Aníbal Malvar: “Yo la maldad la he visto más arriba que abajo”

por Henrique Mariño

anibal-malvarFoto: Chema Conesa

Aníbal Malvar (A Coruña, 1964) ha tenido que bucear en los bajos fondos para destapar las miserias de la alta sociedad. El escritor y periodista gallego regresa a los estantes de las librerías con La balada de los miserables (Akal), un thriller calé ambientado en un Madrid de gitanillos descalzos y niños raros donde emerge la figura de Pepe O’Hara, inspector beodo de ojos tristes y barba indócil que investiga la desaparición de churumbeles en los poblados de la droga capitalinos, coartada que le sirve al autor para aventar los pliegues donde se esconde la roña que crían los poderosos.

Escribió una novela y le ha salido un guión de cine, ¿no?

No, hombre… La estructura de un guión cinematográfico es idéntica a la de una novela. Soy un escritor veloz y se dice que todas mis obras son muy cinematográficas, aunque yo lo dudo, y eso que he escrito guiones. La historia de La balada de los miserables es muy simple, pero ¿cómo plasmas las voces?

Le da la palabra a las cosas, a los muertos o al diablo. Ahora bien, cuando habla por boca de la luna o de un niño, ¿no le dio miedo caer ya no en el sentimentalismo, pero sí en…?

En la horterez. Sí, da mucho miedo. Sé que arriesgo con eso y que el límite es muy difuso. En esta novela estoy jugando siempre en los límites: de la verosimilitud, de los tonos, de la sensiblería, de los sentimientos… Incluso de la dureza, ¿no? A veces puedes pasarte de duro, pero es un riesgo que tienes que correr.

Hay un par de guiños periodísticos: sus excompañeros de El Mundo Quico Alsedo y Pablo Herraiz firman una noticia.

Es un homenaje. También están Marta Belver y Benito Muñoz. Al jugar tanto con la posibilidad de que fuera inverosímil, busqué una narración más fría y recurrí mucho al recorte de prensa, recordando lo bien que lo había hecho John dos Passos en su trilogía. Está muy presente en este libro. Para mí es el mejor escritor de la generación perdida. Sus avances en estructura narrativa y en la manera de contar todavía no han sido superados.

¿Quién está más en caída libre: los escritores o los periodistas?

Todas las épocas que he conocido han sido de crisis. En los noventa, la tasa de paro era similar y había menos medios donde trabajar. La crisis nuestra está en la calidad, pero es culpa de las empresas, no de los periodistas. Estos no tienen la capacidad ni el tiempo para hacer las cosas con calidad, dado que tienen que comer. Y si debes dar de comer a tus niños, te escribes dos mierdas en vez de un gran reportaje, porque te van a pagar lo mismo. Es lo triste. Por otra parte, siempre se ha hecho una literatura estupenda. A lo mejor ahora nos hemos vuelto un poco retrógrados y pacatos, incluso en temas sexuales. Se nota mucho en el cine. El de los años cuarenta era más explícitamente sexual, aunque aparecieran menos desnudos que en el de ahora. Se ha profesionalizado mucho y hay demasiada gente que escribe o dirige películas sin haber vivido. Estamos más acomodaticios.

De hecho, cuando empezó a estudiar Filología Hispánica…

Y Farmacia.

¿Primero?

Las dos al tiempo.

Al poco de comenzar la Universidad, decía, lo deja todo y se va por Europa con una guitarra a cuestas.

Me dio la impresión de que no me servía de nada. Me fui en primero de carrera, aunque volvía para hacer los exámenes. Nunca me vi como una persona académica, capaz de aprender en un aula.  Prefería la calle.

¿A qué músico interpretaba?

Brassens…

Lo ha traducido al gallego. ¿Por qué él y no otro?

Lo descubrí en Lyon. Dejé plantadas a las tías con las que estaba ligando y me puse delante del tocadiscos aquel y me dije: esto es lo que yo quiero escuchar en este mundo. Empecé a estudiar francés como un cabrón para entender lo que decía. Me lo sé todo de memoria, he traducido más de 40 canciones y está presente en todos mis libros. Tengo tanta confianza con él que no lo cito.

¿Sigue tocando y cantando?

