A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Poli Díaz: “La persona que mejor se portó conmigo fui yo”

 

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Un chaval de barrio obrero que iba para delincuente se redime a través del boxeo y consigue acaparar la atención de la España felipista durante su asalto al título de campeón del mundo. Poli Díaz (Madrid, 1967) tenía 23 años y una cuesta abajo por delante: tras su derrota en Norfolk contra Pernell Whitaker, el púgil español más mediático de todos los tiempos pasó de acumular cinturones (siete nacionales y ocho europeos) a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en un poblado chabolista a cambio de una dosis.

Pero El Potro de Vallecas rehúye las preguntas que remiten a su viaje por el lado salvaje de su biografía, que para eso ya ha publicado un libro en el que lo cuenta todo: una infancia de necesidades, el amateurismo de bocata, la indomable cresta de la ola, la calma de la coca y la furia del caballo, el actor porno desbocado y las broncas que hicieron que diese con sus huesos en la cárcel.

Como antes de subirse al ring, cuando no bebía ni siquiera fumaba, ahora lucha ahora por espantar esos fantasmas y ganarse el pan impartiendo cursos de boxeo. Por eso, ha ajustado cuentas con el pasado en A golpes con la vida (Espasa). Sólo quiere vivir tranquilo con su chica en su barrio de siempre, donde en aquellos maravillosos años saludaba diciendo: “Buenos días, soy Poli Díaz y pego hostias como tranvías”.

¿Dan más golpes los tópicos o la vida?

La vida, claro.

¿Y duele más subir al ring o que cuenten mentiras sobre uno?

Las mentiras joden mucho.

Fue un héroe de barrio en una Vallecas donde campaba la heroína. La cosa, en el sur de Madrid, estaría fina cuando era joven…

A tope.

¿Perdió a algún amigo?

Hay gente que se pierde. Pero no quiero hablar siempre de lo mismo. Contra más sepan de eso, más droga van a pasar. Y no me apetece dar publicidad para que vendan tanta.

En sus primeros combates, la guita escaseaba.

No era una cuestión de dinero. Quería boxear para poder viajar.

En cambio, con Whitaker se llevó una buena bolsa.

La gente está muy confundida. Durante los combates europeos también gané dinero. De hecho, pude comprarme mi primer piso.

Al principio se pasaba el día entrenando y trabajando como albañil. Alguna chica por ahí también habría, ¿no?

Si no tenía edad para estar con chavalas… A los diecisiete años, no piensas en eso, sólo en trabajar y jugar.

Cuando se proclamó por vez primera campeón de España en 1986, le dieron un cinturón con pollo

Tenía el escudo del águila de Franco. ¿Tú ves eso normal en una Federación? ¿No le daba vergüenza entregar una chapa barata con aguilucho?

Mucho no le duró porque se la dio a su preparador, Ricardo Sánchez Atocha.

Sí, pero paso de hablar de ese señor. Para mí no es nadie. Una cosa podrida.

Vamos, que la persona del mundillo que mejor le trató fue el empresario Enrique Sarasola.

El que mejor se portó conmigo fui yo, que era el que tenía que estar arriba y pegarme. Quien tenía que cuidarme era yo. Quien tenía que trabajar y correr era yo. Nadie lo hizo por mí.

Pero le montó una promotora y, además, usted siempre ha hablado bien de él.

Era un tío de puta madre. En cambio, cuando disputé mi primera pelea por el título de campeón de Europa contra Di Lorenzi, no puso el dinero para que se celebrase en España. En su momento me ayudó mucho, sobre todo como amiguete y relaciones públicas, presentándome a gente famosa y tal. Pero, a la hora de pelear, el que se pegaba era yo… y con rivales difíciles.

Usted, políticamente…

¿Cómo políticamente?

¿Le es igual el PP, el PSOE o…?

A mí me suda el nabo todo. Me es igual. Yo tengo que trabajar para mí, ni el PSOE ni nadie me han ayudado.

“Tenemos un rey que no nos merecemos”.

Me cae muy bien. Es muy majo y muy buena gente. Le he vacilado muchas veces. “¿Qué, rey, nos damos unos puñetazos?”.

¿Le parece bien que la corona se herede?

Si existe la monarquía, por algo será. Yo lo que digo es que si pagan a gente como la Duquesa de Alba por sus títulos, ¿por qué no me pagan a mí, que también los tengo? Mejor los habré ganado yo, ¿o no?

Fue un boxeador oportunista: dejaba flancos descubiertos para buscar un descuido del rival y luego atizarle.

Le ponía el cepo [cebo] para que picara.

En realidad, aprendió a boxear solo.

Sí, uno aprende mutuamente solo.

Le molestaba que El País no informase de boxeo mientras que Canal+, que pertenecía al mismo grupo, emitía las grandes peleas de Tyson pero no las suyas.

Si saben que hay dinero, lo ponen. Es como los videojuegos de combates para los críos, donde no hacen más que pegarse. ¿Cómo se llama eso? Esepé [PSP]… su puta madre. Tenían que estar prohibidos. Es como los coches sin carné: ¿tú ves normal que alguien sin carné se ponga a conducir? ¿Y si mata a alguien?

De hecho, cuando Whitaker, en Estados Unidos estaba prohibido anunciar alcohol y, por ello, en el precio de la entrada estaba incluida la multa…

Sí, pero de eso no quiero ni hablar.

¿Por qué le decepcionó el estadounidense?

No fue así. Él me ganó, fue mejor que yo. Pero los que no saben de boxeo no tienen ni puta idea o no se enteran.

¿Fue una encerrona?

El árbitro y otros le ayudaron un poquito… Tendrían que haberlo expulsado después empujar al árbitro.

¿Cómo se pelea con una costilla rota?

Tiré p’alante porque estaba caliente. Pero sí, al respirar dolía…

Luego, al volver de EEUU tras el combate, cada vez que iba al banco, sacaba mazos de medio millón de pesetas.

Cuando no dormía, sacaba dinero. Cuando dormía, pues no lo sacaba. Lo gasté y ya está. No quiero volver a esos malos recuerdos, para eso he publicado el libro. Deberías leértelo.

Claro, pero estas preguntas están hechas a partir del libro.

Y las contestaciones, también.

Después de dos años, se quedó “sin rubia, sin dinero y sin amigos”.

Me duró más de dos años.

Paradojas de la vida, se enganchó a la heroína cuando no le quedaba dinero.

Sí, pero bueno… Eso está pasado. Por contestar a estas preguntas, en otro lado me pagarían dinero, ¿sabes?

Entonces no le pregunto por las películas…

Puedes hacerlo.

Dice que lo de actor porno se le dio “bastante bien”. El título de la primera, El Potro se desboca, era bueno, no sé la película.

Estoy avergonzado de haber hecho eso. Era joven y punto.

Ha dicho que, si no fuese por el boxeo, habría sido un delincuente.

Podría haberlo sido.

¿Qué especialidad?

¿De delincuente? Ninguna. Eran cosas en las que sólo piensa un crío.

Cuando cayó en la heroína, llegó a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en La Rosilla.

Sí… Contando esas cosas podría hacer caja en otro lado y no voy a decirlas aquí, por la cara.

¿El suicidio de Urtain no fue un toque de atención? ¿Qué pensó cuando se mató?

No sé, hay gente que no es Urtain y se ha suicidado. No hace falta ser boxeador, hay hombres de negocios que se ven en la ruina y luego…

Sarasola fue como un padre. ¿Quién ejerció de madre?

No, no hubo ninguna mujer en mi vida.

Pero Eva, su pareja…

Sí, me apoya, pero no quiero darle tanta cancha.

¿Cómo se entendía con Mickey Rourke en sus noches vallecanas?

Él chapurreaba italiano. Íbamos de un lado para otro y ya está.

¿Qué mejor recuerdo guarda de su vida?

Haber nacido.

¿Pero su infancia tampoco fue…?

Fue la infancia de cualquier chico de barrio.

Foto: Paola Manfredi. (Publicado en la revista DT en junio de 2013)

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Sánchez-Cuenca: “Los intelectuales de izquierda se volvieron conservadores o se los tragó la tierra”

ignacio sanchez cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) ha puesto patas arriba el columnismo español con su último libro, La desfachatez intelectual (Catarata), en el que arremete contra los escritores, intelectuales y economistas que desbarran cuando disertan sobre la situación política del Estado. El profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid pone en la picota las cabezas de Pérez Reverte, Marías, Juaristi, Savater o Muñoz Molina por valerse de su prestigio como escritores para dar lecciones de españolidad y buen gobierno, sin aportar datos ni argumentos rigurosos. Personalidades que, a juicio del autor, transitaron de la extrema izquierda al liberalismo sin despeinarse, por lo que no duda en acusarlos de ser un ejemplo de la “frivolidad intelectual” que contamina los periódicos tradicionales.

Usted es profesor universitario. ¿Para cuando la carrera de Todología?

No creo que sea malo hablar de muchos asuntos, siempre y cuando uno se los prepare. El debate público no tiene que consistir en especialistas hablando sobre su tema, porque eso puede ser muy empobrecedor. Si hay un todólogo bueno, que intervenga y nos ilumine a todos.

¿Cuál es la fecha de caducidad de las grandes firmas que nos acompañan desde la transición?

En principio, no tendría por qué haberla. El problema es que han ido bajando el nivel, por lo que es necesario que se produzca una renovación profunda, porque impiden que entren otras personas en el debate que tienen más que decir.

