A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Pucho Boedo y Los Tamara: leyenda pop

Pucho Boedo y Los Tamara

Una mujer ingresa en un hospital de Miami tras sufrir un violento atraco. Sufre amnesia y no se acuerda ni de su propio nombre. Los encargados del centro médico no saben a quién enviarle las facturas, pues lo único que sale de su boca son retazos de canciones que remiten a Galicia, la madre tierra de tantos cubanos que dejaron atrás la isla. “A Santiago voy / ligerito caminando y con mi paragüitas / por si la lluvia me va mojando”. El corte figura en la cara A de un sencillo de Los Tamara editado en 1967, cuyo reverso se apropia del I Feel Good de James Brown, rebautizado para la ocasión como Soy muy feliz. “A Santiago voy / ligerito suspirando por mi niña Carmela / que en Compostela me está esperando”, canturrea la señora, mientras el cónsul español la busca por toda la ciudad. Sus vecinos desconocen su paradero y las cartas se acumulan desde hace un año en el buzón. El diplomático pregunta aquí y allá por María Romo, pero nadie sabe quién es. Ni siquiera ella.

El cerebro, cuando su propietario sufre, trata de barrer los malos recuerdos, mas también desempolva el primer beso furtivo, la llorera después del parto, el chorro de voz de Pucho… Al cónsul le dijeron que desconocían a la tal María, aunque le indicaron que había una paciente que no dejaba de repetir la canción compuesta por Ricardo Ceratto, un argentino que había escrito letras para Raphael hasta que se convirtió al cristianismo, abandonó la música secular y lanzó discos como Vamos a aplaudir a Dios. La prosaica letra de A Santiago voy fue el pasaporte que permitió a una mujer amnésica volver a su tierra con los suyos. Ese cordón umbilical que durante tres décadas la conectó con Galicia sigue siendo la banda sonora de los gallegos en la emigración, que no pueden contener las lágrimas cuando suenan los acordes de piezas como Unha noite na eira do trigo, una balada basada en Cantiga, el primer poema escrito en la lengua vernácula por un bisoño Curros Enríquez. “Lonxe dela de pé sobre a popa / dun aleve negreiro vapor / emigrando camiño de América / vai o probe e infeliz amador”.

Aunque hace referencia al lloro desconsolado de una adolescente que ha visto partir rumbo a América a un amor destilado bajo la luz de la luna, Los Tamara provocaron inundaciones en pisos y barracones de obreros diseminados por Suiza, Holanda, Alemania, Reino Unido, Francia o Bélgica, que concentraron desde los años sesenta la mano de obra gallega. Hasta esos lejanos destinos acudió con su orquesta Prudencio Romo, que, como ya habrán supuesto, era el hermano de María. No sabemos si el remedio era peor que la saudade —esa enfermedad no diagnosticada que se manifiesta cuando uno siente una acusada nostalgia de algo ya vivido que se desea con ahínco—, pero Los Tamara instalaron hospitales de campaña en los centros regionales para tratar de combatir con sus melodías melancólicas la morriña, un mal que campaba a sus anchas por Europa y para el cual aún no se ha encontrado una cura definitiva. Los Tamara, por supuesto, cantaban en gallego, una lengua proscrita por Franco, lo que permitió a quienes no habían leído un poema en su vida conocer los versos de Celso Emilio Ferreiro, Eduardo Pondal o Rosalía de Castro. “La gran poesía autóctona se convirtió en una música mayoritaria al posibilitar que llegase a cada rincón del país y a la emigración”, explica el artista Xurxo Souto, director del documental Pucho Boedo, un crooner na fin do mundo.

Su protagonista nació allá por 1928 en A Fortaleza, un lugar donde la ciudad deja de serlo. Pronto se trasladó con su familia un par de kilómetros más allá, hasta A Silva, un barrio de A Coruña con tics de aldea. De niño, las vecinas postergaban sus labores en el río de lavar para escuchar a aquel Orfeo con tirabuzones. Entonces pensaban que, cuando la voz angelical madurase, todo se acabaría, inconscientes de que estaban asistiendo al bautizo de un mito con las aguas bendecidas por el jabón Lagarto. No obstante, el mocoso sufriría lo indecible hasta convertirse en una leyenda. Su padre, Xosé Boedo, dirigente del sindicato de canteros y fundador del ateneo libertario Resplandor en el Abismo, fue asesinado tras el golpe de 1936. La misma suerte corrió su hermano José Antonio, dirigente del sindicato de albañiles y también miembro de la CNT, que contaba en la urbe con unos diez mil afiliados. Manuel, su otro hermano, logró huir a Francia en un pesquero. Tenía dieciséis años y Pucho, apenas siete. Para salir adelante, el chaval tuvo que trabajar como barnizador, limpiabotas, revendedor de entradas de cine y recadero de farmacia.

“Conocer el dolor tan pronto le permitió tener argumentos que compartir”, cree Souto, cuyo documental da la palabra a Manuel Rivas, otro valedor de su figura. “La hondura se manifiesta en sus canciones”, afirma el escritor. “Es como si su voz tuviese memoria, por eso resulta tan emotiva”. El crítico Fernando Fernández Rego va más allá y entronca su vacío con el de músicos de la talla de Johnny Cash, Ian Curtis o Nick Drake. “Muchas de las voces más sentidas fueron producto del sufrimiento del alma”, añade el autor del libro 50 años de pop, rock e malditismo, quien recuerda que el rapaz fue “un buscavidas” hasta que una década después empezó a cantar en Radio Juventud, lo ficharon Los Trovadores tras ganar un concurso y logró enrolarse en Los Satélites, con quienes viaja a Venezuela en 1954 reclamados por el Lar Gallego. Ninguna orquesta local había cruzado el charco, aunque El Dorado caraqueño no los deslumbraría tanto como imaginaban. Un paisano sin escrúpulos los había engañado: sin contrato, las actuaciones apenas les dieron para pagar el pasaje, por lo que se vieron obligados a tocar durante casi un año en el país suramericano.

“Los Satélites fracasaron porque quisieron hacer música tropical en la tierra del Trópico”, explica Souto, “pero trajeron esos sones a España antes de que llegasen a Nueva York”. Los Satélites vuelven a casa y Pucho Boedo permanece allí, empapándose del género, prestando su voz a otras bandas y “haciéndose pasar por un cantante criollo”. A su regreso, se reincorpora a Los Trovadores, una orquesta de campanillas que durante el invierno actúa en las salas de Madrid, desde Pasapoga hasta Casablanca. Los rigores nacionalcatólicos fuerzan a los músicos a buscarse la vida lejos de la pacata diócesis de Santiago, donde las sotanas han vetado los sones diabólicos durante la Cuaresma y la Semana Santa. Los Españoles, por ejemplo, tocan en México y en Japón, donde Alvarito acompañó a la artista Connie Francis, amén de sus estancias en México y Jordania, concierto para el rey Hussein incluido. La nómina en el extranjero es extensa, incluido Prudencio Romo, que en 1957 monta en Noia una banda de empaque, Los Tamara, cuyo nombre remite a la denominación romana del río Tambre. Mientras debutan en el casino de Tánger tras ganar un concurso en Radio Vigo, la voz de Pucho resuena en la capital de España. Cuando los metales y las cuerdas callan, no sólo emociona al público, sino que eriza la piel de los propios instrumentistas.

“El sello francés Bel Air los mete en el circuito extranjero”, explica Fernández Rego. La orquesta de Romo, un orfebre musical, recorre Marruecos, Túnez, Líbano y Argelia, donde los sorprende la guerra de independencia, por lo que se ven obligados a salir pitando hacia Marsella en un avión fletado por la Cruz Roja. Luego, actúan dos meses en la Olympia de París, una hazaña a la que se sumará Pucho cuando el cantante de Los Tamara se enamora perdidamente y se fuga con una chica a Córcega en lo que se tarda en cerrar los ojos para dar un beso de tornillo. El solista coruñés llega a tiempo para sacar pecho en el mismo escenario que Jacques Brel o Charles Aznavour, mientras que aprovecha la estancia para tratar de encontrar a su hermano entre la comunidad de refugiados españoles (sin embargo, Manuel estaba en Venezuela, donde no se cruzó con él de milagro durante sus noches en Caracas). Una historia de amor enfebrecido propicia que se junte una de las grandes orquestas del país con la que sería la gran voz de la canción ligera gallega. O quizás sería suficiente decir La Voz: “Fue nuestro Frank Sinatra”, afirma Fernández Rego, responsable de La Fonoteca y autor de Saudade, una biografía sobre Andrés Dobarro.

Antes de cumplir los treinta, las orquestas se lo rifaban. Pasó, entre otras, por Eslava, Spallant, Mallo, Radio City y Oriente, hasta que incluyó por primera vez su nombre en una de ellas: Pucho Boedo y Los Trovadores. Pero con Los Tamara empezó a frecuentar las salas de la Costa Azul y los casinos suizos, codeándose con Doménico Modugno, The Platters o Shirley Bassey, la solista que interpretó más canciones para una película de James Bond: GoldfingerMoonraker y Diamantes para la eternidad. Al tiempo, recorre la geografía autóctona y española. En Madrid, el estudiante Nonito Pereira, que con los años se convertiría en el cronista musical por excelencia de A Coruña, se encuentra a Dios en el Casablanca. O, lo que es lo mismo, a Pucho, quien lo saca de un apuro cuando el camarero le entrega la dolorosa, una abultada cuenta producto del desenfreno juvenil que su maltratada cartera de universitario no puede afrontar. Él se hace cargo de la factura y se lo lleva de farra, un servicio que no olvidaría con el paso de los años.

“El llamado salón de té Casablanca era muy moderno en la época y tenía un escenario giratorio y un techo que se abría en verano”, detalla la periodista madrileña Ada del Moral. “En los años treinta, las orquestas tocaban música americana, aunque tiempo después entró en decadencia, si bien siempre conservó cierto empaque”, añade la autora de Noches de Casablanca. Una historia republicana. “De hecho, lo derrumbaron en los años setenta, algo que nunca deberían haber hecho, porque fue una barbaridad”. Proyectado por el arquitecto Luis Gutiérrez de Soto, responsable del diseño de la coctelería Chicote, era un edificio singular. Precedido en la entrada por un espigado luminoso con forma de palmera, su autor pretendió crear, según él, “una especie de jardín de invierno en un país caluroso”. Allí sonaban los ritmos tropicales de Los Tamara, cuyo repertorio abarcaba desde el tango hasta el bolero. Pucho alternaba el micrófono con otro vocalista, que se encargaba de las canciones más pop, mientras que él interpretaba rancheras, jotas, merengues, estándares anglosajones, clásicos de la canzone y joyas de la chansonen español, inglés, francés, italiano o ¡griego! (escúchese Zorba el griego, de Mikis Theodorakis, quien compartía repertorio con Otis Redding, Elvis Presley o Wilson Pickett). “Fueron de los primeros que tocaron un twist en España”, recuerda Nonito Pereira. Ojo, porque Los Tamara también presumían de souleros y hasta se atrevían con himnos como Hutsch, compuesto por Joe South, antes de que lo popularizasen mundialmente Deep Purple o Kula Shaker.

