientes de que son víctimas de trata” y creen que el pago de la deuda es sinónimo de reintegro de lo adeudado, sin pensar que redes o dueños de clubes se lucran a su costa y que están siendo explotadas. “Cuando se dan cuenta, se preguntan cómo pudieron aguantar en esa situación, aunque a veces prefieren poner tierra por medio para no recordar sus comienzos”, concluye el portavoz de Médicos del Mundo.

Una vez saldada la deuda, las mujeres pueden regresar a su país o quedarse en España como irregulares, puesto que lo habitual es que hayan llegado con un visado de turista de tres meses. Algunas vienen por temporadas, intermitentemente, durante años. Otras siguen prostituyéndose y, al estar libres, se someten a la disciplina que marcan los dueños de los clubes: rotación y pago de la diaria, o sea, de los gastos que realiza una chica en el club.

Policía y ONG reconocen que es difícil que una mujer abandone la prostitución para ganar un exiguo sueldo como cuidadoras o empleadas del hogar. “Conocimos a una chica que trabajó una semana limpiando y lo dejó porque, como decía ella, los 600 euros que le iban a dar al mes los ganaba en dos noches. Y se volvió al club”, explica un agente de la Brigada de Extranjería de Badajoz.

Son muchos los factores que provocan que sigan ligadas a la prostitución y es entonces cuando entran en escena las asociaciones de ayuda a víctimas o en defensa de las prostitutas, que suponen para ellas un haz de esperanza. Otras, en cambio, no tienen esa opción porque están sometidas a un régimen de explotación sexual. La única salida es la fuga, en ocasiones ayudadas por un cliente, aunque eso supone a veces un nuevo vía crucis.

Hay otra alternativa, pero no siempre es bienvenida: la intervención policial, que hasta ahora les ha supuesto enfrentarse a su condición de irregulares y tener que regresar a su país, humilladas ante los suyos por no haber hecho las europas.

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4. “LAS MUJERES BRASILEÑAS NO SE VEN COMO VÍCTIMAS”

Una experta en trata de mujeres con fines de explotación sexual que prefiere omitir su nombre asegura que la mayoría sabía que iban a ejercer como prostitutas, pero fueron engañadas respecto a las condiciones.

– ¿Son obligadas las mujeres a prostituirse? ¿Vienen engañadas?

– De las chicas que he conocido y por informaciones de algunas de las organizaciones que las atienden, un porcentaje pequeño pensaba que venían a trabajar en otra cosa. El engaño no se da tanto en la actividad que vienen a ejercer como en las condiciones de ejercicio de la actividad y en el valor de la deuda que tienen que pagar. Mientras no la saldan, muchas veces les retienen el pasaporte, no les dejan tener plena libertad de movimiento e incluso las amenazan. Si no quieren trabajar tantas veces como les dicen, les pegan o las amenazan personalmente o a sus familias. Cuando les golpean, nunca es en el rostro, para que no queden marcas y perjudiquen el trabajo. Verificamos, en algunos pocos casos, violaciones. Y conozco a chicas que se engancharon a la cocaína para soportar el ritmo de trabajo.

Las mujeres tienen la percepción de que pagando su deuda podrán, a partir de ahí, juntar dinero para mandar a sus familias y después volver a Brasil. Pasados tres meses de su estancia en España, se quedan como irregulares y siguen en una situación de vulnerabilidades sujetas a la explotación. Las que quieren dejar la prostitución no encuentran mejores posibilidades (por su irregularidad). Si salen del club/piso, terminan trabajando como empleadas del hogar o cuidando ancianos. Aunque tendrían más capacidades para trabajar en otros sectores, no pueden conseguir un trabajo formal. El dinero conseguido en esas actividades no es suficiente para seguir enviando dinero a sus familias, lo que las hace seguir en la prostitución.

– ¿Existen clubes que se quedan con todo el dinero que ganan las mujeres?

– Las mujeres víctimas de trata con fines de explotación sexual no se ven como víctimas de esa forma de explotación. Entienden la venida a España, por medio de terceras personas, como una estrategia migratoria, aunque sea ejerciendo la prostitución. Así, no perciben las formas de explotación que sufren y creen que están simplemente pagando la deuda asumida. Podemos identificar, grosso modo, dos momentos de explotación. El primero, cuando las mujeres llegan a España, donde todo el dinero que ganan es para los dueños del club o del piso, hasta que consiguen saldar la deuda. Después de saldarla, los dueños se quedan con un porcentaje de lo que ganan, sea en servicios sexuales, sea en lo consumido en copas por los clientes.

