Gaziel: el otro periodismo de trinchera

por Henrique Mariño

gaziel

El trágico destino quiso que un erudito en Filosofía se encontrase ampliando sus estudios en la Sorbona de París en el verano de 1914, cuando estalla la Gran Guerra. Las notas personales tomadas en un cuaderno por aquel joven catalán hospedado en la pensión de Madame Durieux serían publicadas en La Vanguardia, cuyo responsable pronto le confió la corresponsalía. Agustí Calvet no había sido educado para dedicarse al periodismo, pero la cobertura de una Europa ajironada le ayudaría a comprender el campo minado del alma humana. Como el oficio no era tan respetable para estampar su apellido de familia acomodada, optó por el seudónimo de Gaziel, cuyas crónicas han sido recogidas por Diëresis en Diario de un estudiante. París 1914.

Con los años, terminaría ocupando el sillón de Miquel dels Sants Oliver, el director que le brindó la oportunidad de convertirse en un gran corresponsal de guerra y sepultó las ansias de su padre, deseoso de tener un hijo notario. Gaziel, en cambio, ya había dejado la facultad de Derecho por la de Letras y comenzado su formación, bajo el paraguas burgués de la Lliga Regionalista, para engrosar las filas de la intelectualidad noucentista de una futura Cataluña autónoma. Entonces, las tropas alemanas marcharon sobre París y, durante los siguientes cuatro años, el orvallo guerrero se tornó temporal de muerte. Un agosto le bastó a Gaziel para narrar la intrahistoria de la retaguardia, entendida como el costumbrismo de la angustia de a pie.

Instalado ya en su puesto, Calvet comienza a escribir a un ritmo febril crónicas dirigidas al pueblo “soberano” y “fiel”, pues “al mundo del intelecto no hay que escucharlo mucho”, le confesó a un amigo. Las llamaba mamotretos, como la libreta que siempre llevaba consigo, y reflejaban el vacío que la contienda dejaba a su paso. Facturó 315 para La Vanguardia y 35 para Hojas selectas, en su mayoría reportajes ambientados en la antesala de la destrucción, como hospitales y campos de prisioneros, o en los cráteres que el enemigo había sembrado a lo largo y ancho del país. Cuando él llegaba, la batalla ya se había librado, de modo que el relato oral, acompañado de partes oficiales, mana de víctimas y testigos.

La distancia no fue óbice para bocetar la desolación que se había cernido sobre Europa, pues el testimonio desgarrado de los civiles, aferrados a sus ruinas o errantes hacia la nada, enmarca el mapa estático del frente, donde los soldados de uno y otro bando caían como moscas. “Los hombres lloraban como niños, y las mujeres desgreñadas se mordían las manos y se arañaban el rostro, con una furia salvaje, inaudita, para desfogar sus almas palpitantes y echar afuera el torrente de sollozos y convulsiones que las oprimía”. Así describió a los campesinos serbios que buscaban refugio en Grecia durante su única incursión más allá de Francia, donde compuso buena parte de sus textos.

Las líneas de fuego estaban vedadas a los corresponsales, por lo que Gaziel no dudó en viajar solo por las zonas devastadas. También se valió de su amistad con un acaudalado monsieur para salir de excursión por el campo (de batalla), a bordo de un Panard de cuarenta caballos conducido por un chófer y en compañía del administrador de sus tierras y de su perra Faulette. La ruta, como vendría a ser habitual, cruzaba aldeas reducidas a escombros habitadas por espectros famélicos que vagaban a la velocidad que dicta la inanición. “Yo, señor, en mi vida he salido del pueblo”, le dijo camino de Sézanne una anciana ida. “Antes de que vinieran lo alemanes ya estaba yo aquí; cuando llegaron me quedé, y aquí estaré hasta la hora de mi muerte”. Cuando decía aquí, subraya Gaziel, “su casa miserable y derribada parecía un templo”.

Hiperbólico en ocasiones, descriptivo en otras, Calvet no se limita a despachar una enumeración de datos, lo que equivaldría a caídos, sino que escarba en el espíritu de la contienda humana para tratar de interpretarla. Consciente de que el rumor de los obuses no es más que el eco de tambores de guerra amortiguados, logra enrolarse en una expedición empotrado con las tropas aliadas. De ese modo, pudo narrar a dos metros bajo tierra el combate que se libraba en el interior de los soldados, como reflejan los reportajes de En las trincheras. Allí, agazapado en las fortificaciones de Verdún, en plena ofensiva enemiga, sintió el morbo que despertaba en su estómago la inmensidad del horror, hasta que la quemazón trepó por su esófago y, culpable, percibió que era vómito.

(Publicado en la revista Números Rojos en abril de 2014)

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