En clave local, fueron unos pioneros en el uso de la lengua gallega, pues se adelantaron a la canción protesta de Voces Ceibes. Sus letras no eran políticas, aunque todo es relativo. Un texto sobre alguien que se ve obligado a dejar su tierra atrás para ganarse la vida —los protagonistas de sus canciones o, incluso, los propios miembros de la orquesta— está describiendo, de algún modo, al país que lo expulsa, en este caso una dictadura autárquica que se resiste a cualquier tipo de apertura. Si nos fijamos en el detalle, Monólogo do vello traballador es un himno obrerista templado por los metales que sonrojaría a los actuales dirigentes de Comisiones y UGT: “Dinlle ao patrón a frol do meu esforzo / i a miña mocedade. Nada teño. / O patrón está rico á miña conta; eu, á súa, estou vello. / Ben pensado, o patrón todo mo debe”. Era el poema musicado favorito de su autor, Celso Emilio Ferreiro, que denunció la larga noche de piedra en la que estaba sumida Galicia. “A mi padre le gustaba porque resumía en una canción la teoría de la plusvalía de Marx”, le confesó Luis Ferreiro a Xurxo Souto, agitador cultural y líder de la banda de rock bravú Os Diplomáticos de Monte Alto.

Manuel Rivas ha pedido repetidas veces que se le dedique el Día das Letras Galegas. En 2002, escribió a la Real Academia una carta en la que exponía los motivos para concederle tal distinción: “Cantó a Rosalía, a Añón, a Curros, a Celso Emilio… Hizo de esos poemas himnos populares. Tuvo coraje, tuvo amor y tuvo sentido de la belleza”. Años antes, el autor de El último día de Terranova lo había calificado como “el cantor más venerado por las gentes humildes”. Una devoción comparable, en el terreno deportivo, a la motivada por las gestas de Luis Suárez o Amancio, quien compartió pupitre en el colegio de Doña Manolita con Peri, el batería de la banda. “Hay que destacar su labor a favor del idioma y las raíces”, subraya Fernández Rego, mientras que Nonito Pereira deja claro que era un grupo de boîte hasta que con Galicia terra nosa (1964) “explota la vena galleguista y se rodea de una aureola cultural”. Hasta entonces, no les habían dejado cantar en su idioma, pero Zafiro toma nota del éxito de ventas y les da carta blanca. “Ahí nace el mito galleguista de Los Tamara”, apunta Pereira. En casa ha nacido una superestrella, mientras que en la diáspora el crooner coruñés se erige en el símbolo de la matria ausente. Como dice Souto, “la cultura flamenca tiene a Camarón y nosotros, a Pucho”.

Hace un mes, se descubrió una placa en la calle Benela, donde se escuchó por primera vez su voz. Allí estaban sus vecinos, los gaiteiros Os Viqueiras de Ordes y Sito Sedes, su sustituto en Los Satélites de A Coruña cuando la banda rivalizaba con la Sintonía de Vigo. Una pelea de gallos sólo comparable a la protagonizada hoy en día por las orquestas Panorama y París de Noia, a la que habría que sumar su carácter de derbi geográfico. Grabados en la piedra, los versos de Manuel Rivas: “No teu canto, / o amor venceu a morte, / a lingua foi chorima, / e latexou o corazón na noite / PUCHO BOEDO, / o neno da Silva, / a estrela do pobo, / mentres ti cantes / vivirá Galicia / nunha esperanza incesante”. El homenaje se suma al busto de la plaza de Azcárraga y a la estatua de O Ventorrillo, limítrofe con la Agra do Orzán, construida por los emigrantes llegados en los sesenta desde las parroquias de la comarca de Bergantiños y uno de los bastiones de la ciudad en el uso de la lengua gallega. Un barrio cuya válvula de escape es la Avenida de Finisterre, que conduce a Carballo, donde Boedo solía dar uno de los primeros conciertos de la temporada veraniega. “Primero con Los Satélites y después con Los Tamara, no fallaba en las fiestas de San Xoán”, rememora María Lorenzo, que regentó durante años O Vinteoito.

La taberna estaba a escasos metros del palco, adonde se subía el cantante coruñés después de dar buena cuenta de unas tapas de pulpo y calamares. “En el descanso, a eso de las once de la noche, pedía carne asada y vino. Y a la una de la madrugada se tomaba unos cafés y, a veces, incluso otro pincho”. Cenas pantagruélicas regadas con ribeiro durante la actuación. “Mero, mi marido, les regalaba una botella de coñac o de vino para que la bebiesen en el escenario, y ellos siempre correspondían dedicándonos una canción”, recuerda María. La verbena era la expresión cultural por excelencia en aquella Galicia. “El baile duraba hasta las siete de la mañana y por la noche no quedaba nadie en casa: el pueblo entero iba a verlos. Venía toda A Coruña, estudiantes de Santiago y hasta gente de Lugo”. Además de sus dotes musicales, era un conquistador. “Guapísimo, educado, bien vestido… Una maravilla, no como los trapalleiros que anda ahora por ahí”, añade la dueña de O Vinteoito, que con su cierre mandó de vuelta a casa a los taceiros, quienes entre trago y trago de ribeiro entonaban a capela las cantarelas de Los Tamara y otros clásicos populares. Signo del fin de una época, cuyos ecos todavía se escuchan en alguna tasca de la capital de provincia, donde el alma de Pucho sigue resonando.

“Todas las chicas se volvían loquiñas por él”, reconoce su viuda, Xulia López, en el documental dirigido por Xurxo Souto, emparentado con Los Satélites, pues su abuelo tocaba el saxofón y un tío, la trompeta. “Era un hombre de la noche, un golfo elegante, un tío muy molón que siempre sacaba pecho… O sea, el chic de Los Tamara”, lo describe Nonito, quien deja claro que era “muy buena persona” pese a que “había gente del mundillo musical que no lo tragaba por sus ínfulas o por envidias”. Enrique Paisal, teclista y fundador de la orquesta, aseguró en su día que llegaron a tocar en la casa madrileña de Ava Gardner. Motivo suficiente para codiciar su trono, que pronto empezaría a cojear. “Era una persona fenomenal, la pena es que no se cuidase”, se lamenta María.

El cantante llevaba una vida frenética, resumida por Miguel Ríos en el documental: “Tenía una resistencia… Era un atleta de la noche”. El roquero granadino, cuando el reloj marcaba las dos de la madrugada, buscaba excusas para desembarazarse de su colega gallego, incapaz de seguirle el ritmo. “Bebía aguardiente como si fuese agua mineral”, añade Amador, exfutbolista del Atlético de Madrid, que terminaría acogiéndolo en su discoteca de Palma de Mallorca. Los Tamara, en la plenitud de su carrera, ya planificaban su salto a Estados Unidos cuando a Pucho le diagnostican una enfermedad renal durante una visita a la isla balear. Allí se quedaría, atado a una máquina de diálisis tres veces por semana, sin perder su sentido del humor. “Yo no me muero”, decía. “A mí hay que matarme… y por la espalda”.

La fama y el cariño quedaban lejos, aunque contaba con el apoyo de Amador y de Paco Buyo, que jugó de portero en el equipo local antes de fichar por el Deportivo, el Sevilla y el Real Madrid. Sin embargo, a Boedo le podía el corazón y, además, necesitaba el dinero, por lo que siguió cantando en solitario. “¿Piensas volver al terruño?”, le preguntaba un reportero de televisión. “Yo jamás he salido de mi tierra”, respondía Pucho, como podría hacerlo cualquier gallego en la emigración. Cuando llegaron los homenajes de A Coruña y de Londres, se colgó el cartel de “no hay billetes”. En el Palacio de los Deportes de su ciudad lo secundaron Betty Missiego, Juan Pardo y Rocío Dúrcal. Había tanta gente que fue necesario habilitar la grada posterior al escenario. Cinco de enero de 1979: “Nunca pensé que tuviera tantos amigos”, agradece el crooner cuando sale al escenario. En el Porchester Hall, el programa era de cinco horas, pero la velada se demoró casi el doble, y eso que hubo que cancelar cuatro actuaciones porque la noche se había echado encima. Cuando se despidió con Galicia Terra Nosa (“E despóis na miña terra / quero vivir e morrer”), el público se puso en pie y gritó: “¡Pucho non morras! ¡Quédate con nós!”. Nonito Pereira, que ejercía de maestro de ceremonias, tampoco pudo evitar la emoción: “Regresé de Inglaterra con la sensación de que iba a ser eterno”.

Hubo Los Tamara sin Pucho, mas ¿habría Pucho sin Los Tamara? ¿O, mejor dicho, sin Prudencio Romo? “El primero era un frontman con muchísimo tirón. Tenía un gran magnetismo como cantante y no hubo ninguno como él”, aclara Fernández Rego. “Ahora bien, el segundo fue el ingeniero en la sombra, el responsable de los arreglos de la banda y uno de los creadores del pop en gallego”, añade. “Prudencio, un gran técnico e ingeniero de sonido, era el arquitecto de Los Tamara, quien realmente dirigía el cotarro”. Javi Álvarez abunda en esta idea: “Romo es el cerebro visible, como compositor y arreglista, de un grupo que atesoraba una calidad instrumental sólo comparable a Los Pekenikes”. El músico de Fluzo y Dúo Cobra rechaza que fuese una banda de acompañamiento y recuerda que Boedo era “la voz cantante que nubla los méritos del resto”, aunque no le resta importancia a su faceta de galán y a su gran voz. Peri, el batería, imparte justicia: “Uno hacía las canciones y otro las bordaba”. Admirador de la orquesta de Noia, Álvarez ajusta cuentas con la letra impresa: “Las comparaciones de Pucho con Frank Sinatra y otros crooners son un intento de mitificación que ha habido en los últimos años por parte de la prensa local. Han construido una historia, pero no es del todo cierta, porque han vendido a Los Tamara como el backing group del solista coruñés, cuando no es así”.