Creo que es importante diferenciar los dos delitos relacionados con intermediarios que posibilitan el traslado de personas de un país a otro: el tráfico de migrantes, también conocido como contrabando de personas, donde el traficante posibilita la entrada de una persona a otro Estado, por vías no normales, cuando ésta no cumple los requisitos necesarios para ser aceptada por el país de destino; y la trata de personas, que se refiere a garantizar la entrada de una persona en otro Estado con el fin de explotarla en el país de destino. Esa explotación puede ser sexual, laboral, para donación de órganos, para matrimonio forzado, etcétera.

Existe otro contexto en que se verifica la explotación sexual de mujeres brasileñas que no fueron traídas a España por redes de trata. Conocemos casos de mujeres que fueron traficadas, saldaron la deuda, volvieron a Brasil, decidieron más tarde regresar a España de forma autónoma, sin la ayuda de nadie y sabiendo cómo funciona el mercado sexual. En este caso, buscaron por sí solas ejercer la prostitución en clubes o pisos. Eso no quita que sean o hayan sido explotadas en esos clubes, pero no podemos definir a esas mujeres como víctimas de trata y sí como mujeres explotadas sexualmente.

– ¿Cuáles son las vías de entrada que utilizan las redes de trata?

– Antes venían a Madrid, pero hace dos o tres años, con las restricciones en la frontera, comenzaron a entrar por Lisboa. Luego, ocurrió lo mismo allí y comenzaron a utilizar París como vía de entrada en Schengen, para trasladarse posteriormente a España. Tras aterrizar, viajan en tren o por carretera, tanto en coche como en bus. O las van a buscar o ellas poseen instrucciones de cómo llegar a España. Las redes procuran que vengan arregladas y les dan unas lecciones para que sepan responder a la policía. Lo importante es que no parezca que vienen a ejercer la prostitución.

– ¿Por qué hay tantas brasileñas que ejercen la prostitución en clubes españoles?

– Puede haber muchas explicaciones. La prostitución es un negocio, donde se busca el lucro por encima de todo. Así, las redes de trata buscan más que nada las nacionalidades que les presentan facilidades en la entrada de las mujeres, hombres y transexuales en los países de destino (pese a que las mujeres son la gran mayoría) y las que les posibilitan más lucro. Otro aspecto elegido por las redes es la situación de vulneración social de las mujeres, sea por cuestiones momentáneas de los países, sea por ausencias estructurales del propio Estado. Los propios espacios de ejercicio de prostitución no siempre son ocupados por todas las nacionalidades.

Las mujeres brasileñas, por ejemplo, no suelen trabajar en la calle y sí en pisos y clubes. La explicación dada por algunos es que el colectivo de las brasileñas es bastante rentable. Ese tipo de negocio no involucra solamente el sexo en sí. Hay servicios paralelos que suelen dar mucho dinero como, por ejemplo, las copas. Las brasileñas consiguen que los hombres beban más y les inviten a copas. El dueño del club gana de ese modo parte de lo conseguido con las copas y con el servicio sexual.

El perfil de los clientes de la prostitución, también conocidos como “puteros”, no está debidamente estudiado. Lo que sí se percibe es que el cliente no se ve preocupado por la persona que está en el otro lado, por esa mujer con la cual mantiene relaciones sexuales. Para ellos, se trata de un contrato de prestación sexual. Donde sus fantasías y la relación de patriarcado aún imperante hace que se vean en el derecho de comprar a una mujer, aunque sea por media hora, y poseerla como un objeto.

 

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5. VAGALUME, LUCIÉRNAGAS EN EL POZO DE LA PROSTITUCIÓN

“Los problemas psiquiátricos nos desbordan”. La educadora social Lourdes Pazo se enfrenta cada día a éste y otros problemas en Vagalume, una asociación que asiste a mujeres que ejercen la prostitución en los clubes repartidos por la geografía gallega y en su centro, ubicado en Santiago de Compostela. Vagalume significa luciérnaga y precisamente luz es lo que les ofrece este programa desarrollado por las hermanas Oblatas y Cáritas a las mujeres abocadas a la prostitución.

“La luz existe, pero depende de la salida que quieras. Algunas optan por cambiar de vida y otras, no. Ahora bien, no obligamos a nadie a dejar la prostitución, pero tratamos de acompañarlas y de que, si deciden seguir ejerciendo, lo hagan en las mejores condiciones posibles”, reconoce Pazo, quien asegura que muchas de las chicas llegan a su centro destrozadas psicológicamente. “No podemos con ese problema y queremos que la Administración se dé cuenta de su calado”.

