A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Julio Rodríguez: “Soy consciente de que soy un general objeto”

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Cuando a la hija pequeña de Julio Rodríguez (Ourense, 1948) le pidieron en el colegio que dibujara su casa, pintó una puerta y escribió encima: “Todo por la patria”. Aquel hogar era el Estado Mayor de la Defensa y su padre, el jefe. Piloto de caza, fue el primer Jemad que no juró sino que prometió el cargo. Hijo de militar franquista, lo apodan el General Rojo, pero él lo deja en progresista. En las elecciones del 20-D fue uno de los fichajes estrella de Podemos. No logró el escaño por Zaragoza, pero sí un castigo de las Fuerzas Armadas, que le quitó sueldo y honores por no ser neutral, aunque él ya había pedido pasar a retiro. Es culto, lector, antimilitarista y quizás sería un buen diputado, pero infelizmente perdió el tren del Congreso al no salir elegido por Almería el 26-J.

Pese a vivir toda su vida fuera, ¿ejerce de gallego?

Toda mi familia es de Ourense, pero mi padre era militar y, como no teníamos casa allí, he vivido siempre fuera: León, San Javier, Zaragoza, Valencia, Badajoz, Valladolid, Utrera, Morón, Sevilla, Múnich, Madrid… Los vínculos hacen que me sienta gallego. Mi abuelo emigró y mi padre nació en La Habana. Otros tíos fueron a Venezuela, a Brasil, a Nueva York… Yo nací en un balneario de las caldas, porque mi madre era de clase media alta. Estudió Magisterio en aquellos tiempos, aunque no ejerció porque no estaba bien visto. Mi padre se fue a Santiago a hacer Farmacia, donde lo pilló la guerra con dieciocho años. Se hizo alférez provisional y, luego, militar.

¿Pesó la profesión de su padre o entró en el Ejército para poder volar?

Algo pesa, porque vivíamos en un entorno muy cerrado, pero lo que me siempre me atrajo fue volar.

Una familia del bando nacional.

Claro, pero en mi casa nunca se habló de la guerra. El miedo impuso el silencio, porque una guerra civil es lo peor.

Corramos un tupido velo de cuarenta años, casi medio siglo si contamos hasta el 23-F.

Esa noche la gente revivió ese miedo y temió otra guerra civil. Durante unas horas de indecisión, nadie salió a la calle, algunos huyeron y se quemaron muchos papeles. Amigos de la Universidad vinieron a mi casa a refugiarse. Una casa de militar.

¿El futuro arrojará luz sobre una posible implicación del rey en el golpe?

Hubo varios golpes que se mezclaron. El blando de Armada, la dimisión de Suárez y el de un visionario como Tejero. No creo que haya documentos pendientes de desclasificar. Sabino Fernández Campo tenía mucho que decir, pero se calló.

Usted estaba en Manises.

Allí no había ninguna comunicación y la radio retransmitía marchas militares. Por onda corta, llegamos a escuchar que en Madrid no había golpe. Si hubieran cortado TVE, que anunciaba el discurso del rey, cundiría el pánico y tal vez se hubieran sumado algunos capitanes generales que dudaban [el comandante de su base aérea se negó y hasta llegó a amenazar con desplegar cazas para atacar la columna blindada que intentaba convencerlo].

¿Faltó poco?

Fue un golpe chabacano, y eso en política ocurre muchas veces: el factor tiempo y el factor suerte juegan un papel fundamental en procesos que parecen muy pensados y estudiados.

Y al revés: algunos actos parecen espontáneos, cuando detrás hay una estrategia meditada. Pensemos en el bebé de Carolina Bescansa durante la sesión de constitución del Congreso o en el beso de Pablo Iglesias durante el debate de investidura.

¿Crees que forma parte de una estrategia?

Podemos domina el tempo. Así lograron eclipsar la elección, por primera vez en la historia de España, de un presidente del Congreso que no pertenecía al partido más votado: Patxi López.

La interpretación es lógica, pero yo he viajado en campaña con Bescansa e iba siempre con su niña y su bebé. Lo hizo como un acto normal y a mí no me sorprendió. Han roto esquemas, empezando por el vestuario, pero la vieja política les ha tratado con mala educación, como si fuese una afrenta.

Hasta ahora, en las Cortes sólo podían vestir a su aire los fotógrafos.

Fíjate que, cuando Miguel Sebastián se quitó la corbata, José Bono llegó a apelar a las formas. Ahora, los diputados de Podemos han llevado nuevos aires al Congreso.

¿Llega usted al partido a través de su mujer?

No, eso lo publicó El Mundo. Siempre he sido votante de izquierdas y he tenido conciencia política y curiosidad intelectual. Me interesó desde su fundación y les voté en las elecciones europeas. Ella, por su parte, participó en el círculo de Majadahonda.

También le criticaron que, en su toma de posesión, prometiese pero no jurase el cargo.

Fue la primera vez que lo hizo un Jemad, pero yo ya lo había hecho como director general de Armamento y Material, pero eso no fue noticia. Te ponen una mesa con la Constitución, la biblia y el crucifijo… ¡Ya ves en qué país estamos!

Si el PSOE le hubiese ofrecido un puesto de salida y el Ministerio de Defensa, ¿hubiese aceptado?

Para nada. Ni pensaba participar en política. Podemos me ofreció en octubre el número dos por Zaragoza y respondí que no lo veía, porque me parecía que era tarde. Además, perdía dinero, incluso siendo diputado. En casa decidimos que no, pero le di vueltas y una semana después acepté. No sabía ni la provincia por la que iba a ir.

Si no existiera Podemos, usted no estaría en política…

Ni con Podemos tampoco. Alguien de la dirección pensó que mi participación aportaría valor añadido. Sin embargo, yo creía que mi tiempo había pasado. Quizás podría integrarme, una vez retirado, en un círculo. Me considero un privilegiado porque una generación más joven me haya invitado a participar. Si no me llegan a llamar de nuevo, hubiera seguido pegando carteles.

Ahora, como piloto, salta en paracaídas en Almería.

Allí no tengo nada. En Zaragoza, al menos, había estudiado. Como dice Max Aub, “uno es de donde hace el bachillerato”. Estoy implicado y habría ido el último, cerrando la lista. Me veo ilusionado, rejuvenecido y un poco egoísta, porque estoy haciendo algo por mis hijos. No defiendo mi opción como la mejor, pero me he reforzado desde que se metieron conmigo. Somos una sociedad democrática joven a la que le falta tolerancia. Hay gente que piensa que por nacer en el 2000 ya es demócrata. Y no, hay que educarse.

Entiendo que su padre era conservador.

Muy conservador. Mi padre no se adaptó a la democracia ni a nada. No era visceral, pero estaba completamente perdido para la causa.

¿Cómo nace usted demócrata?

Siempre se habla del proceso de acción-reacción.

Aunque en su caso, siendo militar, ese rebote es más extraño.

En mi casa no había muchas lecturas, pero un libro me va llevando a otro.

Y, cuando pilota un Mirage 3 y tiene que practicar con el simulador en Francia, entra en contacto con los libros de Ruedo Ibérico.