La generación tapón.

No sé si se debe a ellos mismos, que han abortado la entrada de nuevas voces (salvo que coincidieran con las suyas) o a los medios de comunicación, que se han querido rodear de figuras de gran prestigio y ahora no se atreven a reemplazarlas.

Usted achaca la derechización de los columnistas a la “frivolidad intelectual”. ¿No cree que también puede responder a una cuestión de edad o a intereses económico-empresariales?

Eso es indudable. Lo que es bastante asombroso es que sean capaces de dar un giro total desde sus posiciones iniciales maoístas, trotskistas, anarquistas, proguerrilla y proETA no hasta posiciones socialdemócratas, sino hasta la derecha de las tesis del Partido Popular. Es un tránsito tan exagerado que me lleva a pensar que hay algo de frivolidad intelectual. Quien no es capaz de tener unos principios mínimos asentados, va cambiando en función de las modas intelectuales del momento. Y, en este caso, va cambiando siempre a su favor, sin colocarse en una posición arriesgada.

Y, paralelamente a ese cambio, los medios para los que escriben también se han ido haciendo cada vez más conservadores.

Eso ha provocado que la situación actual sea un poco extraña, porque en la prensa de papel no hay nada a la izquierda del liberalismo, por lo que el debate público está muy sesgado hacia la derecha.

Las cabeceras en las que escriben serían intercambiables, ¿no?

Sí, porque ha habido una convergencia entre los periódicos. La distancia ideológica entre El País, El Mundo y el ABC se ha estrechado muchísimo en los últimos años.

Aunque los medios digitales han socavado esas tribunas clásicas.

Sí. Claramente, se ha producido una merma de su credibilidad y la influencia que tienen en la sociedad es mucho menor. En cambio, siguen teniendo mucha influencia sobre las élites, que todavía consideran que todo lo que no salga publicado en papel es un ruido de fondo al que no hay que prestar demasiada atención. Y, en la medida en que influyen en las élites económicas y políticas, los periódicos tradicionales siguen siendo importantes.

En esa prensa, el debate está protagonizado por hombres, que encarnan el “machismo discursivo” al que usted apela en su libro. ¿Dónde están las mujeres?

El debate también está muy sesgado en cuestiones de género, otro ámbito más de la sociedad donde impera el machismo.

¿Y los intelectuales de izquierda?

Pues no lo sé. Todos han ido virando de forma coordinada hacia posiciones conservadoras. Los que se quedaron en la izquierda fueron desapareciendo o se los tragó la tierra: Manuel Sacristán murió; Gabriel Albiac se pasó a la COPE, al sionismo y a defender tesis reaccionarias; Gustavo Bueno era un marxista-leninista y hoy defiende tesis neofalangistas…

Y algunos intelectuales y artistas catalanes, hartos del pujolismo, terminaron abrazando a la neoliberal Esperanza Aguirre.

Lo que les mueve a transitar hasta ahí es la cuestión del nacionalismo, primero con ETA y los partidos que no abogan por la violencia, y luego con el conflicto catalán. Parten del supuesto de que la izquierda ha tenido siempre una complicidad de fondo con los movimientos nacionalistas, que a su juicio han restringido la libertad en España y tienen una visión totalitaria del Estado. La izquierda sería culpable, por lo que la única manera de lavar sus pecados es abjurando de la ideología que tuvieron en su juventud y pasándose, ya sin complejos, a posiciones liberales y reaccionarias.

A muchos intelectuales, la crisis les pilló con el pie cambiado. ¡Con Ibarretxe y Mas vivíamos mejor!

Bueno, el proceso soberanista todavía les da juego… Es imposible encontrar una sola idea suya original y provechosa acerca de la crisis. No tienen nada que decir. Y, cuando surge el 15-M, sólo les produce cierta condescendencia: “Estos chicos son unos ingenuos”, “no entienden nada”, “tienen unas ideas buenistas de la política”, “piensan que todo se puede transformar como mera consecuencia de la voluntad de la multitud”… Todo esto les provoca una mala conciencia increíble, porque en cierto modo les retrotrae a lo que ellos fueron cuando empezaron sus carreras. Por eso reaccionan de forma tan virulenta contra Podemos, mostrando su lado más visceral y venenoso para tratar de deslegitimar al nuevo partido.

Usted considera que las opiniones dogmáticas sin fundamento no encuentran obstáculo por culpa de la impunidad, porque ni los colegas ni los medios les ponen freno. O sea, perro no come perro y, en su ámbito académico, catedrático tampoco come catedrático…

Añadiría una tercera razón: la actitud del público lector, que debe ser más crítico y exigente. Me asombra, por ejemplo, el éxito que ha tenido Todo lo que era sólido, el libro de Antonio Muñoz Molina sobre la crisis económica y política de España.

En cambio, al público le encanta leer que todos los políticos son iguales, destrozan la educación y nos llevan a la ruina.

El libro está maravillosamente escrito, con un lenguaje que atrapa, pero defiende una tesis muy cómoda: toda la culpa de lo que nos pasa es de la clase política. Por lo tanto, los lectores (y me permito la licencia de hablar en la primera persona del plural) concordamos con Muñoz Molina porque estamos en una posición tan elevada como la suya, por encima de esa clase política mediocre que nos condena a tener un país ineficiente y corrupto. O sea, nosotros somos los que vemos la porquería y lo denunciamos. Yo, en cambio, argumento que las responsabilidad están más compartidas, incluyendo a la sociedad civil.

El debate público se ha degradado porque hay mucha pluma y pocos datos, ¿no?

También tiene que haber lugar para una discusión más ideológica o centrada en los valores, pero si uno se mete a hablar de la crisis económica, de los problemas de los partidos o del estado de la educación, sí que es necesario ofrecer datos o, al menos, estar al tanto de lo que otros han dicho al respecto. La contradicción que más me interesa del libro de Muñoz Molina es que él pretende escribir como un autor del New Yorker cuando en la práctica lo hace como un escritor de la generación del 98.

Usted le achaca a los intelectuales el mal del aislacionismo y la autarquía intelectual.

Todos ellos son muy viajados, pero no les ha calado mucho. Siguen teniendo una postura muy introspectiva respecto a España, sin poner en perspectiva lo que sucede aquí respecto al mundo. Su prosa es de lamento: “¿Por qué me ha tocado un país que me fuerza a exiliarme interiormente?”.

Si no viajando, que dirían Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, ¿cómo se cura el nacionalismo?

No estoy seguro de que el nacionalismo sea una enfermedad. Como toda ideología, a veces tiene manifestaciones patológicas: el socialismo dio lugar a sistemas comunistas sangrientos y represivos, mientras que el conservadurismo y el liberalismo dieron lugar al fascismo. Por su parte, el nacionalismo, además de las patológicas, también ha dado lugar a manifestaciones emancipatorias y liberadoras.

Cuando el autor de La fiesta del chivo aseguró que Esperanza Aguirre nos habría salvado de la crisis, ¿le estaba haciendo la pelota a la entonces lideresa del PP o realmente se lo creía?

Yo pensaba que se lo creía, hasta que salió a la luz que Arpegio, una fundación fantasma del Gobierno madrileño de Esperanza Aguirre, había destinado 70.000 euros a promocionar y homenajear la obra de Vargas Llosa [el diario El Mundo publicó el pasado marzo que el foro literario no llegó a celebrarse porque el dinero público desapareció, sin justificación alguna por parte de la fundación]. Ahí se establecen vínculos que van más allá de la ideología y que te hacen pensar mal.

La derecha española ha sido inteligente al abrazar a cierta intelectualidad para llenar un vacío de referentes.

Sí, ha sido extremadamente habilidosa cooptándolos: Jon Juaristi, que empezó militando en ETA, llega a ser director general de Universidades de la Comunidad de Madrid; Albert Boadella abandona Cataluña y se va a la capital a dirigir los Teatros del Canal, etcétera. La derecha ha sido más hábil porque tenía un déficit de intelectuales hace veinte años, cuando todos estaban en posiciones progresistas. Mientras, la izquierda, como daba por supuesto que los grandes escritores iban a estar de su parte, no ha hecho nada por retenerlos ni tampoco por conseguir nuevas figuras, quedándose prácticamente sin referentes.

¿Cree que los predicadores de lo que usted llama “matonismo verbal” son de una pieza?

Pérez Reverte me parece un estrambote. Me imagino que sus novelas serán estupendas y una fuente de entretenimiento, pero da vergüenza que le permitan decir tantas locuras. Me llama la atención la contradicción entre sus exigencias a los políticos y su propia conducta personal como escritor, porque ha sido condenado por plagio y alguna explicación podría haber dado al respecto [la Audiencia Provincial de Madrid condenó al escritor a pagar 212.528 euros por plagiar al cineasta Antonio González-Vigil en el guion de la película Gitano]. Tendría que justificarse con argumentos o pedir disculpas, pero siempre ha sostenido que los jueces no tienen ni idea y que le han condenado de forma arbitraria. Pertenece a ese tipo de figuras gritonas que genera España, estilo Jiménez Losantos o Hermann Tertsch, que no contribuyen nada a la vida pública y sólo se dedican a hacer ruido y a enmarañarlo todo.

Esa doble vara de medir también es habitual en otros autores.