Engañadas y maltratadas, acercarse a las prostitutas no es una tarea fácil. “Es muy importante que confíen en nosotros, pero les choca que alguien esté dispuesto a ayudarles gratuitamente”, apunta. Por ello, las asociaciones suelen desplazarse en unidades móviles hasta los clubes y repartir material higiénico y sanitario, una forma de poder entrar en los locales e intimar con las mujeres hasta que se crea un vínculo.

Vagalume, por ejemplo, opera en seis rutas y visita 26 clubes situados en un radio de treinta kilómetros de Santiago. En un año, suelen atender a unas mil mujeres, a las que les facilitan kits y folletos informativos sobre el programa que desarrollan desde 1990. De ellas, unas 180 terminaron visitando el año pasado el centro de día, donde participan en talleres y reciben asesoramiento jurídico y asistencia psicológica.

Inserción e integración

En cuanto entran en contacto con la asociación, comienzan a ser acompañadas por las trabajadoras para realizar trámites de manera gratuita, ya que los clubes suelen cobrarle cantidades astronómicas por ello. Vagalume, en cambio, les da una pequeña ayuda económica cada vez que asisten a un curso (técnicas de empleo, informática, manualidades…) para fomentar la asistencia y profundizar en su integración, ya que las enseñanzas les serán útiles si un día deciden insertarse en el mundo laboral.

Tras años de trabajo, han trazado su perfil. Ocho o nueve de cada diez chicas asistidas proceden de Brasil, la mayor parte del estado de Goiás. “Antes eran dominicanas, luego colombianas, ahora brasileñas y cada vez hay más paraguayas”, asegura la hermana Cleo Rodríguez, coordinadora de Vagalume, cuya primera misión es ofrecerle a las mujeres la posibilidad de empadronarse y conseguir la tarjeta sanitaria.

“No conocen la realidad que les rodea, porque nada más llegar de Brasil las han metido en un club. No saben moverse ni conocen sus derechos. Están acostumbradas a recibir insultos y no esperan otro trato. Hay gente que llega muy mal y, cuanto más tiempo lleven ejerciendo, más difícil les resultará rehacer su vida e integrarse. Si se estabilizan en ese mundo, pierden la esperanza de poder cambiar”.

Además del trabajo en los clubes y en el centro de día, el programa cuenta también con un centro de atención psicopedagógica y familiar, que favorece la integración de los hijos de emigrantes, así como con un piso de emergencia. En él, viven temporalmente mujeres que han ejercido la prostitución y se encuentran en una situación especialmente delicada. Mujeres, no prostitutas, matiza Lourdes Pazo, quien insiste en dejar claro que su profesión no es la de meretriz, un denominación que también desecha. Son muchos años ya, según esta educadora social, luchando para erradicar ciertos términos peyorativos u ofensivos que alimentan la imagen de una mujer degradada, cuando en realidad son víctimas de trata con fines de explotación sexual o, dicho con otras palabras, personas que en un determinado momento de su vida ejercen la prostitución.

Vagalume trabaja para que esa época sea pretérita, fortaleciendo a mujeres minadas psicológicamente, pero no vencidas. Muchas dejaron atrás el ejercicio y otras han encontrado en el programa una mano tendida, que las ha apartado de los muros de un club y conducido hasta un piso de acogida. Una etapa vital previa a la reinserción en un mundo paralelo al que les ha tocado vivir durante meses o años. El paso intermedio entre el infierno y la libertad. Un zaguán de esperanza.

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6. CHACHA, ENFERMERA, ESPOSA Y PROSTITUTA

Algunas prostitutas que consiguen liberarse de las pezuñas de sus explotadores terminan cayendo en las garras de sus propios clientes. Creen que son salvadas por un príncipe azul (oscuro) hasta que se dan cuenta de dónde se han metido. “La fórmula para conseguir los papeles es casarse con ellos, pero las relaciones que se crean son asimétricas y de poder”, explica la responsable de una entidad que trabaja en la reinserción de prostitutas, sobre todo brasileñas.

Los matrimonios blancos y las relaciones asimétricas son otros aspectos de la prostitución que deben ser tratados por los psicólogos y terapeutas que asisten a chicas que consiguieron dejar atrás el club, pero no los abusos. “Los ven al principio como salvadores que las han sacado del local, pero a veces sufren malos tratos y violencia psicológica. Tienen que escuchar continuamente Yo soy quien te salvé, yo soy quien te salvé, sin que se den cuenta de que, precisamente, ellos eran los clientes“.