En París me iba a la Librairie Espagnole, en la Rue de Seine, y me compraba libros que no estaban autorizados en España, como El laberinto español, de Gerald Brenan; Historia de la guerra civil española, de Hugh Thomas; Historia de España, de Pierre Vilar… Mi biblioteca, comprada y leída por mí, tiene cinco mil libros, desde temática militar hasta socialista, pasando por literatura suramericana y española.

No llega a militar en la Unión Militar Democrática (UMD), pero simpatiza con ella.

En seguida los pillaron. No pertenecí a la UMD, porque no los conocía ni me llegaron a captar. No sabía que existían hasta que los detuvieron.

¿Cómo se desenvuelve un militar de izquierdas en un estamento reaccionario?

El Ejército del Aire siempre ha estado muy profesionalizado, mientras que el de Tierra no salía de los cuarteles y tenía poco material. En democracia, no hay ninguna contradicción entre ser un profesional y tener tus ideas políticas de izquierdas. Yo diferencio entre un Ejército golpista y otro democrático. Otra cosa es que las mentalidades no hayan cambiado, como se vio en el 23-F, con aquellos militares que se decían portadores de valores eternos.

¿Pero ha evolucionado el Ejército?

En los últimos veinte años, en nuestra sociedad se ha producido un ligero retroceso. En la Iglesia, en la época de Tarancón nadie imaginaba a un Rouco; en la época de Iniesta, nadie imaginaba a un Cañizares… Pues en las Fuerzas Armadas, desde Gutiérrez Mellado, pese a que entonces había mucho golpista, ha habido una regresión debido a la falta de cultura política. Hay personas con mucho título universitario y mucho máster que son verdaderas bestias; me da igual que se llamen Félix de Azúa o lo que sea. Ahora se trata de deslegitimar y demonizar al contrario en vez de debatir sobre las opciones. Algunos no nos quieren ni para ir a la esquina y, a nivel europeo, pretenden evitar a toda costa que lleguemos al Gobierno, porque España no es Grecia.

Un ataque inédito en democracia.

A finales de los setenta y en los ochenta, cuando era capitán, yo debatía con otros mandos sobre a quién íbamos a votar. No creo que ahora un militar se atreva a decir que vota a Podemos, porque el empleo se ha precarizado. En definitiva, hay miedo. Y la caverna ha vuelto a salir a la luz.

La caverna militar, quiere decir.

Sí, pero también hay caverna en las redes sociales. Me insulta gente cuando reivindico la palabra patriotismo, porque nos la han robado. En la izquierda hay pudor a utilizarla, pues te pueden asociar con la bandera. Para patriotas, los de Podemos, porque estamos con toda la gente.

Una bandera estigmatizada.

La derecha nos ha robado las palabras. Aquí, los que presumen de patriotas se llevan el dinero fuera de España.

¿Se puede ser militar y antimilitarista?

Perfectamente. Militarismo es la preponderancia del poder militar sobre el civil. Ser antimilitarista es ser constitucional, porque yo antepongo el poder civil al poder militar, aunque no estoy en contra de la existencia de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, hay mucho militarista en la sociedad civil. Militarista puede ser Reagan, Bush u Hollande cuando utilizan el instrumento militar en política para hacer cosas que podrían hacer de otra manera.

¿Le resulta más complicado militar en Podemos que en el Ejército?

No. Cuando estaba en el Ejército, tenía que ser apartidista por ley, pero no apolítico. Cuando alguien me dice que es apolítico, me preocupa. Ahora que no soy un ciudadano de uniforme, elijo una opción con ilusión y presto un servicio público porque quiero dignificar la política. Podemos ha sabido leer la realidad, a diferencia de otros partidos. El PSOE estaba fuera y, cuando ha vuelto, se ha encontrado con que la gente ya se le había ido.

Tras dar un paso al frente, debe defender un programa con el que no comulga en su totalidad.

Sí, pero no hay tantas contradicciones. La gente debe leer los programas, donde te encuentras con propuestas distintas a los estereotipos. Como Podemos es un partido que quiere gobernar al día siguiente, hay medidas de sentido común.

La renta básica garantizada en un país mediterráneo y latino…

No sería algo general. Estamos entrando en una situación tan precaria que ya hay muchos economistas que piensan que con la robotización de la sociedad no va a haber empleo para todo el mundo.

Critican las relaciones de dirigentes de Podemos con Venezuela o Irán, pero luego el Gobierno vende armas y material militar a dictaduras o al propio Nicolás Maduro.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria de guerra no se transformó en una industria de paz. El propio Obama ha dicho que uno de los principales opositores a que Estados Unidos no interviniese en Siria fue su lobby, o sea, su propio staff de Washington, que presiona a favor de la intervención militar. No basta con vender armas a un país que no está en guerra, porque se las puede vender a otros, hasta que van a parar al Estado Islámico, por ejemplo. Por eso, abogamos por la trazabilidad del armamento. La máxima Si vis pacem, para bellum es errónea. Si quieres la paz, no tienes que preparar la guerra, sino la paz. Para ello, hay que educar a la gente en las escuelas y en las academias militares. El militar es como un bombero que no quiere que haya fuego. A mí me gusta prevenir, no quiero que haya guerra. Los Ministerios de Defensa fueron Ministerios de la Guerra, por lo que ojalá que un día haya Ministerios de la Paz. Mientras, los policías, que eran ciudadanos con una porra en vez de con una pistola, ahora van acorazados y con gafas de visión nocturna. La estrategia del miedo ha mezclado la seguridad interna con la exterior, el terrorismo islámico con la inmigración…

¿No se ha hecho conservador con el paso del tiempo?

No. El día que deje de cabrearme, estaré envejeciendo. Cuanto más sé, más compleja veo la situación y más dudas tengo. Yo, que leía Triunfo y otras revistas de la Transición, me sorprendo con la evolución de Gabriel Albiac, Pío Moa o César Alonso de los Ríos. Yo no me he hecho más conservador. De hecho, si esto no sale, yo no voy para atrás. Me echo al monte [risas]. No digo que me haga maqui, pero casi… Thomas Piketty hace un estudio de la evolución del capitalismo y señala que la desigualdad crece cada vez más. La dificultad es encontrar una alternativa, porque la inicial, que era el comunismo, ha fracasado.

La prensa de papel está inoculando al lector que, si gobierna Podemos, el país se va al carajo.

Es terrible. Nos presentan como el desastre, pero el capital no es tonto. Recuerda que, durante la Transición, para hacer frente al PCE, Estados Unidos y la Internacional Socialista (presidida por Willy Brandt) financiaron primero al PSP de Tierno Galván, equivocándose, y luego directamente al PSOE. Fue cuando Felipe González dijo aquello de “No he recibido ni un duro, ni una peseta, ni de Flick ni de Flock” [en los años setenta, el empresario Friedrich Karl Flick sobornó a políticos alemanes de todos los colores a cambio de beneficios fiscales; la trama de corrupción salpicó al PSOE, puesto que la Fundación Friedrich Ebert, creada por el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), financió a la emergente formación política de González con 2,7 millones de marcos, unos 150 millones de pesetas]. Si no es tonto, el capital, que se sacó a Ciudadanos de la manga cuando vio que el PP flojeaba, también tendrá que negociar con la izquierda.

