48 horas en Sao Paulo: megalópolis con insomnio

por Henrique Mariño

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Sao Paulo es una ciudad de noche. Selva asfáltica y territorio hostil, los paulistanos han sabido convertirla, con permiso de Buenos Aires, en la metrópoli más dinámica de Suramérica. Dado que no juega con las ventajas de Río de Janeiro, bonita por natureza, la capital financiera de Brasil tuvo que recurrir a la mano del hombre para hacer de sí misma el epicentro económico, social y cultural del país. En Sao Paulo, todo acontece puertas adentro: bares, teatros, discotecas, cines, galerías, restaurantes… Si algo interesante se está gestando, tiene lugar entre cuatro paredes. Río, para el nativo, es una ciudad más democrática: sólo hace falta un bañador para disfrutarla, los kilómetros de arenales y el buen tiempo están garantizados. Sao Paulo es más excluyente, pues apenas cuenta con espacios de esparcimiento que no exijan peaje.

Para explicar ese concepto de urbe noctívaga, valga este ejemplo: un carioca siempre le robará horas al sueño para pisar Ipanema o Leblón antes del mediodía, mientras que un paulistano, a pesar de la extenuación que provocan las largas jornadas de trabajo, apurará la madrugada porque es entonces cuando su ciudad da lo mejor de sí. Cierto que la urbe cuenta con una oferta de todo tipo durante las 24 horas (porque Sao Paulo es, antes que nada, una farmacia de guardia del bon vivant), pero el primer hervor se produce cuando cae la tarde y la noche saluda. Comienzan a llenarse los bares de cañas (llamados botecos) con la clientela de los centros de trabajo colindantes. Y, ya entonada la parroquia, la ruta puede seguir por las zonas de ocio más clásicas, como la Prainha, ese invento del paulistano ante la carencia de mar: una calle repleta de terrazas que ejerce de pequeña playa urbana.

En coche o taxi, los desplazamientos siempre serán sobre cuatro ruedas, dadas las dimensiones mastodónticas, las largas distancias y la inseguridad reinante, que no debería ser desdeñada por el viajero. Éste, de negocios o escapado de la ruta convencional que marcan las agencias, podrá disfrutar de una metrópolis viva, en perpetua ebullición y muy contemporánea, donde las construcciones del nonagenario Oscar Niemeyer comparten espacio con los edificios históricos construidos en los albores de la urbe, hace cuatro siglos y medio, cuando los jesuitas llegaron hasta aquí. Sampa se revela, sin duda, como un destino alternativo y nada común. Como decía el representante de un organismo local: “Sao Paulo es turismo urbano. Nuestra playa es la cultura y la vanguardia”.

8 horas. Desayuno popular en la gran arteria

Paulista. Sao Paulo tiene dos centros. Uno, histórico, en el que el turista descubrirá las esencias populares de esta metrópoli y que, de entrada, podría resultar chocante. El otro, eminentemente cosmopolita, no difiere en la forma de otros kilómetros cero: oficinas, maletines, avenidas con infinidad de carriles. Quizás convenga, a modo de toma de contacto con una metrópoli tan asimétrica, comenzar a descubrir Sao Paulo plantándose en la Avenida Paulista, principal arteria y metáfora de la propia ciudad. Edificios de empresas y sedes culturales comparten un espacio plagado de frenéticos hombres de negocios y vendedores ambulantes, que tanto despachan piezas de artesanía como platos típicos, incluida la yakisoba, fideos de origen japonés pero empadronados aquí desde hace decenios.
Tentempié. Dado que ésta es una de las zonas más seguras, no estaría mal comenzar aquí el paseo y advertir la profusión de puestos de comida y frutas tropicales, en los que no faltarán desde un energético café hasta todo tipo de bollería, pasando por el delicioso y autóctono pan de queso. Los más aprehensivos podrán optar por un ortodoxo desayuno en la cafetería de la Reserva Cultural, semisótano acristalado desde el que se ve la vida pasar.