Es el caso de otros escritores de mayor prestigio que fueron muy valerosos cuando encabezaron la oposición a ETA en el País Vasco. Sin embargo, no demostraron la misma coherencia en otros ámbitos. Fernando Savater, por ejemplo, se dejó querer por el expresidente colombiano Álvaro Uribe, cuando su política antiterrorista provocó muchas muertes inocentes. Y, tras el escándalo de los falsos positivos, no abrió la boca [la Fiscalía de Colombia investigó 3.430 casos de ejecuciones extrajudiciales de civiles a manos del ejército colombiano, que luego los hacía pasar como guerrilleros muertos en combate]. ¿Cómo puedes ser tan estricto en España y tan laxo fuera? Creo que muchos de esos escritores se han dejado consumir por la vanidad de los personajes que han creado (es decir, por la fama que tienen) y piensan que pueden decir cualquier cosa sin que la gente se entere de las incoherencias en las que incurren.

¿Quién puede presumir de testosterona?

El más faltón y agresivo es Jon Juaristi. A raíz del libro, ha publicado dos columnas en el ABC en las que me descalifica desde el primer momento. Me llama imbécil y comenta que me paso el día en la herriko taberna, que tengo complicidad con Bildu, que defiendo tesis antisistema porque Podemos me ha prometido una cátedra y que carezco de educación suficiente. Es, sin duda, al que más se le va la cabeza.

Aunque ya se ha explayado antes, pruebe a definir en una frase a Pérez Reverte.

Cuando opina de asuntos públicos, es un macarra.

Javier Marías.

Es una figura menos molesta, pero no deja de ser un cascarrabias.

Arcadi Espada.

Es un intolerante. Descalifica constantemente al contrario y no está dispuesto a reconocer que alguien que no piensa como él pueda tener una pizca de razón.

Muñoz Molina.

El más sentencioso y sermoneador de todos ellos. Es un moralista.

Luego están los economistas que patinan cuando escriben de política.

La economía es la ciencia social reina. Muchas veces, los economistas sólo leen a sus colegas y no tienen pajolera idea de otras disciplinas cercanas a la suya, como la historia, la sociología, la ciencia política o la antropología. Cuando dan el salto y empiezan a opinar de política sin haber leído ni una sola línea sobre el tema, a veces meten la pata. Esto se ha visto durante la crisis, que empezó siendo estrictamente económica hasta que muta en crisis política. Entonces, se ven impelidos a hablar de ambas y, en ocasiones, la lían. En el libro subrayo el caso de César Molinas, un economista muy inteligente y capaz que, cuando opina sobre el asunto, desbarra.

¿Quiénes sí están escribiendo con fundamento?

Un historiador como José Álvarez Junco, un filósofo pensador como Josep Ramoneda, el profesor de ciencia política en la Universidad de Goteburgo Víctor Lapuente… No hay falta de nombres, pero en el libro me he centrado más en la crítica y en la tarea de destrucción [risas].

Por cierto, ¿ya le han dejado una cabeza de caballo en la cama?

No. La única reacción que me ha resultado muy decepcionante son las columnas de Juaristi en el ABC, que tienen un punto delirante. No sé por qué, pero me asocia con Zapatero, aunque nunca he trabajado para su Gobierno ni para el PSOE. En la segunda columna que escribió, decía que Zapatero y yo queremos volver a la guerra civil, meterlo en una checa y asesinarlo. Y que si ETA no lo consiguió tras haberlo intentado, nosotros, que somos unos mierdas, tampoco lo vamos a conseguir.

El fantasma de ETA como autojustificación.

Siempre tiene que estar presente. Ellos querían sinceramente que ETA acabara, pero no estaban dispuestos a que lo hiciese según unos esquemas diferentes a los suyos. Eso no lo iban a admitir. De hecho, cuando su fin llega a través de ciertos acuerdos y negociaciones, ellos no celebran el final del terrorismo y lo pasan por alto. No creo que quisieran que continuase la actividad de la banda terrorista, eso me parecería excesivo, pero sí que terminase bajo su dictado. Y con un Gobierno a favor, no con el de Zapatero, en el que ellos tuvieran un mayor protagonismo. Pero bueno, no me voy a encontrar una cabeza de caballo en la cama porque yo soy profesor de universidad, por lo que no dependo de los medios de comunicación ni del favor de estos intelectuales. Soy un funcionario y eso me da muchísima libertad a la hora de criticar a quien quiera. No pueden hacerme nada.

Quizás la peor reacción sea el silencio.

Cuento con eso. En parte, es lógico, porque critico con dureza sus declaraciones. Procuro no entrar en ofensas personales, como las que ellos están acostumbrados a hacer. En cualquier caso, sé que no van a entrar al trapo porque nunca es un plato de buen gusto leer que critican tus opiniones, sobre todo si parte de alguien que no está a su altura en el escalafón institucional de la cultura. Pero no pasa nada, porque este libro está escrito para los lectores y, en consecuencia, para que haya debate sobre los escritores e intelectuales que lo protagonizan.

Foto: Toni Juliá.

(Publicado en la revista Luzes en junio de 2016. Puedes comprarla o suscribirte aquí)

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Los chicos del K.O.

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Cuando alguien agarra el teléfono al otro lado del charco y se dispone a hablar con el señor editor, Emilio Sánchez Mediavilla atiende la llamada en pantuflas. La editorial es un cuarto de su casa atestado de sobres, que va rellenando con los ejemplares que le han pedido los lectores a través de la web de Libros del K.O. Emilio se adentra como un bandeirante en esa selva de celulosa en busca del aparato, mientras al otro lado esperan Álex Ayala o Alberto Arce. Ninguno sospecha que recibe en batín. Ni que la rutina diaria (responder al correo, auscultar el boceto de una obra, darle el visto bueno, pulir el texto, hablar con la imprenta, freír unas croquetas…) sólo la romperá la visita a la oficina de Correos, convenientemente adecentado para la ocasión.

Emilio y varios locos más son los responsables de la citada editorial, que ha recuperado la crónica periodística de largo aliento. Su lema, una declaración de intenciones, es genial: “Todo va a salir mal, y nos parece estupendo”. Podría haber sido así si no fuese por el best seller de Nacho Carretero, Fariña, un espléndido vademécum del narcotráfico en Galicia que hunde sus raíces en la Raia, aquella frontera difusa por la que Méndez Ferrín hizo campar en Arraianos a meigas, falangistas, niños con cuernos, maquis, estraperlistas, poseídos y posesos. Por allí transitaba un contrabandista sobre dos ruedas que siempre salía impune: por mucho que lo registrara, la pareja de la Guardia Civil jamás lograba requisar mercancía alguna, porque aquel hombre traficaba precisamente con las bicicletas que montaba. El resto, ya saben: del café al Winston de batea, del tabaco al hachís y, luego, a la cocaína.

Es un libro honesto, escrito por uno de los mejores reporteros contemporáneos, que pone a cada uno en su sitio y desmitifica los tópicos que estigmatizan el territorio. Por ejemplo, hace años, entrevisté al músico Enrique Bunbury y, de aquella charla, brotó un titular: “Para mí Galicia son rayas y centollos”. En fin. Tampoco fue la Sicilia atlántica, aunque mucho no le faltó. Pero volvamos a Nacho, que no ha hecho otra cosa que la que procede: salir a la calle, hablar con la gente y contarlo de manera pulcra, sin alharacas. Puede parecer obvio, pero salir a la calle, en el periodismo de hoy, es menos habitual que la alternativa de que te echen a la calle: la profesión es despedida en procesión, hasta el punto de que parece la santa compaña.

Para espantar el fantasma del paro, otro título magnífico de Libros del K.O., La banda que escribía torcido, una radiografía apasionante del Nuevo Periodismo, encarnado por Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Joan Didion, Gay Talese, Truman Capote o Norman Mailer, que apelaron a la subjetividad como instrumento para alcanzar la verdad o, al menos, para aprehender su realidad: Kennedy, el LSD, Vietnam, el Black Power… El texto de Marc Weingarten, más allá del retrato de una época dorada del periodismo, tiene un efecto instantáneo en el lector: inocula las ganas (algunos dirían la necesidad) de escribir, aunque la lectura es de doble filo, porque el problema es dónde. Quizás en Libros del K.O. o en otras editoriales como Círculo de Tiza y, en digital, eCícero. Aviso para navegantes: no esperen la minuta del New York, Esquire o Rolling Stone.

Al menos, conocerán a gente entrañable como Emilio, que les invitará a unas cervezas de lata recién salidas de una nevera de playa que podrá degustar detrás de la caseta que instala a finales de mayo en el Retiro. La Feria del Libro, además de las colas interminables que se forman ante las firmas consagradas, también son los partidos de fútbol improvisados que disputan sobre el maltratado césped del parque capitalino los chicos del K.O. Alberto Almayer, Javier Lafuente, Guillermo López, Álvaro Llorca y el señor de las pantuflas (sí, esta editorial parece el camarote de los hermanos Marx) contra la selección de autores formada por, entre otros, Daniel Utrilla, Quique Peinado o Ander Izagirre, un contrabandista de pequeñas grandes historias aficionado a las dos ruedas y también best seller de la casa gracias a su épico Plomo en los bolsillos, traducido al vasco y quizás algún día al gallego. Valdría la pena aunque sólo fuese por el título: Chumbo nos petos.

