Josele Santiago: “Se le da demasiada importancia a los músicos, a los cocineros y a las putas”

Josele_SantiagoFoto: Luis Baylón

Ha cambiado su minúscula buhardilla de Chueca por un coqueto refugio para dos cerca del Rastro madrileño. Allí, recibe. La estancia huele a tomillo, “milagroso para la garganta”, suena el Time Out of Mind de Dylan, “un disco maravilloso que me tiene obnubilado”, y sobre la mesa reposan El mundo como supermercado (Michel Houellebecq) y Viaje al fin de la noche (Louis-Ferdinand Céline). También hay obras de Caro Baroja y Kafka, cuadros de Alfonso y Alonso Santiago (su abuelo y su padre-amigo), dos gatos educadísimos y un hombre de traje negro y pies descalzos. Se llama Josele Santiago, no ha cumplido los cuarenta y forma parte de la historia del rock español. Después de más de tres lustros de palco y furgón, el exlíder de Los Enemigos (¿el mejor grupo patrio, en su estilo, de los noventa?) vuelve con su guitarra afinada, su pluma sensible, su voz arrastrada. Las golondrinas etcétera, su primer trabajo en solitario, es un cofre sonoro con trece joyas grabadas en riguroso directo por una banda de lujo dirigida por Nacho Mastretta.

¿Es el amor, como cantó Chavela Vargas, mentira?

No es mentira, pero sí una cosa muy frágil.

¿Un contrato?

No. Muchas veces se confunde con la pareja o el matrimonio. El amor es el principio: una cosa frágil, efímera, en gran parte mentira. Es una alucinación, una maravilla.

¿Puede haber amor al final?

Sí, pero estoy como todo Dios, intentando descifrarlo.

¿Ha cantado alguna canción llorando?

Claro, pero no debería haberme pasado en público. Lo que busca la gente es emocionarse, no verte a ti emocionado.

¿La vida mata?

Afortunadamente, la vida mata, sí [risas].

¿Pero qué es la vida?

Mira, yo soy el tío que toca la guitarra y hace canciones [risas]. Últimamente, la clase política y los intelectuales han perdido tanta credibilidad que la gente le pregunta al pianista. Éste se queda con cara de póquer, dice lo que le sale de los cojones y sirve.

Pero su percepción de la vida es diferente respecto a hace quince años…

Por suerte, si no, qué coñazo. Venimos a este mundo berreando, vamos a procurar irnos tranquilos. Querrá decir que hemos ganado algo.

Tiene un carácter y un humor con rasgos galaicos, ¿no?

Puede ser, pero no poseo ni una pizca de sangre gallega. Sé lo que es la retranca y me gusta. Tengo una querencia muy grande por el noroeste y buenos amigos. Me lo paso en grande con las conversaciones que hay antes, durante y después de comer. Me encanta su forma de ser y me aceptan bastante bien. Me siento como en casa.

¿Por qué hizo de Santiago su refugio norteño?

Por mi novia. Ésa fue la razón principal que me llevó allí. Antes, había ido a visitar a Piti Sanz y luego empecé a frecuentar más la ciudad, hasta que me traje a Cristina para Madrid.

¿Viviría en Galicia?

Lo he hecho, pero nos quedamos sin casa. No me importaría nada irme a vivir allí. Nunca he dejado de considerarlo. Vamos de vez en cuando a Coruña, a Corrubedo y al pueblo de Cristina, Maceda, al lado de Allariz, que es una pasada. Ahora bien, soy de Madrid y despotrico, pero cuando me tiro tres meses fuera, ya lo estoy echando de menos.

¿Se siente a gusto en su nuevo barrio, entre Lavapiés y el Rastro?

Está bien, pero estaba mejor antes. Aquí había mogollón de bares y un vacile que ya no hay. Han cerrado y se los han vendido a los chinos. Ahora hay comercios de ropa al por mayor y eso es bastante más soso. Ha cambiado lo castizo por el colorido, que tampoco está mal.

Madrid ha cambiado muchísimo en un par de años.