¿Se siente cómodo con el pacto con Izquierda Unida?

Sí.

[Esta entrevista fue realizada antes de la campaña electoral, de ahí las preguntas en tiempo futuro sobre los resultados del 26-J] ¿Cree que restará votos a Podemos?

Me preocupan los mensajes de campaña, porque toman a la sociedad por tonta: Venezuela, el frentepopulismo, buenos y malos, el ceño fruncido… Pedro Sánchez se agarra a una imagen: “¿Te imaginas un presidente como Pablo Iglesias o a alguien como yo?”. En una sociedad que va al ritmo de 140 caracteres, parece que va calando. Soy consciente de que soy un general objeto, es decir, de que me han utilizado para borrar esa imagen de perroflautas. De ahí la idea de contar con gente como la magistrada Vicky Rosell o el juez en excedencia Juan Pedro Yllanes. También se tocó a más personas, pero quizás dijeron que no por el sueldo [los diputados de Podemos cobran un máximo de tres salarios mínimos, o sea, catorce pagas de 1.945 euros].

¿Está usted haciendo un sacrificio económico?

No exagerado, porque no ganaba 6.000 euros, pero sí que lo he hecho.

Ha sido apodado el General Rojo. ¿Orgulloso de compartir apellido con el general republicano Vicente Rojo?

Pues sí, porque fue un hombre valiente. Pero si el afán es peyorativo, para deslegitimar mi persona, mi opción es progresista. No quiero volver a la dicotomía rojo y azul. Me siento más cercano a personas valientes como Gutiérrez Mellado, que sufrió un acoso mediático muy fuerte, y a los militares de la UMD. No me puedo equiparar a gente que estuvo en una guerra, luego fue marginada y sufrió mucho.

¿Qué futuro le quiere dejar a sus cuatro nietos?

Soy egoísta, porque lo hago por ellos. Hay que cambiar este país. En mi época, pensábamos en tener un empleo seguro. Nadie concebía que si alguien estudiaba fuese a ir al paro. Ahora, mi hijo arquitecto y su pareja farmacéutica están en paro o tienen empleos precarios. Hay una generación que está viviendo en la incertidumbre.

Cuando ya podía estar tranquilo regando plantas, se mete en esto.

Hay gente que me para por la calle y me llama valiente.

¿Un sueño futuro?

Estos últimos cuatro años he cuidado a mi familia, he profundizado en mis lecturas, he asistido a tertulias y me he dedicado a cultivarme. No me considero nadie, pero mi sueño sería que este grano de arena hubiera hecho despertar a mucha gente. La sociedad debe movilizarse: si nos recortan los derechos es porque la sociedad cede. Comentas que ahora podría estar tranquilo… Desde que entré en política, me atacan a mí y también van a por mi mujer, porque buscan que me rinda. No tengo vocación de héroe, pero no lo conseguirán, porque pretenden precisamente eso. Intentan minar, uno a uno, nuestras voluntades. A quien va a la huelga le quitan dinero, a quien se moviliza lo acusan de participar en una manifestación ilegal…

¿Algo que le quede por hacer?

Viajar con los míos, pero sería una vida placentera, de jubilado. He tenido siempre pocos recursos económicos y, pese a ello, he sido feliz, porque no he extrañado ni anhelado el dinero. Ahora me satisfaría que el país fuese a mejor. Luego, una vez retirado, me bastaría con leer un libro frente al mar o en el monte, lejos del follón de Madrid.

Cuando se levante de la mesa y vuelva a su casa, ¿me habré despedido del próximo ministro de Defensa?

No, porque probablemente causaría más problemas que otro… Si dependiese de mí, no me nombraría. Para el cargo, hay que tener sentido común. El ministro de Defensa no tiene que ser el mejor militar, al igual que el de Sanidad no tiene que ser el mejor médico ni el de Educación, el mejor profesor. Elegiría a una persona que no produjera heridas en las Fuerzas Armadas, porque hay militares que consideran que irme a Podemos fue una traición. Yo ya tengo 68 años y hace falta un Gobierno joven, al que yo estaré ahí apoyando.

Si le ofrecieran el cargo, ¿diría que no?

Diría lo que estoy diciendo, y lo argumentaría. Como argumenté que no me veía participando en política, aunque luego me convencieron. Si alguien piensa que yo proporciono valor añadido, sí, pero pondría las pegas que acabo de comentar.

La primera pregunta que le formulé fue si ejercía de gallego y he visto, ahora que se acerca el final de la entrevista, que sí lo hace.

Probablemente, alguien me considerará así. Un piloto de caza y combate está solo en un avión y debe tomar las decisiones rápido y bien, porque si no te quedas sin combustible o te la pegas. Eso me ha ayudado mucho en mis puestos de gestión. He preferido tomar una decisión equivocada y corregirla que no tomarla. Si empiezas a dudar, malo. Y, en ese sentido, me he acostumbrado a no ejercer de gallego porque tengo una visión pragmática. Por ejemplo, si alguien me manda a los cuarteles de Almería, Zaragoza o Marín para ganar más votos entre los militares, no saco ni uno. Se habría equivocado. Lo importante para un ministro es rodearse de un buen equipo, no saberlo todo sobre Defensa. Y no creo que yo fuera el mejor ministro en el primer Gobierno de Podemos.

¿Cree que no hay militares que votarán a Podemos?

Claro que sí, lo que pasa es que no lo dicen. El Ejército es una institución conservadora compuesta por oficiales, suboficiales y una tropa de 40.000 soldados profesionales. Entre ellos, también hay gente ilusionada con Podemos, porque las Fuerzas Armadas salen de la sociedad. Pero si les pido que levanten la mano, no lo hacen, porque no les merece la pena. Mañana pueden cambiar de destino o quieren otra plaza y no se la dan. Sucede lo mismo en las empresas, donde hay contratos precarios y los trabajadores se arriesgan a que no se los renueven.

Sea como fuere, usted puede arrastrar votos.

Sí. Cuando el 23-F, muchos militares se acercaban a mí y me decían: “Dime qué libros puedo leer”. Se sentían engañados. Ahora, me dicen que les hice despertar muchas inquietudes cuando he hablado sobre antimilitarismo y otros temas. Les obligué a pensar y a ver que hay otras opciones. Pero cuando voy a debates y llega la ronda de preguntas, me doy cuenta de que queda mucho por hacer, porque la gente todavía tiene demasiados prejuicios. “¿Crees que hay muchos militares como tú?”, me preguntan, pues no se lo creen. “Tú pareces un tío majo, pero el resto brrrr…”.

Foto: Toni Juliá.