Para él, era una orquesta, no un grupo de pop, donde los vocalistas cobran más importancia y protagonismo. “Colaron como grupo yeyé, sin embargo eran unos viejos entre modernos. En ese sentido, no compartían ideología ni sesgo cultural. Es un relato perversamente ideológico, y te lo dice alguien a quien le gusta mucho Pucho”, concluye Álvarez, sin ánimo de ofender, pero sí de situar a Romo a la altura del cantante. Infelizmente, ambos habían compartido la desgracia de la represión del golpe de 1936. Hijo de un guardia de asalto conservador, permaneció fiel a la República, lo que motivó su encarcelamiento en el Castillo de San Antón “en unas condiciones que impresionaron de tal forma a su hijo que estuvo un mes sin hablar”, escribió Xosé Manuel Pereiro tras su muerte, en 1987, durante la convalecencia de una operación del corazón en el hospital de Santiago. A Pucho y a Prudencio, además de la música, también los unía el horror, aunque el primero vería cumplido uno de sus sueños. “Amigo, aquí tienes a una de las personas más queridas, que acabo de conocer”, le espetó Boedo a Manolito Núñez, miembro de la orquesta Foliada. “Te presento a mi hermano. Hace cincuenta años que no lo veo”. Era Manuel, el sindicalista huido.

“Un tipo, cuando tiene problemas, los refleja”, le confesó el cantante a Rivas en 1981 mientras pisaba la arena de la playa de Santa Cristina. “Si las canciones son tristes, melancólicas o románticas, sale. Y si dentro de ti llevas algo de romanticismo y de melancolía —porque nuestra tierra y nuestra raza es así, y no debemos cambiarla— pues mejor todavía”. Para el periodista y escritor coruñés, aquel niño había salvado la vida “para convertirse, de adulto, en un mito de la canción popular que al cantar hacía sonar las voces desaparecidas de Resplandor en el Abismo“, el ateneo libertario cuya biblioteca fue pasto de las llamas mientras el fascismo ejecutaba a buena parte de sus miembros, incluido su padre y un hermano. “Su figura permite trazar un recorrido histórico”, afirma José Manuel Sande, concejal de Cultura del Concello de A Coruña, que ha aprobado concederle una calle por su “arraigo popular”, por su “carácter casi épico” y por su condición de personaje “emblemático” como vecino, músico y defensor del gallego.

Si bien treinta años después de su muerte ya le han adjudicado la vía, aún se desconoce su ubicación. “Dado que ya cuenta con otros honores repartidos por la ciudad”, apunta Sande, “tendría más sentido que fuese en su barrio”. El mismo que cada septiembre le rinde tributo con el Día de Pucho Boedo, organizado por A Tropa da Tralla. “Es un talento único, una de esas figuras que condensan en su vida y en su quehacer todos los estilos del arte con mayúsculas”, afirma el líder de Os Diplomáticos. “Le pasa como a Carlos Gardel, que cada día canta mejor. Y él lo hace, como diría Nonito, con las cuerdas del corazón”, añade Souto antes de recordar la última actuación de su vida, que tuvo lugar durante la gala de fin de año de la TVG de 1985, un mes antes de su muerte. Antes de desaparecer entre bambalinas, elige su canción favorita, O vello e o sapo, un poema de Curros que había mandado musicar a Romo. “De ella brota todo el dolor infinito”, afirma el autor del documental. Cuando la entona, levanta el brazo y esgrime su puño cerrado. “Y con ese saludo libertario, el gran círculo se cierra. Aunque él nunca llegó a morir, porque Pucho es una emoción colectiva”.

(Publicado en el diario Público en noviembre de 2016)

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Sílvia Pérez Cruz: “Le canto a la pena para librarme de ella”

Sílvia Pérez Cruz

Dicen quienes la han visto allí arriba que encarna la emoción, que es el vivo sentimiento. Palafrugell, año de 1983: Sílvia Pérez Cruz.

Blanca sobre negro, qué bien luce sobre la mesa el vinilo de Vestida de nit (Universal). Y qué gusto poder tocarlo, ahora que la música es tan líquida.

Todo es como el aire, que se te escapa. Pero en vinilo parece más de verdad, ¿no? Y, ahora que tenemos tantos inputs, también le da valor. Internet claro que es bueno, porque tienes más alcance, aunque gestionar tanta información resulta difícil. Hace muy poco que uso el tocadiscos, pero me gusta la relación que estableces con el objeto, que hasta necesita que le des la vuelta.

Algo con lo que jugó en la edición doble en vinilo de 11 de novembre: en una cara, las canciones más tristes; en la otra, las más alegres.

En vinilo, había otro ritmo y, por tanto, otra escucha. Por eso, pensé que cada cara debía tener un color. Saber ordenar el repertorio es muy importante. Sea un cedé, un vinilo o un concierto, el oyente necesita que lo guíen por un sitio u otro.

¿A usted no le ha quedado otra que ser ordenada o es algo desastre con la agenda?

Puedo ser caótica, pero yo me entiendo y todo siempre tiene un sentido. En principio, me gusta el caos, aunque con el tiempo he aprendido mucho y ahora debo ser muy ordenada. Por suerte, cuento con gente que me ayuda, porque tengo mucho trabajo y, además, soy madre.

Presume de equipo. ¿Se ve como su cara visible o se basta sola?

Creo mucho en el equipo, porque es un engranaje que suma. Juntos, todo sale mejor. Para mí, el éxito es encontrar un buen equipo. Ahora bien, necesito que me ayuden, porque si no tendría que hacerlo todo yo sola. Por cómo se me ha criado, no sólo canto, sino que me gusta la creación, la fotografía, la estética… Por eso prefiero hacerlo con gente, porque así me relajo y me centro más en lo que me toca.

De usted, ¿ya se ha dicho todo?

No te creas. Las entrevistas acaban siendo conversaciones y reflexiones sobre el arte. Es muy personal, tanto para mí como para el que pregunta. Aunque he hablado mucho de algunos temas concretos, como la conversación está viva —en el fondo, se habla de mi manera de ser y de vivir— va mutando. Siempre tengo algo que decir, porque me dejo el alma en cada cosa que hago.

Vayamos atrás en el tiempo: Sílvia Pérez Cruz, la niña cantora.

Aunque parece una historia de cuento, todo fue mucho más normal. Nací en una familia donde la música era una manera de comunicarse. Fue mi base, por eso en la música me siento como en casa. Mi padre, Càstor Pérez Diz, era un apasionado de las habaneras que buscaba canciones perdidas en Cuba. Mi manera de relacionarme con él fue a través de ellas. Cantar era nuestra conversación.

Frecuentaba una taberna de Calella, La Bella Lola, donde un par de veces al año interpretábamos juntos dos o tres temas. En ese ambiente descubrí mi vocación: aunque había empezado a estudiar música a los tres años, a los doce sentí que necesitaba hacer eso.

Qué precocidad.

Bueno, te apuntan, empiezas a hacer expresión musical… A los cinco empecé piano; a los siete, saxo… Toda la vida haciendo mil cosas. Aparte, mi madre, Glòria Cruz, tenía la escuela de arte. Y con ella descubro mi camino.

Escuela en la que también echó una mano.

La ayudaba a montar y a dar las clases. Y, a veces, también las recibía. Allí, los niños pintaban con tinta de calamar, tocaban el sonido y cosas así. Para mí, aquella escuela era la felicidad y marcó la manera de relacionarme con el arte: en libertad y con confianza.

¿Quién pesó más, su padre o su madre?

Mi madre, porque me ha criado ella. Yo no veía a mi padre, sólo me relacionaba con él cantando. Lo que pasa es que se murió y se creó toda una… De él aprendí a hablar cantando. Era mi forma de comunicar lo que yo sentía. Con el viví las primeras experiencias y aprendí de su humildad y del amor que le profesaba a las canciones. Pero la que me ha enseñado a ser, incluso a disfrutar de esos momentos con mi padre, fue mi madre. La academia no era nada académica, sino una filosofía de vida.

De hecho, su madre dejó a los bachilleres, que le resultaban más rígidos, por los niños de la academia Alartis, que eran como esponjas.

Empezó a dar clase en el instituto a chavales de dieciocho años y vio que no sabían expresar lo que sentían. Entonces se dio cuenta de que tenía que enfocarse en los pequeños, porque son la base. “Hay que ayudar a que los niños sientan”, pensó, y empezó a dar clases mezclando la guitarra y el dibujo.

Sus abuelos maternos eran del Ampurdán, aunque tuvieron a su madre en Murcia y luego regresaron a Girona. Los paternos eran gallegos y su padre, en cambio, nació en Catalunya.

Sus dos hermanos nacieron en Correchouso —una aldea de Laza— y él, en Coll de Nargó, aunque es muy gallego. No recuerdo a qué se dedicaba mi abuelo, porque no lo conocí, pero su mujer era muy bestia. El aguante y la supervivencia: ¡la señora Luisa! Mi canto tiene que ver con el canto de las abuelas de la península Ibérica.

Que sumado a su arrojo de juventud…

Nunca he tenido miedo. El arte es lo que más me gusta y a través de él entiendo algo la vida. No lo puedo evitar: es una necesidad de aprender, de conocer, de cantar, de tocar, de crear… Haciendo esto soy feliz.

Flamenco, jazz, pop, bolero, fado, música tradicional catalana y gallega, folclore ibérico y suramericano… ¿Qué palo le falta?

Muchos. No tengo problema en abordar ninguno. Lo que pasa es que si no lo siento, no lo puedo hacer. Es algo muy personal, que también depende de las personas con las que te vas cruzando. No me importaría cantar con una banda punk o sobre bases electrónicas. Antes hablábamos del equipo, pero me ha venido bien cantar sola. Reencontrarme con la guitarra y sentir el vértigo de mi propio silencio es muy terapéutico. Me encanta compartir, porque le da sentido a todo, aunque a veces necesito esa soledad.

En cuanto a estilos, yo canto canciones, pero también emociones. No tengo reparo ni miedo alguno. Ahora mismo estoy tan en paz con todo lo que he hecho, que me apetece seguir arriesgando para descubrir cosas en profundidad a través del arte y la emoción.

Parece que convierte en oro todo lo que toca, porque ha cantado desde La Macarena hasta El tractor amarillo.

Como las canciones de las que disfruto más son muy bestias a nivel de intensidad, necesito algo de humor: o reírme de mí misma o hablar un poco de cachondeo. Al final de Vestida de nit, que toma el nombre de una habanera compuesta por mis padres, empezamos a improvisar y ahí me vinieron a la cabeza los hits del verano.

Una vez, mientras recibía clases de saxo, Sheila Jordan impartía un seminario en otra aula y me puse a espiarla por la ventana. Su clase era de canto y ella —una cantante de jazz de 89 años, con la que he cantado hace poco— repartía canciones, hasta que una chica le dijo que le había tocado una muy fea. Entonces, le respondió: “Las canciones no son feas, tú las haces feas”.

