Montero Glez: “El flamenco es el compás que mueve mi escritura”

por Henrique Mariño

montero-glezFoto: Ángel Navarrete

Montero Glez quería escribir un libro y le salió un martinete. El escritor madrileño emprende en Huella jonda del héroe (Imagine) una travesía hacia el sur guiado por los pasos de un Hércules concéntrico, como de estribillo, que entronca con Camarón, Lorca, Ceesepe o García-Alix. La fragua del autor, una libreta de notas chispeante que ha dado de sí tres lustros, evoca historias propias y leyendas ajenas bañadas por los sonidos negros del Estrecho. No es literatura de viajes propiamente dicha y se lee como una novela, aunque su odisea andaluza le valió el Premio Llanes.

Glez, de González, Roberto en la pila bautismal, retoma así la figura del cantaor José Monge, que ya había abordado con maestría en el road-book flamenco Pistola y cuchillo (El Aleph). Pluma libertaria y alérgica a los cénaculos literarios, ha transitado por las maquetas del ABC, La Razón y, ahora, de los suplementos culturales de El País y El Mundo. “Yo vendo mi trabajo, pero no mi conciencia, porque no tiene precio”, advierte este literato de rostro atezado y porte de torero.

¿Compensa más ganar un premio que ir a porcentaje?

El porcentaje no existe. Te dan un mal llamado anticipo, porque a eso no le sigue nada más. Es una de las tantas mentiras del mundillo. Como las editoriales, por complejo, quieren parecerse a los escritores, se inventan sus fábulas. Yo no sé lo que es cobrar royalties o derechos de autor. Ingreso el anticipo y luego la liquidación siempre me viene negativa. Soy de los autores que cuadran la caja.

¿Cómo coincide con su actual editor, Mario Muchnik?

Por mi gran amigo Toni Iturbe, de la revista Qué leer. Yo salí a puñetazos con las primeras personas que me editaron, porque no fueron honestas. Inocentemente, les pedí que me devolvieran Sed de champán. Cuando lo conseguí, pasa como con los bancos: unos se lo dicen a otros y me tachan de problemático. Entonces, nadie me coge el teléfono y me convierto en un apestado. Hablé con Iturbe y me dijo: “No te preocupes, que te voy a presentar a Muchnik, que es un tío independiente que pasa de todo”. Me llevó a su casa, le di el libro y a los diez días me mandó una carta de ésas que tienes que conservar toda la vida. “Me honraría ser tu editor. ¿Qué es lo que quieres de mí?”.

Hay tres cartas que han significado mucho para mí. Una es ésa. La otra, de Alberto García-Alix, en la que me dice que le ha emocionado Pistola y cuchillo. Y la última, de Carmen Posadas, donde me escribe a mano lo mucho que le ha gustado Pólvora negra. Para mí fue un impulso, porque me pide que vuelva a la ficción cuando ya me planteaba centrarme en el periodismo y el ensayo.

Con las nuevas tecnologías, ¿qué será de esa, llamémosla así, literatura epistolar?

Gracias a internet, estamos acortando distancias, lo que pasa es que el formato determina el contenido. Es una putada, porque tenía que ser al revés. No se escribe de la misma manera. En pantalla no se puede escribir con el mismo sentimiento que a mano. Cambia el tempo.

¿Qué fue de sus ratas?

Siguen en Tarifa. En Valdevaqueros hay una especulación importante, porque el Ayuntamiento ha vendido la playa y va a montar un cortijo hotelero. Señores, dejen eso tranquilo y arreglen las infraestructuras del pueblo de Tarifa, que está lleno de ratas. Pero ratas como cocodrilos. Yo vivía en Caca Beach, una urbanización edificada sobre alcantarillado, y salían de la taza del váter. A una la llamaba Freddie, por los bigotes de Freddie Mercury, una rata maricona que venía a husmear el culo cuando hacía mis necesidades. Era acojonante.

De nombre, Roberto, pero le llaman Montero, Monterito, Glez, Montero Glez, Tirillas… ¿Tanto pseudónimo responde a una inicial condición de pluriempleado?

A veces, para buscarme la vida, publicaba cuatro o cinco artículos al mes en Qué leer y, joder, parecía que la revista la había hecho yo. Me daba vergüenza y firmaba como Aldo Monterini, Bob Hunter, Montero Glez…

¿Qué le llevó al sur, a irse de Madrid?