El traje corto le sienta bien a Emilio, que gasta figura de central argentino, con su barba rala talibanesca coronada por una cabellera de caracolas. Un tío al que le pirra el fútbol, claro, de ahí la colección Hooligans ilustrados, donde propios y extraños (el locutor musical Julio Ruiz, el reportero de guerra Ramón Lobo o el cantante de Sr. Chinarro, Antonio Luque) dan rienda suelta a sus memorias sentimentales de los domingos. A falta de que Nacho escriba sobre su amado Deportivo, la nómina gallega está bien representada: Manuel Jabois se baja al bar de Grupo Salvaje para ver al Real Madrid y El Celta no tiene la culpa es la excusa de Alfonso Armada para para mentar al padre. Al periodista del ABC no le apasiona el deporte rey, pero ésa es precisamente la gracia de esta serie: son textos en los que sus autores se miran al espejo, ajustan cuentas con el pasado, se enfrentan a sus fantasmas y, en definitiva, añoran una infancia que huele a petardo y a bocata de tortilla.

Cuando llegó la crisis, sacaron su artillería pesada (Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez; Bajos fondos, de Luc Sante; A Moscú sin Kaláshnikov, de Daniel Utrilla), pero también otros grandes reportajes empotrados en libros menudos que se leen de un tirón y abordan la inmediata actualidad (Mariangela Paone relata los daños colaterales de las políticas de austeridad en Las cuatro estaciones de Atenas) o la memoria reciente (plano en la prosa, hondo en el sentimiento, Wojciech Tochman reconstruye en Como si masticaras piedras las almas rotas de la guerra de Bosnia). Frente al discurso derrotista, se embarcaron en la lunática aventura de fundar una editorial dirigida por y a periodistas, pero no sólo, pues muchos de sus libros se leen como una novela. Tal vez sería más preciso decir que va dirigida a lectores de periódicos, que han visto cómo los grandes reportajes han ido menguando, tanto en cantidad como en calidad; o, al menos, en medios para su confección.

Si no fuera porque él los vende, Emilio sería su mejor cliente. En el fondo, es un lector y, sobre todo, un escritor. Un escritor tapado, con una pluma chispeante, cargada de tinta humorística y con la voz del antihéroe por montera, que a veces se prodiga en las revistas Condé Nast Traveler y GQ. “Me falta sacrificio para ser periodista, cultura para ser historiador y paciencia para ser editor”, dijo en una ocasión, antes de alcanzar la cifra de medio centenar de títulos publicados. Menos mal que ha salido nervioso, porque si llega a tener temple habría que ir encargando una nueva estantería.

(Publicado en el suplemento Táboa Redonda de El Progreso en mayo de 2016)

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Xosé Manuel Beiras: “Yo no soy casta”

Beiras

Xosé Manuel Beiras (Santiago, 1936) frisa los ochenta, pero lo único que le pesa es la maleta. El tótem del nacionalismo gallego ha puesto tierra de por medio para tejer un frente popular de cara a las elecciones generales, lo que el líder de Anova y diputado autonómico denomina “alternativa rupturista”. Este miércoles será recibido en Barcelona por la flamante alcaldesa, Ada Colau, y por el líder de la CUP, David Fernàndez, tras establecer contactos con las izquierdas periféricas durante un seminario dirigido por Alberto Garzón en los cursos de la Universidad Complutense celebrados en el Escorial, donde dejó claro que “IU y Podemos deben converger sobre la base de un proyecto común y no sobre exploraciones demoscópicas”.

¿No le escama que los nuevos partidos eviten la palabra izquierda?

En realidad, no todos los partidos eluden hablar de izquierda. Nosotros, desde luego, no sólo no lo eludimos sino que lo afirmamos. La mayoría social (o los de abajo) no es un saco de arena, sino una estructura que tiene que articularse y que, además, constituye la izquierda social. Y más ahora, con la polarización entre esa izquierda social y la oligarquía antidemocrática que está dominando.

Precisamente, usted sostiene que “por encima de los partidos de izquierda está la izquierda social”. Pero, en el caso de Podemos, electoralmente hablando, ¿no cree que esa “izquierda social” queda por debajo?

Procuro no hablar de otras fuerzas políticas para decirles lo que tienen que hacer, porque hay un respeto elemental que yo practico. Ellos nacieron en un proceso eruptivo, aunque habían trabajado en la sociedad, incluso en espacios políticos organizados (como la propia Izquierda Unida), y estuvieron en contacto y colaboraron con el 15M. De todas maneras, nacen como una opción electoral en las elecciones europeas, no hay previamente un diseño de una organización política como herramienta. Eso condiciona, sobre todo por su enorme éxito en las europeas, la construcción de la organización y de su línea desde la asamblea de Vistalegre. Pero corren el riesgo de pensar que su partido es ya el espacio para la unidad popular, a base de abrir las puertas simplemente, en vez de ser la herramienta de uno de los segmentos que constituyen la realidad sociopolítica de la izquierda social.

¿Cree que Podemos piensa más en las encuestas y en las urnas que en un proyecto común? En caso afirmativo, ¿a qué lo achaca? ¿Es una cuestión de egoísmo, insolidaridad, oportunismo…? ¿O de estrategia, pragmatismo, afán de poder…?

No creo que sea una cuestión de oportunismo. El diagnóstico explicativo lo he enunciado en la pregunta anterior. Si se toman decisiones prematuras, uno acaba siendo prisionero de esas decisiones. Si son tomadas respecto a un horizonte de unas elecciones generales con un año de anticipación, habiendo por el medio varios comicios y en un periodo de transición en el que todo es convulso y cambia rápidamente, luego resulta muy difícil reajustar las cosas de manera que se adecúen a la realidad resultante del proceso que se dio entre el momento de la formulación y el momento en que habría que aplicarla. Ahí está principalmente el problema, no en otro tipo de razones.

¿Es viable un proyecto común sin Podemos?

El proceso hay que construirlo desde dentro, de abajo arriba. Me importa más la dinámica de la rebelión cívica, que ha ido en constante aceleración y aumento de potencia en el último decenio. Ésa es la auténtica protagonista. Si nos centramos en hablar de Izquierda Unida y de Podemos, estamos desenfocando la foto. Es decir, si nos planteamos qué errores pueden estar cometiendo ambos partidos que perjudiquen al proceso en vez de hablar de cuál es la dinámica de la rebelión cívica, que primero combatió en la sociedad civil y después dio el salto para ser protagonista en la palestra política, nos estamos equivocando.

En Galicia veo claro que hay tres piezas. Una son las mareas, grandes y pequeñas, que ahora están incardinándose en un proceso de diálogo e interlocución para diseñar una marea gallega. Por lo tanto, un archipiélago de alternativas a nivel municipal se está convirtiendo en una alternativa que tendrá a Galicia como espacio propio y como sujeto político. Después están los partidos: si asumimos que el motor está en la sociedad civil, no podemos operar de la misma manera que hace diez años. Y en tercer lugar, pero no menos importante, está todo el tejido asociativo: organizaciones sociales, sindicales, cívicas, vecinales, de género, etcétera.

Cuando se produjo la catástrofe del Prestige, surgió Nunca Máis. Parecía que había sido por generación espontánea, pero no, estaba antes, simplemente lo activó una determinada convulsión y un acierto total del BNG, que en vez de dirigir la orquesta hizo un llamamiento a la sociedad, del que surgió todo. Esas tres piezas, si se encajan entre sí, pueden dar lugar a una realidad política completamente diferente, capaz incluso de afrontar una ruptura con el actual régimen político a nivel del Estado. Como ves, lo más importante no es si Anova, IU o Podemos tiran para aquí o para allá, porque eso va a estar condicionado por ese potencial que es el núcleo, digamos, de la reacción en cadena

¿Contempla una marea gallega sin Podemos y con Esquerda Unida (EU)? ¿O una franquicia de Podemos que, sin perder su marca, absorba otros partidos?

En Galicia, lo más probable es que se articule una alternativa en la que estemos las mareas, previamente hilvanadas entre sí como un nuevo sujeto político, y los partidos nacionalistas y de izquierdas que asuman la cuestión nacional. Una alternativa de la nación gallega, no sólo nacionalista, para lograr que Galicia emerja en las elecciones generales.

¿Se sentiría cómodo con el Bloque Nacionalista Galego (BNG) dentro?

¿Por qué no?

¿Cree que el BNG debería haberse sumado a las mareas municipales? ¿Corre el riesgo de desaparecer o simplemente atraviesa una crisis coyuntural tras la que volverá a levantar cabeza?

Yo no soy profeta y tampoco tengo una bola de cristal. El propio BNG recapacitó sobre las consecuencias de sus decisiones en las tres anteriores elecciones. Por ejemplo, ha acordado no concurrir con su marca a las elecciones a las Cortes. Por lo tanto, ya es un cambio muy importante de actitud. A partir de eso, ¿por qué no me voy a sentir cómodo si siempre defendí que el nacionalismo gallego en clave de izquierda debe articularse de forma frentista? El problema empezó cuando eso se empezó a deturpar, y no vamos a hablar de historia pasada. ¿Va a desaparecer el BNG? No, porque ya en etapas anteriores encaró travesías del desierto. Otra cosa es que si las decisiones tomadas en determinado periodo por la dirección del Bloque hubiesen sido distintas, no tendría que encontrarse en esta situación, pero todo es reconducible. En cuanto a nosotros, Anova* es una formación nacionalista de izquierda, como el Bloque, pero con otro diseño y otra cultura política.