Hostia que sí, pero a mí me gustaba más antes. Lo echo de menos. Ahora mismo estaban cerrando otro bar en la esquina, en el que ponían boquerones. Estaban los chinos tirando el cartel. ¡Qué lastima, joder! El bar de los caracoles de Cascorro todavía no ha caído: veremos lo que tarda. En Madrid también noto ahora otra cosa: el personal está de mala hostia. Te vas a comprar zapatos y ya no es lo mismo. Percibo una desconfianza y una mala leche tremendas. ¿Sabes por qué lo percibo? Porque cuando te encuentras con una sonrisa, con una persona amable, te choca, aunque lo agradezcas.

¿Cree que eso tiene que ver algo con la inmigración?

Es probable, porque está pasando lo que en el Gringo. La gente se está yendo al extrarradio, se está encerrando en casa y lo que queda en Madrid son…

Como en el Gringo, o sea, como en Estados Unidos…

Igual. El extrarradio lleno y la gente, en el centro de la ciudad, no se fía de lo que queda. Tú vas a una tienda o a una farmacia y están acojonaos. Yo noto un recelo y una crispación que no he percibido antes. Así que me voy a ir a Corrubedo [risas].

¿Enamorado de una duna?

Sí, me tira mucho, joder, porque va muy poca gente y porque hay un horizonte que da gusto mirar. Es un lujo. Tiene que haber unos inviernos cojonudos.

Santiago es una ciudad preciosa. ¿Es Compostela un estadio mental?

Parece ser que sí. Se intuye un estado mental compostelano. Pero la gente sale cagando hostias de Compostela [risas]. No pueden. Yo lo del sol lo llevaba muy mal. Me gustaba el orvallo y que estuviera nublado. Me daba mis paseos y pensaba que estaba en la esencia misma de lo gallego. Pero a los cinco meses estaba hasta los cojones. Tenía unas ganas de sol que me moría. Uno se va apagando y se vuelve desconfiado. Llega un momento en el que no sabes si está el sol o no. Puede que esté ahí detrás o puede que se lo hayan llevado.

¿Cuáles eran sus refugios compostelanos?

Si hacía bueno, me perdía por el Bonaval. También me podía acercar a A Estrada, a las dunas de Corrubedo o a la playa de Noia. En Santiago iba al Atlántico y al Reixa. Tomaba cocido cerca de la Rúa de San Pedro, en un bar pequeñito que hay. Intenté ir a comer mil veces al Asesino, donde almorzaba Valle Inclán, pero no encontré mesa. De todos modos, fíjate que delgadín estaba, así que no debían de dar de comer muy bien [risas].

¿Podría explicar por qué Galicia es enemiga?

Mira que le he dado vueltas en la furgoneta durante horas, pero no lo sé. Si no es por Galicia, Los Enemigos estaríamos muertos de hambre. Alguna conexión habrá, pero afortunadamente sigue siendo misteriosa.

También influirá la apuesta temprana de Carlos Mariño.

Cierto, pero es una razón peregrina porque él llevó a Galicia otros muchos grupos que no cuajaron. Es que nosotros íbamos a tocar a Navarra y la nota de prensa decía: “Grupo gallego”. Mucha gente se piensa que somos de allí. Todos los gallegos sois muy gallegos, pero algunos extranjeros podemos ser un poquito gallegos. Yo me considero uno de ellos.

Siniestro Total, Transportes Hernández y Sanjurjo, Piti Sanz, Pablo Novoa… La familia bien, supongo.

Siempre hubo un clan galaico desde que tuve uso de razón y luego, cuando empecé en la música, también. Era de los pocos que respondían cuando las cosas iban mal, que es cuando se demuestra la madera.

¿Qué le falta a Galicia?

Sol, si acaso.

¿Y qué le sobra?

Mucho cacique y mucho listo. Mucho mafioso y mucho aprovechado. También le sobra un poco de miedo. Lo que tenéis en la Xunta, este hombre disecado, clama al cielo. Si tú vas a los bares y hablas, la gente tiene una visión muy cabal y correcta de los problemas que hay, pero a la hora de votar no sé por qué cojones sigue habiendo miedo.

¿Cuándo va a presentar el disco en Galicia?

En cuanto pueda, porque me muero de ganas de andar por allí. Quiero empezar cuanto antes. Vamos a ir de finos, por teatrillos y cafés. En invierno, es lo suyo. Para el verano habrá que hacer algo más festivo, supongo, como Xoel.