Yo comparto esa filosofía. Por supuesto, hay algunas que son maravillosas y otras, mucho más cómodas. Sin embargo, a veces te encuentras con bellezas escondidas. Por ejemplo, la Lambada, que siempre ha sido denostada. De niña, me encantaba el videoclip. Vale que estábamos en verano y era pequeña, pero yo ahí veía una melodía: “Chorando estará, ao lembrar de um amor”. Había una emoción que me apetecía rescatar.

Amália Rodrigues, Fito Páez, Lola Flores… Pese a que son versiones, usted las hace suyas, véase el Pequeño vals vienés de Leonard Cohen.

Es un viaje personal. Cuando se han hecho versiones tan bonitas [como la de Enrique Morente en Omega], no tienes que superarlas, sino desear cantarlas y darles tu propia voz. En la interpretación, además, hay que reivindicar la creación, porque siempre puedes añadir cosas.

Este disco tiene temas que me resultan familiares para poder investigar a nivel sonoro, no se trataba simplemente de unir canciones. Lo hice con un quinteto de cuerda que tocaba de memoria, rompiendo las dinámicas y sin miedo a equivocarnos. No buscábamos la perfección, sino vivir esa experiencia en equipo.

Las canciones, a veces, son excusas y vehículos. Quería investigar, pero al tiempo mantener un pie en algo conocido. Y aquí hay muchas canciones que ya son estructuras que se pueden permitir muchas cosas.

Vestida de nit, que homenajea a sus padres, es un disco pelado: su voz y el quinteto de cuerda.

Al margen de En la imaginación, grabado con el trío de Javier Colina, éste es el disco donde canto más como en el directo. En realidad, tocamos todos los músicos a la vez y apenas añadí un par de voces y algún efecto sutil que apenas se percibe, una cuestión casi de estómago. Es la emoción del directo. Un quinteto clásico con modos populares. Yo los dirijo mucho, porque cambiamos los tiempos y hay silencios.

Le gusta dirigir la orquesta.

Es necesario. Y a nivel físico estoy en un momento en el que necesito bailarlo más. Aunque cantes con los ojos cerrados y estés en tu mundo, le estás cantando a alguien que está ahí, a tres metros de ti. La voz es muy intensa y las cuerdas son como un mar que para el tiempo.

Hablando de estómago, usted canta desde las tripas, lo que le permite abordar nuevos géneros con respeto. Llama a la puerta antes de entrar. No ha venido para quedarse. Digamos que no tienen por qué verla como una paracaidista.

Como una intrusa, ¿no? Es así. Además del respeto, se nota el amor por lo que hago y el aprendizaje acumulado. Conozco muchos lenguajes y sé moverme. También soy consciente de lo que puedo aprovechar de mí, así como de lo que se puede tocar o no. Es muy bonito sentirte bienvenida en tantos sitios distintos. El otro día estuve en el homenaje a Pepe Habichuela y pensaba: “¿Qué hago aquí?”. Sin embargo, ellos estaban emocionadísimos.

Si tuviera muchas vidas, en una vida sería cantaora; en otra, jazzera; en la siguiente, tanguera… Dedico mucha energía a buscar el punto de unión entre los estilos y he llegado a la conclusión de que mi trabajo tiene que ver con el peso y la verdad.

Cuando estuve en Brasil, quizás mi acento no era muy sambado, pero notaban que había conocido la verdad desde otro sitio. El punto de partida tiene que ser honesto y el resto se puede ir aprendiendo.

Ha cantado en castellano, catalán, gallego, portugués o inglés. Cuando compone, ¿qué lengua le viene a la lengua?

Depende de la canción, porque cada idioma tiene su musicalidad. Cuando compones la música, te puede sonar a portugués o a catalán. Por ejemplo, My Dog, incluida en la banda sonora de Domus, me sonaba a inglés, aunque no sea un idioma que yo controle. Además, depende del idioma que escojas, le das una fuerza u otra. La lengua es un elemento más en la paleta.

Cuando la música es emoción y sentimiento, no siempre es necesario entender la letra, ¿no?

Al principio, con la música tenía de sobra. Sin embargo, cuando conecté con el lenguaje flipé. Si puedes sumarle la palabra a la música, es un despiporre. Claro que con la música resulta suficiente, pero si puedes añadirle un mensaje, mejor. Y hay que saber qué se dice, aunque cada uno lo interprete o lo pronuncie como pueda.

Su mensaje es sutil a la hora de abordar ciertos temas. Prefiere quedarse al borde del precipicio, como si no fuera necesario decirlo todo.

Hay muchas capas. Puedes decidir ser muy concreto o no serlo. Yo hago más bien una pequeña revolución emocional. Estar vivo es primordial, porque estamos muy dormidos. Yo me sincero para que tú te sinceres, de modo que te encuentres con tus emociones y te sientas más vivo, porque nos constriñen unas corazas enormes. Eso se me da bien, aunque si un día me interesa hacer algo más concreto, lo haré. Para mí el arte es libertad, no algo obligatorio.

¿Y los conocimientos de los últimos años nos han hecho despertar? ¿Hemos abierto al menos un ojo?

No sé si es el despertar al que yo me refiero. Ahora hay más opinión, sabes lo que piensa la gente. Yo me refiero a un despertar individual, personal, de responsabilidad con uno mismo, con su vida y con sus decisiones. Hablo de la masa madre del ser humano, que luego puede concretarse en lo demás, pero me cuesta hablar de…

¿Cree que, después de todas las luchas recientes, el fruto ha sido magro?

Me cuesta hablar de eso, porque ha habido agitación, aunque a veces la agitación no está más viva que la calma. No lo sé.

Volvamos, pues, a la música. Decía antes que empezó a estudiar solfeo a los tres años: piano y saxo clásico. ¿Le gustaba más tocar o jugar?

Para mí era un juego. Tuvimos profesores muy buenos, como el de saxo, que me decía: “No te olvides que la música es para disfrutar”. Luego, jugando en casa con mis amigas, era muy creativa y me montaba unas películas tremendas. Pero la música me apasionaba, no era una obligación. Realmente, hacía mil cosas. Pasaba muchas horas con las actividades extraescolares. Para mi madre, incluso en momentos de dificultades económicas, la música era una prioridad. Creía que era una pena cortar todo eso.

Una niña pequeña cantando cosas de mayores.

La elección de aquel primer repertorio tiene que ver con mi padre. Ahora estoy descubriendo que las canciones que le gustaban eran una manera de acercarme a él. Un día pensé: “¿Por qué yo cantaba Alfonsina y el mar con doce años?”.

La descubrí con ocho, uno menos de los que tiene mi hija, a la que ni de guasa me imagino cantándola. Ahora bien, yo entonces tenía una sensibilidad sin prejuicios. Me pasa también con las personas: no veo lo evidente, pero sí las cosas especiales de cada uno. Para eso tengo una empatía singular.

¿Qué fue del género? ¿Dónde puede hallarse hoy el canto tabernario?

Desde que murió mi padre, no lo vivo, aunque era muy emocionante. La parte más conocida de las habaneras no me toca, es ajena a mí. Sin embargo, cuando canto, busco recuperar ese ambiente de taberna, de madera, de ojos vidriosos y de la gente compartiendo las penas y las alegrías, porque allí se reía mucho, pero también se lloraba. Es algo auténtico que me emociona.

Le canta a la pena, pero se le ve una persona alegre.

Soy una persona muy sensible que vive las cosas intensamente. Le canto a la pena porque son las canciones que me hace remover más. No obstante, también me río de ella y me sirve para limpiar mis penas, o sea, para ser feliz. Le canto a la pena para librarme de ella.

A veces, las canciones tristes reconfortan, procuran una melancólica felicidad mullida como una manta.

La tristeza hay que vivirla y aceptarla, como si no pasase nada. Siempre hay un renacimiento.

Ha sido una artista precoz, si bien la vida también le dio pronto una hija y le quitó a un padre.

La vida y la muerte, siempre presentes. Fui madre a los veinticinco y perdí a mi padre a los veintisiete. Fue importante para mí, porque aprendí los límites: hay un momento en el que la biografía se acaba. Cuesta entenderlo, pero te mueres. Asimilar eso me quitó muchas tonterías. Me sacudí lo que me hacía infeliz y me centré en lo que me hacía feliz. No me refiero sólo al goce y al disfrute, sino a cosas que te quitan energía y te hacen sufrir. Aunque siempre he tenido los pies en el suelo, me ayudó todavía más a vivir el momento.

Me imagino que usted, licenciada en canto-jazz por la Escola Superior de Música de Catalunya, siempre tuvo claro a qué quería dedicarse. ¿Llegó a vislumbrar este momento?

Nunca visualicé todo esto. Para mí es simplemente un momento que viene detrás de otro.

¿Se siente orgullosa de haber sumado a gente joven a la canción popular o tradicional?

Ahora me estoy dando cuenta de que he influenciado a muchísima gente, cosa que antes no entendía. Aunque es un piropo, me cuesta mucho ver todo esto. Incluso el éxito, de verdad te lo digo, porque es mi vida y mi pasión. Voy pasito a pasito y no veo tanta diferencia entre uno y otro. Lo que estoy haciendo es compartir mis valores y mi pequeña verdad.

Aunque en la interpretación cinematográfica o teatral no hay música, sino voz, usted debe meterse en la piel de varias intérpretes cuando canta para hacer suyas otras músicas.

Hay cosas en común, pero más abstractas. El silencio, el saber escuchar, el ritmo, la melodía y la curva emocional. Cuando canto, siempre soy un poco yo. Sé que a las actrices, en el fondo, les pasa lo mismo, pero yo —aunque cante cosas que no he vivido— sigo siendo Sílvia, no tengo el nombre de un personaje. Luego, a partir de la música, llego a un trance y canto las penas o las alegrías de todos, no sólo las mías.

Sin embargo, en el canto, ¿qué realidad imitas? Es más, ¿qué coño es la realidad? Todavía no entiendo eso de “hablar la realidad”, pero el resto tiene mucho que ver con la interpretación: confiar, dejarte llevar, que te afecte el otro…

En Cerca de tu casa, de Eduard Cortés, interpreta a la desahuciada Sonia, que le valió un Goya a la mejor actriz revelación. ¿Le ha caído alguna otra oferta? ¿Se ve de nuevo delante de la cámara?

Me han hecho varias propuestas, sin embargo no es mi vocación ni mi oficio. Lo que pasa es que a veces me ofrecen cosas tan bonitas que… Ahora, por ejemplo, acabo de participar en la música de Memorias del calabozo, de Álvaro Brechner. Luego me pidió que hiciese una escena. La historia —aunque dura— es tan bonita y confío tanto artísticamente en él, que le dije que sí.

¿Qué le hace sentirse más viva?

El arte y mi hija. Mi hija y el arte.

(Publicado en el diario Público en noviembre de 2017)

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Cristina Fallarás: “Somos memoria”

cristina fallaras

Cristina Fallarás ha cubierto el silencio de palabras.

