Enric González: “España es un disparate”

por Henrique Mariño

enric-gonzalezFoto: Julio César González

Enric González, autor de algunas de las crónicas más brillantes del periodismo español, pasa página. Barcelonés del 59, iba para veterinario pero recaló en el oficio por cumplir con la promesa de su padre, también plumilla: tú primero matricúlate en Periodismo y haz unas prácticas; luego, si tal, ya te vas a Zaragoza a eso de curar animales. Desde entonces (Hoja del Lunes, menor de edad, 8.000 pesetas por trabajar sólo los domingos), han pasado 35 años. Los mismos que han podido disfrutar con sus artículos los lectores de El Correo Catalán, El Periódico de Catalunya, El País y, tras su reciente salida del rotativo madrileño, los de la revista Jot Down.

Sus experiencias como corresponsal en Londres, Nueva York y Roma destilaron una trilogía que la editorial RBA recopiló en un solo volumen hace ahora un año: Todas las historias y un epílogo, agotada y pendiente de una segunda edición. Sigue luciendo en las librerías Una cuestión de fe (Libros del K.O.), aproximación devota e identitaria a su sufrido equipo del alma, el Espanyol, en cuyo viejo campo de Sarrià descubrió que perder es más literario que ganar. Y en diciembre Jot Down Books se estrena en el mundo editorial con sus Memorias líquidas.

Del antiheroísmo periquito habló en el Festival Eñe, que tuvo lugar el pasado fin de semana en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde aventó un par de noticias. La mala: no habrá Historias de Jerusalén, su última corresponsalía. La buena: rumia su primera novela. Sin pretensiones, matiza Enric González, quien (ante la pregunta de si tiene algún proyecto mediático propio entre manos) lleva a su terreno la máxima marxista: “Nunca trabajaría en un periódico que hubiera montado yo”.

La novela negra ha vuelto con fuerza, pero su padre, Francisco González Ledesma, fue un pionero del género en España junto a autores como Manuel Vázquez Montalbán.

Él fue un novelista forzado. Escribió dos o tres novelas muy joven, con veinte años o así, pero la censura se las prohibió todas. Trabajaba de abogado en la editorial Bruguera, pero también de guionista y hacía novelitas pulp, de esas muy baratas. Llegó a hacer cinco al mes…

¿Cuántas en total?

No existe la cuenta.

Como Lafuente Estefanía.

Era toda esa peña que juntó Bruguera, gente muy peculiar, derrotados de la guerra. Lafuente Estefanía era teniente del Ejército republicano; García Lecha, represaliado y luego funcionario de prisiones; mi padre… Esa gente que escribía a marchas forzadas. Publicó un montón de novelas y adquirió oficio. Luego, prácticamente jubilado, empezó con la novela negra de más metraje, pero entonces ya tenía toda la práctica del escribidor forzado.

Más tarde, dejó la abogacía y terminó en el periodismo. ¿Pesó en su decisión la censura desatada después de que, a ojos del franquismo, un “rojo” y “pornógrafo” recibiese el Premio Internacional de Novela?

Sí.

Pornógrafo, que no pornófilo.

Nooo [risas]. Creo que llega un momento en el que se harta de hacer de abogado y, al mismo tiempo, escribir todas esas cosas y decide estudiar Periodismo, que lo hace en un año. Entonces, empieza a trabajar de periodista y las rentas en casa cayeron brutalmente, porque entró en un diario con cuarenta años y en prácticas. Pero bueno, era algo que él quería hacer y lo hizo. Siguió con las novelitas y dejó de ejercer como abogado, porque llegó un punto en el que realmente no le gustaba nada.

Usted quería ser veterinario, pero su padre lo mandó antes a hacer prácticas a la Hoja del Lunes. ¿No se había planteado antes, aunque fuese por influencia paterna y por lo mamado en casa, ser periodista?

A ver, yo lo que había visto en casa era a un pobre hijoputa todo el día dándole a la tecla. No era nada atractivo oír a un tío a las tres de la mañana frente a la máquina de escribir: tac, tac, tac. Realmente, nunca he tenido vocación… Luego, con el tiempo, le coges el gusto. Aunque tiendo a exagerar, porque éste es… o al menos era un oficio que podía ser muy divertido. Y creo que he vivido los años más dorados, cuando había dinero, te mandaban a sitios, podías currar en un periódico que, bueno, funcionaba… No me quejo y espero seguir trabajando en esto una temporada. Pero ha sido un gusto adquirido. Realmente, de pequeño me gustaba leer periódicos, pero no creía que tuviera condiciones para hacer de periodista.

