Tiempos nuevos, tiempos salvajes

por Henrique Mariño

banda-escribia-torcidoIlustración: Sr. García

Este libro debería ser objeto de estudio en todas las facultades de Periodismo, aunque tal vez su lectura lleve a la confusión (nada que ver con lo que el alumno pueda hallar hoy en la redacción de un medio español) o a la depresión (en el afortunado caso de que terminase encontrando un puesto de trabajo). En la peor de las hipótesis posibles, La banda que escribía torcido (Libros del K.O.) proporcionará al lector una radiografía apasionante, minuciosa, amena y hagiográfica del Nuevo Periodismo, que vivió su apogeo en Estados Unidos durante las décadas de los sesenta y setenta.

El oficio entroncó entonces con la literatura, incluso con el cine. Se trataba de narrar un hecho aferrado a la rigurosidad de los datos y poniendo énfasis en la excelencia con la pluma. No era la primera vez que se hacía, pero el contexto de un tiempo cambiante permitió abordar temas insólitos desde un lenguaje pop. Surgen dos figuras que pronto se convertirían, tras su asesinato, en mitos: Kennedy y Luther King. Los jóvenes caen como moscas en el infierno de Vietnam. El movimiento hippie y yippie, el LSD y los Ángeles del Infierno. La liberación femenina y la lucha de los negros por los derechos civiles. Etcétera.

Periodistas con ínfulas, novelistas frustrados y, sobre todo, editores con ganas y arrojo creyeron que había que contar todo eso, pero de otra forma. No bastaban la pirámide invertida y las cinco uve dobles, o sea, la estructura informativa clásica: exponer los datos de mayor a menor importancia, respondiendo al qué, quién, cuándo, dónde y por qué. Entendieron que para explicar el cómo necesitaban nuevas herramientas y, básicamente, tomaron parte en la acción o convivieron con sus protagonistas, de ahí el uso de la primera persona, la omnisciencia, la prosa giroscópica y la polifonía.

Todo ello combinado con el impresionismo, la narración descriptiva, el hiperrealismo o el gonzo, o sea, el escritor como un personaje más de la historia. En definitiva, la subjetividad convertida en el medio para alcanzar la verdad o, al menos, la suya. “Las técnicas a la hora de cubrir una noticia se hicieron más refinadas. Los periodistas empezaron a situar sus artículos en el contexto histórico adecuado en vez de escribir sobre los eventos a partir de la nada. En pocas palabras, el periodismo se convirtió en un negocio respetable”, escribe Marc Weingarten, autor de un manual alejado del academicismo que se lee como una novela.

Esta época dorada de la profesión fue posible gracias a editores como Clay Felker (New York), Harold Hayes (Esquire) y Jann Wenner (Rolling Stone), que convirtieron a una brillante nómina de periodistas en estrellas de rock literarias con legiones de fans entre la juventud estadounidense. Unos pasaron de las páginas de las novelas a las de las revistas (los veteranos Truman Capote y Norman Mailer) y otros, al revés (Tom Wolfe). Las elucubraciones del drogota Hunter S. Thompson dieron el salto al cine (Miedo y asco en Las Vegas). Y algunos, como la tímida y detallista Joan Didion o el almidonado y escrupuloso Gay Talese, acabaron viviendo de publicar textos de gran formato.

Sus reportajes eran kilométricos y ocupaban buena parte de los magazines neoyorquinos, hasta el punto de que algunos números fueron monográficos. El pago que recibían sus autores era abultado, pues la tarea les ocupaba semanas o meses. Por ello, los directivos de las revistas en ocasiones vendían los derechos a editoriales para su posterior publicación como libros, la única forma de rentabilizarlos. Hicieron dinero, pero sobre todo historia.

Aquí y ahora, parece una fábula, aunque siempre hay algún quijote que, salvando las distancias, apuesta por la crónica larga y tendida. “Nuestra intención es recuperar el espíritu de esos editores y arriesgar en los enfoques de los temas”, explica Emilio Sánchez Mediavilla, responsable de Libros del K.O., cuyo catálogo alienta la tradición del gran reportaje, a cargo de periodistas iberoamericanos que han narrado la caída de Gadafi, el rescate de los mineros chilenos o el paso de las horas en una cárcel de mujeres limeña.

(Publicado en la revista Números Rojos en julio de 2013)

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