Ha cogido la pala y rellenado los huecos. Los vacíos. Los agujeros negros.

Fallarás necesita mucha arena y mucho cemento, necesita tanta agua para revestir el secreto de su familia, que es un spoiler impertinente: su padre terminó casándose con la hija de su verdugo. Hay matices, pero, sobre todo, brocha gorda. Parece que Cristina —hay otra Cristina en la novela, aunque esa es otra historia— escribe para curarse. Cada libro, novela y ensayo, una tirita. ¡Vaya que no hay heridas!

Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama) no es una novela. No es un reportaje. No es una crónica. No es una investigación. No es una entrevista. No es un monólogo. No es un diario. No es un making of. No es una memoria; tampoco histórica. Pero podría ser todo ello, cada cosa, o nada: una inmersión sin botellas; acaso una exhumación.

Fallarás lo negará todo: es una novela. A Fallarás le interesa la forma, el artificio, el estilo.

La literatura.

La belleza.

Fallarás niega la mayor y no vamos a ser nosotros quienes le llevemos la contraria.

“Hay de todo, pero es una novela, en tanto en cuanto es una construcción literaria. No es un documento, sino un acto literario: íntimo y profundamente impúdico, porque me interesa mucho la impudicia. Y, sobre todo, un acto de belleza, porque en el trabajo de la novela la estética está por encima de lo íntimo. Mi trabajo es amor y belleza. La memoria soy yo, no forma parte de mi trabajo. Y eso es muy difícil de explicar, porque mi ser es político. ¿Me explico? Yo soy política. Sin embargo, si no consigo alcanzar la belleza con mi trabajo, no vale de nada”.

Fallarás, un día, se miró al espejo y no se reconoció. ¿Quién era? Su abuelo materno, Pablo Sánchez (Juárez) Larque, nieto de Benito Juárez, presidente de México, casado con una aristócrata navarra y héroe de la guerra —Cristina no quiere hablar de la guerra civil: bastante tiene con las suyas—, tuvo que pegarle un tiro a un espejo cuando vio el reflejo de la sombra de lo que había sido. Fallarás se echó a andar —“Me llamo Cristina y he salido a buscar a mis muertos”— y enfiló el silencio. Esta es una novela sobre el silencio. Y Fallarás hace ruido.

¿La sinopsis? Hay cliffhangers, hay jumping the sharks, hay flashbacks, o flashforwards, o como se llamen: maldita palabrería hueca, esto es una novela. Hay un andamiaje literario para que la historia enganche, resulte atractiva, incite a seguir adelante, como la protagonista —Fallarás siempre es la protagonista—. Y bajo esos ropajes, dos historias: Cristina en busca de sus muertos, que en realidad es Cristina en busca de sí misma; y la historia de una familia que calla y de otra que saca pecho, muy dos Españas, la saga familiar de los Fallarás y la de los Sánchez, la de los vencidos y la de los vencedores, ¿a usted le gusta el rojo o el azul?

“¿Yo? El rojo, claro”.
Quizá no sea necesario esbozar la historia, pero es ésta, de aquí viene ella:

Zaragoza, hace tiempo.

Sus abuelos paternos, Presentación Pérez y Félix el Chico, tramoyista. Un tramoyista de la UGT. Hace tiempos convulsos.

Los maternos, María Josefa Íñigo Blázquez y Pablo Sánchez (Juárez) Larque, nieto de Benito Juárez, presidente de México. Alférez cuando las tapias, coronel en los años que siguieron al de la victoria y a los triunfales, luego mutilado de guerra y abogado fuerza viva.

Lo que pasa desde que el coronel se va a la guerra —o hace la guerra— hasta que Félix Fallarás, su padre, le pide la mano a María Jesús, su madre, viene en el libro. Apenas un detalle: nadie sabe quién es quién, ni víctimas ni verdugos. No triunfa el amor, que también, sino una desposesión de lo viejo y una nueva pertenencia: él a ella, ella a él. Bendito el fruto de tu vientre: Cristina.

Ojo, esto no es —sólo— un relato de abuelos, pues subyace un matriarcado en ambas familias, original o sobrevenido. Sobrevenido porque a Presentación le matan a su hombre y tiene que sacar adelante ella sola a sus dos hijos. Limpiará baños, los baños del teatro, y extenderá la mano para que el público del teatro —el teatro de Félix el Chico, el tramoyista, el que se llevaron de su casa a culatazos, el de la tapia del cementerio de Torrero— le alcance unas monedas. Vestirá a coristas. Trabajará como una esclava. Y, sobre todo, estará callada.

– Su padre se casó con la hija del militar asesino de su abuelo, y usted se crio en esa familia. La heredera de la víctima y del verdugo…

– Ahora soy heredera de ambos. Hasta hace poco sólo era heredera de uno. Yo soy hija y nieta del franquismo: de la riqueza, del expolio, del dolor infligido, de la comodidad que brindaba crecer y vivir con los ganadores… No me di cuenta de esto cuando me desahuciaron, porque mi compromiso social viene de mucho antes. Aunque es cierto que su elaboración teórica tiene que ver con mi empobrecimiento radical. Hasta que no tuve nada que perder, no pude enfrentarme a ello.

– ¿Ha tenido alguna vez la sensaciónde que fue secuestrada por el enemigo? O sea, por sus abuelos nacionales, los ganadores.

– No. Yo soy los enemigos. Tengo la soberbia de los enemigos. Tengo el arrojo de los enemigos. Tengo la confianza en mí misma que me ofrece haber pertenecido a quien ganó. Mi conflicto no es de clase, sino teórico, práctico y político. Yo soy el enemigo.

– La úlcera del bando nacional.

– Exacto [guiña el ojo; a veces, Fallarás también arquea la ceja, como la abuela María Josefa cuando sonreía]. Yo soy al que me enfrento.

– ¿Se ha sentido alguna vez culpable por el asesinato de su abuelo Félix?

– No. Es que mi abuelo Félix no existía. De hecho, acaba de nacer. No es que me hurtaran a un abuelo, es que jamás lo eché de menos. Si no construyes la idea de un abuelo, no te duele su ausencia.

– En su honor, ¿fomentaría, impulsaría o aprobaría una ley que perjudicase a sus abuelos maternos?

– Yo estoy a favor de eso sin la memoria de ningún abuelo, y llevo tiempo practicándolo. Incluso le daría la bienvenidaa una medida que me perjudicara a mí misma. Yo estoy a favor de una ley que me quitara las propiedades que pudiera recibir en cualquier momento. ¿Me explico? Yo soy heredera de eso.

Otro pequeño detalle, que encierra un mundo: cuando Félix Fallarás —el hijo del cabecilla de la UGT que cae en la tapia de Torrero, ante un pelotón de fusilamiento entre el que se contaba su abuelo materno— se presenta a la Jefa, la que sería su suegra, María Josefa, ésta le pregunta: “Y tú, hijo, ¿cuánto ganas?”. No le pregunta cuánto tiene, porque tener, ya tiene ella, y porque sabe que él nada tiene. No es lo mismo tener que ganar; la riqueza vieja, que la nueva riqueza; lo heredado, que lo sudado.

El sudor huele.

El empleado le dice lo que gana en el banco, donde había conocido a la que será su esposa, y la futura suegra le responde: “Con eso mi hija no tiene ni para papel higiénico”. Fallarás cuenta tanto en tan poco: hay fogonazos en la novela que esbozan en un par de líneas la historia de media España, no importa cuál.

Escribe Cristina en el libro: “El joven Félix Fallarás quería casarse con la hija de la Jefa y el coronel, qué osadía, quería casarse él, un hijo del hambre, un hijo de la muerte merecida, un nieto del teatro y el socialismo”.

Capuletos y montescos. Flamencos y tarantos. Una ocurrencia boba que la autora desecha. “Mis padres deciden dejar de pertenecer y se agarran el uno al otro de tal modo que lo que yo heredo como hija es el mandato de ser contra viento y marea”.

Claro, pero el pasado…

“Mis padres se aman con un amor esférico, absoluto, compacto, inabarcable… Mi hermana y yo hemos conseguido a duras penas rebotar contra él”.

Pasa que no hay pasado. No hay memoria. Apenas silencio. ¿Hemos dicho ya que el libro trata precisamente de eso? Cristina hace sonar la bocina:

“Un abuelo rico yfascista. Un hijo de la represión, del asesinato, de la pobreza y del socialismo. Ninguno de ellos sabe cuál es la historia del otro”.

– ¡Silencio, se rueda!

– ¿Cómo se explica si no que arrasaran con los logros de la República, que hubiese una guerra, que durante cuarenta años no pasara nada y que en los siguientes cuarenta no se haya recuperado lo anterior? ¿Cómo se explica? Los mataron a todos. Las mataron a todas. Arrasaron la inteligencia y el pensamiento de España. ¡Tierra quemada! Y lo que una hace es cerrar las piernas para que no te rompan el coño. Tienen cojones estos [piiiiiiiii] del PP y del franquismo para darnos luego a leer a Machado y a Lorca…

– Doble victoria: la de la guerra y la del mutismo.

– Triple victoria: la de la guerra, la del silencio y la de la democracia. ¿Qué está pagando el PP con nuestro dinero? ¡Una mierda está financiando el partido! Está destinando nuestro dinero a las empresas del Ibex, que siguen siendo franquistas: Villar Mir, Martín Villa… No nos engañemos: seguimos pagando el franquismo cuarenta años después.

Igual que hay dos historias en la novela, hay varias formas de contarlas. Primero, la narración alterna, en tiempo presente. Luego, lo que Fallarás llama el novelón decimonónico. Finalmente, la prosa poética que nos lleva adelante y atrás.
Cristina se echa a la carretera, sin nada en los bolsillos. “Andar como la única forma de recuperar la humanidad. También como una manera de tomar las riendas, de enfrentar todo esto”, escribe. Emprende el camino en busca de sus muertos, walking dead.

Desanda la amnesia.

“Esta novela no habla sólo del silencio, sino de la construcción del silencio. Un silencio impuesto. Cuando se me fue el suelo de los pies y me quedé en el aire, escribí este relato para pertenecer”.

“¿A qué pertenecemos? ¿Qué somos?”

“Somos memoria”.

“No somos realidad, somos memoria”.

Sin embargo, Cristina no quiere hacer memoria histórica, aunque claro que la ha hecho. Dice, como quitándole peso: “El pasado puede ser cualquier cosa”. Y se quita un peso.

“Entendí que me habían robado una parte”.

El abuelo asesinado que purgó el pecado del padre. Doblemente mártir.

“Decir que no conviene remover las heridas es muy actual. Durante los cuarenta años de franquismo, nadie decía eso porque no era necesario”.

Cristina hace memoria sin pretender hacer memoria.