Sin embargo, pese a que quería estudiar Veterinaria en Zaragoza, termina matriculándose en Periodismo y en Derecho en Barcelona.

Formaba parte del paquete. Cuando terminé COU, el trato con mi padre era quedarme un año en mi ciudad. Pasé el curso y me dijo que probase en la Hoja del Lunes. Cuando terminé las prácticas y al año siguiente el plan era irme a Zaragoza, me contrató El Correo Catalán, que me pagaba 40.000 pesetas. La coña era que tenía de profesor de Redacción a un colega del periódico que estaba en una posición subordinada. O sea, que me tenía que poner una nota de puta madre… Entonces, dejé de estudiar Periodismo, porque me pareció que no iba a aprender gran cosa. Pero mientras trabajaba, me decía a mí mismo: “Esto se va a acabar. Un día van a descubrir que soy un farsante y me van a decir vete de aquí“. Así, de año en año, pensando: “Esto no puede durar, no puede durar”… y hasta ahora.

Usted vivió la Barcelona de Pepe Carvalho. ¿Hasta que punto son reales tanto la ciudad como la radiografía de la sociedad descritas en las novelas de Manuel Vázquez Montalbán?

Es su Barcelona, pero sí es real. Está sometida a un análisis más o menos marxista. La ciudad que ve es bastante parecida a la de mi padre, a la de Maruja [Torres] o a la de Terenci [Moix], porque todos eran del mismo barrio: del Poble-sec o del Chino. Es una ciudad vista desde abajo hacia arriba. Barcelona es una pendiente y Montalbán la ve desde el lado del mar. La urbe que puede pintar [Eduardo] Mendoza, incluso cuando habla del lumpen, está vista desde arriba. Pero la de Manolo y la de Carvalho es real. Además, es el tipo que describe el cambio de la Barcelona tradicional a la olímpica y postolímpica. La ciudad cambia por completo y pierde mucho.

Cuando vivía fuera, ¿le sabía a poco la Barcelona de la vuelta a casa?

No, no. El problema…

¿No había un desfase?

Es mi ciudad, la conozco, no me va a sorprender nunca.

¿Y en cuanto al regreso a España?

Sí. Hay muchas cosas que me pierdo y de las que no me entero. Al llegar, noto saltos temporales y me pregunto qué ha pasado. Pero España es un país lo bastante absurdo como para ser entretenido en cualquier circunstancia. Nunca se te queda corto, es un disparate de país. Si encontrase a alguien que me lo pagara, lo que más me gustaría ahora es ser corresponsal en España. Si pudiera enredar a algún diario latinoamericano, esta corresponsalía es un bombón, la mejor que puede haber en el mundo. Joder, lo tiene todo: lo trágico y lo grotesco, juntos. Es ideal, siempre que puedas explicarlo a gente de fuera: generalizando y resumiendo, porque ya cuando entras en detalle es un coñazo. Mezclar fútbol, nacionalismos, esas cosas de Rajoy…

La abolición de los toros en Catalunya, el fin de ETA…

Todo, todo. Es un país curioso y entretenido.

¿Como Italia hace diez años?

Italia es un país más frívolo, y para mí frívolo es un elogio. No se toma tan a la tremenda las cosas, siempre sobrevivirá porque sabe vivir… En cambio, España es un país de tendencia trágica. Incluso lo ridículo se toma… ¡aaaargh! Aquí todo es muuuy tremendo. Yo lo atribuyo a la herencia esteparia de los godos, esa cosa castellana melancólica. “Joder, tranquis, que no pasa nada”. Pero sí, aquí siempre pasa… Es distinto a Italia, pero, igualmente, una corresponsalía muy golosa.

Aun sin Berlusconi…

La de Berlusconi ha sido una temporada muy golosa, pero Italia siempre da juego. Ahora mismo, la situación es imposible: hay un tío mandando al que nadie le ha votado, en Sicilia ha ganado un cómico, no entrevés qué ocurrirá en las elecciones o, incluso, si las habrá o quién se presenta… A su natural imprevisibilidad, ahora se junta que toda Europa es imprevisible. Puede irse a tomar por culo en cualquier momento. Nadie sabe qué va a pasar.

¿En Italia o en Europa?

En Europa. Italia es el país más pintoresco de Europa Occidental, pero ahora mismo todo el sur del continente está italianizado. Y toda Europa, la del norte incluida, puede saltar por los aires.

Usted, para vivir, se queda con Londres. ¿También para hacerse viejo? ¿O tiene localizado un cementerio de elefantes secreto?

