Los Enemigos: “Los cabrones que nos putean seguirán puteándonos siempre”

por Henrique Mariño

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Cuando Los Enemigos regresaron a los escenarios, después de años de pertinaz sequía, lo único que había cambiado era España. La banda liderada por Josele Santiago sonaba mejor que nunca o, al menos, igual que cuando lo habían dejado: rock magro sin concesiones ni vetas de grasa, pero con mucho nervio. Las raspas y los porrones que acudieron a su despedida en La Riviera, que tuvo que prolongarse durante tres noches, no entendían por qué decían adiós desde lo más alto. Desconocían que para poder volver a verlos una década después había sido necesario separarse entonces. El problema no era que el grupo hubiese entrado en decadencia sino todo lo contrario: el engranaje estaba tan bien engrasado que funcionaba a la perfección, sin opción al imprevisible roce. La máquina, simplemente, se había aburrido. Ni siquiera hizo falta discutir para sellar el adiós.

La sala de conciertos volvió a acogerlos en 2013 durante dos veladas que parecían una extensión de las anteriores. Uno podría pensar que el público no se había movido del sitio, hechizado (menos pelo, más barriga), hasta que el desorbitado precio de la cerveza le devolvía al presente, donde campaba la corrupción desbocada, la guillotina del paro y el ladrillo herido. “El saqueo al que nos están sometiendo antes no era tan descarado”, reflexiona Josele Santiago, cantante y guitarrista. “O, tal vez, en aquel momento no nos dábamos cuenta. Ahora, al ser evidente, te afecta más”. Su madre, sin ir más lejos, fue víctima de la estafa de las preferentes, un drama que se refleja en Firme aquí, incluido en el flamante disco del combo madrileño, Vida inteligente, el primero grabado en estudio después de tres lustros.

“Es un serio compromiso, abuelo, el que firmó. / Fuimos claros y precisos, usted no preguntó. / Sin condición otorgó el permiso”, reza la canción, en boca del director de una sucursal. “Me puse a escribirla al salir del banco con mi madre, porque todos conocemos a algún afectado por el timo y estas cosas nos tocan directamente”, explica el líder de un cuarteto que siempre ha hecho pie en la cotidianeidad de la calle. “Mare Nostrum habla de las brutales diferencias entre el sur y el norte, pero a lo largo de nuestra carrera hemos tenido temas anclados en la realidad: Hasta el lunes aludía a la alienación en el trabajo y En el jergón trataba las drogas y la cárcel, pues la compuse tras visitar a un amigo en prisión”.

Alumbrados en el barrio de Malasaña a mediados de los ochenta, el humor escatológico y disparatado y el blues de frasca y serrín dieron paso con la publicación de La vida mata (1990), al que pertenece el citado himno carcelario, a un rock existencialista con poso amargo que sorprendió a propios y extraños. Aquella maravilla de fin de siglo, compuesta por un chaval de 25 años que había dejado la Facultad de Filosofía por la filosofía de barra, dio el empaque suficiente a la banda para tomársela muy en serio y catapultarla a lo largo y ancho del país. No fueron unos superventas, pero contaron con legiones de fans y el respaldo de un par de multinacionales, que los conservaban en su catálogo por una cuestión de prestigio.

La crítica nunca dejó de respetarlos: Ricard Martín definía aquellas piezas como “oscuros viajes al pozo sin fondo de la desesperación humana”, mientras que César Luquero las consideraba “tan diestras que se instalan para siempre en la biografía de quien haya tenido la suerte de escucharlas”; en cuanto al álbum que nos ocupa, Fernando Navarro lo valora como “un tratado de conciencia social que no se pierde en el panfleto, pero sí incide en la indignación civilizada”, perpetrado por un cuarteto con “mucha actitud” que destila un “rock and roll visceral, sin medias tintas, con guitarras tensadas y reflexiones existenciales potentes”.