La búsqueda de la libertad. Podía haberme ido al norte, pero el frío requiere más pasta que el calor. Y más encierro. Cuando llegué al sur, no había casi nada, ni especulación. Alquilamos un garaje, una nave de éstas que ahora los modernos llaman loft. Vivíamos de puta madre hasta que nos echaron cuando llegó la conversión de la peseta en euro, el dinero negro, las inversiones en terrenos… Me vi con todos los libros en la calle y fui a hablar con el concejal de Cultura, de Izquierda Unida, pero pasó de mí. Al final, me ayudó un teniente coronel, que me alojó con mis libros en la residencia militar, rodeado de banderas españolas y de un cuadro del rey. Las paradojas de este país…

Allí el viento sopla fuerte en la cabeza, ¿no?

Cuando llegué a Tarifa, lo primero que me preguntaron era si tenía carné de loco. ¿Qué es eso? “Sí, sí, una paga no contributiva que te dan todos los meses si no puedes trabajar por las depresiones de los vientos”. Claro, estos me veían como un tío raro: no trabajaba en nada, no sabían quién era… Y va uno muy enrollado y me trae los papeles: “Picha, ahora mismo los firmas. Tarda unos meses y luego te viene todo de golpe, con una paga en verano y otra en navidades”. Cojonudo, pensé, pero no me apetece ser un loco oficial.

Usted podría pasar por andaluz para quien no conozca su biografía.

Viví hasta los 33 años en Madrid, pero no soy de ningún sitio. Me fastidia cuando un agente literario me dice que no puede traducir mi obra porque es local. Pero a Vargas Llosa se le traduce y tiene muchos peruanismos, ¿no? Yo soy muy universal, aunque para ello antes tienes que ser local.

¿Cree que el argumento de su obra es el estilo?

No, el argumento es el fondo y éste es el que va a determinar el estilo. No soy un estilista, yo cuento historias, pero sólo se pueden contar de una manera, y esa manera es el estilo. Por ejemplo, las historias de Alfonso Ussía, con todos mis respetos, sólo se pueden contar de una forma, que es un estilo de División Azul.

Si no era con afán peyorativo…

No, bien, vale, sí. Tengo un estilo único porque mi fondo es único.

Sin acritud, ¿es un escritor de viejo?

Sí, claro. Además, me gusta ir a las librerías de viejo y encontrarme mis libros, ya leídos, de oferta. Escribo para ser leído.

Me refiero a la forma. ¿Cree que ha recuperado un estilo?

Mira, lo he bautizado como folclore cósmico. Si García Márquez tiene el realismo mágico, yo no voy a ser menos. Mi estilo es cosa local con proyección universal, que mama de Valle Inclán, del barroco, de la picaresca, de todo el Siglo de Oro y de la mística, porque tengo un mecanismo interno espiritual. No soy un nihilista, pienso que el hombre es la medida de todas las cosas, tanto de las visibles como de las invisibles. Estoy más cerca de Protágoras que de Céline, aunque éste me fascina, como Fernando Vallejo. Pero el nihilismo no va conmigo, soy más humanista. Tengo muy presentes las dos escuelas clásicas de la literatura española: la picaresca y la mística.

¿Qué libros le esperan en la mesita de noche?

Aquí, en la mochila, tengo La vuelta a Europa en avión.

Chaves Nogales… Libros del Asteroide también ha publicado La agonía de París, pero me gustaron más A sangre y fuego y, claro, Juan Belmonte, matador de toros.

Ése es el más grande. Yo lo releí para Pistola y Cuchillo. Una biografía escrita desde el biografiado. Desde, no de: la preposición es muy importante. Él se acercó mucho a Belmonte.

Dicen que nunca lo vio en la plaza.

Yo tampoco conocí a Camarón, sólo crucé un “buenas noches”. Es así, eso es la literatura.

De hecho, leí Pistola y cuchillo como si usted fuese el protagonista que lo acompaña: El Viejales, Camarón y esa tercera persona que narra.

Yo escribo para inventarme a mí mismo. La primera persona es muy importante, porque ejerce de hilo conductor. Me costó mucho trabajo encontrar esa voz y fue gracias a las fotografías de García-Alix. Sin ellas, no tendría referencia y a lo mejor la hubiera cagado. Él interpretó a Camarón como nadie.

Usted, de alguna manera, también saca fotos cuando mira al espejo de la Venta Vargas y describe la escena desde las botellas, como si estuviese enfocando la barra.

La reina de las figuras literarias es la metáfora. Yo trabajo con ellas. En eso, soy discípulo de Heráclito, el primer metaforista que hay. Antes de que se inventasen los relojes, él describe el paso del tiempo con la imagen de un río: nadie se puede bañar dos veces en él. Heráclito, hijo de puta, ¿cómo lo haces? Una metáfora es lo que más perdura en la memoria del lector y lo que le hace sentirse incluido en la historia.

