Pepe Ribas: “Tenemos que volver a una cultura combativa y solidaria”

por Henrique Mariño

pepe-ribas-ajoblancoFoto: Paola Manfredi

Cuarenta años atrás, hubo una Barcelona libertaria que soñó con subvertir el sistema y transformar la realidad. Ajoblanco fue la herramienta editorial de la que se valió un puñado de veinteañeros para sentar las bases de una revolución que nunca llegó. El legado de la transgresora revista, sin embargo, es imperecedero, pues plantó la semilla del movimiento ecologista, gai, feminista, antiautoritario, cooperativista y, en general, de liberación, empezando por la sexual. Su fundador, Pepe Ribas, vuelve a agitar el fantasma de la publicación, consciente de que ha llegado el momento de resetear la política y la sociedad española.

El caldo de cultivo no parece muy propicio para la gestación de un libertario de libro: un padre que abrazó el falangismo cuando se quedó huérfano, un abuelo asesinado por la bala perdida de un anarquista y una madre que lo llevaba de niño al banco para que el director se apiadase de la viuda y le concediese un crédito. Así comienza la biografía de Pepe Ribas (Barcelona, 1951), criado en el seno de una familia burguesa hasta que decidió desclasarse y forjar una nueva identidad. Oprimido por el franquismo, rechazó la ortodoxia comunista que campaba en la Facultad de Derecho y tomó una tercera vía ácrata y antiautoritaria de la mano de Toni Puig y Fernando Mir. Juntos fundaron en 1974 Ajoblanco, una revista contracultural que sentó las bases del movimiento libertario. Escrita en cuatro idiomas, vivió una primera época de transgresión y una segunda en la que ejerció de faro cultural de largo alcance, hasta el punto de dar cabida a Méndez Ferrín y Manuel Rivas en sus páginas, que tanto entrevistaban a David Cronenberg como a Antón Reixa. Ahora cuelgan en las paredes del Centro Cultural Conde Duque de Madrid, cuya exposición sirve de gancho para esta caótica entrevista. “¿Qué piensas de todo esto?”, pregunta Ribas antes de nada. “Pues que la gente tiene mucho sentidiño”, toca responder. En algún momento, perdido el hilo de la conversación, la grabadora sale de su letargo.

¿España es conservadora por el minifundismo inmobiliario?

La dictadura, con la vivienda de protección oficial, creó una mayoría silenciosa que quiere conservar lo que ha ganado en estos años de trabajo. España es el único país donde lo que fue la clase obrera tiene propiedades. Y no hay que olvidar que todavía queda mucho franquismo sociológico.

¿Sigue siendo el PP el hijo del franquismo o es un topicazo?

Y una parte del PSOE, porque existe un franquismo progresista. Hay miedo a la libertad, a lo espontáneo y a la calle, aunque ahora también vuelve a haber mucha agitación. Es necesario que cambie el poder político porque la corrupción es imposible. Debemos democratizar las instituciones, la justicia y la educación.

¿Qué fue de aquel tiempo en el que “la gente no le tenía miedo al otro”?

Entre el 76 y el 78, hubo un despertar y una lucha popular que empujó para que se produjesen cambios. Luego, el proceso se paró porque las formaciones políticas se repartieron el pastel tras los grandes pactos y todas asumieron que había que frenar la presión de los movimientos sociales para consolidar el sistema de partidos. Entonces, sus oligarquías traicionaron a las bases, que eran mucho más progresistas que los cuadros dirigentes. Cuando ganaron los socialistas, fueron a buscar a los líderes de las asociaciones de vecinos y a las cúpulas sindicales para meterlos en los ayuntamientos o, como mínimo, para crear un frente de orden. Ellos fueron los que han copado la democracia.

¿Se ha exagerado la importancia del anarcosindicalismo en los setenta?