“Primero mataron a todos. Y luego le negaron la sexualidad a las viudas jóvenes”.

Fallarás es feminismo sin ir de feminista.

“Es muy bestia, ¿eh?”.
Así todo.

– ¿Cree que se hablaba o se habla más de lo que pasó en la guerra civil en las familias nacionales que en las republicanas?

– Me importa un pito la guerra civil. El problema no es la guerra civil, sino la construcción del franquismo y de la democracia franquista, que nos obliga a interpretar los últimos cien años como una guerra civil. ¡No, compañero, no! La guerra civil sólo duró tres años. Y luego ya no hubo hombres: ni maestros, ni científicos, ni políticos, ni empresarios, ni nada.

– Pero su familia paterna callaba, mientras la materna contaba batallitas.

– La familia de mi madre lo contaba todo entre risas. No les importaba reconocerse como asesinos o criminales, porque hay un orgullo básico y ni siquiera lo consideran crimen. De mi padre heredé el silencio, y este libro es un acto para que mis hijos no lo vuelvan a heredar.

Pese a todo —pese a quien pese, decía Aznar—, en la novela no se juzga a nadie. “Ni a las personas, ni sus intimidades, aunque sí juzgo la construcción política que nos hurta una parte de lo que somos y, con ello, asesina una parte de nosotros”.

“Yo no violento nada. En este libro no hay revolución”.

Cuando escribió la última palabra, “vivos”, se lo entregó a sus padres y les dijo: “Si no queréis que lo publique, inmediatamente lo quemo”. Los libros de Cristina arden mal.

Abro comillas.

Somos memoria. Y en España nos han cercenado la memoria. Un pequeño núcleo de valientes la reivindica, si bien la inmensa mayoría tiene una herida que se le pudre de noche en la cama y que dejará en herencia a sus hijos. Es como el Me Too. Yo puedo decir: “Estoy en contra de la violencia machista”. Pero hasta Inés Arrimadas está en contra de la violencia machista, you know what i mean… Otra cosa es decir: “Hola, ¿qué tal? Me llamo Cristina Fallarás y a mí también me violaron”. Tres veces, que yo recuerde. Y alguna más, ciega. Y, de repente, millones de mujeres dicen: “Hola, me llamo…”. La conciencia de clase que genera el relato íntimo evidenciado elimina la abstracción. De nada vale decir que estás en contra de la violencia machista o a favor de la memoria histórica. Hay que decir:“Hola, ¿qué tal? Me llamo Cristina Fallarás y mi abuelo materno era un hijo de puta, y yo también soy una hija de puta como digna heredera de mi abuelo”. Y no es verdad que las escritoras de izquierdas seamos todas estupendas. Este libro es un Me Too, porque estoy hasta las tetas de ciertas historias de la pretendida izquierda que retrata el franquismo. Parece que si eres escritor y de izquierdas, das por hecho la bondad. Yo no soy buena, y tampoco quiero ser buena: quiero ser yo.

Cierro comillas. Las comillas son de Cristina.

– Tapa temores con cada libro. Cubre con palabras el silencio. Se construye cuando ciega cada agujero negro.

Todo soy yo, ¿qué podría ser? Pero es una excusa.

– ¿No se siente más libre?

No. Cada día escribo mejor. No me interesa lo que cuento, sino cómo lo cuento, y no estoy frivolizando. Lo que cuento es una excusa para crear belleza. No he querido hacer un libro político, sino literatura. Hago una labor de orfebre y, jugando con el lenguaje, creo dolor y creo placer.

– Los hijos y nietos del franquismo heredan el sufrimiento de sus padres y abuelos, según Clara Valverde. Llega a través de la periodista Elena Cabreratanto a ella como a su libro Desenterrar las palabras. Transmisión generacional de la violencia política en el siglo XX del Estado español. En él, describe que esos hijos y nietos son víctimas de adicciones, anorexia, inseguridad, miedos, suicidios… ¿Explica eso sus demonios?

– Claro. Aunque mis demonios son injustificables. ¿Me agarro a eso porque soy nieta o me aprovecho de ello? Ahí hay un juego. Yo me he drogado hasta las cachas, como todos los de mi generación. Yo he vivido situaciones de violencia imperdonables, y las he permitido. Yo he sufrido agresiones sexuales imperdonables, y las he permitido. Y mi generación moría en los billares, debajo de la mesa con la chuta en el brazo. Puedo agarrarme a eso para justificarlo, pero me niego a frivolizarlo. Desde que escribí esta novela, no permito la frivolidad ni el cinismo sobre aquello que nos ha convertido en basura. Porque somos basura. Ahora mismo, estamos tomando esta copa y pergeñando una entrevista en un diario de izquierdas porque vivimos en un pequeño mundo blanco, masculino, obeso y triste, en cuyas fronteras agonizan millones de personas. Y mientras bebemos, no nos preocupa eso.

– Hace años, en una fiesta que montó en su casa, con la bañera llena de hielo y botellas de champán francés, le confesó a una amiga: “Joder, quiero volver a ser pobre”. Luego la desahuciaron. ¿Ha merecido la pena?

– Claro, por supuesto. Mis hijos entendían mejor la vida en la cabaña donde nos refugiamos tras el desahucio, robando en los huertos para comer, que la actual vida en Madrid con ciertas comodidades. Porque, pese a tener cuatro trabajos, no hay semana a fin de mes en la que no comamos otra cosa que arroz blanco con huevos fritos.

– ¿Cree que, pese o gracias a esas vicisitudes, sus hijos tendrán una mejor educación que la que recibió usted?

– ¡Madre mía, indudablemente! Aunque también la habrían tenido sin ese dolor. Mírame a los ojos: “Hola, me llamo Cristina Fallarás y me gustaría ser hija mía”. No soy una mujer limpia, ni buena, pero soy una mujer valiente. Lejos de mí queda el elogio de la coherencia, pero soy una mujer culta. Echo de menos lo culto en España, porque ahora todo es una ofensa a los sentimientos religiosos o a su puta madre. El problema no es la ofensa, sino quien se ofende. Deberían meter en la cárcel no a quien ofende, sino a quien se siente ofendido. ¡Pena de cárcel por cursi!

– Cuando decía que quería ser pobre, ¿deseaba un castigo? ¿Lo tomó como tal cuando la desahuciaron?

– No. Absolutamente, no. En mi generación, se identificaba lo rico con lo malo y lo pobre con lo bueno. Sin embargo, yo ligo la idea de consumo a la ordinariez, de la misma manera que ligo la idea de lo culto a la austeridad. Ésa es la base de mi vida: lo culto es una forma de ser austero en esta tierra. Cuando le digo a Lucía Lijtmaer lo de volver a ser pobre, me refiero a no volver a participar de la idiotez del consumo, porque me abruma. El progreso y la evolución están bien hasta que aparecen las nuevas tecnologías, que nos obligan a participar en el ocio. Yo soy marxista y el ocio no me interesa nada. Busco la belleza y el equilibrio.

– No es consumista, pero sí hedonista.

– No, aunque puedo disfrutar. Tengo una base muy hedonista, como toda hija de familia rica a la que le gusta disfrutar de los placeres. Sin embargo, me produce mayor satisfacción la austeridad que el hedonismo. Y la estricta definición de la belleza, que el desparrame del consumo.

– En definitiva, salió a buscar a sus muertos para no matarse, para saber quién era, para ver si esa pesquisa sanaba. ¿Pero sanar de qué?

– De lo mío [risas]. Llevaba muchos años haciéndome daño. Tenemos dos daños básicos: uno es un daño íntimo y el otro, compartido. He tenido una cierta tendencia a la autolesión: no a hacerme rajitas en el brazo, sino a la humillación y a la infravaloración. De hecho, casi todas las mujeres de mi generación lo tenemos, porque si no no habría sido tan brutal el machismo contra nosotras. Y luego hay una construcción generacional de la autolesión, porque nosotros nos matábamos alegremente. Yo me he encontrado con chicos muertos con la chuta en Zaragoza, en San Sebastián, en… A mi pareja no le queda ningún amigo vivo de su quinta. Los que no se cargó la heroína, los remató la cocaína. ¿Por qué no nos hemos preguntado qué es eso?

– ¿Y su herida? ¿Está cicatrizando?

– Ya no está. ¡Ya no está! Ya no está… Y si estuviésemos en la película Drácula, de Bram Stoker, dirigida por Francis Ford Coppola, a todos los miembros de mi familia y a sus allegados empezarían a cicatrizarle sus heridas sin darse cuenta: ¡ssssssssh! Hay algo boscoso y vegetal que presta su humedad a los campos secos donde nada podía curarse. Y este relato lo cura, porque no es un relato burdo, ni culpabilizador, ni que juzgue a nadie. Todo relato se consigue para pertenecer, y yo pertenezco a este relato.

(Publicado en el diario Público en marzo de 2018)

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Luis Montes: “En España se muere fatal”

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Luis Montes (Villarino de los Aires, 1949) ha fallecido hoy a los 69 años. Firme defensor de la sanidad pública y del derecho a la muerte digna, el excoordinador de urgencias del Severo Ochoa fue objeto de una persecución de los Gobiernos del PP madrileño, que lo acusaron de ser el responsable de las muertes de cientos de pacientes a causa de las sedaciones practicadas por su equipo en el hospital de Leganés.

La Justicia lo absolvió, pero el daño ya estaba hecho. “Fue terrible”, declaraba el doctor en esta entrevista —realizada el 1 de febrero de 2016—, donde dejaba claro que su caso había sido una “cortina de humo” para tapar las privatizaciones emprendidas por Aguirre. “Cuando la ciudadanía pierde la confianza en la sanidad pública, es el momento de desarmarla para que desaparezca”, pronosticaba en la sede de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, desde la que promovió que toda persona pudiese disponer con libertad de su vida.

Usted interpretó el ataque a su equipo, apodado cariñosamente Sendero Luminoso, por ser progresista y de izquierdas.

Ya, pero no sé qué interés podría tener.

¿Había rencores y rencillas con compañeros de otras ideologías en el día a día?

Algunos éramos jovencísimos. Para algunos era su primer trabajo en la sanidad pública, con la Ley General de Sanidad, que fue la primera ley de planificación sanitaria, donde se creó la atención primaria, la atención especializada y las áreas de salud. Entonces hubo un grupo de profesionales que nos creímos la reforma. Aplicarla, dentro de un sistema totalmente vertical que habíamos heredado, suponía cierto grado de transversalidad en las relaciones entre profesionales y con los pacientes.

