A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Cristina Fallarás: “Somos memoria”

cristina fallaras

Cristina Fallarás ha cubierto el silencio de palabras.

Ha cogido la pala y rellenado los huecos. Los vacíos. Los agujeros negros.

Fallarás necesita mucha arena y mucho cemento, necesita tanta agua para revestir el secreto de su familia, que es un spoiler impertinente: su padre terminó casándose con la hija de su verdugo. Hay matices, pero, sobre todo, brocha gorda. Parece que Cristina —hay otra Cristina en la novela, aunque esa es otra historia— escribe para curarse. Cada libro, novela y ensayo, una tirita. ¡Vaya que no hay heridas!

Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama) no es una novela. No es un reportaje. No es una crónica. No es una investigación. No es una entrevista. No es un monólogo. No es un diario. No es un making of. No es una memoria; tampoco histórica. Pero podría ser todo ello, cada cosa, o nada: una inmersión sin botellas; acaso una exhumación.

Fallarás lo negará todo: es una novela. A Fallarás le interesa la forma, el artificio, el estilo.

La literatura.

La belleza.

Fallarás niega la mayor y no vamos a ser nosotros quienes le llevemos la contraria.

“Hay de todo, pero es una novela, en tanto en cuanto es una construcción literaria. No es un documento, sino un acto literario: íntimo y profundamente impúdico, porque me interesa mucho la impudicia. Y, sobre todo, un acto de belleza, porque en el trabajo de la novela la estética está por encima de lo íntimo. Mi trabajo es amor y belleza. La memoria soy yo, no forma parte de mi trabajo. Y eso es muy difícil de explicar, porque mi ser es político. ¿Me explico? Yo soy política. Sin embargo, si no consigo alcanzar la belleza con mi trabajo, no vale de nada”.

Fallarás, un día, se miró al espejo y no se reconoció. ¿Quién era? Su abuelo materno, Pablo Sánchez (Juárez) Larque, nieto de Benito Juárez, presidente de México, casado con una aristócrata navarra y héroe de la guerra —Cristina no quiere hablar de la guerra civil: bastante tiene con las suyas—, tuvo que pegarle un tiro a un espejo cuando vio el reflejo de la sombra de lo que había sido. Fallarás se echó a andar —“Me llamo Cristina y he salido a buscar a mis muertos”— y enfiló el silencio. Esta es una novela sobre el silencio. Y Fallarás hace ruido.

¿La sinopsis? Hay cliffhangers, hay jumping the sharks, hay flashbacks, o flashforwards, o como se llamen: maldita palabrería hueca, esto es una novela. Hay un andamiaje literario para que la historia enganche, resulte atractiva, incite a seguir adelante, como la protagonista —Fallarás siempre es la protagonista—. Y bajo esos ropajes, dos historias: Cristina en busca de sus muertos, que en realidad es Cristina en busca de sí misma; y la historia de una familia que calla y de otra que saca pecho, muy dos Españas, la saga familiar de los Fallarás y la de los Sánchez, la de los vencidos y la de los vencedores, ¿a usted le gusta el rojo o el azul?

“¿Yo? El rojo, claro”.
Quizá no sea necesario esbozar la historia, pero es ésta, de aquí viene ella:

Zaragoza, hace tiempo.

Sus abuelos paternos, Presentación Pérez y Félix el Chico, tramoyista. Un tramoyista de la UGT. Hace tiempos convulsos.

Los maternos, María Josefa Íñigo Blázquez y Pablo Sánchez (Juárez) Larque, nieto de Benito Juárez, presidente de México. Alférez cuando las tapias, coronel en los años que siguieron al de la victoria y a los triunfales, luego mutilado de guerra y abogado fuerza viva.

Lo que pasa desde que el coronel se va a la guerra —o hace la guerra— hasta que Félix Fallarás, su padre, le pide la mano a María Jesús, su madre, viene en el libro. Apenas un detalle: nadie sabe quién es quién, ni víctimas ni verdugos. No triunfa el amor, que también, sino una desposesión de lo viejo y una nueva pertenencia: él a ella, ella a él. Bendito el fruto de tu vientre: Cristina.

Ojo, esto no es —sólo— un relato de abuelos, pues subyace un matriarcado en ambas familias, original o sobrevenido. Sobrevenido porque a Presentación le matan a su hombre y tiene que sacar adelante ella sola a sus dos hijos. Limpiará baños, los baños del teatro, y extenderá la mano para que el público del teatro —el teatro de Félix el Chico, el tramoyista, el que se llevaron de su casa a culatazos, el de la tapia del cementerio de Torrero— le alcance unas monedas. Vestirá a coristas. Trabajará como una esclava. Y, sobre todo, estará callada.