¿Es Pistola y Cuchillo el Ulises flamenco?

El Ulises de Joyce me parece un galimatías. Para entenderlo hay que ser cornudo e irlandés. No le tengo el más mínimo respeto. ¿Una gran obra? Mira, aquí en España, en esa misma época, Don Ramón María del Valle Inclán cuenta en Luces de bohemia su vida en una noche. Ahí sale todo el recorrido de la bohemia madrileña. Ése es el ejemplo para mí: el Joyce y su Ulises es una cosa de esnobs. Pistola y cuchillo es mi mejor obra. Nunca he escrito nada igual, con tanto sentimiento y apego, y va a ser el libro por el que se me va a reconocer. No ahora, pero sí con el paso del tiempo. Y Sed de champán es el que más me pesa, porque se sigue reeditando y todo el mundo me conoce por El Charolito y tal…

En cambio, Dublineses y Retrato del artista adolescente

Están bien, porque se entienden, pero yo del Ulises no entiendo un carajo. Me pasa igual con el Marcel Proust, que me parece una mariconada. Sólo me he leído un volumen, no he podido con él. Prefiero leer El Jueves o a Forges.

¿Qué cineasta le gustaría que dirigiese su road-movie flamenca?

Roberto Rodríguez. Es el único que puede hacerlo, y me gustaría que fuese español… De aquí, hay una película que me fascinó: Smoking Room, de Roger Gual.

[El móvil de Montero Glez, del año de la polca, se cae al suelo]

¡Hostia, mi teléfono, a tomar por culo! Lo tengo desde hace cinco, seis o siete años, pero es que paso del maquinismo. Tengo un portátil que le compré a un gitano por 50 euros y este móvil. Me dicen que no puedo whatsappear ni su puta madre, pero a mí qué más me da. Cuando voy a una presentación, la gente no tiene otra cosa que hacer que estar haciendo fotos todo el rato, en vez de hablar contigo. Es una cosa alucinante, de una infantilidad… Decía García-Alix que están emputeciendo el oficio de la fotografía.

En cambio, fue relativamente precoz con La trinchera cósmica.

Monté el blog cuando casi nadie tenía uno. La experiencia en Bestiario.com, con Leandro Pérez y Mi vida como un chino, estuvo muy guapa. Era lo más rompedor que había en esa época, pero acabé cansado de los blogs y lo maté. Ahora, por las noches, me pongo a talycualear en el Twitter y me meto en la caverna: Hermann Tertsch, Pedro J. y todos estos, que dicen unas burradas que son como para contestar.

Su cuenta de Twitter está cerrada y sólo se puede acceder con invitación.

Es importante que quede en familia. Una cosa sacada de contexto se puede utilizar en tu contra. Yo no soy un autor asimilado por el sistema, de manera que lo que diga me puede hundir, en vez de favorecerme. Trabajo con todos los medios de comunicación y tengo un pacto con ellos para poder seguir currando: cierro Twitter y así no hay presiones.

¿Todavía no se considera un hombre público?

No, no puedo serlo.

¿Para ser inimitable hay que imitar mucho antes?

Claro. Somos simios imitadores. Goya imitó y copió a Velázquez. Cuando te sabes todas las canciones de los Beatles, los Rolling y Bob Dylan, resulta que ya tienes un estilo propio. Sobre todo hay que leer e intentar imitar. Eso es el aprendizaje.

Su blog era un work in progress, un libro de notas en el que recogía la intrahistoria de sus futuras novelas, ¿no?

Sí, porque ponía lo que iba trabajando en el día a día. Gracias a eso, saqué adelante Pólvora negra. Recuerdo que un tío que construía bombas orsini por afición me explicó cómo eran. Me quedé flipado, la gente está enferma.

Huella jonda del héroe está escrita de cero a cien o…

No. Son mis apuntes de catorce años en el sur. Tengo un baúl lleno de libretas.

¿Había pensado darles forma algún día?

No, los escribo para mantener la muñeca caliente.

¿Decidió presentarse al Premio Llanes de Viajes una vez escrito el libro o antes?