El asamblearismo no podía funcionar bajo una dictadura. Tras décadas en la clandestinidad, la CNT se regeneró con la huelga de Roca Radiadores. Paralelamente, surgió una nueva generación de movimientos culturales y sociales de base, alejados de la izquierda y la intelectualidad tradicionales, que se organizan en torno al movimiento libertario y se involucran en la ecología, el antimilitarismo, la antipsiquiatría, el cooperativismo… Éramos un millón de personas, incluido el movimiento comunal de las rías gallegas, pero no tuvimos tiempo suficiente para articularnos. Además, las Jornadas Libertarias de 1977 en el Parque Güell, que pretendían enlazar a los anarcosindicalistas históricos con los libertarios de nuevo cuño, se hicieron demasiado pronto. Luego vinieron las detenciones y la represión.

Un movimiento inmaduro, pero también heterodoxo.

Dentro del sindicato había tres grupos. La CNT en el exilio no supo comprender que el franquismo había creado una estabilidad social y dado algunas concesiones (propiedad de los pisos, seguridad social incipiente y trabajo seguro). La generación intermedia había estado en la cárcel y perdido el contacto con la calle. Y los jóvenes teníamos muy poca práctica política. Piensa que éramos veinteañeros, porque los treintañeros (marxistas o comunistas) tomaron el poder. Fueron directos al PCE, al PSOE, al pacto y a los ayuntamientos: unos traidores. Si no hay revolución y transformación de la realidad, ¿para qué luchas? Por ejemplo, la Columna Durruti no sólo avanzaba para ganar la guerra sino también para proclamar las colectivizaciones agrarias del Bajo Aragón.

¿Qué traicionaron?

El proceso democrático. Fomentaron que el pueblo español, en vez de ser vital, creativo y cultivado, fuera dócil, callado e inculto. Volcaron la cultura hacia el espectáculo, lo distraído y lo fácil, hasta el punto de que el ciudadano ha terminado delegando.

¿Es España hoy más políticamente correcta que entonces?

Sí, ahora es más conservadora. A nivel económico, pese al paro, también es una sociedad mucho más rica: nosotros no teníamos tarjetas de crédito, móviles, ordenadores, baño, calefacción… Cuando en una habitación hace calor, te duermes. De la misma manera, el progreso y el desarrollismo han provocado un gran sopor que debemos combatir, porque todo está podrido.

Aunque usted no vivía mal.

Claro que no. Mi biografía es muy curiosa: tuve un padre-abuelo que me dio mucho criterio, libertad y cultura. Pero a los veinte años salí de casa y me desclasé. Quería inventarme. Ajoblanco fue importante porque había mucha gente que pensaba como yo: no quería un autoritarismo de derechas ni de izquierdas, sino encontrar su propio camino. Teníamos buenas influencias: el mayo francés, la contracultura norteamericana, los movimientos de liberación… Apostamos por la ecología frente a la destrucción del planeta. Mientras, los comunistas nos decían que era una distracción de los pequeñoburgueses para disfrazar la lucha de clases. En 1973, el PCE defendía el desarrollismo de Stalin en Rusia para alcanzar al sistema capitalista y demostrar que eran mejores que los Estados Unidos. Una cosa absurda. Nosotros buscamos un nuevo espacio, creamos la revista, redactamos manifiestos y formamos colectivos por grupos de afinidad: cine, teatro, feminismo, comunas, gais, presos… Todo surgió desde la base y nunca preguntamos a nadie de qué clase social venía, porque nos daba igual. Crecíamos aprendiendo y leyendo juntos. Aquella visión y aquella cultura han perdurado en el tiempo.

Los comunistas los verían como unos libertarios divinos.

De divinos, nada, porque currábamos como locos. Nuestros personajes estaban en la cloaca. Tratábamos igual a Agustín García Calvo que al chófer que conducía el coche de Durruti cuando lo mataron.

Su padre, José Ribas Seva, fue jefe territorial de Cataluña de Falange. ¿Llegó a declarar contra Carrasco Formiguera, consejero democristiano de la Generalitat ejecutado en 1938?

No, fue una manipulación de TV3. Se lo cargó Franco porque la República no pactó un canje con dos aviadores amigos de Carmen Polo. Al contrario, evitó ir al juicio y dijo que Carrasco era un “ferviente católico” para salvarlo. Mi padre fue un José Antonio prematuro porque… En fin, es una historia muy larga.

