El castillo de cartón

por Henrique Mariño

pedro_armestre

Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.

– ¿Todavía por aquí?
– Sí.
– ¿En los cartones?
– Ya ves.

Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.

Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.

Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.

Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.

Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.

Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.

– ¿Qué, todavía en los cartones?
– Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.

Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.

Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.

No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.

(Prólogo del libro de fotografías Plaza Tomada, de Pedro Armestre)

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