Una vez escrito. Sé cuando empiezo pero no cuando voy a terminar. Cogí el material y lo organicé echando las cartas del tarot. Fue por Ceesepe. Después de ver su obra, me dije: “Joder, mete en el mismo cuadro a Manolete, a Irma la Dulce, a su amigo Manolo montado en un burro, a un conejo con chistera… Este tío es un monstruo”. Al igual que García-Alix fue mi referencia con Camarón, Ceesepe lo fue con este libro. Todo mi cosmos y mi mundo está ahí: Brian Jones, Paul Bowles, Pericón de Cádiz, Hércules…

¿Y lo pega todo con el flamenco?

El flamenco es la música de fondo que me acompaña, el compás que mueve mi escritura y que me mueve a mí. Yo sueno a flamenco. Busco el palo y escribo por soleás, por martinetes, por…

Con su repetición…

La estrofa, el mantra, Hemingway, Gertrude Stein, una rosa es una rosa es una rosa… Hemingway es mi maestro. El primer gran publicista de la historia de la literatura: un hijo de la gran puta que, durante la guerra civil española, se hacía fotos en la trincheras cuando los soldados paraban para comer y no se podían pegar tiros, en plan “yo estuve aquí”. Falseaba la realidad de una forma…

Maestro, con permiso de Henry Miller, ¿no?

Me quedo con Hemingway, aunque Miller sea más literato y estilista. Hemingway consiguió contar sin palabras lo invisible. Era más importante lo que no decía que lo que decía. Leerle entre líneas es la hostia.

Si no hubiese tropezado con Arturo Pérez Reverte, ¿dónde habría caído?

En otro sitio. El artista sale, si no es por un lado es por otro. Es imposible cortarle el rollo a un escritor de raza. Un torero siempre encuentra plaza y, si no, tiene los huevos para salir de espontáneo.

¿Pérez Reverte sufre de ardor guerrero o de ardor de estómago?

Vamos a dejarle. No me mola darle publicidad, no se la merece. Es como una mochila que pesa mucho, todo el mundo con el rollo… Yo soy un literato que poco o nada tiene que ver con su movida ni con la de ninguno: he roto con la generación de Muñoz Molina, Marías… Señores, no están aportando ustedes ya nada. Quédense con su puta próstata en su puto sillón de la Academia y dejen paso a la nueva generación. Se han convertido en unos burgueses. Tengo amistad con Antonio y con Javier, pero es que no me interesa lo que hacen.

¿Qué distancia media entre vivir de la literatura y de los sablazos?

El sablazo es literatura, porque tienes que echarle mucha picaresca. Homero fue el primer hombre de los sablazos: iba contando historias y mentiras por las tabernas de los puertos a cambio de unas monedas.

¿Pero es insalvable? Pocos llegan a publicar y ganarse la vida con ello, ¿no?

Sólo los elegidos por unas personas que se meten en unos despachos y dicen: “Vamos a inventarnos a unos autores que sí que van a vivir porque nos sentimos reconocidos en ellos”. Vargas Llosa, a quien admiro como novelista, tiene tanto éxito porque los corbatillas de las editoriales se ven reflejados en él. A García Márquez le tienen un poco de manía porque es más gitano y piensan que no pueden llegar a ser como él. O a Monterito, ¿no?

¿Al escritor le sienta bien madrugar? ¿Es un obrero de la palabra?

Para nada. Cuando tengo el qué, escribo. No tengo una relación conyugal con la literatura. Yo no cumplo, como en un matrimonio, de ocho a nueve. Es una relación de novia y amorío.

Volviendo a Pólvora negra y a Mateo Morral, ¿la anarquía…?

¿Dónde queda? Está ahí. El 15-M tiene mucho de ese espíritu libertario. Si no hubiera sido por la utopía, seguiríamos en los árboles. No te digo en las cavernas, sino en los árboles, como monos. El mono se hizo hombre gracias a la utopía, que nos sirve para caminar. El 15-M es lo mejor que ha sucedido, ha sido importantísimo. A mis 46 años, pensaba que esto no lo iba a vivir. La gente sólo hablaba de hipotecas y del coche que se había comprado y, de repente, sale a la calle a aportar soluciones a los problemas. Ya no queda para el botellón, para drogarse o para ir al fútbol a gritar. Tiene conciencia de que se pueden arreglar, y ése es el primer paso. Se merece todo el apoyo del mundo y no que manden a los cuatro macarras de la policía a pegar hostias. Lo que van a conseguir así es que se radicalice el movimiento, que es lo que buscan para que desaparezca. La base es pacifista y no puede radicalizarse por mucho que la policía meta palos, porque esos palos repercutirán en la propia policía.

(Publicado en Público.es en noviembre de 2012)

_____________________________________________________________________

Estoy en Twitter, Google+ y Facebook

Anuncios