– Su padre se casó con la hija del militar asesino de su abuelo, y usted se crio en esa familia. La heredera de la víctima y del verdugo…

– Ahora soy heredera de ambos. Hasta hace poco sólo era heredera de uno. Yo soy hija y nieta del franquismo: de la riqueza, del expolio, del dolor infligido, de la comodidad que brindaba crecer y vivir con los ganadores… No me di cuenta de esto cuando me desahuciaron, porque mi compromiso social viene de mucho antes. Aunque es cierto que su elaboración teórica tiene que ver con mi empobrecimiento radical. Hasta que no tuve nada que perder, no pude enfrentarme a ello.

– ¿Ha tenido alguna vez la sensaciónde que fue secuestrada por el enemigo? O sea, por sus abuelos nacionales, los ganadores.

– No. Yo soy los enemigos. Tengo la soberbia de los enemigos. Tengo el arrojo de los enemigos. Tengo la confianza en mí misma que me ofrece haber pertenecido a quien ganó. Mi conflicto no es de clase, sino teórico, práctico y político. Yo soy el enemigo.

– La úlcera del bando nacional.

– Exacto [guiña el ojo; a veces, Fallarás también arquea la ceja, como la abuela María Josefa cuando sonreía]. Yo soy al que me enfrento.

– ¿Se ha sentido alguna vez culpable por el asesinato de su abuelo Félix?

– No. Es que mi abuelo Félix no existía. De hecho, acaba de nacer. No es que me hurtaran a un abuelo, es que jamás lo eché de menos. Si no construyes la idea de un abuelo, no te duele su ausencia.

– En su honor, ¿fomentaría, impulsaría o aprobaría una ley que perjudicase a sus abuelos maternos?

– Yo estoy a favor de eso sin la memoria de ningún abuelo, y llevo tiempo practicándolo. Incluso le daría la bienvenidaa una medida que me perjudicara a mí misma. Yo estoy a favor de una ley que me quitara las propiedades que pudiera recibir en cualquier momento. ¿Me explico? Yo soy heredera de eso.

Otro pequeño detalle, que encierra un mundo: cuando Félix Fallarás —el hijo del cabecilla de la UGT que cae en la tapia de Torrero, ante un pelotón de fusilamiento entre el que se contaba su abuelo materno— se presenta a la Jefa, la que sería su suegra, María Josefa, ésta le pregunta: “Y tú, hijo, ¿cuánto ganas?”. No le pregunta cuánto tiene, porque tener, ya tiene ella, y porque sabe que él nada tiene. No es lo mismo tener que ganar; la riqueza vieja, que la nueva riqueza; lo heredado, que lo sudado.

El sudor huele.

El empleado le dice lo que gana en el banco, donde había conocido a la que será su esposa, y la futura suegra le responde: “Con eso mi hija no tiene ni para papel higiénico”. Fallarás cuenta tanto en tan poco: hay fogonazos en la novela que esbozan en un par de líneas la historia de media España, no importa cuál.

Escribe Cristina en el libro: “El joven Félix Fallarás quería casarse con la hija de la Jefa y el coronel, qué osadía, quería casarse él, un hijo del hambre, un hijo de la muerte merecida, un nieto del teatro y el socialismo”.

Capuletos y montescos. Flamencos y tarantos. Una ocurrencia boba que la autora desecha. “Mis padres deciden dejar de pertenecer y se agarran el uno al otro de tal modo que lo que yo heredo como hija es el mandato de ser contra viento y marea”.

Claro, pero el pasado…

“Mis padres se aman con un amor esférico, absoluto, compacto, inabarcable… Mi hermana y yo hemos conseguido a duras penas rebotar contra él”.

Pasa que no hay pasado. No hay memoria. Apenas silencio. ¿Hemos dicho ya que el libro trata precisamente de eso? Cristina hace sonar la bocina:

“Un abuelo rico yfascista. Un hijo de la represión, del asesinato, de la pobreza y del socialismo. Ninguno de ellos sabe cuál es la historia del otro”.

– ¡Silencio, se rueda!

– ¿Cómo se explica si no que arrasaran con los logros de la República, que hubiese una guerra, que durante cuarenta años no pasara nada y que en los siguientes cuarenta no se haya recuperado lo anterior? ¿Cómo se explica? Los mataron a todos. Las mataron a todas. Arrasaron la inteligencia y el pensamiento de España. ¡Tierra quemada! Y lo que una hace es cerrar las piernas para que no te rompan el coño. Tienen cojones estos [piiiiiiiii] del PP y del franquismo para darnos luego a leer a Machado y a Lorca…

– Doble victoria: la de la guerra y la del mutismo.