(Publicado en la revista Luzes en julio de 2016. Puedes comprarla o suscribirte aquí)

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Zënzar, el rock del arado

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Más allá del asfalto, donde brotaron bandas como Leño o Burning, también han anidado grupos de rock que han hecho del canto contra la injusticia su bandera. Claro que la periferia en las grandes ciudades equivalía al barrio, mientras que en los pueblos perdidos de la mano de dios significaba aislamiento. En paralelo al rock urbano, cuya tradición se abrió paso en los años ochenta y noventa gracias al machete de Rosendo, Barricada, Extremoduro o Reincidentes, en los finisterres peninsulares surgieron combos de compleja clasificación, acaso rock de protesta. Porque, aunque los parámetros eran similares, no podía hablarse de rock urbano, precisamente porque una de sus principales características extramusicales era haberse desarrollado en el campo, aunque el término rock rural sería reduccionista. Por ejemplo, las letras de estos combos también aludían a temas marginales, pero lo que en la urbe eran drogas y billares, en la periferia de la periferia, además del vicio, marginal quería decir, literalmente, al margen. Apartados de todo: de los centros neurálgicos de la industria, la administración o la cultura, sin referentes a mano, obviamente sin el oráculo de Google ni los hechiceros del streaming.

Zënzar nacieron hace un cuarto de siglo en Cerceda, un cruce de caminos entre Santiago y A Coruña, donde cada aldea tiene su propia idiosincrasia. Una de ellas, As Encrobas, sufrió a finales de los setenta el navajazo de la mina. También instalaron una central térmica, que convirtió el lugar, hasta entonces una población agrícola y ganadera, en el Springfield de Los Simpson, pero a la gallega. Basta decir que, hoy en día, el municipio también alberga una planta de tratamiento de residuos y un vertedero ciclópeo que recibe basura de toda la región. Pero este feroz desarrollismo desplazó a los vecinos de aquel paraje después de que sus terrenos fueran expropiados. Las plantaciones y cultivos, la ropa tendida al viento y la salud de los habitantes han sufrido el polvo que expulsa la gran chimenea después de quemar carbón para producir electricidad.

Muchos parroquianos se emplearon en las nuevas empresas: sus bocas, selladas. Otros, desde entonces, no se han cansado de denunciar los atropellos medioambientales. Es el caso de Xosé Bocixa, un crío cuando sus padres tuvieron que dejar atrás su hogar, hoy un mocetón enjuto de 46 años, rasgos angulosos y voz rasposa. Fue el fundador de Mordor, que debía su nombre a la tierra del mal de El señor de los anillos, pero que pronto fue desechado porque ya había otro grupo que se llamaba así. Rebautizados como Zënzar, desde que en 1988 se subieron al escenario del Pub Non Sei, no han dejado de abrazar a los débiles y criticar los desmanes de los poderosos. Quizás, volviendo al género, deberíamos hablar de rock de combate. Cantado en gallego, algo natural, pues es su lengua madre, aunque terminaría teniendo una connotación política: nacionalista y de izquierda. Nunca se pasaron al español para abarcar más público. Tampoco hicieron concesiones a los cantos de sirena de mánagers y promotores.

“Te ofrecían ir a festivales a cambio de rebajar el caché, aunque nos negamos a tocar por cuatro duros. Aun así compartimos palco con Platero, La Polla y Extremoduro”, recuerda Xosé Bocixa, líder y cantante. “Hemos sobrevivido porque no había presiones y la música nunca se convirtió en nuestro trabajo. Pudimos aprovechar oportunidades, como la de dar un bolo en Las Ventas, pero no nos interesó”.

Siguen siendo unas estrellas de cinco puntas de la escena gallega. Poco pródigos, años atrás compartían credo con otras bandas hermanas como Korosi Dansas, Túzaros, Skornabois o Xenreira, que pasaron a peor vida. Zënzar, con seis discos de estudio y un directo en su haber, son los únicos supervivientes. Se ha ido Silveira, pero ahí siguen Mario Grela, Paco Cerdeira, Tabeaio y el propio Bocixa.

“Siempre hicimos música sin normas dictadas por nadie, con total libertad, escapando del mundo comercial. Somos autónomos y, salvo al principio, editamos nuestros discos. Hemos denunciado el proceso destructivo del entorno y a los poderes que sometieron a nuestros padres, aunque cada vez somos menos panfletarios”, concluye el líder de esta formación, objeto de un reciente disco en el que ha participado una veintena de bandas que le siguen rindiendo culto: Vai polos padriños. Un homenaje, o sea, a los padrinos que abrieron camino cuando aquella tierra era musicalmente baldía.

Foto: Juan Luis Rúa

(Publicado en la revista Números Rojos en octubre de 2013)

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Poli Díaz: “La persona que mejor se portó conmigo fui yo”

 

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Un chaval de barrio obrero que iba para delincuente se redime a través del boxeo y consigue acaparar la atención de la España felipista durante su asalto al título de campeón del mundo. Poli Díaz (Madrid, 1967) tenía 23 años y una cuesta abajo por delante: tras su derrota en Norfolk contra Pernell Whitaker, el púgil español más mediático de todos los tiempos pasó de acumular cinturones (siete nacionales y ocho europeos) a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en un poblado chabolista a cambio de una dosis.

Pero El Potro de Vallecas rehúye las preguntas que remiten a su viaje por el lado salvaje de su biografía, que para eso ya ha publicado un libro en el que lo cuenta todo: una infancia de necesidades, el amateurismo de bocata, la indomable cresta de la ola, la calma de la coca y la furia del caballo, el actor porno desbocado y las broncas que hicieron que diese con sus huesos en la cárcel.

Como antes de subirse al ring, cuando no bebía ni siquiera fumaba, ahora lucha por espantar esos fantasmas y ganarse el pan impartiendo cursos de boxeo. Por eso, ha ajustado cuentas con el pasado en A golpes con la vida (Espasa). Sólo quiere vivir tranquilo con su chica en su barrio de siempre, donde en aquellos maravillosos años saludaba diciendo: “Buenos días, soy Poli Díaz y pego hostias como tranvías”.

¿Dan más golpes los tópicos o la vida?

La vida, claro.

¿Y duele más subir al ring o que cuenten mentiras sobre uno?

Las mentiras joden mucho.

Fue un héroe de barrio en una Vallecas donde campaba la heroína. La cosa, en el sur de Madrid, estaría fina cuando era joven…

A tope.

¿Perdió a algún amigo?

Hay gente que se pierde. Pero no quiero hablar siempre de lo mismo. Contra más sepan de eso, más droga van a pasar. Y no me apetece dar publicidad para que vendan tanta.

En sus primeros combates, la guita escaseaba.

No era una cuestión de dinero. Quería boxear para poder viajar.

En cambio, con Whitaker se llevó una buena bolsa.

La gente está muy confundida. Durante los combates europeos también gané dinero. De hecho, pude comprarme mi primer piso.

Al principio se pasaba el día entrenando y trabajando como albañil. Alguna chica por ahí también habría, ¿no?

Si no tenía edad para estar con chavalas… A los diecisiete años, no piensas en eso, sólo en trabajar y jugar.