¿Es él la gran esperanza blanca del pop español?

¿Quién? ¿Xoel López? No lo he escuchado muy bien, pero desparpajo no le falta y oficio tampoco.

¿Se ha comprado algún disco en el top manta?

No, ni pienso. Me parece estupendo fomentar la música y grabar discos entre colegas, pero esto de la manta es un sin Dios.

Si tuviera que perder la voz o una mano, ¿qué preferiría?

Me harían polvo igual, porque todavía no soy tan buen guitarrista como para ganarme la vida sin cantar. Es como si le preguntas a un alfarero si prefiere los pies o las manos. Necesito todo.

¿Pensó alguna vez que se quedaría por el camino?

Hubo una temporada que estaba casi seguro de eso. Luego ves que no y dices: Ya que estoy, pues sigo.

¿De qué se arrepiente?

De muchísimas cosas. De un tiempo a esta parte, oigo la frase no me arrepiento de nada y flipo como un pepino, porque no me lo creo. Porque todos —y si son yonquis, más— dicen que no se arrepienten de nada y que volverían a hacerlo. O mienten o son gilipollas. Robert Wyatt decía que todos traicionamos a alguien. Es cierto, así que todos tenemos algo de que arrepentirnos.

¿Se imaginaba adónde iba a llegar musicalmente?

Lo que me gusta de esto es que no tengo ni puta idea de adónde o cómo voy a llegar. Termino un disco y no sé qué va a pasar después. Por un lado, estimula y por otro, angustia.

¿Ha sido suficiente una semana de grabación?

Es poco. Los Enemigos ensayábamos constantemente y tardábamos un mes en grabar un disco. Éramos muy concienzudos: buscábamos la contundencia y la precisión, dos cosas que ahora mismo ignoro. Me interesa más la interacción entre los músicos, que pasen cosas constantemente, que haya swing, que esté bailao. Prefiero amaestrar al tiempo que someterme a él. El metrónomo está muy bien para estudiar, pero en este tipo de música, que le debe mucho al rythm and blues, molesta.

¿Va a tocar en directo canciones de Los Enemigos?

Sí, pero lo mejor es que las toque yo solo con la acústica, para no dar lugar a comparaciones, que siempre son desagradables.

¿Por qué ha dicho que el rock ha perdido el roll?

El roll se pudo perder cuando se empezó a grabar por pistas. Luego, también, cuando entró la vanidad en juego. Se le dio demasiada importancia al rock and roll. Antes los músicos eran los bufones, los trovadores. No tenían ninguna importancia: estaban en las fiestas con las putas y los cocineros, a los que también hoy se les da demasiada importancia. Resulta que ahora los cocineros son la rehostia y las putas, también. A veces me pregunto si vivimos en un sucedáneo de orgía romana y no nos damos cuenta.

¿El mundo está loco o somos nosotros quienes no estamos cuerdos?

Estar loco es un término muy ambiguo. Lo que si sé es que todos tenemos una batalla pendiente con el mundo y más te vale ponerte de parte de él [risas].

¿En qué elecciones votó por última vez?

En las últimas que hubo: autonómicas y municipales.

A la Trini (PSOE)…

No, a la Sabanés. Voté Izquierda Unida.

¿Aznar o Rajoy?

Prefiero a Rajoy, dónde va a parar. Pero mientras ande Aznar por ahí, nos va a dar igual uno que otro.

¿Bush o Bin Laden?

Yo casi salgo corriendo, ¿sabes? Además, tienen toda la pinta de ser colegas. Están en la misma empresa.

Por cierto, ¿qué fue del enemigo público número uno, Álex Calvo Sotelo, tras la disolución del grupo?

Prepara una película de ficción ambientada en el Viñarock y ahora está detrás de Ojos de Brujo. Los vi en Aqualung y son cojonudos. Me aburren un poco cuando se ponen demasiado hiphoperos o con sus solos de percusión. Además, luego los chavales aprenden, sacan los putos tambores a la calle y me cago en Dios bendito, joder.

Una plaga.

Hostia, qué coñazo. ¡Cómo van a sacar el djembé a la calle, coño!

(Publicado en el suplemento Fugas de La Voz de Galicia en marzo de 2004)

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