9 horas. Arte vanguardista tras el corazón verde

MASP. No se debe comparar el acervo cultural de París, Roma o Madrid con el de Sao Paulo. Las razones son obvias, lo cual no significa que esta joven urbe no cuente con espacios de arte consagrados a artistas brasileños y extranjeros. En la Avenida Paulista son paradas obligatorias el Museo de Arte de Sao Paulo (MASP), la Casa das Rosas (que alterna humildes muestras con veladas teatrales y poéticas) y el Itaú Cultural, con programación mensual de carácter vanguardista. Llamará la atención toparnos con numerosos centros de ocio y cultura (como cines, galerías o palcos musicales) pertenecientes a entidades financieras, caso del Itaú o el HSBC. Municipal, en cambio, es el Centro Cultural Sao Paulo, ubicado en la Rúa Vergueiro, que ofrece teatro, cine y conciertos alternativos a precios populares.
Contemporaneidad. No lejos de la Paulista, tenemos el monumento a los Bandeirantes (los primeros expedicionarios) y el Parque de Ibirapuera, pulmón verde que merece un paseo en bici o un beso furtivo. Dentro del recinto, se ubica la Oca (original construcción con exposiciones temporales) y uno de los emblemas del arte paulistano: el Museo de Arte Moderno (MAM), que alberga la Bienal de Arte y la Sao Paulo Fashion Week.

13 horas. Primeras firmas en percheros y manteles

Prêt-à-porter. A la zona más noble de la ciudad, con permiso del barrio de Higienópolis, también se llega desde la Paulista. En el Jardim Europa se encuentran lujosos chalés y sedes de embajadas, mientras que en el Jardim Paulista están presentes las tiendas más exclusivas, amén de otros negocios aptos para carteras oxigenadas: pastelerías, librerías, cafés, peluquerías, delicatessen, restaurantes y galerías ocupan cinco o seis calles cruzadas, entre las que estaca la rúa Oscar Freire, sinónimo de glamour y sede de las más lujosas boutiques.
Alta cocina. Si la tarjeta (medio de pago frecuentemente utilizado por los consumidores locales) aguanta, los manteles del restaurante D.O.M. y los platos del chef Alex Atala satisfarán la llamada estomacal del gourmet más exigente. Una opción más castiza y menos cara es la del Bolinha, tradicional casa de comidas que sirve la típica y contundente feijoada desde primera hora de la mañana y hasta bien entrada la madrugada. Histórico plato creado por los esclavos a partir de los restos del cerdo, actualmente está compuesto, entre otros ingredientes, por diversas carnes, embutidos, habas negras, arroz, vegetales y farofa, acompañamiento elaborado a partir de harina de mandioca.

17 horas. Crisol de razas y de culturas

Diversidad. Desde su fundación, hace más de cuatro siglos, Sao Paulo está compuesto por multitud de razas y gentes procedentes de todo el planeta. Se estima que en la ciudad conviven personas de más de 70 nacionalidades diferentes y, a pesar de su crecimiento, existen barrios en los que todavía se respiran aromas de otras latitudes. Italia está presente en Bixiga, con sus trattorie y teatros off Broadway. Liberdade remite a Japón, tanto por los innúmeros restaurantes de sushi como por los farolillos rojos que alumbran sus calles, donde los letreros de los establecimientos están en japonés. No extraña que en Sampa habite la mayor comunidad nipona fuera de las islas, que debe su origen a la llegada masiva de emigrantes, hace ya un siglo, para trabajar en las plantaciones de café.
Apertura. Los libaneses montaron sus negocios en el centro histórico, donde la comunidad china más pujante ha convertido edificios enteros en grandes almacenes de venta al por mayor. Españoles y portugueses, por su parte, están hoy difuminados por toda la ciudad, que puede ser visitada de la mano de numerosas agencias que trasladan al turista por todos estos barrios. Si algo bueno tiene ser paulistano, es que cualquiera puede serlo.

20 horas. Cerveza y carne, dos clásicos

Choperías. Cuando las tiendas echan el cierre, los bares comienzan a poblarse. En Joaquim Eugenio de Lima, está la Prainha: un puñado de locales que despliegan sus terrazas en pleno asfalto para combatir la canícula (cervezas variadas en el Asterix). Ambiente pseudobohemio en Vila Madalena, un barrio de casas bajas que cuenta sus esquinas por bares, entre los que destacan el Punto 6 (con sushi bar anexo), el Sao Jorge (pruebe la picanha o el galeto, siempre acompañados de farofa) o el Filial (cierra tarde). Dado que la cultura de barra apenas existe, la costumbre es sentarse y dejar que el camarero le sirva, sin pedírselo, un chope tras otro: caña de cerveza gélida y con tres dedos de colarinho (espuma). Más almidonada es Vila Olimpia, zona de oficinas que cuenta con locales que van subiendo progresivamente el volumen hasta convertirse en pistas de baile, como sucede en Corleone o Penélope.
Churrasquerías. Y, si el hambre arrecia, es hora de sucumbir ante un buen churrasco en el clásico Sujinho (popularmente conocido como o bar das putas y famoso por su bisteca), en Moraes (considerado o rei do filet) o en el más lujoso Rubaiyat. Ojo, porque en ellos no encontrará el tan extendido rodizio, sinónimo de carne a voluntad.