La situación podría ser la siguiente: una mujer llega al club de una zona, pongamos por caso, rural frecuentado por clientes del lugar. “No hay un perfil definido. Cualquiera puede ir por allí, desde gente joven preparada a solterones de aldea cincuentones”, relata la misma fuente. Entonces, se establece una relación entre el cliente y la prostituta hasta que deciden que ella dejará de ejercer y se irá a vivir con él.

“Claro, después nos vienen diciendo que las miran mal en la aldea. Pero cómo no lo van a hacer en un contexto tan cerrado, donde ellos mismos las ven como la criada que cuida de sus padres viejos… Por no hablar de las mujeres que después quieren traerse a los hijos que todavía viven en su país. Esto les provoca ansiedad y depresión, sufren crisis y las tenemos que llevar a Urgencias”, asegura la responsable de la asociación. Aclara, eso sí, que los matrimonios pueden funcionar en ocasiones y que hay hombres que sí las ayudan, incluso económicamente, mediante el envío de remesas a sus familiares. Otros, en cambio, las seguirán viendo con ojos infectados de prejuicios, mientras que ellas deben cargar con el estigma de haberse dedicado a la prostitución en un ambiente y una cultura que les es ajena.

Silvia Pérez, coordinadora de Alecrín, se refiere al desprecio con el que son tratadas y a las dificultades para integrarse en su nuevo entorno. “La prostituta es una mujer degradada para los clientes, quienes incluso no las ven como mujeres, sino como otras mujeres. Y los que han tenido relaciones con ellas fuera del club no las consideran novias ni, por ejemplo, las han presentado a sus familias”. Muchas arrastran problemas tras el ejercicio de la prostitución, insiste Pérez, como la adversión al sexo y a los hombres. “Me refiero a la imposibilidad del disfrute y al sufrimiento y las dificultades que supone tratar de vivir el sexo con autenticidad. Pero claro, he conocido a clientes que su pareja tenía que hacerlo cuando él quería, como si ella fuese todavía una prostituta y él la persona dominante”.

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7. “PROHIBIR LA PROSTITUCIÓN NO REDUCE LA TRATA”

Un hombre que procura sexo a cambio de dinero no dejará de recurrir a una mujer que ejerce la prostitución aunque las leyes dicten que está cometiendo un delito. Tampoco le importará que esa persona haya sido víctima de trata y esté siendo explotada sexualmente. Y buscará los lugares de tapadillo donde pueda obtener placer a cualquier precio aunque hayan desaparecido los reclamos de las luces de neón. Consecuencia: “No se ha demostrado que prohibir la prostitución reduzca la trata de seres humanos con fines de explotación sexual”.

Así lo cree Marta Requena, directora de la división de Igualdad de género y lucha contra la trata del Consejo de Europa, quien asegura que esa analogía (prohibición de la prostitución igual a reducción de la trata) es “falsa”. Nadie ha probado, insiste, que exista esa correlación y pone el ejemplo de Suecia, donde se persigue legalmente a los clientes. “La criminalización hace que cada día todo se haga de una manera más ilegal allí o, dicho de otra manera, que se produzca en el subsuelo. Eso sí, las víctimas terminan siendo explotadas cada día más”.

En el otro extremo, Holanda, con una legislación permisiva. “Tampoco se ha demostrado que, por el hecho de que la prostitución sea legal, haya más trata en Holanda que en otros países donde es ilegal”, explica Requena. ¿El motivo? “La gente que solicita servicios sexuales los busca donde sea, aunque estén escondidos y prohibidos. No creo que haya menos usuarios en los países nórdicos que en los del sur de Europa”.

Requena, quien participó ayer en un congreso sobre trata organizado en Madrid por el Proyecto Esperanza, considera que la solución pasa por “proteger mucho más a las víctimas para que puedan colaborar con las fuerzas de seguridad”. De ese modo, “se podrá perseguir a quienes realmente está detrás de la trata, que no son los clientes de las prostitutas, sino los traficantes de seres humanos”. Eso no quiere decir que las medidas represivas ayuden, pero acompañadas de otras fórmulas que incidan en la raíz del problema: las redes de tráfico y trata de personas.

