Alberto García-Alix: “El sistema lo asimila todo”

por Henrique Mariño

entrevista-garcia-alixAutorretrato: Alberto García-Alix

Fue el fotógrafo oficioso de la contracultura española del último cuarto del pasado siglo, una época en la que el país se abrió al punk, a los narcóticos, a las urnas. Alberto García-Alix (León, 1956) captó en blanco y negro ese despertar y esa somnolencia. Travestidos y prostitutas, cuero negro y cremalleras, caballo y motos. En medio, él: vicioso, tatuado, motero y autorretratado. Fue un cazador cazado y su alma está presente en todas sus imágenes. No se entiende su obra sin su vida, hasta el punto de que una y otra son intercambiables. “Mi trabajo siempre es así: viene un amigo a casa a las cinco de la mañana, pongo los flashes y tiro fotos”. Vital y extremo, su objetivo es la existencia y la existencia es su objetivo. De ambos habla en Tres Tristes Vídeos, una trilogía en la que se yuxtaponen celuloide, fotografía, música y voz en off. La suya, ronca como el diablo que habitaba en sus entrañas hasta que se lo llevó el Loira. Recién aterrizado en São Paulo, bucea en sus tripas y desviste los años recientes en París, donde sufrió como un perro para lograr espantar los fantasmas físicos y espirituales que le habían rondado hasta entonces, todo fuese por la vida.

Ha cambiado la fotografía por el vídeo. ¿Le dio miedo afrontar el nuevo formato?

No. Los vídeos han sido una experiencia muy interesante en la búsqueda de mi identidad. La enfermedad en París y todo lo que supuso me obligó a plantearme quién era yo.

¿En qué medida influyó su estado físico y mental en la obra?

No se habría desarrollado nunca si no fuese porque atravesaba por ese momento. La sensación de soledad, de enfermedad y de aislamiento me llevó a un viaje interior, a mirarme a mí mismo, algo que no había hecho en mi vida.

¿En qué se diferencia el Alberto García-Alix de antes y después de París?

Superar situaciones así nos aporta un poco más de humanidad y de conciencia.

¿La fotografía, en general, lo ha salvado?

Me ha proporcionado una agarradera para desarrollarme. Gracias a ella he conocido mundo y a mucha gente, he reflexionado y ha sido un gran motor en mi vida, aunque tal vez no el más importante. Me lo dio todo y fue un estímulo para continuar viviendo.

Vayamos atrás en el tiempo. Usted comienza a hacer fotos de motocross, pero lo deja. ¿Por qué vuelve a coger la cámara?

Cuando me fui de casa de mis padres, víví con un amigo que tenía un laboratorio en el piso. En una bajada de ácido lisérgico, pensé que no estaba haciendo nada en la vida y que tenía que encontrar una disciplina. Entonces, empecé a meterme en el laboratorio.

¿Hubo en algún momento un propósito documental cuando fotografiaba a gente cercana?

No, no tenía esa consciencia. Sólo fotografiaba mi mundo propio pero, pasados los años, mi obra es totalmente documental.

En ella ha fijado un tiempo y un lugar, un paisaje y un paisanaje. ¿Cree que ha hecho inmortales a todas esas personas?

Me encantaría. La mortandad entre la gente que estaba a mi alrededor ha sido muy grande. Alguna exposición es una especie de homenaje a todos los amigos que ya no están y a cómo vivíamos. El mundo ha cambiado mucho. Ahora, todo aquello de las drogas y la exageración se entiende menos. Entonces, la provocación, el desenfreno, la contestación, el mundo nuevo y el inconformismo eran valores en alza de la juventud. Todo lo que suponía experimentación valía, algo que se ve perfectamente en la música. Luego, en los noventa, empiezan las ideas políticamente correctas. Nadie puede salirse del redil porque, si lo haces, pareces un bandido.

¿Ha pensado alguna vez si estaban equivocados?

No. Me parecen más equivocadas las ideas políticamente correctas. Yo no he sido un santo. Utilizaba las drogas como un camino personal. No teníamos conciencia. Tampoco había referencias. La heroína ha dejado una marca muy profunda. Los años ochenta fueron muy duros, con muchos muertos, sobredosis, enfermedades. Me imagino que en Galicia también.

Sí.