– Triple victoria: la de la guerra, la del silencio y la de la democracia. ¿Qué está pagando el PP con nuestro dinero? ¡Una mierda está financiando el partido! Está destinando nuestro dinero a las empresas del Ibex, que siguen siendo franquistas: Villar Mir, Martín Villa… No nos engañemos: seguimos pagando el franquismo cuarenta años después.

Igual que hay dos historias en la novela, hay varias formas de contarlas. Primero, la narración alterna, en tiempo presente. Luego, lo que Fallarás llama el novelón decimonónico. Finalmente, la prosa poética que nos lleva adelante y atrás.
Cristina se echa a la carretera, sin nada en los bolsillos. “Andar como la única forma de recuperar la humanidad. También como una manera de tomar las riendas, de enfrentar todo esto”, escribe. Emprende el camino en busca de sus muertos, walking dead.

Desanda la amnesia.

“Esta novela no habla sólo del silencio, sino de la construcción del silencio. Un silencio impuesto. Cuando se me fue el suelo de los pies y me quedé en el aire, escribí este relato para pertenecer”.

“¿A qué pertenecemos? ¿Qué somos?”

“Somos memoria”.

“No somos realidad, somos memoria”.

Sin embargo, Cristina no quiere hacer memoria histórica, aunque claro que la ha hecho. Dice, como quitándole peso: “El pasado puede ser cualquier cosa”. Y se quita un peso.

“Entendí que me habían robado una parte”.

El abuelo asesinado que purgó el pecado del padre. Doblemente mártir.

“Decir que no conviene remover las heridas es muy actual. Durante los cuarenta años de franquismo, nadie decía eso porque no era necesario”.

Cristina hace memoria sin pretender hacer memoria.

“Primero mataron a todos. Y luego le negaron la sexualidad a las viudas jóvenes”.

Fallarás es feminismo sin ir de feminista.

“Es muy bestia, ¿eh?”.
Así todo.

– ¿Cree que se hablaba o se habla más de lo que pasó en la guerra civil en las familias nacionales que en las republicanas?

– Me importa un pito la guerra civil. El problema no es la guerra civil, sino la construcción del franquismo y de la democracia franquista, que nos obliga a interpretar los últimos cien años como una guerra civil. ¡No, compañero, no! La guerra civil sólo duró tres años. Y luego ya no hubo hombres: ni maestros, ni científicos, ni políticos, ni empresarios, ni nada.

– Pero su familia paterna callaba, mientras la materna contaba batallitas.

– La familia de mi madre lo contaba todo entre risas. No les importaba reconocerse como asesinos o criminales, porque hay un orgullo básico y ni siquiera lo consideran crimen. De mi padre heredé el silencio, y este libro es un acto para que mis hijos no lo vuelvan a heredar.

Pese a todo —pese a quien pese, decía Aznar—, en la novela no se juzga a nadie. “Ni a las personas, ni sus intimidades, aunque sí juzgo la construcción política que nos hurta una parte de lo que somos y, con ello, asesina una parte de nosotros”.

“Yo no violento nada. En este libro no hay revolución”.

Cuando escribió la última palabra, “vivos”, se lo entregó a sus padres y les dijo: “Si no queréis que lo publique, inmediatamente lo quemo”. Los libros de Cristina arden mal.

Abro comillas.

Somos memoria. Y en España nos han cercenado la memoria. Un pequeño núcleo de valientes la reivindica, si bien la inmensa mayoría tiene una herida que se le pudre de noche en la cama y que dejará en herencia a sus hijos. Es como el Me Too. Yo puedo decir: “Estoy en contra de la violencia machista”. Pero hasta Inés Arrimadas está en contra de la violencia machista, you know what i mean… Otra cosa es decir: “Hola, ¿qué tal? Me llamo Cristina Fallarás y a mí también me violaron”. Tres veces, que yo recuerde. Y alguna más, ciega. Y, de repente, millones de mujeres dicen: “Hola, me llamo…”. La conciencia de clase que genera el relato íntimo evidenciado elimina la abstracción. De nada vale decir que estás en contra de la violencia machista o a favor de la memoria histórica. Hay que decir:“Hola, ¿qué tal? Me llamo Cristina Fallarás y mi abuelo materno era un hijo de puta, y yo también soy una hija de puta como digna heredera de mi abuelo”. Y no es verdad que las escritoras de izquierdas seamos todas estupendas. Este libro es un Me Too, porque estoy hasta las tetas de ciertas historias de la pretendida izquierda que retrata el franquismo. Parece que si eres escritor y de izquierdas, das por hecho la bondad. Yo no soy buena, y tampoco quiero ser buena: quiero ser yo.