Sí. ¿No conoces ninguna canción mía? Tengo las obras maestras más grandes de la historia de la música gamberra. Todas malas, pero cojonudas. La gente se ríe muchísimo.

¿Siempre novela negra?

Tengo muchas ganas de escribir un libro sobre mi juventud en Santiago y esos viajes de los que antes hablábamos. Me fui de casa joven, en una época muy especial, cuando aprendíamos a ser democracia. Me hace mucha gracia todo esto del 15-M y las asambleas porque éramos igual de pesados. Nos poníamos a discutir y podíamos estar cinco horas hablando muy serios comos si fuésemos a cambiar el mundo. Y no lo cambiábamos [risas]. Vivía en un pabellón prefabricado que había hecho Fraga en el Burgo de las Naciones para recibir a peregrinos. Eran habitaciones de tres por cuatro metros, separadas por un pequeño hilo de papel: oías follar a todo el mundo y si una tía le ponía los cuernos, el novio se enteraba. Una cosa terrible.

¿Hay más posibilidades de cambiar la situación ahora que entonces?

La sociedad está a punto de reventar y el 15-M es una muestra no violenta. La estabilidad de todos estos años ha residido en mantener un proletariado muy cercano a la burguesía. Lo que han hecho ahora es quitarle a la burguesía su estatus y la han convertido otra vez en proletariado. Y es mucho más jodida de sostener que el proletariado, porque está muy bien acostumbrada a pelear por sus cosas, en plan individualista. Ha sido el motor de la historia desde la revolución industrial. La lucha contra la injusticia se puede globalizar, como se ha globalizado la especulación o el choriceo. Es un momento muy delicado, los ricos tienen que andar con bastante cuidado.  Yo, por ejemplo, si hoy me encuentro a un rico le pego… o me follo a su hija [risas].

¿Qué le parecería que la resistencia pasiva fuese considerada delito de atentado a la autoridad?

Una barbaridad. Aparte, muchos policías no quieren hacer esas cosas y se están negando. Uno, muy amigo mío, me dijo: “Ojalá que no me manden cargar contra esta gente. La mayoría de los compañeros estamos de acuerdo [con los manifestantes], porque nosotros estamos igual de puteados”. La policía está atada y en una situación complicada: un agente que desobedece una orden pierde su carrera, lo echan. No hay margen de error.

Con 26 años debuta en la literatura y poco después gana el premio Xerais. Aquel prometedor escritor gallego, de repente, desaparece. ¿Por qué dejó de escribir?

Ya había agotado lo que sabía hacer. El género se ha acabado encorsetando y se ha vuelto un poco tópico. Quería escribir el Cien años de soledad de la novela negra. Buscar nuevas formas de contar ese tipo de historias y, sobre todo, volver a acentuar el origen de descontento y casi revuelta social que tenía en su principio. Se trata de una novela de origen muy comunista, siempre basculando entre el comunismo y el fascismo. Porque el héroe que al final se toma la justicia por su mano no deja de ser un fascista, aunque sus razones son igualitarias. En resumen, al ser reportero, la vena literaria estaba muy bien alimentada y no tenía mono de novelista. Ahora he vuelto, y no digo que esta obra sea novedosa y vaya a cambiar el mundo…

¿Es el Cien años de soledad que decía antes?

Claro [risas]. Quería cambiar la visión personalista de la novela negra. La maldad se ve mucho mejor desde todos los ojos que desde uno solo. Necesitaba más cosas que un detective, por eso tiene voz hasta el dinero. Es una obra al estilo del cubismo picassiano, donde la realidad se plasma desde todos los vértices. Creo que la novela negra tradicional ya no es capaz de estampar el friso de una sociedad global.

En cuanto al periodismo, ¿qué le falta y qué le sobra?

Dinero para pagar a la gente para que salga a buscar noticias. Yo he conocido a periodistas fabulosos, pero en una redacción no pintan nada. Le falta calle y le sobra periodismo declarativo: escuchar todos los días las mismas tonterías de unos y otros me parece una cosa estúpida.

¿Cómo profundizó en el caló y en mundo de los gitanos?

