El Cristo Redentor

por Henrique Mariño

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Papas, reyes y jefes de Estado han recurrido a lo largo de la historia a los más veloces medios de transporte para moverse en visita oficial por las ciudades más representativas del planeta. Sin embargo, muchos de ellos tuvieron que subirse a un humilde tren eléctrico de color rojo que camina a doce sosegados kilómetros por hora. Ninguno de estos mandatarios, que se sepa, ha emitido queja alguna por la demora en llegar a su destino. Algo lógico si tenemos en cuenta que, al final del trayecto, el premio consiste en besar los pies del Cristo Redentor.

Recién elegida como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, esta colosal estatua de estilo art decó está plantada en la cima del Morro do Corcovado, uno de los varios montes que vigilan la costa de Río de Janeiro. Para llegar a él, no hay coche que valga, por lo que la escarpada subida discurre por los raíles de un tranvía que cada año transporta a miles de personas. Si su belleza, desde las principales arterias de la ciudad carioca, clama al cielo, la vista desde allí arriba es incomparable.

La antigua capital de Brasil es perfectamente identificable por una serie de iconos, entre los que no pueden faltar el Pan de Azúcar y las playas de Copacabana e Ipanema. Podrían añadirse otros, como el Carnaval o incluso, si pensamos en las mentes más futboleras, el estadio de Maracaná. Pero, ni ciegos de caipirinhas, nos podríamos olvidar del Cristo Redentor. Es, más que la postal de Río, el símbolo de Brasil.

Excusa, la niebla. Pocos turistas dejan de lado su encanto y, así, todos los programas señalan hacia arriba. Quien no estuvo allí, sólo puede esgrimir una excusa sin ruborizarse: la niebla. Si la concentración nubosa se empeña, no sólo la visita se frustra, sino también la vista. Porque la escultura de Costa, Oswald y Landowski puede contemplarse, si el tiempo acompaña, desde los rincones más inverosímiles de la urbe. Ni que decir tiene que los moradores de Río que cuentan con un apartamento o terraza con vistas al Cristo son testigos a diario de uno de los hitos de la ingeniería y la arquitectura contemporáneas.

La autoría, la verdad, no está exenta de polémica. Se da por hecho que el autor del proyecto fue Heitor da Silva Costa, el diseño final correspondió al artista plástico Carlos Oswald, la ejecución de la escultura a los franceses Paul Landowski y Albert Caquot, mientras que Heitor Levy ejerció de ingeniero maestro de las obras. Y aquí, nada más ondear la bandera tricolor, comienza el lío, pues algunos historiadores emparentan la obra con la estatua de la Libertad y dicen que fue donada por los galos.

Sea como fuere, tiene mérito haber levantado en un reducido espacio tamaña construcción. No es la figura de Cristo más alta, pues el de la Concordia (Cochabamba, Bolivia) le saca una cabeza. Aun así, las cifras son vertiginosas: está situada a más de setecientos metros sobre el nivel del mar y su estatura es de 38 metros, ocho de los cuales pertenecen al pedestal. Curiosamente, durante los trabajos no se contabilizó ninguna muerte, a pesar de la complejidad existente.

La idea había partido de religiosos católicos a mediados del siglo XIX, pero tuvieron que pasar varias décadas para que la primera piedra diese origen al inicio de las obras. Es un decir, porque entre el acto simbólico y los primeros trabajos pasaron cuatro años. Se pretendía tener listo el monumento para la conmemoración del Centenario de la Independencia y, tras un lustro de esfuerzos desafiando a la gravedad y al viento, fue inaugurado el 12 de octubre de 1931.

De brazos abiertos. Además de las dificultades expuestas, el proyecto planteaba varios retos, como los brazos extendidos hacia el vacío y la cabeza inclinada. Cuando la selva de andamios utilizados para la construcción fue desmontada, allí estaba el Redentor, con sus apéndices extendidos y sin ningún objeto en sus manos. El boceto inicial, en cambio, planteaba una figura que cargaba la cruz y sujetaba un globo terráqueo. Pero el resultado final mostraría dos de las caras de la ciudad: la religiosidad innata del brasileño y esa hospitalidad tan característica representada por los brazos abiertos. Ésta y otras anécdotas no se le escapan a los cariocas, acostumbrados a subir hasta allí cada vez que reciben a familiares y amigos. Muchos de ellos repiten, pues la belleza reside en el conjunto, o sea, en la propia ciudad a vista de pájaro. Y, si bien existen otros miradores de excepción, ninguno es comparable a esta mole de mil toneladas de cemento armado.

El único, tal vez, sería la ventana de un helicóptero, una de las formas que tiene el viajero de divisar tanto el Cristo como Río desde una perspectiva inédita. La otra, más rústica y selvática, es la que ofrece el Tren do Corcovado. Existen trayectos virtuales para que el viajero pueda hacerse una idea. Si al final se decidiese por un paseo entre las nubes, hay empresas que organizan rutas aéreas de entre seis y sesenta minutos de duración. Los precios por persona van de sesenta euros por el trayecto más simple a 350. Ésta última ruta incluye el vuelo sobre numerosos lugares que el turista debería visitar, aunque para ello tenga que recurrir a los taxis o a los autobuses urbanos, una forma de integrarse con los paisanos y sentirse totalmente del lugar. Desde la playa de Leblón hasta la vecina ciudad de Niteroi, en la otra orilla de la bahía de Guanabara, cuyo interés (dicen maliciosamente en Río) reside en las preciosas vistas que existen de la ciudad carioca.

(Publicado en el suplemento Viajes de El Mundo en agosto de 2007)

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