Cuando se proclamó por vez primera campeón de España en 1986, le dieron un cinturón con pollo

Tenía el escudo del águila de Franco. ¿Tú ves eso normal en una Federación? ¿No le daba vergüenza entregar una chapa barata con aguilucho?

Mucho no le duró porque se la dio a su preparador, Ricardo Sánchez Atocha.

Sí, pero paso de hablar de ese señor. Para mí no es nadie. Una cosa podrida.

Vamos, que la persona del mundillo que mejor le trató fue el empresario Enrique Sarasola.

El que mejor se portó conmigo fui yo, que era el que tenía que estar arriba y pegarme. Quien tenía que cuidarme era yo. Quien tenía que trabajar y correr era yo. Nadie lo hizo por mí.

Pero le montó una promotora y, además, usted siempre ha hablado bien de él.

Era un tío de puta madre. En cambio, cuando disputé mi primera pelea por el título de campeón de Europa contra Di Lorenzi, no puso el dinero para que se celebrase en España. En su momento me ayudó mucho, sobre todo como amiguete y relaciones públicas, presentándome a gente famosa y tal. Pero, a la hora de pelear, el que se pegaba era yo… y con rivales difíciles.

Usted, políticamente…

¿Cómo políticamente?

¿Le es igual el PP, el PSOE o…?

A mí me suda el nabo todo. Me es igual. Yo tengo que trabajar para mí, ni el PSOE ni nadie me han ayudado.

“Tenemos un rey que no nos merecemos”.

Me cae muy bien. Es muy majo y muy buena gente. Le he vacilado muchas veces. “¿Qué, rey, nos damos unos puñetazos?”.

¿Le parece bien que la corona se herede?

Si existe la monarquía, por algo será. Yo lo que digo es que si pagan a gente como la Duquesa de Alba por sus títulos, ¿por qué no me pagan a mí, que también los tengo? Mejor los habré ganado yo, ¿o no?

Fue un boxeador oportunista: dejaba flancos descubiertos para buscar un descuido del rival y luego atizarle.

Le ponía el cepo [cebo] para que picara.

En realidad, aprendió a boxear solo.

Sí, uno aprende mutuamente solo.

Le molestaba que El País no informase de boxeo mientras que Canal+, que pertenecía al mismo grupo, emitía las grandes peleas de Tyson pero no las suyas.

Si saben que hay dinero, lo ponen. Es como los videojuegos de combates para los críos, donde no hacen más que pegarse. ¿Cómo se llama eso? Esepé [PSP]… su puta madre. Tenían que estar prohibidos. Es como los coches sin carné: ¿tú ves normal que alguien sin carné se ponga a conducir? ¿Y si mata a alguien?

De hecho, cuando Whitaker, en Estados Unidos estaba prohibido anunciar alcohol y, por ello, en el precio de la entrada estaba incluida la multa…

Sí, pero de eso no quiero ni hablar.

¿Por qué le decepcionó el estadounidense?

No fue así. Él me ganó, fue mejor que yo. Pero los que no saben de boxeo no tienen ni puta idea o no se enteran.

¿Fue una encerrona?

El árbitro y otros le ayudaron un poquito… Tendrían que haberlo expulsado después empujar al árbitro.

¿Cómo se pelea con una costilla rota?

Tiré p’alante porque estaba caliente. Pero sí, al respirar dolía…

Luego, al volver de EEUU tras el combate, cada vez que iba al banco, sacaba mazos de medio millón de pesetas.

Cuando no dormía, sacaba dinero. Cuando dormía, pues no lo sacaba. Lo gasté y ya está. No quiero volver a esos malos recuerdos, para eso he publicado el libro. Deberías leértelo.

Claro, pero estas preguntas están hechas a partir del libro.

Y las contestaciones, también.

Después de dos años, se quedó “sin rubia, sin dinero y sin amigos”.

Me duró más de dos años.

Paradojas de la vida, se enganchó a la heroína cuando no le quedaba dinero.

Sí, pero bueno… Eso está pasado. Por contestar a estas preguntas, en otro lado me pagarían dinero, ¿sabes?

Entonces no le pregunto por las películas…

Puedes hacerlo.

Dice que lo de actor porno se le dio “bastante bien”. El título de la primera, El Potro se desboca, era bueno, no sé la película.

Estoy avergonzado de haber hecho eso. Era joven y punto.

Ha dicho que, si no fuese por el boxeo, habría sido un delincuente.

Podría haberlo sido.

¿Qué especialidad?

¿De delincuente? Ninguna. Eran cosas en las que sólo piensa un crío.

Cuando cayó en la heroína, llegó a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en La Rosilla.

Sí… Contando esas cosas podría hacer caja en otro lado y no voy a decirlas aquí, por la cara.

¿El suicidio de Urtain no fue un toque de atención? ¿Qué pensó cuando se mató?

No sé, hay gente que no es Urtain y se ha suicidado. No hace falta ser boxeador, hay hombres de negocios que se ven en la ruina y luego…

Sarasola fue como un padre. ¿Quién ejerció de madre?

No, no hubo ninguna mujer en mi vida.

Pero Eva, su pareja…

Sí, me apoya, pero no quiero darle tanta cancha.

¿Cómo se entendía con Mickey Rourke en sus noches vallecanas?

Él chapurreaba italiano. Íbamos de un lado para otro y ya está.

¿Qué mejor recuerdo guarda de su vida?

Haber nacido.

¿Pero su infancia tampoco fue…?

Fue la infancia de cualquier chico de barrio.

Foto: Paola Manfredi. (Publicado en la revista DT en junio de 2013)

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Sánchez-Cuenca: “Los intelectuales de izquierda se volvieron conservadores o se los tragó la tierra”

ignacio sanchez cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) ha puesto patas arriba el columnismo español con su último libro, La desfachatez intelectual (Catarata), en el que arremete contra los escritores, intelectuales y economistas que desbarran cuando disertan sobre la situación política del Estado. El profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid pone en la picota las cabezas de Pérez Reverte, Marías, Juaristi, Savater o Muñoz Molina por valerse de su prestigio como escritores para dar lecciones de españolidad y buen gobierno, sin aportar datos ni argumentos rigurosos. Personalidades que, a juicio del autor, transitaron de la extrema izquierda al liberalismo sin despeinarse, por lo que no duda en acusarlos de ser un ejemplo de la “frivolidad intelectual” que contamina los periódicos tradicionales.

Usted es profesor universitario. ¿Para cuando la carrera de Todología?

No creo que sea malo hablar de muchos asuntos, siempre y cuando uno se los prepare. El debate público no tiene que consistir en especialistas hablando sobre su tema, porque eso puede ser muy empobrecedor. Si hay un todólogo bueno, que intervenga y nos ilumine a todos.

¿Cuál es la fecha de caducidad de las grandes firmas que nos acompañan desde la transición?

En principio, no tendría por qué haberla. El problema es que han ido bajando el nivel, por lo que es necesario que se produzca una renovación profunda, porque impiden que entren otras personas en el debate que tienen más que decir.

La generación tapón.

No sé si se debe a ellos mismos, que han abortado la entrada de nuevas voces (salvo que coincidieran con las suyas) o a los medios de comunicación, que se han querido rodear de figuras de gran prestigio y ahora no se atreven a reemplazarlas.