Cierro comillas. Las comillas son de Cristina.

– Tapa temores con cada libro. Cubre con palabras el silencio. Se construye cuando ciega cada agujero negro.

Todo soy yo, ¿qué podría ser? Pero es una excusa.

– ¿No se siente más libre?

No. Cada día escribo mejor. No me interesa lo que cuento, sino cómo lo cuento, y no estoy frivolizando. Lo que cuento es una excusa para crear belleza. No he querido hacer un libro político, sino literatura. Hago una labor de orfebre y, jugando con el lenguaje, creo dolor y creo placer.

– Los hijos y nietos del franquismo heredan el sufrimiento de sus padres y abuelos, según Clara Valverde. Llega a través de la periodista Elena Cabreratanto a ella como a su libro Desenterrar las palabras. Transmisión generacional de la violencia política en el siglo XX del Estado español. En él, describe que esos hijos y nietos son víctimas de adicciones, anorexia, inseguridad, miedos, suicidios… ¿Explica eso sus demonios?

– Claro. Aunque mis demonios son injustificables. ¿Me agarro a eso porque soy nieta o me aprovecho de ello? Ahí hay un juego. Yo me he drogado hasta las cachas, como todos los de mi generación. Yo he vivido situaciones de violencia imperdonables, y las he permitido. Yo he sufrido agresiones sexuales imperdonables, y las he permitido. Y mi generación moría en los billares, debajo de la mesa con la chuta en el brazo. Puedo agarrarme a eso para justificarlo, pero me niego a frivolizarlo. Desde que escribí esta novela, no permito la frivolidad ni el cinismo sobre aquello que nos ha convertido en basura. Porque somos basura. Ahora mismo, estamos tomando esta copa y pergeñando una entrevista en un diario de izquierdas porque vivimos en un pequeño mundo blanco, masculino, obeso y triste, en cuyas fronteras agonizan millones de personas. Y mientras bebemos, no nos preocupa eso.

– Hace años, en una fiesta que montó en su casa, con la bañera llena de hielo y botellas de champán francés, le confesó a una amiga: “Joder, quiero volver a ser pobre”. Luego la desahuciaron. ¿Ha merecido la pena?

– Claro, por supuesto. Mis hijos entendían mejor la vida en la cabaña donde nos refugiamos tras el desahucio, robando en los huertos para comer, que la actual vida en Madrid con ciertas comodidades. Porque, pese a tener cuatro trabajos, no hay semana a fin de mes en la que no comamos otra cosa que arroz blanco con huevos fritos.

– ¿Cree que, pese o gracias a esas vicisitudes, sus hijos tendrán una mejor educación que la que recibió usted?

– ¡Madre mía, indudablemente! Aunque también la habrían tenido sin ese dolor. Mírame a los ojos: “Hola, me llamo Cristina Fallarás y me gustaría ser hija mía”. No soy una mujer limpia, ni buena, pero soy una mujer valiente. Lejos de mí queda el elogio de la coherencia, pero soy una mujer culta. Echo de menos lo culto en España, porque ahora todo es una ofensa a los sentimientos religiosos o a su puta madre. El problema no es la ofensa, sino quien se ofende. Deberían meter en la cárcel no a quien ofende, sino a quien se siente ofendido. ¡Pena de cárcel por cursi!

– Cuando decía que quería ser pobre, ¿deseaba un castigo? ¿Lo tomó como tal cuando la desahuciaron?

– No. Absolutamente, no. En mi generación, se identificaba lo rico con lo malo y lo pobre con lo bueno. Sin embargo, yo ligo la idea de consumo a la ordinariez, de la misma manera que ligo la idea de lo culto a la austeridad. Ésa es la base de mi vida: lo culto es una forma de ser austero en esta tierra. Cuando le digo a Lucía Lijtmaer lo de volver a ser pobre, me refiero a no volver a participar de la idiotez del consumo, porque me abruma. El progreso y la evolución están bien hasta que aparecen las nuevas tecnologías, que nos obligan a participar en el ocio. Yo soy marxista y el ocio no me interesa nada. Busco la belleza y el equilibrio.

– No es consumista, pero sí hedonista.

– No, aunque puedo disfrutar. Tengo una base muy hedonista, como toda hija de familia rica a la que le gusta disfrutar de los placeres. Sin embargo, me produce mayor satisfacción la austeridad que el hedonismo. Y la estricta definición de la belleza, que el desparrame del consumo.

– En definitiva, salió a buscar a sus muertos para no matarse, para saber quién era, para ver si esa pesquisa sanaba. ¿Pero sanar de qué?