Desde hace tiempo tengo contacto con gitanos, he escrito reportajes y siempre me interesó su jerga. Una vez, tuve viviendo en mi casa al pariente de un guitarrista flamenco. Era un traficante que se refugió allí después de robarle al padre de su novia, que estaba embarazada, varios kilos de cocaína. Estaban un poco acojonados y los eché después de un mes, porque se querían quedar a vivir conmigo [risas].

No abusa de la transcripción fonética. Va más al léxico que a la caricatura.

Claro, porque creo que no funciona. Lo han intentado muchos autores y a mí siempre me ha molestado. No es solo que parezca una burla, sino que queda mal. Es inelegante.

En cambio, no es verosímil que algunas voces en off hablen con un lenguaje culto y elevado.

Claro, pero los escritores tenemos trucos. Eso ocurre con personajes que han fallecido y, desde el principio, se explica que “al estar muertos nos dan ciertas infusas ciencias que no teníamos”. El lenguaje de la muerte es universal.

¿Cuánto hay de usted en el detective Pepe O’Hara?

La politoxicomanía, el pelo rizado y nada más [risas]. Y la erotomanía un poco también, pero eso ya se me va pasando con la edad.

Salir de caza, en cambio, no. ¿Elefantes?

En mi familia no lo consideramos elegante. Mataríamos antes al rey [risas].

A quien ha dedicado, precisamente, muchas columnas.

Un día me llamó Jorge Vestrynge y me dice: “Aníbal, lo primero que hacemos mi mujer y yo por las mañanas es coger tu columna y descojonarnos. Y luego decirnos uno a otro: le van a matar. Queríamos llamarte precisamente para decirte que tengas cuidado, tío, que te van a matar”. Ya lo decía Chaplin: la gente que lo está pasando mal necesita que te metas con la autoridad. Y aquí, coño, tenemos una figura que no nos vale para nada más que para reírnos, que es el señor don Juan Carlos de Borbón. Entonces hay que reírse del rey. Considero que hay un papanatismo con eso en la prensa terrible. ¿Cómo puede haber alguien que no quiera ser republicano, que acepte un sistema injusto, clasista, machista y representado por unos impresentables?

¿Tiene alguna novela en mente?

Sí, una policiaca sobre la psicopatía. Ana González Isasi, la psicóloga con la que escribí el libro Ojos que sí ven. Soy bipolar, dice que soy un psicópata con sentimientos, que es una cosa imposible. Yo creo que psicópatas somos todos y los sentimientos los elegimos. Eso se nota sobre todo en las gentes con poder. Todos los poderosos han llevado esa psicopatía a unos límites exagerados.

¿Qué crímenes no deberían ser condenables? ¿Qué delitos excluiría del Código Penal?

Pegarse un tiro en el pie [risas]. A ver, todos los tráficos ilegales. No lo digo yo, lo dice Mayor Zaragoza también. La persecución de las drogas es absurda, porque lo único que hace es generar más conflicto. La libertad de cada uno para hacer lo que quiera debe estar por encima de todo. Estamos ocultando manejos perversos de gente muy interesada en estos temas. No hay que olvidar que Sito Miñanco fue un señor que financió al Partido Popular de Galicia y es medalla de oro del PPdeG. También pienso que debería estar mucho más penada la mentira y la difamación en los medios de comunicación.

¿Ha hecho más amistades con los buenos o con los malos?

Con los dos. Aparte, los malos y los buenos se llevan bien. Vivimos en una sociedad determinista y los policías, que son los que andan por abajo, saben que a veces la delincuencia es inevitable y que muchos delincuentes no han tenido ninguna otra oportunidad. Tú qué prefieres: ¿a un traficante de cocaína o a unos Albertos? ¿Por qué ese tío se convierte en un delincuente y los Albertos están en la calle? Yo la maldad la he visto más arriba que abajo. Siempre.

Si fuese sometido a un interrogatorio, ¿cómo le harían cantar?

Vamos, con dos güisquis y dos rayas. Pero como soy tan vanidoso, seguramente exageraría mi papel y les contaría mentiras.

En plan Keyser Söze.

¡Qué flipado! ¡Impresionante!. He visto veinte veces Sospechosos habituales. ¡Qué buena es esa peli!

(Publicado en Público.es en septiembre de 2012)

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