Usted achaca la derechización de los columnistas a la “frivolidad intelectual”. ¿No cree que también puede responder a una cuestión de edad o a intereses económico-empresariales?

Eso es indudable. Lo que es bastante asombroso es que sean capaces de dar un giro total desde sus posiciones iniciales maoístas, trotskistas, anarquistas, proguerrilla y proETA no hasta posiciones socialdemócratas, sino hasta la derecha de las tesis del Partido Popular. Es un tránsito tan exagerado que me lleva a pensar que hay algo de frivolidad intelectual. Quien no es capaz de tener unos principios mínimos asentados, va cambiando en función de las modas intelectuales del momento. Y, en este caso, va cambiando siempre a su favor, sin colocarse en una posición arriesgada.

Y, paralelamente a ese cambio, los medios para los que escriben también se han ido haciendo cada vez más conservadores.

Eso ha provocado que la situación actual sea un poco extraña, porque en la prensa de papel no hay nada a la izquierda del liberalismo, por lo que el debate público está muy sesgado hacia la derecha.

Las cabeceras en las que escriben serían intercambiables, ¿no?

Sí, porque ha habido una convergencia entre los periódicos. La distancia ideológica entre El País, El Mundo y el ABC se ha estrechado muchísimo en los últimos años.

Aunque los medios digitales han socavado esas tribunas clásicas.

Sí. Claramente, se ha producido una merma de su credibilidad y la influencia que tienen en la sociedad es mucho menor. En cambio, siguen teniendo mucha influencia sobre las élites, que todavía consideran que todo lo que no salga publicado en papel es un ruido de fondo al que no hay que prestar demasiada atención. Y, en la medida en que influyen en las élites económicas y políticas, los periódicos tradicionales siguen siendo importantes.

En esa prensa, el debate está protagonizado por hombres, que encarnan el “machismo discursivo” al que usted apela en su libro. ¿Dónde están las mujeres?

El debate también está muy sesgado en cuestiones de género, otro ámbito más de la sociedad donde impera el machismo.

¿Y los intelectuales de izquierda?

Pues no lo sé. Todos han ido virando de forma coordinada hacia posiciones conservadoras. Los que se quedaron en la izquierda fueron desapareciendo o se los tragó la tierra: Manuel Sacristán murió; Gabriel Albiac se pasó a la COPE, al sionismo y a defender tesis reaccionarias; Gustavo Bueno era un marxista-leninista y hoy defiende tesis neofalangistas…

Y algunos intelectuales y artistas catalanes, hartos del pujolismo, terminaron abrazando a la neoliberal Esperanza Aguirre.

Lo que les mueve a transitar hasta ahí es la cuestión del nacionalismo, primero con ETA y los partidos que no abogan por la violencia, y luego con el conflicto catalán. Parten del supuesto de que la izquierda ha tenido siempre una complicidad de fondo con los movimientos nacionalistas, que a su juicio han restringido la libertad en España y tienen una visión totalitaria del Estado. La izquierda sería culpable, por lo que la única manera de lavar sus pecados es abjurando de la ideología que tuvieron en su juventud y pasándose, ya sin complejos, a posiciones liberales y reaccionarias.

A muchos intelectuales, la crisis les pilló con el pie cambiado. ¡Con Ibarretxe y Mas vivíamos mejor!

Bueno, el proceso soberanista todavía les da juego… Es imposible encontrar una sola idea suya original y provechosa acerca de la crisis. No tienen nada que decir. Y, cuando surge el 15-M, sólo les produce cierta condescendencia: “Estos chicos son unos ingenuos”, “no entienden nada”, “tienen unas ideas buenistas de la política”, “piensan que todo se puede transformar como mera consecuencia de la voluntad de la multitud”… Todo esto les provoca una mala conciencia increíble, porque en cierto modo les retrotrae a lo que ellos fueron cuando empezaron sus carreras. Por eso reaccionan de forma tan virulenta contra Podemos, mostrando su lado más visceral y venenoso para tratar de deslegitimar al nuevo partido.

Usted considera que las opiniones dogmáticas sin fundamento no encuentran obstáculo por culpa de la impunidad, porque ni los colegas ni los medios les ponen freno. O sea, perro no come perro y, en su ámbito académico, catedrático tampoco come catedrático…

Añadiría una tercera razón: la actitud del público lector, que debe ser más crítico y exigente. Me asombra, por ejemplo, el éxito que ha tenido Todo lo que era sólido, el libro de Antonio Muñoz Molina sobre la crisis económica y política de España.

En cambio, al público le encanta leer que todos los políticos son iguales, destrozan la educación y nos llevan a la ruina.

El libro está maravillosamente escrito, con un lenguaje que atrapa, pero defiende una tesis muy cómoda: toda la culpa de lo que nos pasa es de la clase política. Por lo tanto, los lectores (y me permito la licencia de hablar en la primera persona del plural) concordamos con Muñoz Molina porque estamos en una posición tan elevada como la suya, por encima de esa clase política mediocre que nos condena a tener un país ineficiente y corrupto. O sea, nosotros somos los que vemos la porquería y lo denunciamos. Yo, en cambio, argumento que las responsabilidad están más compartidas, incluyendo a la sociedad civil.

El debate público se ha degradado porque hay mucha pluma y pocos datos, ¿no?

También tiene que haber lugar para una discusión más ideológica o centrada en los valores, pero si uno se mete a hablar de la crisis económica, de los problemas de los partidos o del estado de la educación, sí que es necesario ofrecer datos o, al menos, estar al tanto de lo que otros han dicho al respecto. La contradicción que más me interesa del libro de Muñoz Molina es que él pretende escribir como un autor del New Yorker cuando en la práctica lo hace como un escritor de la generación del 98.

Usted le achaca a los intelectuales el mal del aislacionismo y la autarquía intelectual.

Todos ellos son muy viajados, pero no les ha calado mucho. Siguen teniendo una postura muy introspectiva respecto a España, sin poner en perspectiva lo que sucede aquí respecto al mundo. Su prosa es de lamento: “¿Por qué me ha tocado un país que me fuerza a exiliarme interiormente?”.

Si no viajando, que dirían Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, ¿cómo se cura el nacionalismo?

No estoy seguro de que el nacionalismo sea una enfermedad. Como toda ideología, a veces tiene manifestaciones patológicas: el socialismo dio lugar a sistemas comunistas sangrientos y represivos, mientras que el conservadurismo y el liberalismo dieron lugar al fascismo. Por su parte, el nacionalismo, además de las patológicas, también ha dado lugar a manifestaciones emancipatorias y liberadoras.

Cuando el autor de La fiesta del chivo aseguró que Esperanza Aguirre nos habría salvado de la crisis, ¿le estaba haciendo la pelota a la entonces lideresa del PP o realmente se lo creía?