– De lo mío [risas]. Llevaba muchos años haciéndome daño. Tenemos dos daños básicos: uno es un daño íntimo y el otro, compartido. He tenido una cierta tendencia a la autolesión: no a hacerme rajitas en el brazo, sino a la humillación y a la infravaloración. De hecho, casi todas las mujeres de mi generación lo tenemos, porque si no no habría sido tan brutal el machismo contra nosotras. Y luego hay una construcción generacional de la autolesión, porque nosotros nos matábamos alegremente. Yo me he encontrado con chicos muertos con la chuta en Zaragoza, en San Sebastián, en… A mi pareja no le queda ningún amigo vivo de su quinta. Los que no se cargó la heroína, los remató la cocaína. ¿Por qué no nos hemos preguntado qué es eso?

– ¿Y su herida? ¿Está cicatrizando?

– Ya no está. ¡Ya no está! Ya no está… Y si estuviésemos en la película Drácula, de Bram Stoker, dirigida por Francis Ford Coppola, a todos los miembros de mi familia y a sus allegados empezarían a cicatrizarle sus heridas sin darse cuenta: ¡ssssssssh! Hay algo boscoso y vegetal que presta su humedad a los campos secos donde nada podía curarse. Y este relato lo cura, porque no es un relato burdo, ni culpabilizador, ni que juzgue a nadie. Todo relato se consigue para pertenecer, y yo pertenezco a este relato.

(Publicado en el diario Público en marzo de 2018)

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Luis Montes: “En España se muere fatal”

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Luis Montes (Villarino de los Aires, 1949) ha fallecido hoy a los 69 años. Firme defensor de la sanidad pública y del derecho a la muerte digna, el excoordinador de urgencias del Severo Ochoa fue objeto de una persecución de los Gobiernos del PP madrileño, que lo acusaron de ser el responsable de las muertes de cientos de pacientes a causa de las sedaciones practicadas por su equipo en el hospital de Leganés.

La Justicia lo absolvió, pero el daño ya estaba hecho. “Fue terrible”, declaraba el doctor en esta entrevista —realizada el 1 de febrero de 2016—, donde dejaba claro que su caso había sido una “cortina de humo” para tapar las privatizaciones emprendidas por Aguirre. “Cuando la ciudadanía pierde la confianza en la sanidad pública, es el momento de desarmarla para que desaparezca”, pronosticaba en la sede de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, desde la que promovió que toda persona pudiese disponer con libertad de su vida.

Usted interpretó el ataque a su equipo, apodado cariñosamente Sendero Luminoso, por ser progresista y de izquierdas.

Ya, pero no sé qué interés podría tener.

¿Había rencores y rencillas con compañeros de otras ideologías en el día a día?

Algunos éramos jovencísimos. Para algunos era su primer trabajo en la sanidad pública, con la Ley General de Sanidad, que fue la primera ley de planificación sanitaria, donde se creó la atención primaria, la atención especializada y las áreas de salud. Entonces hubo un grupo de profesionales que nos creímos la reforma. Aplicarla, dentro de un sistema totalmente vertical que habíamos heredado, suponía cierto grado de transversalidad en las relaciones entre profesionales y con los pacientes.

Sendero Luminoso salió de nuestra radicalidad en el cumplimiento de la Ley General de Sanidad, frente a todo el poder inmovilista heredado del franquismo. Fue una broma de uno de nosotros, que dijo: “Somos como Sendero Luminoso”. Empezamos en el Hospital de Móstoles y luego se abrió el Hospital de Leganés. Coincidió que en 1983 entró en nuestro ordenamiento jurídico la Ley de Interrupción del Embarazo, y nosotros lo incluimos en la carta de servicios del hospital. Se fue haciendo una aureola de izquierdosos, porque rompíamos con la línea y la ideología dominante que existía en el sistema de beneficiencia anterior, pero no porque políticamente fuésemos el despacho de los abogados laboralistas de Atocha, todos militantes de Comisiones Obreras y del PCE. Éramos gente que entendíamos que se abría un proceso democrático y que había que hacer una transversalidad en la relación vertical que existía. Ese fue el planteamiento y origen.

Usted fue un médico obrero. Deja la casa de sus padres muy joven, se va a un barrio humilde y comienza a currar en una obra. Y estudia al mismo tiempo que trabaja.

Empecé a estudiar en 1967, con dieciocho años, durante la carrera me casé y la terminé la con 28 años. Un año después fue Mayo del 68, que implicó un gran cambio de mentalidad en este país. El movimiento estudiantil emprendió una huelga contra el plan de enseñanza de Medicina que duró tres años, durante los cuales la facultad estuvo cerrada. En las últimas bocanadas del régimen anterior, hubo un movimiento fuerte para cambiar el sistema a nivel vecinal, obrero-sindical y estudiantil. Había un montón de frentes. Fue lo que le tocó vivir a mi generación y ahí empieza mi historia de militancia.