Sendero Luminoso salió de nuestra radicalidad en el cumplimiento de la Ley General de Sanidad, frente a todo el poder inmovilista heredado del franquismo. Fue una broma de uno de nosotros, que dijo: “Somos como Sendero Luminoso”. Empezamos en el Hospital de Móstoles y luego se abrió el Hospital de Leganés. Coincidió que en 1983 entró en nuestro ordenamiento jurídico la Ley de Interrupción del Embarazo, y nosotros lo incluimos en la carta de servicios del hospital. Se fue haciendo una aureola de izquierdosos, porque rompíamos con la línea y la ideología dominante que existía en el sistema de beneficiencia anterior, pero no porque políticamente fuésemos el despacho de los abogados laboralistas de Atocha, todos militantes de Comisiones Obreras y del PCE. Éramos gente que entendíamos que se abría un proceso democrático y que había que hacer una transversalidad en la relación vertical que existía. Ese fue el planteamiento y origen.

Usted fue un médico obrero. Deja la casa de sus padres muy joven, se va a un barrio humilde y comienza a currar en una obra. Y estudia al mismo tiempo que trabaja.

Empecé a estudiar en 1967, con dieciocho años, durante la carrera me casé y la terminé la con 28 años. Un año después fue Mayo del 68, que implicó un gran cambio de mentalidad en este país. El movimiento estudiantil emprendió una huelga contra el plan de enseñanza de Medicina que duró tres años, durante los cuales la facultad estuvo cerrada. En las últimas bocanadas del régimen anterior, hubo un movimiento fuerte para cambiar el sistema a nivel vecinal, obrero-sindical y estudiantil. Había un montón de frentes. Fue lo que le tocó vivir a mi generación y ahí empieza mi historia de militancia.

Yo a lo que más me dediqué fue al movimiento vecinal. Me marché a vivir a Orcasitas, donde estaba la asociación de vecinos más potente de Madrid. Después llegué a secretario de la Federación de Asociaciones de Madrid.

Posteriormente, el PSOE barre a los líderes del movimiento vecinal, social y sindical. Los incorpora como cuadros y, de alguna manera, los desarticula.

Creo que se cogió el poder muy pronto. Las primeras elecciones que se ganaron fueron las municipales, donde hubo que coger la administración local, que tenía muchas más competencias. De alguna forma, muchos presidentes y secretarios del movimiento vecinal fueron concejales con Tierno Galván. Su Ayuntamiento se forjó con líderes de esos movimientos.

¿Cree que está ocurriendo algo similar con Podemos, que ha recabado los apoyos de familias del 15-M como Juventud Sin Futuro, Democracia Real Ya o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca?

Puede ocurrir algo similar. El problema es que en la transición, cuando se logra el poder político, ha sido una constante que el bipartidismo no ha querido la participación. Una de las causas fue el incorporarse a tomar las instituciones, pero otra fue que no se forjó la participación. Fue una época boyante en la planificación de barrios, se erradicó el chabolismo y entramos en un progreso ascendente. Y con no forzar la participación lo que se consiguió es que las asociaciones de apoyo mutuo y las asociaciones vecinales, siendo vergel de formación y de extracción de militantes, se han convertido en un erial. ¿Qué ha terminado haciendo una asociación de vecinos? Organizar en el barrio una cabalgata alternativa de Reyes y en poner una caseta en la feria de turno para vender chorizos y poder financiar el local y recaudar fondos. Esa trayectoria es un poquito penosa…

¿Corremos ahora ese peligro? Si no damos cauce participativo, si no recuperamos el tejido asociativo, pues será más de lo mismo. El gran reto que tenemos por delante desde la Administración, como una necesidad histórica, no se realizan conquistas si no se toma la calle. Para eso hace falta participación, seguimiento e iniciar de nuevo en política y en acción a todos los ciudadanos que están indignados con la situación a la que nos ha llevado el bipartidismo. Si esto no lo canalizamos, es más de lo mismo.

En este caso, miembros de estos nuevos movimientos han ido en listas electorales. Su lectura: nos incorporamos a las instituciones para cambiarlas desde dentro.

Soy optimista. Militantes de Podemos y de Izquierda Unida sí se creyeron el 15-M. Si ahora no se sigue articulando la participación, no habrá un cambio. Se puede cambiar la bandera azul por la roja o la morada, pero sigue la estructura ideológica y económica del poder dominante. Es un reto. Podemos tomar las instituciones y, una vez tomadas, ¿qué? Pues gestionar la crisis. Es lo que nos dice la troika: 44.000 millones (del rescate bancario). Y para tomar cualquier medida en un proceso de cambio será por la participación y la movilización, o sea, por tomar la calle. Es un reto muy bonito y apasionante porque, por primera vez, se perfila un cambio. Los ciudadanos, además del paro, están preocupados por la corrupción. Ya que aceptamos el Estado de derecho, un cambio en democracia solamente tiene una línea: de la democracia formal a la democracia participativa. Y, si no creamos los cauces de participación, no habrá valido de nada tomar las instituciones.
Su rebeldía es precoz. Deja bien temprano el plato caliente de casa de sus padres para dar un salto al vacío.

En aquella época, todos los jóvenes teníamos mucha ilusión. Las condiciones de trabajo no eran las actuales: podías trabajar. Yo empecé en la construcción, pero no sabía hacer nada. Cuando fui a pedir trabajo, me dijeron si sabía escribir a máquina, para meterme en la gestión de la empresa, pero ni eso. ¿Qué sabe hacer usted? Pues no sé hacer nada. Pues de peón. O sea, bajar ladrillos, cribar arena y andar con la carretilla. Luego ayudé a fundar una distribuidora y en una editorial de libros de historia del movimiento obrero. Mientras, mi compañera, que era auxiliar de enfermería, estudió la diplomatura y luego Medicina. No fui un héroe: estudiar y trabajar era una situación normal que se repetía bastante.

¿Cómo surge su conciencia respecto a la sedación, el derecho a morir dignamente, asistir al enfermo terminal…?

La medicina en el sistema capitalista estaba montada para la recuperación de la fuerza del trabajo, pero con los avances prolongamos la supervivencia. En este país se abrió el debate de las funciones de la medicina, que no es la vida sino la salud. Y, a veces, no se puede recuperar. Otra función es cuidar y acompañar. En mi práctica he intentado hacer esas cosas. Mi vida profesional ha sido siempre en unidades de críticos, porque soy anestesista, donde hay que tomar decisiones como limitar el esfuerzo terapéutico y evitar el sufrimiento. Luego me incorporo a las urgencias, un servicio asistencial que no es crítico.

En este país se lleva haciendo desde hace mucho tiempo campaña de que los ciudadanos se quieren morir en su casa, pero es tremendamente teórico: el 80% de los ciudadanos nos morimos en hospitales de agudos. La incorporación de la tecnología y determinadas prácticas conllevan mucho sufrimiento cuando la muerte es inevitable. Entonces nos planteamos una sedación paliativa terminal, que es evitar el sufrimiento en ese tránsito, que he considerado una buena práctica médica y que se ha hecho siempre.

Desde la dictadura, no ha habido mayor encarnizamiento que el que sufrió el propio Franco.

Claro, imagínate el sufrimiento. Es terrible que, por una cuestión políticamente correcta, lo mantuviesen dos meses con vida mediante medidas de sostén vital. Recuerdo también a un papa al que sacaban al balcón y tenían que sostenerlo porque se caía hacia un lado. Puedes sublimar que hagan eso para dejarlo todo organizado, pero es terrorífico. Lo malo es que eso también se traslada a los ciudadanos porque hemos llegado a una situación en el que la vida es un estado de necesidad. La vida por la vida no es normal. Estamos ampliando los años de vida, pero no insuflando vida a los años. Hacemos de la vida un artículo de consumo. Tanto es así que hemos llegado a hacer una enfermedad del colesterol, cuando es un factor de riesgo.

¿Por qué el tabú de la muerte?

Ha sido un tabú muy fomentado. En Grecia y en Roma, si no producía daños a terceros (o sea, si no tenías deudas), era una decisión autónoma, porque tu vida era tuya. Las religiones y los monoteísmos empezaron con la obsesión y la condena del suicidio, porque durante las persecuciones romanas que sufrieron los cristianos no había tabú de la muerte. Enfrentarse a los leones era una entrega al señor, porque ibas a estar sentado la derecha del padre. Hacer un tabú de la muerte es una medida frente a la autonomía, frente a la disponibilidad de la propia vida. Y ha habido una ideología dominante que no ha permitido que los ciudadanos determinemos el momento de irnos. Además, han planteado la vida como un derecho a proteger y como una verdad absoluta. Está claro que es así, que es el mejor bien graciable que tenemos, pero ese bien graciable en muchos momentos puede ser un mal indeseable. Tenemos todo el derecho del mundo a podernos apear en la estación del tránsito, que es la vida, en la línea 1 de metro, en vez de bajarme en Tribunal bajarme dos paradas antes.

Poder decidir sobre tu vida es un derecho de ejercicio de la libertad que no nos van a permitir nunca, por eso crean un tabú. Como decía Kant, en una sociedad potencialmente suicida se acaban las medidas de coerción y de miedo. Para ellos, sería la ingobernabilidad.

Y luego está todo el debate sobre las formas de disponibilidad de la propia vida. El suicidio es una muerte trágica, violenta, en soledad y la ideología dominante lo ha caracterizado como un acto de cobardía. “Tú tienes problemas, no te sabes enfrentar a ellos y te retiras, porque eres un puto cobarde que no lucha contra los problemas”. Y las otras formas (muerte determinada, muerte dulce muerte voluntaria, muerte a petición…) están en los ordenamientos jurídicos, excepto en algunos países, en claro delito, el colaborador necesario, por lo tanto malas prácticas médicas. Por otra parte, el debate está encochinado. Hablar de eutanasia, que es buena muerte, es eugenesia. Todo aquel viejecito que nos estorba nos lo vamos a liquidar. La presión psicológica que tenemos los ciudadanos para determinar el final de nuestra vida es tremenda.

Pero se avanzará, igual que se ha avanzado en el aborto, el divorcio o el matrimonio gay…

Claro. Ahí tienes la hipocresía y la doble moral de la ideología dominante, sea del partido que sea: “Mi vida no es mía sino de un amigo invisible que nos quiere mucho, por lo que no puedo decidir el momento de la muerte, porque creo en la sacralidad de la vida. Bueno, mientras yo no tenga un mal que me haga la vida indeseable, porque entonces la eutanasia para mí o para quién sea”. Todos a hablar muy bien del dolor ajeno, pero el dolor propio yo me lo soluciono.

¿Cree que la eutanasia será reconocida?

Sin duda. Más pronto que tarde, porque es un debate que está en la ciudadanía. En la última encuesta del 2011 del CIS, el 80% de los ciudadanos estábamos de acuerdo con que los médicos debían suministrar sustancias para finalizar la vida si era reiteradamente requerida en una situación de intenso sufrimiento. El 57% de ellos explicaron que había vivido en su entorno familiar y en su entorno la mala muerte, que causa tanto sufrimiento que hiere la sensibilidad de la familia, los acompañantes y el equipo asistencial. Eso quiere decir que en España se muere fatal.