24 horas. La metrópolis que nunca duerme

Shows. La ruta nocturna, de bar en bar, no existe. Los paulistanos suelen ir a un club y pasar allí la noche. Hay que pagar entrada y la costumbre es que el camarero anote las consumiciones en una tarjeta y, antes de salir, se efectúe el pago en una taquilla. La oferta es ingente. Ambiente chic en el selecto Café de la Musique, famoseo en Gloria y sofisticación en Disco. Más informal, sin dejar de ser pijo, la discoteca Na Mata, que ofrece actuaciones de música pop. Los más roqueros podrán disfrutar de conciertos en todas las baladas (discotecas): rollo arty en Studio SP, underground en Sarajevo, autóctono en Grazie a Dio, rocanrolero en Fun House, gótico en Madame Satà, canalla en Belfiore, pop en Berlim, adolescente en Outs, heterodoxo en Vegas y moderno en Milo Garage.
Disco. La escena clubbing pasa por The Edge, Lov.e, The Week, Pachá y el festival Skol Beats. También son frecuentadas por el público gay, asiduo de la terraza del peculiar Bar da Dida, situado cerca de la Rúa Frei Caneca, la Chueca local, donde se sitúa la balada petarda A Loca. Si la almohada le espera en el Hotel Unique, es un privilegiado, igual que las vistas de su terraza. Pero sepa que dormir acompañado en un motel es habitual y está bien visto.

13 horas. Arquitectura y comida con sello local

Ciudad vieja. Una vez en pie y tomado el pulso a la faz más contemporánea de la ciudad, la tradición se impone. Aunque no es un almuerzo muy convencional, en la Plaza de Benedito Calixto, conocida por su feria de antigüedades, se puede desayunar con alguna fortísima delicia nordestina. En el mercado del Sacolao, podrá comprar pescado fresco e, incluso, sentarse en unas mesas, rodeado de frutas, para disfrutar de una ración de sashimi. Tras reponer fuerzas, el centro histórico se merece un buen paseo por el Sao Paulo más costumbrista (Catedral da Sé, Teatro Municipal) y aéreo (suban al Edificio Banespa, al Viaduto do Cha o al Copam). No lejos de allí está la Estación da Luz, antigua puerta de entrada a Sao Paulo, frente a la Pinacoteca del Estado y a pocos minutos del Mercado Municipal, cuya visita vale la pena.
Popular. Si lo que buscan es bullicio y colorido, la Rúa 25 de Marzo está considerada el mayor shopping al aire libre de América Latina. Para no perder tiempo, procede echar un vistazo desde el coche al Memorial de América Latina, obra de Niemeyer, o al estadio de Pacaembú. Y, si las bolsas no están todavía llenas, las fashion victims tienen su particular oasis en el Shopping Iguatemí y en la tienda multimarca Daslu.

20 horas. La noche más brasileña

Bossa. No frecuenten el casco histórico a horas tardías, ya que se transforma en Crackolandia, decadente escenario donde las sustancias ilegales han hecho estragos. Se puede disfrutar de las vistas del Terraço Italia, que ofrece bebidas y comidas a ras de cielo. Si tiene suerte, en Vila Madalena suele haber ensayos callejeros de escuelas de samba. Aunque, si quiere ir a tiro fijo, el Barnaldo e Lucrecia programa conciertos de música popular brasileira. Interesante sería visitar uno de los muchos SESC existentes: son centros culturales subvencionados por asociaciones de empresarios y, en ellos, se desarrollan actividades culturales.
Festival. Si coincide que está leyendo esto camino de Sao Paulo, olvídese de lo escrito y déjese abrazar por la Virada Cultural. Inspirada en las Noches Blancas de París, se trata de un festival al aire libre, repartido por toda la ciudad, que comienza a las seis de esta tarde y dura 24 horas sin interrupción. Hágase con el programa y métase en la web municipal de Turismo nada más llegar. Si no puede con los pies, siempre podrá apuntarse a un viaje en helicóptero. Así no se perderá otros rincones como el Museo de Ipiranga o el Valle de Anhangabaú. Ahora, sí, ya puede respirar. (Foto: Jefferson Pancieri / spturis.com)

(Publicado en el suplemento Viajes de El Mundo en abril de 2007)

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