Que necesita ser aclarada…

A mi abuelo lo mató una bala perdida disparada por un anarquista en 1909. Mi padre tenía seis años y era el mayor de cinco hermanos. En 1933 se desató una batalla entre trabajadores de la UGT y la CNT en la fábrica de muebles familiar, de la que se había hecho cargo mi abuela. Se tiraban bombas entre ellos y mi padre las desactivaba. Entonces hubo una huelga de la patronal y a mi abuela la metieron en la cárcel. Fue defendida por Roberto Bassas, un abogado falangista. Claro, mi padre tenía un complejo de Edipo como una catedral y, a través de él, se metió en ese mundo. Era republicano, pero veía que el régimen no funcionaba y le impresionó mucho el deterioro social. Durante la Guerra Civil, intentó pactar la liberación de Primo de Rivera desde Roma y acabó en Burgos. Cuando mataron a Bassas en 1939, no quiso saber nada más de aquello y dimitió de todos los cargos de Falange. Nunca llegó a utilizar un arma.

¿Cómo sale un hijo libertario de un padre falangista?

Y de un abuelo asesinado por un anarquista… Cuando le enseñé a mi padre el carné de la CNT, me dijo: “Mientras no haya violencia, haz lo que te dicte tu conciencia”. Yo soy así gracias a él, pero aquí hay mucha confusión y lo que hace falta es cultura. El caso tiene mucho que ver con la manipulación de la historia de Cataluña: primero, negar la revolución; y segundo, afirmar que la guerra no fue civil sino de Cataluña contra España. Y después está, en una región que vendió su tejido productivo, el dinero público, por el que se pelean todos los partidos. La “sociedad civil catalana” ha pasado a mejor vida, como refleja la trama de corrupción del Palau. Unos y otros son iguales. He visto cómo han manejado la cultura y a quién han dado las subvenciones. Llevaba veinte años intentando organizar la exposición de Ajoblanco en Barcelona y, al final, tuve que hacerla en Madrid. Puntos suspensivos.

¿Es un apestado para la cultura oficial?

Evidentemente, soy un apestado, qué te piensas…

Y, cuando Ana Botella se lo puso en bandeja, no se lo pensó.

En todo caso, me lo ha puesto Juan José Herrera [anterior responsable del Conde Duque y actual director general de Museos y Música del Ayuntamiento de Madrid]. Como si me llaman del Matadero o del Reina Sofía…

Albert Boadella también se vino a hacer teatro a la capital de la mano de Esperanza Aguirre.

No tengo nada que ver con él. De todas formas, estos temas no son importantes. Lo fundamental es lo que ha pasado a partir de los indignados, la unión que hubo entre la Plaça de Catalunya y la Puerta del Sol, y la reconstrucción de un espacio cultural común. Porque la culpa del fracaso en los setenta fue el “divide y vencerás”. Cuando no prosperó el intento de la CNT de aglutinar toda la cultura antiautoritaria de este país, en 1978 tratamos de montar el Partido Verde, de manera infructuosa: los catalanes no querían saber nada de los vascos, los vascos no querían saber nada de los extremeños, y así… Todos aquellos líderes acabaron en el PSOE. Y, al cabo de los años, los comunistas asumieron la ecología, pero como una estrategia de marketing. Aquí y ahora empieza otra nueva época, se va a abrir un proceso constituyente y tenemos que intentar volver a una cultura combativa y solidaria. No podemos dejar que haya fragmentaciones.

¿Podría convertirse el PSOE en un partido marginal o minoritario?

Depende de adónde lleguen la revolución cultural y la ola descentralizada de los movimientos sociales. Si construyen realidad desde la base, desconozco qué pasará, pero el PSOE no sería necesario. Sea como fuere, todos los partidos políticos que han tocado poder, sin excepciones, tienen mucho que ocultar.

Respecto a AGE y Podemos…

Si hay control social desde la base, será distinto. Si es jerárquico y con cúpulas oligarcas, habrá corrupción.

¿Es posible subvertir el sistema?

Si no se cambia el modelo de desarrollo a nivel mundial, dentro de cien años la naturaleza dirá basta y extinguirá a las especies que se pasen de la raya. No soy catastrofista: lo dicen los científicos y los premios Nobel.