Yo a lo que más me dediqué fue al movimiento vecinal. Me marché a vivir a Orcasitas, donde estaba la asociación de vecinos más potente de Madrid. Después llegué a secretario de la Federación de Asociaciones de Madrid.

Posteriormente, el PSOE barre a los líderes del movimiento vecinal, social y sindical. Los incorpora como cuadros y, de alguna manera, los desarticula.

Creo que se cogió el poder muy pronto. Las primeras elecciones que se ganaron fueron las municipales, donde hubo que coger la administración local, que tenía muchas más competencias. De alguna forma, muchos presidentes y secretarios del movimiento vecinal fueron concejales con Tierno Galván. Su Ayuntamiento se forjó con líderes de esos movimientos.

¿Cree que está ocurriendo algo similar con Podemos, que ha recabado los apoyos de familias del 15-M como Juventud Sin Futuro, Democracia Real Ya o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca?

Puede ocurrir algo similar. El problema es que en la transición, cuando se logra el poder político, ha sido una constante que el bipartidismo no ha querido la participación. Una de las causas fue el incorporarse a tomar las instituciones, pero otra fue que no se forjó la participación. Fue una época boyante en la planificación de barrios, se erradicó el chabolismo y entramos en un progreso ascendente. Y con no forzar la participación lo que se consiguió es que las asociaciones de apoyo mutuo y las asociaciones vecinales, siendo vergel de formación y de extracción de militantes, se han convertido en un erial. ¿Qué ha terminado haciendo una asociación de vecinos? Organizar en el barrio una cabalgata alternativa de Reyes y en poner una caseta en la feria de turno para vender chorizos y poder financiar el local y recaudar fondos. Esa trayectoria es un poquito penosa…

¿Corremos ahora ese peligro? Si no damos cauce participativo, si no recuperamos el tejido asociativo, pues será más de lo mismo. El gran reto que tenemos por delante desde la Administración, como una necesidad histórica, no se realizan conquistas si no se toma la calle. Para eso hace falta participación, seguimiento e iniciar de nuevo en política y en acción a todos los ciudadanos que están indignados con la situación a la que nos ha llevado el bipartidismo. Si esto no lo canalizamos, es más de lo mismo.

En este caso, miembros de estos nuevos movimientos han ido en listas electorales. Su lectura: nos incorporamos a las instituciones para cambiarlas desde dentro.

Soy optimista. Militantes de Podemos y de Izquierda Unida sí se creyeron el 15-M. Si ahora no se sigue articulando la participación, no habrá un cambio. Se puede cambiar la bandera azul por la roja o la morada, pero sigue la estructura ideológica y económica del poder dominante. Es un reto. Podemos tomar las instituciones y, una vez tomadas, ¿qué? Pues gestionar la crisis. Es lo que nos dice la troika: 44.000 millones (del rescate bancario). Y para tomar cualquier medida en un proceso de cambio será por la participación y la movilización, o sea, por tomar la calle. Es un reto muy bonito y apasionante porque, por primera vez, se perfila un cambio. Los ciudadanos, además del paro, están preocupados por la corrupción. Ya que aceptamos el Estado de derecho, un cambio en democracia solamente tiene una línea: de la democracia formal a la democracia participativa. Y, si no creamos los cauces de participación, no habrá valido de nada tomar las instituciones.
Su rebeldía es precoz. Deja bien temprano el plato caliente de casa de sus padres para dar un salto al vacío.

En aquella época, todos los jóvenes teníamos mucha ilusión. Las condiciones de trabajo no eran las actuales: podías trabajar. Yo empecé en la construcción, pero no sabía hacer nada. Cuando fui a pedir trabajo, me dijeron si sabía escribir a máquina, para meterme en la gestión de la empresa, pero ni eso. ¿Qué sabe hacer usted? Pues no sé hacer nada. Pues de peón. O sea, bajar ladrillos, cribar arena y andar con la carretilla. Luego ayudé a fundar una distribuidora y en una editorial de libros de historia del movimiento obrero. Mientras, mi compañera, que era auxiliar de enfermería, estudió la diplomatura y luego Medicina. No fui un héroe: estudiar y trabajar era una situación normal que se repetía bastante.

¿Cómo surge su conciencia respecto a la sedación, el derecho a morir dignamente, asistir al enfermo terminal…?