Sin embargo, parece que durante la pasada legislatura ha habido una regresión, véase el amago de reforma del aborto de Gallardón.

O la ley de autonomía del paciente. En julio de 2015, sin que pasara [por ningún lado], han suprimido toda la representación. Si el ciudadano no deja un registro de sus voluntades y su planificación, la familia no puede decidir sino que deciden los médicos en función de un estado de necesidad que es la conservación de la vida. Eso es terrible. Es darle en el ordenamiento jurídico pleno derecho al encarnizamiento terapéutico. Esto ocurre cuando los ciudadanos deciden un Gobierno con mayoría absoluta, donde funciona el rodillo político para todo. (aborto 35.50)

Dado que esa decisión queda en manos de los médicos, usted se plantea luchar desde fuera del ámbito sanitario, porque entiende que desde dentro es difícil dar el paso adelante.

Los trabajadores sanitarios no tenemos problemas en morir bien, lo tiene la ciudadanía. En este país te mueres bien o te mueres mal en función de si tienes un amigo anestesista. Por eso, el cambio se va a producir gracias a los ciudadanos, porque la mayoría de los jefes y cuadros de las instituciones sanitarias avalan con sus prácticas la ideología dominante, mientras que las comisiones científicas y los comités ético-asistenciales están copados por las congregaciones religiosas, sobre todo por el Opus. De ahí no va a venir el gran cambio.

Usted es una persona optimista y vital.

Claro. A veces escuchas en tertulias que en nuestra asociación defendemos la cultura de la muerte. Eso es una bestialidad. No somos enfermos mentales sino ciudadanos bastante alegres a los que nos gusta la vida. Pero si gestionamos la buena vida, también tenemos el derecho inviolable a gestionar la buena muerte.

¿Las denuncias en el hospital de Leganés llegan por el roce laboral o porque los denunciantes están en contra de la sedación?

En todos los trabajos siempre hay conflictos. Si tienes en cuenta que las primeras denuncias son anónimas, que dos auditorías sostienen que no hubo mala práctica y que hay un dictamen favorable de un comité de ética-asistencial, está claro que fue una campaña en contra montada por la autoridad sanitaria. Había tres razones: ideológica, económica y política. La ideológica: aquel año las películas Mar adentro y Million Dollar Baby reabrieron el debate de la eutanasia; la respuesta fue acusarnos de cometer cuatrocientos homicidios. En cuanto a la económica, cumplieron dos objetivos: torpedear la línea de flotación de la sanidad pública, porque a acusación crea una alarma social bestial); y además se paga una campaña de encargo, que desde el 11 de marzo hasta agosto es titulares en la portada de la prensa conservadora, que es lanzar una cortina de humo incentivar el dinero privado se introduzca en la sanidad pública, se inicia la construcción de los ocho nuevos hospitales de Esperanza Aguirre y se dan las contratas de esos hospitales. Y la tercera, política: la vicepresidenta Fernández de la Vega dijo que en esa legislatura no se iba a abrir el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido. Fue de francotiradores, como si dijese: “En un hospital público, abierto por ustedes y de clara ideología socialista, se han cometido cuatrocientos homicidios. No es que vayamos a abrir el debate de la eutanasia, es que ya la tenemos aquí”.

La gente de derechas es muy lista y cumplió su objetivo clarísimamente. Hace seis o siete años, el 80% de la ciudadanía calificaba de excelente el servicio público de salud. En la actualidad ya es el 49% y, en unos años, será menos del 30%. En ese momento, desaparecerá el servicio público. Y estamos caminando hacia ello, con la derivación del dinero público a la esfera privada, la no dotación presupuestaria y el deterioro de la sanidad pública, que llega a la ciudadanía. Una vez que ésta pierde la confianza, es el mejor momento de desarmarla y que desaparezca.

Usted alerta de que la privatización no sería reversible, aunque supusiese un perjuicio para la ciudadanía y el Estado. También cree que primaría lo económico frente a la asistencia.

No hay dos tipos de gestiones, pública y privada, sino buena gestión y mala gestión. Una mala gestión es la de los bancos, que son privados y hemos tenido que reflotarlos. ¿Por qué gestiona mal la privada? Porque en un servicio social entra en escena el ánimo de lucro: tiene que salir un tanto por ciento para los intereses de los fondos buitres que participan. Si tengo un presupuesto de siete millones de euros y un 12% va a parar a los inversores, me quedan cinco y pico millones, y eso va a repercutir. Hay que fijarse en los Estados Unidos, donde una enfermedad te puede llevar a la bancarrota.

Al final salió usted bien parado del juicio, pero supuso una amarga victoria.

Recurrimos el auto de archivo del juzgado de Leganés, porque sostenía que hubo mala práctica médica, algo que descartó posteriormente la Audiencia Provincial. La batalla la perdimos porque no queda nadie del equipo trabajando en el Hospital de Leganés. Destituyeron a cinco jefes de servicio, a tres supervisores… El daño fue terrible.

En un primer momento, esa política de miedo provocó que disminuyesen las sedaciones, no fuese a ser que alguien enviase una denuncia anónima. Pero la crisis del Severo Ochoa abrió el debate definitivo de la eutanasia y el suicidio asistido. Tanto es así que, once años después, los profesionales pueden consultar en la web de la Organización Médica Colegial un protocolo de sedación paliativa terminal: fármacos, dosis, cómo emplearlos… A la larga, ha supuesto un avance.

Y Lamela, pese a los reveses, quiso morir matando.

Arrasándolo todo, así es la derecha. Si se hubiesen consentido en cinco años más de cuatrocientos homicidios, significaría que los dos mil profesionales del hospital serían colaboradores necesarios. ¿Usted cree que es verosímil que un médico llamado Montes le comió el tarro a todos los trabajadores? Claro, tras la denuncia, el hospital explotó. Luego más de 50.000 vecinos se manifestaron en defensa del Severo Ochoa. Crean una comisión a dedo con personajes bastante nefastos de la medicina. De 400 muertos bajan a 63. Luego, la  Clínica Médico Forense los baja a 17 y el juez nos llama por cuatro. En seis meses, la campaña mediática. Y, durante ese tiempo, arrasan con el hospital, que no ha vuelto a ser lo que era. Finalmente, cuando el caso fue archivado, Lamela dijo que del Severo Ochoa no iba a hablar más. Y no volvieron a hacerlo. Para ellos fue una derrota, pero la derrota fue para nosotros. Nos dieron hasta el carné de identidad.

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Pepe Velo, el maestro republicano que secuestró un transatlántico para hundir el franquismo

Pepe Velo Santa Maria Liberdade

El gallego no protesta, emigra. Pepe Velo, sin embargo, protestó y por eso se vio forzado a la emigración, que en realidad era destierro. Allí, fondeado en el desarraigo, había un exilio de ultramar convencido de que le correspondía a ellos, como expatriados forzosos, liberar a España. Él también lo creía así, por lo que ideó un utópico plan para quitarle el yugo a los súbditos de Franco y Salazar: secuestraría un trasatlántico en el Caribe, tomaría rumbo a África, sublevaría Guinea Ecuatorial y Angola, y propagaría la revolución de las colonias a la península Ibérica. El barco elegido tenía capacidad para 1.500 personas y se llamaba Santa María, aunque los insurrectos pronto lo rebautizaron como Santa Liberdade.

Xosé Velo Mosquera (Celanova, 1916) se quedó con apenas diez años huérfano de padre, Lino Velo, que había sido el alcalde de su pueblo. Allí fundó, junto a Celso Emilio Ferreiro, las Mocedades Galeguistas, de las que llegó a ser secretario general. “En nosotros predominaba ese caudal de entusiasmo que nos llevaba a no renunciar de ninguna manera a la lucha por la recuperación del país”, afirma el economista Xaime Illa Couto en el documental Pepe Velo, verbas como lóstregos, dirigido por Xan Leira. El Partido Galeguista, paraguas de aquellas Mocedades, cobijaba un espectro de políticos nacionalistas que iban desde una derecha wagneriana hasta una izquierda independentista. Tras la sublevación de 1936, fueron pasados por las armas o buscaron refugio en el extranjero, donde crearon organizaciones afines. Quienes resistieron en su tierra, exploraron la vía cultural, que contrastaba con la estrategia de algunos exiliados.

Con el paso de los años, Velo, que había estudiado Filosofía y Letras y dos cursos de Medicina, consideró que sus paisanos en Suramérica se habían anquilosado. Frente a un antifranquismo adormilado, propugnaba la acción directa desde Caracas, adonde había llegado en 1948. Su huida de España parece un ensayo de lo que sería su gran odisea: el ourensano es detenido y encarcelado tres días después del golpe de Estado; lucha obligado en las filas rebeldes de la División Acorazada Brunete; es condenado por desertar a un batallón de castigo en Guinea Ecuatorial; al término de la guerra civil abre una academia de enseñanza en Celanova y luego, otra en Vigo; vuelve a ser detenido por ejercer de enlace con el antifranquismo en el exterior; ingresa de nuevo en prisión y es torturado; se fuga aprovechando la libertad condicional; permanece oculto más de un año en la aldea de Moreira, cerca de su pueblo; y atraviesa la frontera, donde lo arresta la temida policía política portuguesa (PIDE).

Corre entonces el riesgo de ser expulsado, pero su causa se internacionaliza gracias a la ayuda de Humanitarian Service, una organización mormona que presta socorro a los refugiados, sostiene José Ramón Campos Álvarez en la tesis La emigración gallega a Venezuela (Complutense). Rómulo Gallegos, presidente venezolano y simpatizante republicano, se interesa por su caso y, gracias a él, logra hacerse con un pasaporte de emergencia expedido por el Consulado de Venezuela en Lisboa. Válido para un sólo viaje, finalmente embarca rumbo a Caracas.

En el documento figura que “no es venezolano”, que está casado (había contraído matrimonio a los diecinueve años con Jovita Pérez González, con quien tuvo tres hijos: Lino, Manuela y Víctor), que ejerce de profesor, que profesa la religión católica, que mide 1,76 metros, que su cabello y sus ojos son negros, y que su filiación política es “republicana galleguista”. La mejor definición de su ideología, si bien la prensa franquista se encargaría de tachar a los secuestradores de comunistas. “Era un tipo libre e indomable. Aunque no era anarquista, su espíritu era libertario”, asegura a Público el editor Paco Macías, que tiene previsto publicar ¡Morra España!, ¡Viva Hespaña!, su testamento ideológico. Ahí se ve reflejado no sólo que era una persona de izquierdas, siglas al margen, sino también un iberista.

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