Montero Glez, al filo de la navaja

por Henrique Mariño

montero glez

Montero Glez escribe con la faca. Un tajo en el papel que entronca con Lucio Fontana, aquel pintor que rajó el lienzo en busca de una tercera dimensión. El arte espacial del argentino frente al folclore cósmico del madrileño, que tiró hacia abajo hasta que interiorizó el eco del flamenco, cuarto estadio de su existencia. Monterito, decía, glosa en el filo de la navaja y, cuando la letra achica el metal, le corta la cola a las palabras, que es como decrece el sur.

Nieto de zapatero remendón vecino del barrio capitalino de Tetuán de las Victorias, bautizado así por la Guerra de África, a un tiro del antaño arrabal de Cuatro Caminos, nace Roberto Montero González en 1965, todavía año del tebeo, cuando no le llamaban cómic. Infancia de bocata de calamares en El Racimo de Oro, Bravo Murillo con Almansa, a cuya salida su padre le compraba historietas con las que aprendió a leer. A escribir le enseñó la distancia.

Es conocido por sus obras de largo recorrido (Sed de champán, Cuando la noche obliga, Manteca colorá), pero aquí hemos venido a hablar de sus relatos, que habitan en la primera dimensión del escritor. “Los cuentos son laboratorios”, explica con el nervio de un científico de mano trémula. “Es donde entreno y pruebo a los personajes y las tramas”. Montero entiende el género chico como el fecundo embrión de una novela. Una vez no pasó de las 124 páginas y aquello se convirtió en el feto más bello, Pistola y cuchillo, la biografía literaturizada del cantaor que dinamitó el cante. Camarón de la Isla. El Ulises flamenco.

En Polvo en los labios (Lengua de Trapo), cuando escribe, canta por Chacón. Don Antonio, que casi le vale un costurón, pues Montero es muy de barra turbia, donde el fuego lo dan los reflejos de las navajas de a tercia. Vuelve aquí de nuevo al maestro del cante jondo, ya que toda su obra es un texto cíclico. Cuando este literato con porte de torero enjuto agarra la pluma, le sale un cuadro de Escher: con sus putas, sus sirleros y sus gatos negros. Y novela viejo, porque a la escrita de este madrileño del sur la cura el paso del tiempo. La sal de la épica, que madura la jerga y sabe a Mediterráneo, allá donde empezó todo.

También tiene la capacidad de resucitar a los muertos, aunque en el relato que da título a su último libro desgracie a Chet Baker, el de la aguja en los labios. En dos años devolvió a la vida a José Monge, para después enterrarlo en un cuento. Matar a un personaje para concebir a otro. Así rubricó el atestado poético del suicidio de un trompetista a la procura de su instrumento, una acuarela donde el músico de jazz yace en posición fetal sobre el asfalto de Amsterdam, salpicado por la tinta roja de Montero.

Entró en las páginas de Polvo en los labios para salir de las de Pistola y cuchillo, igual que encarnó a Chet Baker a partir de la costilla de Camarón. Relato y novela. Quebrar una figura para modelar otra, desde dentro, como un escultor que abduce su propia obra, a lo Stanislavski. Mojó la Pólvora negra para fecundar El vientre de Saturno, un viejo almacén londinense donde el anarquista Pedro Vallina, transmutación de Mateo Morral difuminada por el puro de Winston Churchill, enseñaba a los olvidados cómo no traer más bebés sobrantes al mundo con un jirón de tripa de cerdo en la hombría. Novela y relato. Tejer un personaje con la piel de otro, desde fuera, como hacía en El silencio de los corderos el costurero travesti Buffalo Bill, aficionado al género femenino.

“Yo he sido Camarón, Chet Baker y Mateo Morral”, jura el autor de Huella jonda del héroe, radiografía espiritual del flamenco donde se le aparecen los suyos: Rancapino, Ceesepe, García-Alix, Hércules. Leyendas vivas. Muertos vivientes. Mitos que suben a la montaña el relato de una piedra para dejar que ruede, cuesta abajo, en forma de novela. O a la inversa, como en El vestido de la Chata, donde la bomba orsini de Pólvora negra es un vestido amarillo a punto de reventar en los cuartos traseros de la tía de Alfonso XIII, el indemne.

Cuentos de tres vuelcos, como el cocido madrileño: planteamiento, nudo y desenlace. La sopa de letras de Valle, Cela y Umbral para arrancar. Segundo plato de Hammett, Chandler y MacDonald. La proteína de Ribeyro, Onetti y Cortázar, en el vuelco de las viandas. El que se sirve no es Montero Glez, pues ya saben ustedes de su talento para incorporarse a la mesa –y en el cuerpo– de otros. Valgan las carnes de Fernando Vallejo, aquel narrador que dejó Colombia por México para asir las bridas del castellano. Precisamente a la misma edad que el firmante de Polvo en los labios, estrenada ya la treintena, se mudó a la costa de Cádiz, donde cada noche, cuando prenden la farola del firmamento, afloja las riendas que gobiernan la lengua del mismísimo diablo.

(Publicado en la revista Números Rojos en enero de 2013)

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