La medicina en el sistema capitalista estaba montada para la recuperación de la fuerza del trabajo, pero con los avances prolongamos la supervivencia. En este país se abrió el debate de las funciones de la medicina, que no es la vida sino la salud. Y, a veces, no se puede recuperar. Otra función es cuidar y acompañar. En mi práctica he intentado hacer esas cosas. Mi vida profesional ha sido siempre en unidades de críticos, porque soy anestesista, donde hay que tomar decisiones como limitar el esfuerzo terapéutico y evitar el sufrimiento. Luego me incorporo a las urgencias, un servicio asistencial que no es crítico.

En este país se lleva haciendo desde hace mucho tiempo campaña de que los ciudadanos se quieren morir en su casa, pero es tremendamente teórico: el 80% de los ciudadanos nos morimos en hospitales de agudos. La incorporación de la tecnología y determinadas prácticas conllevan mucho sufrimiento cuando la muerte es inevitable. Entonces nos planteamos una sedación paliativa terminal, que es evitar el sufrimiento en ese tránsito, que he considerado una buena práctica médica y que se ha hecho siempre.

Desde la dictadura, no ha habido mayor encarnizamiento que el que sufrió el propio Franco.

Claro, imagínate el sufrimiento. Es terrible que, por una cuestión políticamente correcta, lo mantuviesen dos meses con vida mediante medidas de sostén vital. Recuerdo también a un papa al que sacaban al balcón y tenían que sostenerlo porque se caía hacia un lado. Puedes sublimar que hagan eso para dejarlo todo organizado, pero es terrorífico. Lo malo es que eso también se traslada a los ciudadanos porque hemos llegado a una situación en el que la vida es un estado de necesidad. La vida por la vida no es normal. Estamos ampliando los años de vida, pero no insuflando vida a los años. Hacemos de la vida un artículo de consumo. Tanto es así que hemos llegado a hacer una enfermedad del colesterol, cuando es un factor de riesgo.

¿Por qué el tabú de la muerte?

Ha sido un tabú muy fomentado. En Grecia y en Roma, si no producía daños a terceros (o sea, si no tenías deudas), era una decisión autónoma, porque tu vida era tuya. Las religiones y los monoteísmos empezaron con la obsesión y la condena del suicidio, porque durante las persecuciones romanas que sufrieron los cristianos no había tabú de la muerte. Enfrentarse a los leones era una entrega al señor, porque ibas a estar sentado la derecha del padre. Hacer un tabú de la muerte es una medida frente a la autonomía, frente a la disponibilidad de la propia vida. Y ha habido una ideología dominante que no ha permitido que los ciudadanos determinemos el momento de irnos. Además, han planteado la vida como un derecho a proteger y como una verdad absoluta. Está claro que es así, que es el mejor bien graciable que tenemos, pero ese bien graciable en muchos momentos puede ser un mal indeseable. Tenemos todo el derecho del mundo a podernos apear en la estación del tránsito, que es la vida, en la línea 1 de metro, en vez de bajarme en Tribunal bajarme dos paradas antes.

Poder decidir sobre tu vida es un derecho de ejercicio de la libertad que no nos van a permitir nunca, por eso crean un tabú. Como decía Kant, en una sociedad potencialmente suicida se acaban las medidas de coerción y de miedo. Para ellos, sería la ingobernabilidad.

Y luego está todo el debate sobre las formas de disponibilidad de la propia vida. El suicidio es una muerte trágica, violenta, en soledad y la ideología dominante lo ha caracterizado como un acto de cobardía. “Tú tienes problemas, no te sabes enfrentar a ellos y te retiras, porque eres un puto cobarde que no lucha contra los problemas”. Y las otras formas (muerte determinada, muerte dulce muerte voluntaria, muerte a petición…) están en los ordenamientos jurídicos, excepto en algunos países, en claro delito, el colaborador necesario, por lo tanto malas prácticas médicas. Por otra parte, el debate está encochinado. Hablar de eutanasia, que es buena muerte, es eugenesia. Todo aquel viejecito que nos estorba nos lo vamos a liquidar. La presión psicológica que tenemos los ciudadanos para determinar el final de nuestra vida es tremenda.

Pero se avanzará, igual que se ha avanzado en el aborto, el divorcio o el matrimonio gay…

Claro. Ahí tienes la hipocresía y la doble moral de la ideología dominante, sea del partido que sea: “Mi vida no es mía sino de un amigo invisible que nos quiere mucho, por lo que no puedo decidir el momento de la muerte, porque creo en la sacralidad de la vida. Bueno, mientras yo no tenga un mal que me haga la vida indeseable, porque entonces la eutanasia para mí o para quién sea”. Todos a hablar muy bien del dolor ajeno, pero el dolor propio yo me lo soluciono.

¿Cree que la eutanasia será reconocida?