¿Ha sido la abdicación del rey una voladura controlada ante la irrupción de nuevas siglas y el declive del bipartidismo?

Podemos son seis personas que han hecho una campaña de marketing. Si no reproducen el esquema Felipe González/Alfonso Guerra, está muy bien. El problema es la corrupción. Se han pasado, y la gente está harta porque nadie va a la cárcel.

¿Cómo vendió parte de Ajoblanco a Pedro Jota?

El Mundo salió del accionariado tal y como entró. Establecimos una alianza porque nos unió la corrupción del PSOE y de las multinacionales que destrozaron el sistema de distribución editorial. Lo único que me dijo Pedro Jota es que escribiésemos sobre Pol Pot. Ajoblanco se acabó cuando me di cuenta de que estaba promocionando a gente de la cultura que no tenía ningún interés, porque había dimitido de ser crítica y se había convertido en un producto. Además, parte de la redacción estaba todo el día empastillada.

Eso fue en la segunda época de la revista (1987-1999), porque usted siempre ha dicho que en la primera (1974-1980) se deslomaban. Ácratas sí, pero el cerdito por lo que vale…

Yo he currado como un imbécil. La cultura es la droga más apasionante y la lectura, el verdadero poder. Estuve siete años viviendo solo en un bosque para investigar la historia europea del siglo XX y para escribir Los 70 a destajo (RBA), aunque luego no había ejemplares en las librerías, una forma de boicot de la editorial catalanista que publicó el libro. Tuve que reeditarlo con Emecé en Suramérica, donde se está mejor. Ahora tampoco me dejan hablar: pese a ser la única persona que ha escrito una novela sobre Ucrania, Encuentro en Berlín (Destino), nadie me ha pedido ningún artículo y, cuando se lo he propuesto a algún medio, me han dicho que no.

¿Sería posible una tercera época de Ajoblanco?

Si lo hacen los lectores, sí. Ajoblanco es un proceso descentralizado. Ya hemos creado una web con números esenciales, datos de la exposición, las Jornadas Ajoblanquistas… A partir de ahí, abriremos un foro y ya se verá. Una revista se monta cuando alguien quiere el poder, que no es el caso, o pretende transformar la realidad. Si hay elementos para cambiarla, saldrá adelante.

Treinta años después, paradójicamente, aquella revista subversiva ha terminado entre las paredes de un museo o, mejor dicho, de un centro cultural.

No es un museo sino un espacio público. Exponer en el Conde Duque [dependiente del Ayuntamiento, en manos del PP] es surrealista. Pero, si no lo hubiera hecho allí, los jóvenes madrileños no se hubiesen enterado. Ha sido donde menos presiones he tenido en toda mi vida. Alucinante, pero es así: en Barcelona me hubieran prohibido exponer una foto de la Federica [Montseny, ministra de Sanidad anarquista durante la Segunda República] en un mitin con 300.000 personas.

Volviendo a la sucesión al trono. ¿Fue una decisión adelantada ante un hipotético rediseño del mapa parlamentario tras las generales de 2015?

Este país necesita otra cultura política. Sin ella, se volverán a reproducir los mismos problemas, porque todo cambiará para que todo siga igual.

Entonces no lo ve como una cortina de humo real.

Se sabía desde hace tiempo, pero llega demasiado tarde. Insisto: debe abrirse un nuevo proceso constituyente, pero es difícil porque no hay consensos. El movimiento de los indignados ha sido tan pacífico y tan dotado de sentido común que nos hace confiar en que su evolución conduzca a una democratización mucho más profunda. Creo que se ha abierto la puerta…

Lo que le decía: sentidiño.

Claro. Basta fijarse en el aguante y la solidaridad de la gente.

¿No le sorprende que los más perjudicados por los despidos, los recortes, las preferentes o los desahucios mantengan la calma y no recurran a la violencia? ¿Que haya gente que se suicide antes que hacer daño?

Esto se debe a la propaganda mainstream estadounidense. Da verguenza no tener dinero, que te echen de tu casa, no poder pagar… Han conseguido crear una cultura consumista, frívola y hedonista que resulta terrorífica.

(Publicado en la revista Luzes en junio de 2014)

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