Pues es como si hubieses vivido ese mundo en tu tierra, fotografiases a esa gente y te encontrases que veinte años después no hay nadie. ¿Equivocados? Por supuesto. Tiene un precio a todos los niveles. Es normal, no hay droga más egoísta que la heroína. Es un narcótico. Funde tiempo y espacio, quita el dolor. ¿Quién tenía razón? No lo sé.

Tras el reconocimiento, ¿qué busca?

No eres igual con veinte años que con treinta, ni con treinta que con cuarenta. Eso quiere decir que has asumido una enseñanza. Lo que no cambia es la pasión de mirar. Eso me mueve.

¿Cómo es su ojo?

Un poco miope.

¿Qué busca reflejar en la fotografía?

Mi propio yo, reflejado en los demás. Pero no sé si ésa es la verdad exacta. Busco seguir viviendo, disfrutando de la vida, comprendiendo.

Pero en sus fotos, aunque aparezcan uno o más elementos humanos, lo que se ve es soledad.

Sí. La soledad siempre ha sido un referente en mis fotos. Y el autorretrato.

En los individuos que aparecen en sus instantáneas, ¿cuánto hay en ellos de persona y cuánto de personaje?

Detrás de cada foto, hay una persona. En general, no retrato a gente muy plana. Vamos, mi vida no ha sido plana y quienes han estado cerca de mí tampoco son así.

En ellas, ¿ha habido más ética que estética?

Sí. Y en mí, también. Me siento una persona bastante ética.

Respecto a su contenido…

Yo llego a la fotografía de una manera circunstancial. Sin darle valor, sin tener referencias, sin estudiar. Lo curioso es que el ojo no es eso. El ojo es apasionado. Puede ser ético, puede ser crítico, pero no deja de ser ojo. No soy un fotógrafo frívolo, pero tampoco soy un fotógrafo concienciado. Muchísimas personas tienen mi obra como una referencia, pero uno no sé ve así: son fotos. Yo me veo de otra manera. Lo único que sé es que, cuando cojo una cámara en las manos, me veo obligado a reflexionar sobre lo que miro. Para mí, ése es el gran trabajo.

¿Cuánta espontaneidad había, frente a las actuales, en sus fotos antiguas?

Siempre han sido espontáneas. Premeditación, nunca. La fotografía es un acto totalmente voluntario.

¿En algún momento ha procurado la rareza?

No. Pero como le dije una vez a una prostituta que me estaba echando la bronca y me llamó raro: “Señora, raros somos todos”. Era lo que me faltaba [risas]. He oído muchísimas tonterías sobre mí, como que todos mis personajes son marginales. Mentira. Marginal, marginal será un político, que hay uno por cada cien mil personas. Nunca he retratado a políticos o banqueros. Por mi tipo de vida, siempre he estado en una frontera y todos los personajes fronterizos me han seducido, así como la gente que desafía su propio destino. Tengo un sentido de la vida trágico del español y otro sentido romántico, a lo Conrad.

Lo que antes era transgresión ahora está a la orden del día.

Nada. El sistema lo asimila todo.

¿Es peor dejar de creer en el amor o en la política?

Yo en la política no creo. Nunca.

¿Ser su amigo ha sido una condición para aparecer en sus fotos?

Muchas veces, sí. El conocimiento de la otra persona es fundamental. Si viera pasar por la calle a García-Alix, posiblemente no lo fotografiaría, pero si fuese amigo mío, sí (risas). Soy un personaje de mis fotos desde el momento en el que salgo en los negativos.

¿Echa algo de menos de su vida antes de París?

Alguna cosa, sí, pero la lucha valió la pena. Mi vida artística allí fue muy positiva. Ya conocían mi trabajo, pero las exposiciones funcionaron bien. Pero no hablo sólo a nivel fotográfico, porque esa parte me la puedo pasar por los cojones. ¿Sabes una cosa? La fotografía es como un don adquirido. En el momento en que tengo la cámara en la mano puedo ser poderoso. Lo interesante fue la lucha conmigo mismo.

Su vida y su obra han sido una sola.

Hay un anhelo de presencia por parte del fotógrafo, que siempre está presente en las fotos. El “yo vi esto” es una cualidad intrínseca de la fotografía. El autor no es objetivo.

Y el objetivo es subjetivo.

Exactamente. Vamos, una milonga.

(Publicado en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia en noviembre de 2006)

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