Camba, el polizón que quiso subvertir el Estado

por Henrique Mariño

Julio Camba anarquista

En el rock, ya no digamos en el punk, la juventud es un grado. Son esos primeros discos arrolladores, despreocupados, viscerales y sin complejos los que han hechos grandes a muchas bandas, desdibujadas, insípidas y romas una vez traspasado el umbral de la madurez. En Julio Camba, el arranque afectado e impetuoso está lejos de sus grandes hits, que llegaron con el confort y la placidez, esa meseta vital que le procuró enormes textos, caracterizados por la mesura y la concisión. Porque en Camba nada sobra, ni siquiera una coma.

Sin embargo, los artículos que nos ocupan los escribió entre los dieciséis y los veintidós años, lo que da una idea de la insultante precocidad del autor. Si bien se percibe una evolución (que en 1907, con la publicación del crepuscular El destierro, alcanza la perfección), un adolescente Camba rubrica, tal vez incluso antes de que le creciese la barba, unas piezas impropias, por la sintaxis misma, de alguien de su edad. Un halago que él habría rechazado, como hizo años después cuando Luis Calvo alabó su albañilería gramatical: “Yo no tengo sintaxis ni sé lo que es eso”.

Hablamos del Camba anarquista, que arribó de polizón a Buenos Aires a los quince, aunque el de Vilanova de Arousa llegó a decir en una entrevista que lo había hecho dos años antes. Las cuentas no dan, pero nos saca de dudas la ciclópea labor del editor Julián Lacalle, que ha rescatado sus artículos ácratas, esparcidos en publicaciones de ambos lados del Atlántico. El primero, titulado Grotescos, fue publicado en el periódico argentino La Protesta Humana en noviembre de 1901, poco después de su llegada a lo que él llamaba “el ensanche de Galicia”.

Camba era entonces un antisistema decidido a poner patas arriba la pirámide social con su pomposa prosa de combate, lo que le valdría la expulsión del país. Claro que la leyenda, que siempre ha acompañado al anecdotario cambiano, lo sitúa en la calle Corrientes y en la librería Villarino gritando “viva la anarquía” para hacerse con un pasaje de vuelta sin pagar un duro. Una vez deportado por las autoridades, afirmó: “He armado tal escándalo porque no conozco otro método más rápido y barato para regresar a España”.

Una vez aquí, siguió escribiendo sus soflamas en Tierra y Libertad, La Anarquía Literaria, El País y España Nueva, lo que le valió numerosos encontronazos con la Justicia y el paso por la cárcel. Incluso llegó a fundar El Rebelde, cuyos ejemplares se creían extinguidos hasta que el responsable de la editorial Pepitas de Calabaza encontró unos supervivientes que habían viajado en su día al domicilio londinense del revolucionario Piotr Kropotkin, que colaboraba con el periódico semanal.

Gracias a este hallazgo y a la ardua recopilación de otros escritos, muchos de los cuales no habían sido reeditados, podemos certificar sin titubeos que ésta es la antología más interesante y valiosa de Camba publicada en los últimos años, protagonizados por un revival del pontevedrés. Varias han sido las editoriales que, sobre todo con motivo del 50º aniversario de su muerte en 2012, sacaron lustre a viejos libros y seleccionaron columnas en función de diversos criterios, lo que supuso la justa recuperación de una gran figura del periodismo español lastrada, aunque no olvidada, por su ejercicio durante la dictadura. Sin embargo, en «¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!». Los escritos de la anarquía nos topamos un Camba inédito, que abandonaría la Idea tras el atentado cometido por Mateo Morral contra el rey Alfonso XIII, quien resultó ileso, aunque provocó la muerte de 24 personas.

Desencantado, se vuelve un escéptico, un irónico perplejo, un descreído. Toma un camino individualista, sembrado de guijarros cínicos, para convertirse en el mejor columnista de su época. Instalado en el ABC y en el Palace, de donde saldría en 1962 con los pies por delante, firma buena parte de los artículos que le dieron fama, amén de sus crónicas como corresponsal y viajero por medio mundo. Atrás quedaban sus incendiarios escritos de juventud, que rechazó con ardor al final de su vida tras haberlos recordado antes con mimo y condescendencia.

“Aquellos manifiestos tenían por objeto enardecer el espíritu de la multitud, y yo mismo iba adquiriendo cierto ardor bélico a medida que los escribía. Seguramente, no faltarán amigos que me desprecien al saber que yo he cultivado ese género de literatura. Sin embargo, cada una de aquellas páginas, que se imprimían en hojas sueltas y que se fijaban clandestinamente en las paredes de los edificios, tenían más emoción y más intensidad que muchas de las cosas que he escrito después con arreglo a otros tratados de estética”.

(Publicado en la revista Números Rojos en septiembre de 2014)

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