Yo pensaba que se lo creía, hasta que salió a la luz que Arpegio, una fundación fantasma del Gobierno madrileño de Esperanza Aguirre, había destinado 70.000 euros a promocionar y homenajear la obra de Vargas Llosa [el diario El Mundo publicó el pasado marzo que el foro literario no llegó a celebrarse porque el dinero público desapareció, sin justificación alguna por parte de la fundación]. Ahí se establecen vínculos que van más allá de la ideología y que te hacen pensar mal.

La derecha española ha sido inteligente al abrazar a cierta intelectualidad para llenar un vacío de referentes.

Sí, ha sido extremadamente habilidosa cooptándolos: Jon Juaristi, que empezó militando en ETA, llega a ser director general de Universidades de la Comunidad de Madrid; Albert Boadella abandona Cataluña y se va a la capital a dirigir los Teatros del Canal, etcétera. La derecha ha sido más hábil porque tenía un déficit de intelectuales hace veinte años, cuando todos estaban en posiciones progresistas. Mientras, la izquierda, como daba por supuesto que los grandes escritores iban a estar de su parte, no ha hecho nada por retenerlos ni tampoco por conseguir nuevas figuras, quedándose prácticamente sin referentes.

¿Cree que los predicadores de lo que usted llama “matonismo verbal” son de una pieza?

Pérez Reverte me parece un estrambote. Me imagino que sus novelas serán estupendas y una fuente de entretenimiento, pero da vergüenza que le permitan decir tantas locuras. Me llama la atención la contradicción entre sus exigencias a los políticos y su propia conducta personal como escritor, porque ha sido condenado por plagio y alguna explicación podría haber dado al respecto [la Audiencia Provincial de Madrid condenó al escritor a pagar 212.528 euros por plagiar al cineasta Antonio González-Vigil en el guion de la película Gitano]. Tendría que justificarse con argumentos o pedir disculpas, pero siempre ha sostenido que los jueces no tienen ni idea y que le han condenado de forma arbitraria. Pertenece a ese tipo de figuras gritonas que genera España, estilo Jiménez Losantos o Hermann Tertsch, que no contribuyen nada a la vida pública y sólo se dedican a hacer ruido y a enmarañarlo todo.

Esa doble vara de medir también es habitual en otros autores.

Es el caso de otros escritores de mayor prestigio que fueron muy valerosos cuando encabezaron la oposición a ETA en el País Vasco. Sin embargo, no demostraron la misma coherencia en otros ámbitos. Fernando Savater, por ejemplo, se dejó querer por el expresidente colombiano Álvaro Uribe, cuando su política antiterrorista provocó muchas muertes inocentes. Y, tras el escándalo de los falsos positivos, no abrió la boca [la Fiscalía de Colombia investigó 3.430 casos de ejecuciones extrajudiciales de civiles a manos del ejército colombiano, que luego los hacía pasar como guerrilleros muertos en combate]. ¿Cómo puedes ser tan estricto en España y tan laxo fuera? Creo que muchos de esos escritores se han dejado consumir por la vanidad de los personajes que han creado (es decir, por la fama que tienen) y piensan que pueden decir cualquier cosa sin que la gente se entere de las incoherencias en las que incurren.

¿Quién puede presumir de testosterona?

El más faltón y agresivo es Jon Juaristi. A raíz del libro, ha publicado dos columnas en el ABC en las que me descalifica desde el primer momento. Me llama imbécil y comenta que me paso el día en la herriko taberna, que tengo complicidad con Bildu, que defiendo tesis antisistema porque Podemos me ha prometido una cátedra y que carezco de educación suficiente. Es, sin duda, al que más se le va la cabeza.

Aunque ya se ha explayado antes, pruebe a definir en una frase a Pérez Reverte.

Cuando opina de asuntos públicos, es un macarra.

Javier Marías.

Es una figura menos molesta, pero no deja de ser un cascarrabias.

Arcadi Espada.

Es un intolerante. Descalifica constantemente al contrario y no está dispuesto a reconocer que alguien que no piensa como él pueda tener una pizca de razón.

Muñoz Molina.

El más sentencioso y sermoneador de todos ellos. Es un moralista.

Luego están los economistas que patinan cuando escriben de política.

La economía es la ciencia social reina. Muchas veces, los economistas sólo leen a sus colegas y no tienen pajolera idea de otras disciplinas cercanas a la suya, como la historia, la sociología, la ciencia política o la antropología. Cuando dan el salto y empiezan a opinar de política sin haber leído ni una sola línea sobre el tema, a veces meten la pata. Esto se ha visto durante la crisis, que empezó siendo estrictamente económica hasta que muta en crisis política. Entonces, se ven impelidos a hablar de ambas y, en ocasiones, la lían. En el libro subrayo el caso de César Molinas, un economista muy inteligente y capaz que, cuando opina sobre el asunto, desbarra.

¿Quiénes sí están escribiendo con fundamento?

Un historiador como José Álvarez Junco, un filósofo pensador como Josep Ramoneda, el profesor de ciencia política en la Universidad de Goteburgo Víctor Lapuente… No hay falta de nombres, pero en el libro me he centrado más en la crítica y en la tarea de destrucción [risas].

Por cierto, ¿ya le han dejado una cabeza de caballo en la cama?

No. La única reacción que me ha resultado muy decepcionante son las columnas de Juaristi en el ABC, que tienen un punto delirante. No sé por qué, pero me asocia con Zapatero, aunque nunca he trabajado para su Gobierno ni para el PSOE. En la segunda columna que escribió, decía que Zapatero y yo queremos volver a la guerra civil, meterlo en una checa y asesinarlo. Y que si ETA no lo consiguió tras haberlo intentado, nosotros, que somos unos mierdas, tampoco lo vamos a conseguir.

El fantasma de ETA como autojustificación.

Siempre tiene que estar presente. Ellos querían sinceramente que ETA acabara, pero no estaban dispuestos a que lo hiciese según unos esquemas diferentes a los suyos. Eso no lo iban a admitir. De hecho, cuando su fin llega a través de ciertos acuerdos y negociaciones, ellos no celebran el final del terrorismo y lo pasan por alto. No creo que quisieran que continuase la actividad de la banda terrorista, eso me parecería excesivo, pero sí que terminase bajo su dictado. Y con un Gobierno a favor, no con el de Zapatero, en el que ellos tuvieran un mayor protagonismo. Pero bueno, no me voy a encontrar una cabeza de caballo en la cama porque yo soy profesor de universidad, por lo que no dependo de los medios de comunicación ni del favor de estos intelectuales. Soy un funcionario y eso me da muchísima libertad a la hora de criticar a quien quiera. No pueden hacerme nada.

Quizás la peor reacción sea el silencio.

Cuento con eso. En parte, es lógico, porque critico con dureza sus declaraciones. Procuro no entrar en ofensas personales, como las que ellos están acostumbrados a hacer. En cualquier caso, sé que no van a entrar al trapo porque nunca es un plato de buen gusto leer que critican tus opiniones, sobre todo si parte de alguien que no está a su altura en el escalafón institucional de la cultura. Pero no pasa nada, porque este libro está escrito para los lectores y, en consecuencia, para que haya debate sobre los escritores e intelectuales que lo protagonizan.