“Cuántos más problemas se les pongan a las redes, más difícil les resultará operar”, comenta Requena, consciente de que el Plan de Acción Nacional contra la Trata y la coordinación entre países son “un paso adelante” para reducir los casos de mujeres explotadas por redes. Además de la creación de nuevas leyes y la persecución policial, la directora de la división de Igualdad de género y lucha contra la trata del Consejo de Europa valora las campañas y otras medidas para intentar reducir la demanda.

“Influyen en los ciudadanos, así como en la noción que tienen de las mujeres que ejercen la prostitución, porque así pueden pensar: Yo no me estoy yendo con una prostituta. Me estoy yendo con una mujer, con una esclava. Ahora bien, cuando tienes los datos sobre trata, te llevas muchas sorpresas porque piensas que debe de haber muchos menos clientes. Y los datos que nos facilitan los suecos indican que no hay menos clientes que cuando era legal”.

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8. RETRATO ROBOT DEL PUTERO EN ESPAÑA

El retrato del putero se esboza apenas con un trazo por un simple motivo: no hay un perfil definido. Eso es lo que opinan las asociaciones que trabajan con prostitutas, acostumbradas a satisfacer los deseos carnales de viejos e impúberes, iletrados y universitarios, solteros y divorciados, y así hasta la combinación última. Uno de cada cuatro hombres, según un estudio de la Universidad Carlos III, paga por mantener relaciones sexuales.

“No hay un perfil, pero sí hay personas con carencias del sentido ético a las que no les importan las mujeres”, explica Silvia Pérez, coordinadora de la asociación viguesa Alecrín. A pesar de que el estudio de la Carlos III muestra a un hombre mayor, nacido fuera de España, no casado, con nivel educativo bajo y religioso practicante, Pérez discrepa y cree que, en Galicia, la mayor parte de los puteros son “casados y con pareja estable, aunque cada vez hay más jóvenes solteros”.

Sara, que ejerció la prostitución durante quince años y ahora presta asistencia a prostitutas, cree que ha habido un cambio en el perfil de cliente en los últimos años. “Antes, veía a hombres mayores y casados. Sin embargo, ahora veo a gente cada vez muchísimo más joven. Es sorprendente que haya críos de dieciséis años que recurren a la prostitución en pleno siglo XXI. No sé a qué se debe, pero responde a una filosofía de compro, pago, uso y tiro, como si fueses un clínex”.

Por ello, la asociación con la que colabora decidió impartir charlas en institutos para tratar sensibilizar a los alumnos sobre esta problemática. “Hay niños que juntan sus pagas semanales y se turnan para follar el fin de semana”, revela Sara. “Es algo horrible y a la vez triste. Son unos críos y conocen mejor a las chicas que nosotras mismas. Pero claro, como hay una doble moral muy grande, ellas son simplemente unas putas”.

Chema Atienza, técnico de proyectos de Médicos del Mundo, considera que “la cultura del prostíbulo está muy arraigada en los sitios pequeños, donde hay poco que hacer, la oferta de ocio es limitada, la ciudad está a decenas de kilómetros y la imaginación es escasa”.

“En las zonas rurales el puticlub es la única diversión”, apunta una experta en trata de personas con fines de explotación sexual. “Los hombres van allí no sólo a tener relaciones sexuales sino también a tomarse una copa, de manera que funciona como un lugar de vínculo donde se relacionan con las prostitutas y hasta se terminan gustando”, añade la fuente, quien deja claro que para el cliente, “un hombre normal”, se trata de un “contrato de prestación social”, por lo que no suele preocuparse por las chicas.

¿Por qué entonces un varón atractivo que podría acostarse con una mujer sin necesidad de pagar recurre a la prostitución? “Bueno, hay chicos que nos dicen que se excitan sólo por saber que, con la billetera en mano, van a mantener relaciones sexuales con quien quieren, como quieren y cuando quieren. Poder imponer su criterio es una estrategia de erotización y para ellos la prostitución tiene un morbo añadido”, concluye la coordinadora de Alecrín.

“Así, las prostitutas asumen un rol en función de las expectativas de un cliente: máquina sexual, psicóloga, cuidadora… Hay quien paga sólo por hablar, para que le acompañen a una cena y cosas así”, continúa Pérez. “Pero también hay clientes que exorcizan todos los males atribuidos a una mujer en la prostituta y otros que no se preocupan por su situación y lo único que les importa es que no tenga muchos moratones: A mí, luego, su cantinela me da igual, te dicen”.