Últimamente, he pensado: “Me gusta mucho Roma, pero si me hago viejo aquí tengo que ir a los hospitales italianos. Vamos, ni de coña”. Y eso empieza a pasarme con Londres, porque la seguridad social británica es mala de cojones.

A este paso, en España…

Bueno, ya, pero de momento todavía está mejor y ha estado muy bien durante un par de décadas. No sé, Londres sigue siendo una ciudad que me gusta mucho, pero empiezas a considerar que, como Roma o Nueva York, está muy bien si tienes dinero y puedes pagarte un seguro médico privado.

¿Ha habido tiempo suficiente para unas Historias de Jerusalén?

No quería escribir ningunas Historias más. Eso de estar haciendo siempre lo mismo… Ya lo he hecho tres veces e, inevitablemente, sigues un patrón: buscas piso, no sé qué, entonces conoces a gente, pasa algo… Es lo que le ocurre a un corresponsal. Decidí que, después de Roma, ya no hablaba más de ciudades.

Cientos de periodistas ven Jerusalén como un destino deseado o soñado. Usted, en cambio, decide un día que no, que se vuelve.

Ah, no, yo no lo decido. Yo me habría quedado encantado en Jerusalén. Dejé la corresponsalía porque, simplemente, se me acababa el contrato. Antes de cumplir los tres años allí, me ofrecieron Buenos Aires, pero no lo pude aceptar porque mi padre está muy mal y Buenos Aires, muy lejos. Les dije: “Es la única corresponsalía que no puedo aceptar, porque es la más lejana. No puedo irme, porque mi padre se va a morir y voy a tardar dos días en llegar”. Luego, me quedé unos meses más y, como habían previsto que me sustituyera Ana [Carbajosa], pues me volví. Ya está, no tiene más historia. Pero yo nunca me he ido de una corresponsalía: me podría quedar indefinidamente.

Y regresa a España, como el diplomático que se reincorpora al Ministerio.

Sí. Y entonces vi que tal y decidí largarme, porque no me apetecía seguir. Hombre, si estás fuera, te entretienes, pero…

¿Volvió a…?

No volví a ninguna parte, porque yo tenía una posición única, que se había hecho para mí, de corresponsal extraordinario, que es de nivel de dirección. Por lo tanto, no podía estar en Internacional, porque no vas a mandar más que el jefe, es absurdo. Al volver, hablé con Javier [Moreno, director de El País] y ya vi que no…

Ahora escribe en Jot Down, pero algún proyecto estará larvando, ¿no?

No, no, no. Decidí irme de El País y ya está. ¿Ahora adónde voy? No tengo ni idea.

¿Pendiente de ejercer de corresponsal en España de un periódico extranjero?

No creo que vaya a trabajar sólo para un medio, porque no pienso que alguien vaya a pagarme un sueldo espectacular. Ahora bien, si puedo hacerme una columnilla aquí, una corresponsalía para un medio extranjero y alguna cosilla para Jot Down, pues ya está. Pero tiene que salir todo eso. Alguna gente me ha llamado, hemos quedado para hablar, aunque de momento no hay nada.

Y no tiene algo en mente…

No. Además, soy incapaz de montar nada. Soy un caos y nunca trabajaría en un periódico que hubiera montado yo, así que… Si algún diario me paga algo por escribir una chorradilla, me lo pensaré. Lo primero es ganarse la vida, luego ya tocaremos el violín, ¿no?

El periodismo deportivo se está dignificando: surgen revistas como Panenka, Kubus o Líbero, así como la colección Holligans Ilustrados de Libros del K.O., donde usted ha escrito Una cuestión de fe, sobre el Espanyol.

Es la evolución natural de la minirrevolución que hubo en Deportes de El País. Antes, los periodistas deportivos eran, por definición, los más zoquetes. Allí se juntó gente que tenía gusto por escribir y empezaron a publicar Manolo Vázquez [Montalbán] o [Javier] Marías, lo que elevó bastante el tono. Hasta finales de los setenta, primeros de los ochenta, alguien que leyera libros no escribía de fútbol: era de mal gusto, directamente. Pero eso ha ido cambiando. Ahí tienes, por ejemplo, a Vila-Matas.

Habla de escritores, pero también podría referirse a periodistas, desde Santiago Segurola hasta Carlos Arribas, pasando por Ladislao Javier Moñino.

Sí, claro. Pero eso arranca en un determinado momento, porque no siempre fue así. Cuando se funda, estaba García Candau, pero después la sección se va depurando y es imitada en otros periódicos.

Si todas las empresas se cargan a la gente que sabe de esto, ¿de quién se va a aprender?