* [Liderada por Xosé Manuel Beiras y Martiño Noriega, actual alcalde de Santiago, surge en 2012 como una escisión del BNG a la que se sumaron otros partidos minoritarios. Ese año concurrieron a las elecciones gallegas bajo el paraguas de la coalición Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), integrada por Esquerda Unida, Equo y Espazo Ecosocialista. Obtuvo nueve diputados autonómicos de 75, dos más que el BNG, que perdió cinco. Desde entonces, la plataforma ha sufrido dos fugas al grupo mixto: una parlamentaria de EU y otra que desertó de Anova tras fundar, junto al sector crítico, el colectivo Cerna].

¿Su acierto fue anticiparse a la hora de anteponer lo social a lo nacional?

Sabino Cuadra, diputado de Amaiur, considera que son dos partes completamente indisociables, algo que nosotros también tenemos muy claro. Otra cosa es que el componente social, en una etapa como ésta (de involución brutal, desmantelamiento del estado del bienestar y agresión sistemática por parte de los Gobiernos a las clases trabajadoras y a la mayoría social), sea un eje primordial por el que tiene que pasar la reivindicación y la lucha por la soberanía nacional.

¿Qué le espera a Grecia?

Sangre, sudor y lágrimas. Pero la guerra la ganará Grecia, aunque pierda una batalla, porque su pueblo le ha enseñado a Europa su capacidad de vencer, desde la infantería civil y con el referéndum, a todas las divisiones Panzer del Cuarto Reich, que es la UE. Eso es lo más importante que ha ocurrido, no los contenidos concretos de las negociaciones, que son graves. Políticamente, la Unión Europea se acabó.

Usted afirma que AGE y Anova son “rupturistas”. En cambio, no son irrompibles, como reflejan las fugas de dos parlamentarias. ¿Qué imagen proyectan a la ciudadanía?

AGE nació por un llamamiento hecho por la recién creada Anova. Es el resultado de lo que se pudo plasmar de frente amplio en la convocatoria de elecciones al Parlamento de Galicia, por lo tanto fue una unidad de acción para estar ahí defendiendo un programa durante la legislatura como grupo parlamentario, con todo lo que eso implicaba. No era la creación de una nueva organización política sino de una coalición electoral. Ni nosotros ni Esquerda Unida fuimos a las elecciones municipales como AGE. Anova decidió incorporarse como militancia en las mareas, es decir, promover alternativas de unidad popular. En este momento, la formación política que tiene más credibilidad ante la ciudadanía que se activó para montar las mareas es precisamente Anova. Y AGE es una experiencia que continúa, que podría ser la matriz de otras más amplias, pero algo cambió cuando la ciudadanía (que se organizaba en autodefensa de la sociedad civil) decidió también ser protagonista, un actor, en la instancia política electoral. Eso cambia todo, estamos en un nuevo ciclo.

Cerna, la corriente crítica que se escindió de Anova, es el último ejemplo de la multiplicación del gremlin nacionalista.

¡Que no, hombre!

¿No hay atomización en la izquierda, sea estatal o nacionalista? Por no hablar de la izquierda y del nacionalismo extraparlamentarios…

¡Que no hay atomización! ¡Pero vamos a ver, pongamos las cosas en sus proporciones, porque si no perdemos el punto de vista! Si te sale un grano, no es lo mismo que si te sale un tumor en el hígado. Lo que ocurrió en Anova, muy tenso y dramático, fue consecuencia de que el éxito de AGE se convirtió en un problema, porque era una organización recién nacida que, en vez de dedicar todas sus energías tras su éxito electoral a expandirse y a trabajar en sociedad, tuvo que dedicarse fundamentalmente a hacer política en el Parlamento de Galicia. Eso hizo pivotar el centro de gravedad. En cambio, para Esquerda Unida, AGE era una alianza estratégica. Pero es lógico, porque si nosotros hacemos el paso de fronteras, es decir, si vamos en un frente amplio de fuerzas soberanistas y fuerzas de izquierdas no nacionalistas que asumen la cuestión nacional gallega, evidentemente se juntan culturas políticas muy distintas. Y ésa es la causa de estos problemas. Pero hoy Anova, con todas sus renuncias a protagonismos, se ha convertido en la organización que más credibilidad tiene entre la ciudadanía que apuesta por las nuevas formas de transformar a la propia ciudadanía en el actor y en el motor fundamental.

¿Qué aprendió Pablo Iglesias cuando asesoró a AGE en las pasadas elecciones gallegas, entendidas como el laboratorio político de lo que ha venido después?

Eso tiene que contestarlo él, pero la respuesta de la ciudadanía gallega lo iluminó. La experiencia de lo que significó AGE fue un ensayo que tuvo un enorme éxito electoral, porque en quince días llegó a tener nueve diputados y superó al propio BNG, aunque eso fue circunstancial.

¿Usted, a ojos de Podemos, sería casta?

No, porque entonces también lo serían los miembros de Podemos que están en gobiernos municipales.

¿Es Podemos el nuevo PSOE?

No lo creo. Aunque objetivamente existen riesgos de que ciertas dinámicas y ciertas líneas de conducta de Podemos puedan, incluso contra su voluntad, llevarlos a ser eso, pero confío en que no.

¿Cuánto lastre más tendrá que soltar Podemos para tener opciones de Gobierno? Me refiero a la suavización del mensaje, a…

Todo lo contrario, yo creo que Podemos tiene que radicalizar más el mensaje. La ciudadanía que protagonizó las mareas practica valores republicanos, aunque no lo digan ni a lo mejor algunas personas sean conscientes de ello. Pero hay algo fundamental que no está saliendo en esta conversación: para construir una alternativa rupturista, lo primero es dialogar, discutir y elaborar un proyecto común; y no directamente una alternativa electoral, que te lleva a lo mismo de siempre: ¿con qué programa?, ¿con qué acuerdos?, ¿con qué proyecto a medio y largo plazo? Corres el gran riesgo de convertirte en un partido al estilo de la vieja política.

Usted insiste en que “el cambio está en la ciudadanía”, pero los políticos siguen empotrándose en las listas electorales.

Todos los ciudadanos que se implican en el combate dentro de la sociedad civil con un proyecto político son políticos y hacen política. Otra cosa es profesionalizar la política y convertirse en cargos institucionales que viven de eso y que, además, quedan cautivos de esa condición. Eso es completamente distinto. No hay que caer en los mensajes perversos lanzados precisamente desde los segmentos más reaccionarios para denostar la política, caso del PP, porque lo hace en su propio beneficio.

¿Verá una Catalunya independiente?

No lo sé. Tampoco sé si lo saben los catalanes.

¡Quién le iba a decir a Fraga que usted iba a seguir aquí!

Que yo iba a seguir me lo decía el propio Fraga durante los famosos diálogos institucionales.

Dado que usted echa pestes de Feijóo, que ha sonado como sucesor de Rajoy, ¿a quién ve usted como digno heredero del líder del PP?

Rajoy no puede tener herederos, porque si los tuviese sería un desastre para la Marca España. Es inconcebible que un personaje como él pueda ser presidente de un Estado que se precie. Entonces, los herederos todavía peor…

¿Ha venido Ciudadanos a rescatar el bipartidismo o será el nuevo bipartidismo?

Ciudadanos es un buen montaje de la plutocracia para impedir que Podemos pudiese seguir recogiendo el voto descontento, cabreado y minado de votantes de la derecha. Lo que no cambia en esos votantes es su ideología: los peperos que votaron a Podemos no dejaron de ser conservadores. Y para eso montaron Ciudadanos: para ocupar ese espacio y poner ahí un dique.

¿Pensó que usted llegaría a ser presidente de la Xunta?

No.

¿Y lo piensa?

Ahora ya ni de coña. Nunca lo pensé. Yo estaba convencido de que no.

No falta tanto para las gallegas…

¡No, no, no! Dar por sentado que va a haber comicios autonómicos el año que viene significa dar por sentado y decirle a los ciudadanos que no va a haber ruptura democrática, y yo en eso no colaboro. Ya veremos lo que pasa después de las elecciones generales. ¡Es un error estar hablando de que se quiere una ruptura democrática y, al mismo tiempo, de proyectos para unas elecciones gallegas! ¿En qué quedamos? ¿En que no va a pasar nada? ¡Cojonudo, vamos! Pues sí que es una manera de activar a la ciudadanía hacia un finiquito del régimen borbónico…

¿Qué le ha faltado por hacer?

Todo. Casi todo lo que quería. Entre otras cosas, me han faltado muchos años para poder seguir en mi auténtica vocación y profesión, que es la universidad, la docencia, el estudio y hacer pedagogía, no sólo en la universidad sino también en la sociedad.

(Publicado en el diario Público en julio de 2015)

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El caso de los Pegasos

Pegasos Legazpi

La historia de Madrid, que es la historia de España, padece humedades. En 1898 brotó una grieta en el flamante Palacio de Fomento, que con los años se fue abriendo hasta la Plaza de Legazpi, y por ella se filtró la paradoja. Cuando la guerra de Cuba, el arquitecto Agustín Querol recibió el encargo de poner la guinda en el edificio construido un año antes por Ricardo Velázquez Bosco. El proyecto consistía en trasladar hasta la cima de la actual sede del Ministerio de Agricultura la idea de progreso, justo cuando las colonias se desvanecían y el imperio se resquebrajaba. Ya saben, el desastre del 98.