Claro que (tras una docena de discos, dos directos y varios recopilatorios) Los Enemigos también le han cantado al amor, a la pérdida y a los excesos, valiéndose de unas letras de calado que reflejan la erudición literaria y musical del autor. Una poética fecunda que no ha sucumbido al acompañamiento instrumental de alto octanaje. “La mayor parte de las canciones tienen más de una, dos y tres lecturas. Cuando compones algo más onírico y surreal, resulta que a lo mejor no lo es tanto: la realidad es muy rara”, advierte Santiago, tan dado a la retranca, el absurdo y la autocrítica. “Cementerio de elefantes esboza una caricatura del veterano del rock, de nosotros mismos en un momento dado”, revela. “Es muy saludable reírse de uno mismo”.

Sus compañeros no le van a la zaga. A Josele, que durante la última década facturó cuatro soberbios trabajos en solitario, le secundan Fino Oyonarte al bajo, Chema Pérez a la batería y Manolo Benítez a la guitarra, quienes también dieron rienda suelta a sus filias. El primero ha ejercido de editor en Libros del Ruido y de productor de Lagartija Nick y un puñado de referencias indies, por no hablar de sus proyectos personales Clovis y Los Eterno; el segundo probó suerte con la interpretación y prestó sus baquetas a Fito y Fitipaldis, Celtas Cortos o Santiago Auserón; mientras que el tercero (en realidad, el cuarto enemigo) siguió al frente de Los Freedom y tocó con Raimundo Amador y Porretas, además de concebir un proyecto de concienciación ecológica en el que logró embarcar a la crema musical patria.

Al frente de la producción del disco, publicado por Alkilo, el sello propio del que se valían para editar los vinilos, Carlos Martos, que ya había asistido con éxito varios partos. “Está en el equipo titular, porque tiene la capacidad de que lo sientas parte del grupo”, afirma Josele, cuya voz parece más limpia, al menos en estudio, después de que le extirparan un pólipo que puso en riesgo la grabación de lo que consideran su mejor elepé. Son palabras mayores, pues Los Enemigos encadenaron una obra redonda tras otra, incluso cuando el viento no soplaba de cara y debían entregar al mismo tiempo dos álbumes a sendas compañías rivales: entre los descartes de Sursum corda (Gasa) había especies de primera, mientras que Tras el último no va nadie (RCA), el teórico disco para gourmets del tándem, aprovechable hasta la última espina, injustamente no tuvo la repercusión esperada.

Descatalogado durante años, el polvo no ha logrado quitarle el brillo a algunos de sus cortes, que refulgen tanto como otras gemas engarzadas en su discografía: desde las iniciáticas Septiembre, Boquerón o John Wayne, convertidas ya en iconos generacionales; hasta las maduras Me sobra carnaval o An-tonio, singles del postrero Nada, que en vinilo también incluía la lograda versión de Entonces duerme, de Rosendo, del que heredaron el trono del rock madrileño (compartido por Leño y Burning), rebautizado tras su irrupción como sonido Malasaña.

“Aunque la acogida en los conciertos fue impresionante, teníamos miedo de que la gente se hubiese olvidado de nosotros”, confiesa Chema Pérez. “Sin embargo, la máquina estaba engrasada y ya en el primer ensayo sonábamos de una forma vital, energética y caliente”, añade Fino Oyonarte. “Después de tanto tiempo tocando juntos, los vínculos no se deshacen, porque son casi biológicos. Hagamos lo que hagamos, somos Los Enemigos”, tercia Josele antes de devolverle la palabra al bajista, quien precisamente ha retomado el micrófono en Ciudad satélite. Un canto contra la indolencia que eleva el tono contestatario de Vida inteligente con una llamada a la acción: “La canción proyecta imágenes sobre la decepción y la decadencia que vivimos, pero sin perder la esperanza, que constantemente ha formado parte de nuestro mundo”, aclara. “Aunque por mucho que lo intentamos, todo da vueltas y terminamos llegando al mismo sitio, de modo que los cabrones que nos putean seguirán puteándonos siempre”.

(Publicado en la revista Números Rojos en diciembre de 2015)

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