Foto: Toni Juliá.

(Publicado en la revista Luzes en junio de 2016. Puedes comprarla o suscribirte aquí)

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Los chicos del K.O.

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Cuando alguien agarra el teléfono al otro lado del charco y se dispone a hablar con el señor editor, Emilio Sánchez Mediavilla atiende la llamada en pantuflas. La editorial es un cuarto de su casa atestado de sobres, que va rellenando con los ejemplares que le han pedido los lectores a través de la web de Libros del K.O. Emilio se adentra como un bandeirante en esa selva de celulosa en busca del aparato, mientras al otro lado esperan Álex Ayala o Alberto Arce. Ninguno sospecha que recibe en batín. Ni que la rutina diaria (responder al correo, auscultar el boceto de una obra, darle el visto bueno, pulir el texto, hablar con la imprenta, freír unas croquetas…) sólo la romperá la visita a la oficina de Correos, convenientemente adecentado para la ocasión.

Emilio y varios locos más son los responsables de la citada editorial, que ha recuperado la crónica periodística de largo aliento. Su lema, una declaración de intenciones, es genial: “Todo va a salir mal, y nos parece estupendo”. Podría haber sido así si no fuese por el best seller de Nacho Carretero, Fariña, un espléndido vademécum del narcotráfico en Galicia que hunde sus raíces en la Raia, aquella frontera difusa por la que Méndez Ferrín hizo campar en Arraianos a meigas, falangistas, niños con cuernos, maquis, estraperlistas, poseídos y posesos. Por allí transitaba un contrabandista sobre dos ruedas que siempre salía impune: por mucho que lo registrara, la pareja de la Guardia Civil jamás lograba requisar mercancía alguna, porque aquel hombre traficaba precisamente con las bicicletas que montaba. El resto, ya saben: del café al Winston de batea, del tabaco al hachís y, luego, a la cocaína.

Es un libro honesto, escrito por uno de los mejores reporteros contemporáneos, que pone a cada uno en su sitio y desmitifica los tópicos que estigmatizan el territorio. Por ejemplo, hace años, entrevisté al músico Enrique Bunbury y, de aquella charla, brotó un titular: “Para mí Galicia son rayas y centollos”. En fin. Tampoco fue la Sicilia atlántica, aunque mucho no le faltó. Pero volvamos a Nacho, que no ha hecho otra cosa que la que procede: salir a la calle, hablar con la gente y contarlo de manera pulcra, sin alharacas. Puede parecer obvio, pero salir a la calle, en el periodismo de hoy, es menos habitual que la alternativa de que te echen a la calle: la profesión es despedida en procesión, hasta el punto de que parece la santa compaña.

Para espantar el fantasma del paro, otro título magnífico de Libros del K.O., La banda que escribía torcido, una radiografía apasionante del Nuevo Periodismo, encarnado por Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Joan Didion, Gay Talese, Truman Capote o Norman Mailer, que apelaron a la subjetividad como instrumento para alcanzar la verdad o, al menos, para aprehender su realidad: Kennedy, el LSD, Vietnam, el Black Power… El texto de Marc Weingarten, más allá del retrato de una época dorada del periodismo, tiene un efecto instantáneo en el lector: inocula las ganas (algunos dirían la necesidad) de escribir, aunque la lectura es de doble filo, porque el problema es dónde. Quizás en Libros del K.O. o en otras editoriales como Círculo de Tiza y, en digital, eCícero. Aviso para navegantes: no esperen la minuta del New York, Esquire o Rolling Stone.

Al menos, conocerán a gente entrañable como Emilio, que les invitará a unas cervezas de lata recién salidas de una nevera de playa que podrá degustar detrás de la caseta que instala a finales de mayo en el Retiro. La Feria del Libro, además de las colas interminables que se forman ante las firmas consagradas, también son los partidos de fútbol improvisados que disputan sobre el maltratado césped del parque capitalino los chicos del K.O. Alberto Almayer, Javier Lafuente, Guillermo López, Álvaro Llorca y el señor de las pantuflas (sí, esta editorial parece el camarote de los hermanos Marx) contra la selección de autores formada por, entre otros, Daniel Utrilla, Quique Peinado o Ander Izagirre, un contrabandista de pequeñas grandes historias aficionado a las dos ruedas y también best seller de la casa gracias a su épico Plomo en los bolsillos, traducido al vasco y quizás algún día al gallego. Valdría la pena aunque sólo fuese por el título: Chumbo nos petos.

El traje corto le sienta bien a Emilio, que gasta figura de central argentino, con su barba rala talibanesca coronada por una cabellera de caracolas. Un tío al que le pirra el fútbol, claro, de ahí la colección Hooligans ilustrados, donde propios y extraños (el locutor musical Julio Ruiz, el reportero de guerra Ramón Lobo o el cantante de Sr. Chinarro, Antonio Luque) dan rienda suelta a sus memorias sentimentales de los domingos. A falta de que Nacho escriba sobre su amado Deportivo, la nómina gallega está bien representada: Manuel Jabois se baja al bar de Grupo Salvaje para ver al Real Madrid y El Celta no tiene la culpa es la excusa de Alfonso Armada para para mentar al padre. Al periodista del ABC no le apasiona el deporte rey, pero ésa es precisamente la gracia de esta serie: son textos en los que sus autores se miran al espejo, ajustan cuentas con el pasado, se enfrentan a sus fantasmas y, en definitiva, añoran una infancia que huele a petardo y a bocata de tortilla.

Cuando llegó la crisis, sacaron su artillería pesada (Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez; Bajos fondos, de Luc Sante; A Moscú sin Kaláshnikov, de Daniel Utrilla), pero también otros grandes reportajes empotrados en libros menudos que se leen de un tirón y abordan la inmediata actualidad (Mariangela Paone relata los daños colaterales de las políticas de austeridad en Las cuatro estaciones de Atenas) o la memoria reciente (plano en la prosa, hondo en el sentimiento, Wojciech Tochman reconstruye en Como si masticaras piedras las almas rotas de la guerra de Bosnia). Frente al discurso derrotista, se embarcaron en la lunática aventura de fundar una editorial dirigida por y a periodistas, pero no sólo, pues muchos de sus libros se leen como una novela. Tal vez sería más preciso decir que va dirigida a lectores de periódicos, que han visto cómo los grandes reportajes han ido menguando, tanto en cantidad como en calidad; o, al menos, en medios para su confección.

Si no fuera porque él los vende, Emilio sería su mejor cliente. En el fondo, es un lector y, sobre todo, un escritor. Un escritor tapado, con una pluma chispeante, cargada de tinta humorística y con la voz del antihéroe por montera, que a veces se prodiga en las revistas Condé Nast Traveler y GQ. “Me falta sacrificio para ser periodista, cultura para ser historiador y paciencia para ser editor”, dijo en una ocasión, antes de alcanzar la cifra de medio centenar de títulos publicados. Menos mal que ha salido nervioso, porque si llega a tener temple habría que ir encargando una nueva estantería.

(Publicado en el suplemento Táboa Redonda de El Progreso en mayo de 2016)

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