El conjunto escultórico de Querol, autor del mausoleo de Cánovas del Castillo, su amigo y mecenas, estaba compuesto por La Gloria (una diosa Victoria acompañada de las alegorías del Arte y la Ciencia) y dos Pegasos cabalgados por Mercurio y Atenea. La idealización de la modernidad española se cinceló en Carrara, de donde zarparon 119 toneladas de mármol rumbo al puerto de Alicante. Una odisea: las piezas eran tan voluminosas que fue necesario cortar los extremos de las alas de los Pegasos para que el tren que los llevaba a Madrid pudiese atravesar los túneles que anochecían el recorrido.

Mientras que a los españolitos que venían al mundo, víctimas de la crisis financiera, no los guardaba dios, las imponentes esculturas levitaban en 1905 hasta la azotea de la fachada principal del Ministerio, en aquel tiempo todavía de Fomento. Como no existía grúa alguna capaz de izarlas, se construyó una rampa de madera desde la estación del Mediodía (hoy, de Atocha) hasta el pedestal. Juan Carlos Arbex, en su libro El Palacio de Fomento, la considera una operación de titanes. “Como si de la construcción de las pirámides se tratase, se empujaron lentamente y hacia arriba mediante cabestrantes y rodillos”.

No acaba precisamente aquí la historia, con minúsculas, porque las figuras que en la actualidad otean la Plaza del Emperador Carlos V no son las que eran. En 1972 se desprendió un trozo de un ala, que cayó a las puertas del edificio, cuya cimentación y techo corrían peligro debido a su peso. Las inclemencias de la guerra civil y los rigores de la meteorología habían hecho mella en un conjunto escultórico enfermo. “El mármol empleado se deshacía en las manos como terrones de azúcar”, declaraba al diario ABC José Luis Moreno Cervera, arquitecto conservador del Ministerio. El informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando era concluyente: La Gloria y los Pegasos estaban aquejados del mal de la piedra.

Juan de Ávalos, el escultor del Valle de los Caídos, hizo réplicas en bronce mucho más ligeras, que reemplazaron a los originales en 1976. A la vez que el régimen mudaba de piel, la obra de Querol comenzaba su particular transición, trufada de sufrimientos y colmada de sobresaltos. Para facilitar el descenso, fueron despiezadas en 500 partes y, sin numerar, trasladadas a la escuela de cantería de la Casa de Campo, donde permanecieron abandonadas durante trece años. Una pata por aquí, una cabeza por allá, aquello parecía el Guernica.

El caos burocrático y la falta de medios dejaron las esculturas a merced de la deriva institucional. Ya se sabe que, en Madrid, bajo los adoquines no está la playa sino el parking. Por ello, La Gloria terminó sola en la calle Príncipe de Vergara, no fuese a ser que los robustos Pegasos amenazasen las plazas de garaje. Una ubicación temporal, hasta que en 1998, finalmente, quedó varada en la Glorieta de Cádiz. No lejos de allí, en la calle Áncora, el transeúnte puede observar hoy los belfos de un Pegaso enjaulado que trata de burlar la valla del nuevo taller de cantería municipal. La estampa es desconcertante: ¿de dónde habrá salido este caballo alado de ocho metros de altura?

Por aquí han pasado todas las piezas de Querol. Restaurados con mármol de Carrara y con resinas sintéticas, los Pegasos partieron en 1997 hacia la Plaza de Legazpi, cuya remodelación fue inaugurada por Álvarez del Manzano, el alcalde de La Violetera. No tardarían en relinchar: ocho años después, Ruiz Gallardón, su sucesor en el Ayuntamiento, emprende el soterramiento de la M-30 y las esculturas, andamiadas, observan atónitas cómo se llevan las fuentes de la rotonda. Luego, un équido pierde un ala y es cubierto con lonas. Otro desaparece. ¿Quién se ha llevado el Pegaso? La respuesta permanece estabulada en la calle Áncora.

Aquí entra en acción el colectivo artístico El Banquete. “Nos sedujo un elemento de la urbe que destacaba por su anomalía: un monumento tapado. Parecía una obra de Christo”, recuerda Alejandro Cinque. Junto a Raquel G. Ibañez, Antonio Torres y Marta van Tartwijk, conforman un grupo de investigación y creación que lleva a cabo proyectos relacionados con la experiencia cotidiana como valor artístico. Su metodología de trabajo consiste en la relectura política del entorno diario. Para ellos, una escultura vendada y otra condenada al ostracismo ayudan a construir el relato contemporáneo de esta ciudad. Una ciudad en crisis.

Las paradojas, como las humedades, siempre vuelven. A veinte minutos a pie del Ministerio de Agricultura, en dirección sur, una funda de loneta hecha a medida envuelve un monumento rebautizado como la Momia por los vecinos del barrio. Las autoridades municipales están ocultando la alegoría del progreso mientras las tuneladoras se desbocan. Al contrario que en el desastre del 98, cuando todo se iba a pique y los gobernantes querían ofrecer la imagen de una nación vanguardista, ahora España aparentemente va bien pero tapa el progreso.

“Las obras se convirtieron en algo estructural, aunque nunca estuvieron al servicio de la ciudadanía”, afirma Van Tartwijk. “Recuerdo una época en la que la banda sonora municipal eran los martillos mecánicos”, añade Ibáñez, quien rescata la célebre despedida del actor Danny DeVito a Álvarez del Manzano: “¡Qué hermoso es Madrid! Cuando encuentren el tesoro, avísenme”.

Los miembros del colectivo emprendieron su propia búsqueda. “Nuestra acción también consistía en desvelar la historia de los Pegasos”, explica Cinque. Hablaron con expertos en arte, asociaciones vecinales, trabajadores del taller de restauración, concejales de la oposición y hasta con los taxistas de la Plaza de Legazpi. “Fue un trabajo detectivesco, una investigación a través de fábulas”, rememora Ibáñez. “Era como buscar fantasmas en medio de un cementerio”. O de un desguace.

Porque habría más amputaciones. A finales de 2014, cuando los artistas de El Banquete estaban a punto de culminar su proyecto, el único Pegaso que queda en la rotonda apareció sin vendas, mostrando, después de una década embalsamado, las heridas que le había infligido el paso del tiempo. Ellos creen que se trató de una medida electoralista en las vísperas de los comicios municipales. “La estrategia del Partido Popular era maquillar el barrio”, critica Cinque, quien asegura que el caballo también ha perdido su cola. “Pero no fue una restauración sino una limpieza”, matiza Ibáñez mientras muestra el libro que recoge su proyecto de investigación, Obra pública 1898-2015, que fue exhibido en el Centro de Investigación Técnicamente Imprevisible (CITI).

Sin embargo, el Ayuntamiento no daba explicaciones. No extraña en una concejal de distrito, Carmen Rodríguez Flores, que fue nominada al premio al diputado desconocido o ausente que otorga la Asociación de Periodistas Parlamentarios. La conservadora, que había reconocido no saber dónde estaba el Pegaso desaparecido, prometía en el que sería su último mandato reformar la plaza y darle una salida al antiguo Mercado de Frutas y Verduras de Legazpi, que los vecinos reclamaban para sí. “En realidad, el PP ignoraba las problemáticas locales mientras construía Madrid Río”, denuncia Ibáñez. A lo grande. A lo loco.

Los artistas de El Banquete son muy dados a los paralelismos, a uno y otro lado del charco. Otros cuatro caballos alados de Querol coronaron durante nueve años el Palacio de Bellas Artes de México DF, pero también terminaron mordiendo el polvo de la plaza. “No deja de ser curioso que tanto este descenso como el de los Pegasos del Palacio de Fomento de Madrid coincidiesen con momentos históricos de ocasos de dos dictaduras: la de don Porfirio Díaz en México y la de Francisco Franco en España”, escriben en Obra Pública. Pero hay un símil que comenzó mucho antes y llega hasta el presente: la degradación de unas esculturas en paralelo a la decadencia política de una ciudad, de un Estado.

El proyecto de Querol nace maldito. Encarnaba el progreso de la nación asociado a la fuerza del trabajo, pero la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico anuncia prematuramente el futuro del conjunto escultórico: de la grandeza al ocaso. “Su vida, desde entonces hasta ahora, ha estado sembrada por la degradación y la pérdida de magnificiencia, representando de este modo el declive de un sistema del que poco más se puede esperar”, subrayan los autores de la investigación. El doble filo de los símbolos: “Palabras totémicas como el progreso se vuelven perversas y terminan siendo fantasmas inalcanzables”, advierte Ibáñez.

Obra Pública comienza a gestarse después de dos hitos recientes de la historia local: el desarrollismo urbanístico rampante, salpimentado de construcciones faraónicas y privatizaciones de servicios; y el 15-M, que recuperó el espacio público, convirtiendo el plató, espacio artificial o escenario para eventos publicitarios (véase la Puerta del Sol y otras céntricas plazas) en un lugar de convivencia, de uso común y real. “Con el movimiento de los indignados nos reapropiamos de las calles”, recuerda Van Tartwijk. “Defendimos que el espacio público es de todos y debe ser gestionado por la colectividad”. Así, el Espacio Vecinal Arganzuela (EVA) ha presentado un proyecto para que el Ayuntamiento le ceda parte del Mercado de Legazpi, donde las asociaciones del distrito puedan desempeñar sus actividades.

“Los Pegasos son un caso anecdótico que nos ha servido para hablar de algo más abstracto muy difícil de acotar”, aclara Cinque. “No luchamos para que las esculturas vuelvan a lucir juntas como en sus orígenes sino para visibilizar una problemática: ¿quiénes y cómo cuidan nuestra ciudad?”. Y, de paso, para “desarticular discursos hegemónicos enquistados, fósiles”, concluye Ibáñez, quien inicia la reproducción de un vídeo de Carlos M. Iñesta que documentó la acción con la que pusieron fin a su proyecto el pasado febrero.