La prostituta sería vista como una mujer degradada. “Los clientes las tratan con desprecio e incluso no las ven como mujeres, sino como otras mujeres. Hay incluso quien ha tenido relaciones con chicas fuera del club, pero nunca llegaron a ser consideradas como novias porque no se las presentaban a la familia y nunca se integraron”. Las prostitutas que consiguen salir del mundo de la prostitución y se van con un cliente tampoco lo tienen fácil. Los conflictos son frecuentes: “Hay chavales que creen que siguen siendo su prostituta particular y tienen que follar cuando ellos quieren. En ese sentido, pretenden seguir siendo dominantes”, relata.

La hermana Cleo Rodríguez, coordinadora de la asociación compostelana Vagalume, habla de “relaciones asimétricas” y reitera que “no hay un perfil” de cliente. “Todos van a los clubes: desde gente joven preparada hasta solterones de aldea cincuentones”. Son precisamente los clientes más talluditos los que se resisten a usar preservativo, según el estudio realizado por investigadores del Instituto de Salud Carlos III, que ha sido publicado en Sex Transm Infect. El 95% asegura, sin embargo, haberse puesto la goma en su último encuentro pagado. “Muchos conflictos surgen por las peticiones de los clientes, que no quiere sexo sin condón”, recuerda Pérez.

“Los jóvenes entienden la prostitución como una forma de ocio más”, dice Ramón Esteso, responsable de la unidad de inclusión social de Médicos del Mundo. Definir a quienes frecuentan clubes, pisos y esquinas es complicado, según él, porque no hay un cliente tipo, aunque la visión que tiene de él la sociedad no es particularmente negativa. “Si unos chavales van a una despedida de soltero y terminan en un club, le puede parecer mejor o peor a quien lo escuche, incluso a las mujeres, pero en el fondo no está mal visto”. Eso, aunque algunas sean víctimas de trata y estén obligadas a prostituirse. “Muy poca gente es consciente de que existe ese problema. No es capaz de verlo, aunque esté en contacto con ellas, por lo que no se dan cuenta de que están delante de una víctima”, denuncia Marta González, coordinadora del Proyecto Esperanza en Madrid.

Carretera, copa y, si se tercia, un servicio. “Pero habría que explicar antes a los clientes que hay mujeres que están siendo explotadas en contra de su voluntad”, continúa González. En Alemania, por ejemplo, se han organizado campañas “para decirle al cliente que se lo piense dos veces y que denuncie si la mujer pide ayuda o cree que está en peligro. En España vamos con mucho retraso a la hora de dar una respuesta institucional integral y coherente a este problema tan complejo”, sentencia la coordinadora del programa de la Congregación de Religiosas Adoratrices.

Somos más puteros que en Alemania, Grecia, Australia y Gran Bretaña. Según el citado estudio, uno de cada cuatro hombres encuestados, de 18 a 49 años y residentes en nuestro país, ha recurrido a los servicios de una prostituta alguna vez en su vida, mientras que la cifra de hombres que pagaron por tener sexo en el último año baja al 6%.

En piso, en club o en la calle; de lujo o dispuestas a abrirse de piernas por un puñado de euros, el perfil de las mujeres que ejercen la prostitución ha cambiado, según Esteso. “Hemos pasado de trabajar con españolas toxicómanas a hacerlo con inmigrantes, que suponen un 90% de las mujeres que atendemos. Pero eso no importa, porque hay clientes para todo”, deja claro el responsable de Médicos del Mundo, quien no se olvida de los clientes que recurren a transexuales. “Normalmente, los clientes son heterosexuales que quieren satisfacer sus fantasías. Y son pasivos”.

Todas ellas se exponen a vejaciones, según la portavoz de Alecrín, que denuncia los malos tratos a los que son sometidas las mujeres por parte de los clientes. “Es una relación muy mercantilista. Hay jóvenes que creen que por diez euros pueden darle hostias a una chica y hacer con ella todo lo que se le pase por la cabeza para satisfacer sus fantasías pornográficas, incluida la violencia física”.

Los jóvenes, dice, se sienten impunes porque saben que lo que pase en el club no va a trascender. “Recuerdo a una chica que fue violada por un cliente durante unha hora y media. Puso el volumen de la música alto y nadie se enteró. Cuando bajó, el proxeneta simplemente le dijo que no volviese por el local en un tiempo”, relata Silvia Pérez, quien insiste en la dureza que supone ejercer la prostitución. “Hay clientes que antes de entrar en la habitación piden plato, cuchillo y tenedor”.

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