La verdad es que no lo sé. El panorama es bastante desalentador, pero… [silencio]. Siempre había habido gente a la que podías imitar y esto sí que es realmente complicado. Pero como las empresas parecen querer periodistas que no piensen, que sólo produzcan y que vean algo en Twitter y no sé qué… Realmente, no lo sé, el panorama es de desánimo. Eso lo sabes tú mejor que yo. Al final, soy un privilegiado que ha tenido un buen sueldo y que ahora tiene oportunidades de trabajar, aunque sea desde casa, de colaborador. Pero, hostia, veo cómo está el panorama y…

¿Echa de menos el programa de Boyero en Canal +?

No, porque como sigo hablando con Carlitos, pues bueno… Hombre, después de grabar nos dábamos un homenaje, pero yo nunca he echado de menos nada. Nunca. Soy incapaz.

Menuda pareja.

Boyero y Cía. se hacía de un tirón y nunca había que parar, porque nos conocemos y, normalmente, habíamos estado bebiendo la noche antes. Hubo un día en que no conseguía abrir los ojos en el estudio.

¿Qué es ser del Espanyol en Barcelona?

Es aprender desde pequeño a ser minoría. Hay mucha gente que no tiene idea de ello, porque tiende a apuntarse a las mayorías, algo natural. Es sólo eso: tendemos a atribuirle al fútbol virtudes prácticamente antropomórficas que no tiene. La gente del Espanyol lo es, en su inmensa mayoría, por la familia, porque tu padre o tu hermano mayor lo eran. El que no tiene ese condicionante se hace del Barça, como es obvio. Lo del Espanyol va quedando como una minoría cada vez más minoritaria y atrincherada. Estamos aquí por razones, desde luego, extrafutbolísticas. Si quisiéramos ver buen fútbol, nos iríamos a otra parte. Estamos aquí porque la historia nos ha hecho recalar en esta playa. Minoría, minoría…

Antes comentaba: “Ser independentista me parece una opción, ser nacionalista me parece una tontería”.

Realmente, soy incapaz no ya de sentirme nacionalista sino de entender cuál es el punto del nacionalismo. O sea, ¿qué es el nacionalismo? Aunque digan: “No somos ni mejores ni peores: diferentes”. ¿Diferentes en qué? Puedes cultivar la diferencia o no, estoy de acuerdo. Los catalanes hablamos catalán, sí. ¿Y esto te ha de llevar necesariamente a un nacionalismo? A mí no me pasa. En cambio, la cuestión de la independencia no tiene nada de simbólico. Es sí o no, te conviene o no, lo quieres o no. Vale, estamos hablando ya de cosas prácticas. Pero estas tocadas de violín, no sé qué, la patria… Ninguna patria me interesa nada.

Como tampoco le verá sentido, una vez independizado el territorio en cuestión, a perpetuar el discurso nacionalista, ¿no?

En teoría se puede seguir siempre siendo nacionalista, hasta que acabas como el FIS argelino: los dos últimos que quedan se matan entre sí. El nacionalismo, por integrador que sea, es excluyente. Dentro del mismo país, siempre hay gente más patriota que tú. El nacionalismo me parece tonto de entrada, pero llevado a ciertos límites es espantosamente peligroso.

¿Cree que el móvil del discurso soberanista o independentista catalán es económico?

Entre la gente que compra el discurso, incide bastante la cuestión económica. Se lo ha creído: “Nos quedaremos más dinero para nosotros”, “Viviremos mejor” y tal. Pero lo fundamental es la cuestión sentimental.

Eso, en cuanto al pueblo. Me refiero a si usted piensa que las instituciones tensan la cuerda de la amenaza independentista para lograr un mejor concierto económico.

Convergència y el actual gobierno de la Generalitat, con ese oportunismo faccioso que les caracteriza, han visto que había un fenómeno (que ya está en marcha, porque es cíclico) y se han dicho: “Coño, esto hay que cabalgarlo”. Aunque sepan que es una llamarada sentimental que luego se agota por un tiempo. A ellos les va muy bien para tapar sus pufos, que son muchísimos, y para hacer el juego de la puta y la Ramoneta [tener el pie en dos zapatos], que es lo que han hecho siempre. Hay una utilización perversa de ciertos sentimientos de la gente.

Entonces, en un año o así, tendremos novela, ¿no?

O no… Si la puedo hacer, sí. Pero vamos, si hago algo, será una novela de escribidor, muy cutre. Nada de literatura ni… Será una cosa de aventuras.

Conrad también escribió novelas de aventuras, y fíjese…

Sí, ya, pero bueno… Pues mucho peor, mucho peor.

(Publicado en Público.es en noviembre de 2012)

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