En la pantalla, un autobús da vueltas y vueltas alrededor del Pegaso de Legazpi, mientras una voz lo explica todo. “El tour que estamos a punto de iniciar es un viaje que se mueve en las grietas del tiempo y el espacio. En comparación con el tiempo de las rocas o el mármol, el pasado es fugaz”, escuchan los pasajeros, que dejan atrás la plaza con una certeza descorazonadora. “Los Pegasos de piedra nunca volarán porque pesan demasiado”.

(Publicado en el diario Público.es en noviembre de 2015)

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Rafael Poch: “Grecia y España están pagando el enorme gasto de la reunificación alemana”

Rafael Poch

Vivió durante dos décadas en Moscú y Pekín, donde ejerció como corresponsal del diario La Vanguardia, antes de instalarse en Berlín. Allí ha sido testigo de cómo la canciller, Angela Merkel, está exportando a la Europa mediterránea el “experimento alemán”, iniciado por Helmut Kohl en la RDA y, tras la reunificación, extendido por Gerhard Schröder a lo que había sido la Alemania Occidental. Básicamente, ha consistido en dinamitar el sistema socio-laboral, aprovechando el shock que ha supuesto la crisis para la ciudadanía, y en imponer el pacto fiscal y el tope de deuda. Rafael Poch (Barcelona, 1956) explica la forja de este modelo en su último libro, La quinta Alemania (Icaria), escrito a tres manos junto a Ángel Ferrero y Carmela Negrete.

Merkel es la diana de las críticas de los países del sur por someterlos a la austeridad, pero usted sostiene que las primeras víctimas han sido los propios ciudadanos alemanes.

Ha sido un movimiento en tres tiempos, que parte de la reunificación. En primer lugar, Alemania llegó tarde al proceso que se conoce como Gran Divergencia o Gran Desigualdad. Es decir, a lo que en el mundo anglosajón comenzó a finales de los setenta, con Carter y Reagan en Estados Unidos y con Thatcher en Reino Unido, y que más tarde se exportó de una u otra forma al resto de Europa. En esa operación, Alemania se retrasó porque estaba en primera línea de la Guerra Fría y tenía enfrente una Alemania alternativa, la RDA, con la que mantenía una competición en lo social. La RFA debía serlo tanto como su enemigo histórico, lo que condicionó al establishment y determinó la economía social de mercado. En 1990, eso se disuelve, por lo que el poder se siente con las manos libres y decide ponerse a tono rápidamente con el resto del mundo. El problema es que esto lo empieza a aplicar en el Este, donde se produce un desmonte industrial sin precedentes y se aplican nuevas relaciones laborales. Y, al mismo tiempo, se gasta una ingente cantidad de dinero, unos dos billones de euros, en la absorción de la RDA. Un fardo que lastra la economía y la política alemana. Diez años después, en el 2000, entramos en el segundo momento de esta operación. Por un lado, la Estrategia de Lisboa de la UE, que es una agenda neoliberal para Europa. Por otro, tres años después, la Agenda 2010 del canciller socialdemócrata Schröder, que extiende al conjunto de Alemania las relaciones laborales que se habían introducido ya en el Este, basadas en la precariedad. Esto nos lleva a la eurocrisis actual y, con Merkel, llegamos al tercer episodio, cuando Alemania exporta al resto de Europa esa agenda como modelo, en el contexto de la crisis.

Y, en el camino, los alemanes también han salido perdiendo.

Los asalariados sufren mucho en este proceso y salen ganando los ricos y las grandes empresas. Al mismo tiempo, con esta agenda se consigue una competitividad (que no ha sido lograda a base de productividad e innovación sino de recortar costes salariales, lo que se llama dumping salarial) que deja fuera de juego al resto de las economías de Europa. Después de Maastricht, ya no estamos en un marco de economías nacionales sino en un mercado común con una moneda única. Por tanto, tú ya no puedes practicar una política económica nacional (por ejemplo, el citado dumping salarial) sin perjudicar a tus socios.

¿Han terminado pagando España, Grecia y Portugal el alto coste de la reunificación alemana?

Indirectamente, sí. El enorme gasto de la reunificación fue uno de los grandes elementos que determinaron que Alemania practicara una política económica y monetaria muy agresiva.

¿Es tal el “milagro del empleo alemán” o responde a la proliferación de trabajos precarios, mal pagados y a tiempo parcial? ¿Cuajará la fórmula en España?

En Alemania no ha habido ningún milagro del empleo, aunque el Gobierno lo airea así. Medido en horas, se trabaja lo mismo que en 1990. No hay más trabajo sino que se ha repartido entre más gente. Al precarizarse, con esos sueldos tan exiguos esos ciudadanos no llegan a fin de mes y viven en parte de los salarios y, muchos de ellos, de las ayudas sociales. Es un estadio posiblemente mejor que el paro, pero no es un modelo.  ¿Se puede trasladar éste a España? Bueno, es como comparar peras con manzanas. Alemania es una economía industrial y exportadora muy potente que ha podido plantear una estrategia de este tipo, errónea o no. En España se está recortando en nombre de pagar las deudas de los bancos, no hay ninguna estrategia detrás. Respecto al futuro de los minijobs en España (entendidos como explotación, bajo salario y feudalismo laboral), ya los teníamos antes de todo esto. Le están poniendo nombre a una relación laboral que en España es tradicional.

Si Alemania aprieta, las exportaciones al resto de países de la UE se ahogan. ¿Cómo ha previsto su Gobierno vadear este problema?

Lo que ha dejado de vender en el sur de Europa lo ha compensado con creces en los BRICS, en Estados Unidos y en Europa del Este. Si la coyuntura global no se enfría, puede funcionar, pero como ocurra las exportaciones pueden hundirse con facilidad. En China ya hay síntomas de ello y en el resto del mundo la situación es incierta.

Paralelamente, la pérdida del poder adquisitivo en la propia Alemania frena las importaciones desde los países del sur.

No todo el trabajo está precarizado. El sector exportador alemán, las joyas de la corona, sigue teniendo unas relaciones laborales decentes. Lo que pasa es que se ha creado un segundo mercado laboral enorme, sobre todo en el sector servicios. Ahí es donde realmente la gente está muy mal pagada y, por lo tanto, son malos consumidores. Por eso el consumo interno alemán es raquítico y no tiene ningún efecto de arrastre sobre el resto de Europa, siendo el país más poblado de la zona euro. La precarización laboral tiene consecuencias en la configuración general de la economía: bajo consumo, compra de productos baratos y, por extensión, fabricación de artículos con poco valor añadido. Esto está empezando, pero tiene un gran futuro a medio y largo plazo.

¿Cree que los mensajes apocalípticos de los gobernantes alemanes o españoles respecto a la insostenibilidad de los servicios sociales responden a una campaña propagandística?

Totalmente. La financiación de los servicios sociales bebe de diversas fuentes: la situación demográfica, la productividad, el sistema fiscal… La ideología neoliberal pretende anularlos, sólo se fija en la demografía menguante y, a partir de ahí, saca conclusiones definitivas. En este contexto, hay que recordar que el Estado social europeo nació y se desarrolló en una época histórica en la que la pirámide social conoció el mayor envejecimiento de la historia.

¿Podría la canciller llevar a cabo lo que ha venido a llamarse “austericidio” sin el shock de la crisis?

Las situaciones de gran desconcierto social son idóneas para imponer agendas impopulares. A una sociedad paralizada, que no sabe y asustada es muy fácil venderle ese discurso: “Recortamos porque hay consideraciones de fuerza mayor y no queda otra alternativa”.

El crédito alemán alimentó la burbuja del ladrillo. ¿En qué medida es Berlín responsable, dado que conocía en qué se iba a invertir el dinero que prestaba, de la crisis económica en España?

El problema es convertir una situación sistémica (o sea, un sistema ladrón y totalmente pasado de rosca como era y sigue siendo el sistema financiero internacional) en una cuestión de peleas entre naciones: las que hacen bien las cosas y las que las hacen mal. Este discurso nacionalista o nacional-populista es la alternativa a reconocer la realidad. Hay que afrontar que tenemos un sistema financiero internacional absolutamente insostenible e injusto. Los españoles creamos la burbuja, que era lo que Franco nos enseñó a hacer y hemos seguido haciendo desde el posfranquismo hasta hoy, y los alemanes financiaron eso, sin preguntar para qué era el dinero. Simplemente pensaban en meter sus enormes excedentes comerciales allí donde les daban un punto porcentual de interés más. Así, entre 2005 y 2008, bancos alemanes y franceses colocaron en España 320.000 millones de euros, gran parte de ellos en el sector inmobiliario. Por eso, la responsabilidad, no ya de la inmobiliaria sino de esta crisis sistémica, es general. Diría incluso que han tenido más culpa los sectores financieros situados en el centro que los de la periferia. Desde ese punto de vista, Estados Unidos, Alemania y Reino Unido son más responsables que Grecia, Italia o España, por más que no haya palabras para describir nuestra economía política, el ladrillo.

Alemania primero presta dinero para comenzar la casa por el tejado, sin cimientos, lo que conduce a un estadio de euforia y falsa riqueza en España. Luego, cuando se derrumba el castillo, compra deuda. A los intereses iniciales (superiores a los que obtendría en su propio país) se suman ahora los que le reportan los bonos. ¿Ha sido así de maquiavélico?

Ante la situación de penuria que había en España, los bancos han preferido retirar a puertos seguros el poco capital español que había, en lugar de destinarlo a dar créditos. Y el puerto más seguro es el del bono alemán, con lo cual hemos tenido no sólo una ruina por la situación que se creó en España sino también una ruina agravada por la emigración hacia el norte del capital que teníamos.

Le decía que hace años se embolsaron los intereses del crédito que alimentó la burbuja y luego, cuando se fastidió todo, han comprado deuda española por los altos porcentuales que le reportaba.

No podemos hablar en pasado, porque esto es un presente. Los bancos alemanes y franceses siguen empantanados en el sur de Europa. Siguen teniendo mucho dinero en riesgo aquí y por eso insisten en que todo se focalice al pago de esta deuda bancaria a costa del sacrificio de las clases medias y bajas de los países concernidos.

Más allá de la deuda, ¿tiene Berlín la suficiente envergadura política y económica para imponer su hegemonía en la Unión?

No. Es la gran conclusión: Alemania, siendo más poderosa que sus vecinos, no lo es tanto como para ser el nuevo hegemón de Europa, porque le falta potencia para eso. Si no hay una corrección significativa, todo se derrumbará encima de Alemania en forma de una disolución de la Unión Europea. Es una perspectiva desintegradora.

A la chita callando y pese al antimilitarismo de la sociedad, los gobernantes alemanes han devuelto a su país a la senda del imperialismo, que en última instancia busca el control de los recursos energéticos y las materias primas de otras naciones.

Alemania era una sociedad alérgica al imperialismo, tras haber sido protagonista de la ola imperialista más criminal de la historia, pero a partir de los noventa eso ha cambiado, lo cual es una pésima noticia. Sigue por detrás de Francia y Reino Unido, pero progresivamente se está implicando más: mantiene tropas en diversos lugares, es el tercer contingente en Afganistán y cada vez habla con más desparpajo y menos vergüenza de la necesidad de controlar los recursos globales… Es decir, está aceptando el discurso estándar noratlántico en la materia.

Usted considera que los movimientos de protesta que han surgido en España son “exhibicionistas” (sobre todo en internet), pero no “transformadores”. ¿Qué elementos cree que necesitan para cambiar el estado de las cosas?

Dicho de una forma simple, si en 2009 hubiésemos tenido tres o cuatro Grecias en Europa (es decir, países que hacen diecisiete huelgas generales en dos años y donde surgen nuevas fuerzas políticas de izquierda que amenazan con llegar al poder), esto no habría tenido lugar, sencillamente se cortaría ahí. Hemos tenido a Grecia, sí, con un nivel de contestación muy fuerte, pero eso no ha pasado en Italia, España o Portugal. Es un hecho. Otra cosa es entrar a calificar al 15-M. Me voy a guardar muy mucho de ningunear a estos movimientos. Es lo que tenemos, son importantísimos y hay que cuidarlos, pero hoy por hoy son demasiado poco. Se necesita más.

Con “esto no habría tenido lugar”, se refiere a los recortes, ¿no?

Claro. Si Bruselas hubiese visto el peligro de la existencia de tres o cuatro Syrizas en esos países, le entraría miedo y se vería obligada a moderarse. Esto es un juego de fuerzas. Tú metes metes el dedo en el ojo de la clase media y baja: si reacciona gritando, no pasa nada; si da un puñetazo en la mesa, es más alarmante; si te lo da en las narices, ya estamos en otro estadio. Y no se ha aplicado la fuerza necesaria… En Grecia sí que se hizo, pero un solo país ha resultado insuficiente para parar todo lo que se nos ha venido encima, ¿no crees?

(Publicado en el diario Público.es en junio de 2013)

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En la cama con Tallón

Juan-Tallon

Hubo un tiempo en que recortaba la resaca sin dejar que la copa de balón rozase la hierba, pero el día después pasó a durar 48 horas y la borrachera ha terminado convirtiéndose en un recurso estilístico “no exento de cierta inspiración práctica”, matiza Juan Tallón (Vilardevós, 1975), un tipo que un miércoles te informa en el periódico de cómo reventaron la tragaperras del bar de abajo y a la semana siguiente redacta el discurso de un ministro. Luego se mete en la cama y escribe a manta, como Onetti, que se pasó los últimos años de su vida recibiendo visitas y pariendo letras sobre el colchón. No necesitaba más horizonte que el de la Muchacha en la ventana de Dalí, cuya reproducción lo velaba como un crucifijo de pared, más mundo que un globo terráqueo girando en la mesilla de noche, ni más luz que la proyectada por un par de focos y por su última mujer, Dolly, autora de las fotos que inmortalizaron la horizontalidad del montevideano en su piso de Madrid.

Tallón lee en la cama. Cuando lees mucho, pasas mucho tiempo en ella, y eso es lo que le pasó a Tallón, un artefacto literario de mecha corta y carga explosiva. “Ahora madrugo demasiado pero, como Marcel Proust, durante varios años me acosté temprano”, confiesa con sorna el periodista ourensano, quien recuerda que las bibliotecas están repletas de autores que han escrito desde el jergón: Aleixandre, Wilde, Twain, Unamuno, Valle-Inclán… En busca del tiempo perdido en redacciones y oficinas, la almohada le ha prestado las horas suficientes para escribir un par de libros en gallego, un thriller doméstico cuyo título rinde culto a uno de sus autores de cabecera (El váter de Onetti) y un vademécum metafórico del mobiliario y la memorabilia futbolísticos. “La portería, en cierto sentido, también es una patria secreta, como la infancia o el bar o la cama. Tal vez por esa razón, en algún momento de sus vidas la custodiaron individuos como Dalí, Julio Iglesias e incluso Nabokov”, escribe en Manual de fútbol (Edhasa), “una poética de todo lo que hace posible el deporte rey”.

Columnista, redactor de discursos ministeriales, novelista, bloguero, encamado y del Atlético de Madrid. “Las cosas no pueden ir sino a peor”, reconoce Tallón, persuadido por la fatalidad en la vida y el revés en el campo. “Es mejor ganar que perder, pero la derrota tiene una enseñanza de margen de mejora que no tiene la dulzura del triunfo. Vas a estar más cerca de una victoria después de un segundo, tercer o cuarto fracaso”, responde este colchonero fiel, aunque hablando de aficiones no se sabe si fue antes la cama o el Atleti. “Todos los días perdemos algo: el tren, un amigo, el pelo, la salud… No hagamos algo trágico de la derrota”, aconseja Tallón, que ha asimilado “el hecho de perder como algo habitual, digno y mítico”.

Todo empezó con mal pie en sexto de EGB, cuando lo internaron en un colegio de frailes de Verín. “Allí aprendí disciplina a base de hostias”, rememora. “Recibí tal paliza que, cuando me junto con viejos compañeros, todavía me dicen: Joder, Tallón, menudas hostias te dieron aquel día“. En Bachillerato fue “un perfecto mediocre”, ese tipo de persona que “hacía proselitismo del cinco porque sacar un ocho era absurdo”. Le alcanzó para estudiar Filosofía y Noche en Santiago, donde años después un diario le encargaría perseguir a un Fraga oscilante por la calle es mía (una tarea inabarcable la de cubrir al expresidente gallego, pues Tallón es enjuto y la talla de su camiseta blanca lleva años sin medrar, como si siguiese envuelto en el mismo sudario de los treinta y tres). Antes del periodismo hizo un amago, obligó a su padre a gastarse “un pastón” en el temario de las oposiciones a profesor y, un día después de comprarlo, decidió tomarse un año sabático para escribir un libro.

“Llevo toda la vida vagueando con esa clase de maniobras”, suspira. Consisten en pertrecharse de libros de otros para modelar el suyo propio. “Es evidente que la biblioteca puede contigo. Todo lo que escribes es lo que has leído, pasado por un tamiz personal, que a la postre es lo que define tu estilo”. Ese puré lleva de todo, pero sabe a Vilardevós, donde ha fechado Libros peligrosos (Larousse), la enésima vuelta de tuerca a su producción metaliteraria, trufada de referencias a un sinfín autores. La pregunta perfecta, inédita en español, relata los tres fallidos encuentros entre Roberto Bolaño y César Aira, mientras que Fin de poema marca las últimas horas de cuatro poetas suicidas, aunque “no es una novela pesimista”, advierte el autor del blog Descartemos el revólver. “Tengo la sensación de que puedo estar escribiendo un libro que ya sé escribir”, se sincera. “Hay que estar siempre persiguiendo lo nuevo, porque la historia de la literatura está llena de buenas novelas, pero la novedad a veces es superior a la excelencia”.

Lector insaciable, le quita importancia a las noches en blanco. “Puedes decir que un individuo lee poco, pero no mucho, porque siempre te faltan lecturas”. Postrado en la piltra, Tallón convierte lo irrelevante en trascendental, como la carrera por la banda de una mosca, un insecto del que se valdría Descartes, cuando estaba convaleciente por enfermedad con la vista fijada en el techo, para desarrollar el sistema de coordenadas cartesianas. Otro que hizo de la cama, que diría Siniestro Total, el mejor camino, donde sólo estar escribiendo es mejor que estar dormido.

(Publicado en el diario Público.es en octubre de 2014)

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