Sin duda. Más pronto que tarde, porque es un debate que está en la ciudadanía. En la última encuesta del 2011 del CIS, el 80% de los ciudadanos estábamos de acuerdo con que los médicos debían suministrar sustancias para finalizar la vida si era reiteradamente requerida en una situación de intenso sufrimiento. El 57% de ellos explicaron que había vivido en su entorno familiar y en su entorno la mala muerte, que causa tanto sufrimiento que hiere la sensibilidad de la familia, los acompañantes y el equipo asistencial. Eso quiere decir que en España se muere fatal.

Sin embargo, parece que durante la pasada legislatura ha habido una regresión, véase el amago de reforma del aborto de Gallardón.

O la ley de autonomía del paciente. En julio de 2015, sin que pasara [por ningún lado], han suprimido toda la representación. Si el ciudadano no deja un registro de sus voluntades y su planificación, la familia no puede decidir sino que deciden los médicos en función de un estado de necesidad que es la conservación de la vida. Eso es terrible. Es darle en el ordenamiento jurídico pleno derecho al encarnizamiento terapéutico. Esto ocurre cuando los ciudadanos deciden un Gobierno con mayoría absoluta, donde funciona el rodillo político para todo. (aborto 35.50)

Dado que esa decisión queda en manos de los médicos, usted se plantea luchar desde fuera del ámbito sanitario, porque entiende que desde dentro es difícil dar el paso adelante.

Los trabajadores sanitarios no tenemos problemas en morir bien, lo tiene la ciudadanía. En este país te mueres bien o te mueres mal en función de si tienes un amigo anestesista. Por eso, el cambio se va a producir gracias a los ciudadanos, porque la mayoría de los jefes y cuadros de las instituciones sanitarias avalan con sus prácticas la ideología dominante, mientras que las comisiones científicas y los comités ético-asistenciales están copados por las congregaciones religiosas, sobre todo por el Opus. De ahí no va a venir el gran cambio.

Usted es una persona optimista y vital.

Claro. A veces escuchas en tertulias que en nuestra asociación defendemos la cultura de la muerte. Eso es una bestialidad. No somos enfermos mentales sino ciudadanos bastante alegres a los que nos gusta la vida. Pero si gestionamos la buena vida, también tenemos el derecho inviolable a gestionar la buena muerte.

¿Las denuncias en el hospital de Leganés llegan por el roce laboral o porque los denunciantes están en contra de la sedación?

En todos los trabajos siempre hay conflictos. Si tienes en cuenta que las primeras denuncias son anónimas, que dos auditorías sostienen que no hubo mala práctica y que hay un dictamen favorable de un comité de ética-asistencial, está claro que fue una campaña en contra montada por la autoridad sanitaria. Había tres razones: ideológica, económica y política. La ideológica: aquel año las películas Mar adentro y Million Dollar Baby reabrieron el debate de la eutanasia; la respuesta fue acusarnos de cometer cuatrocientos homicidios. En cuanto a la económica, cumplieron dos objetivos: torpedear la línea de flotación de la sanidad pública, porque a acusación crea una alarma social bestial); y además se paga una campaña de encargo, que desde el 11 de marzo hasta agosto es titulares en la portada de la prensa conservadora, que es lanzar una cortina de humo incentivar el dinero privado se introduzca en la sanidad pública, se inicia la construcción de los ocho nuevos hospitales de Esperanza Aguirre y se dan las contratas de esos hospitales. Y la tercera, política: la vicepresidenta Fernández de la Vega dijo que en esa legislatura no se iba a abrir el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido. Fue de francotiradores, como si dijese: “En un hospital público, abierto por ustedes y de clara ideología socialista, se han cometido cuatrocientos homicidios. No es que vayamos a abrir el debate de la eutanasia, es que ya la tenemos aquí”.

La gente de derechas es muy lista y cumplió su objetivo clarísimamente. Hace seis o siete años, el 80% de la ciudadanía calificaba de excelente el servicio público de salud. En la actualidad ya es el 49% y, en unos años, será menos del 30%. En ese momento, desaparecerá el servicio público. Y estamos caminando hacia ello, con la derivación del dinero público a la esfera privada, la no dotación presupuestaria y el deterioro de la sanidad pública, que llega a la ciudadanía. Una vez que ésta pierde la confianza, es el mejor momento de desarmarla y que desaparezca.

Usted alerta de que la privatización no sería reversible, aunque supusiese un perjuicio para la ciudadanía y el Estado. También cree que primaría lo económico frente a la asistencia.

No hay dos tipos de gestiones, pública y privada, sino buena gestión y mala gestión. Una mala gestión es la de los bancos, que son privados y hemos tenido que reflotarlos. ¿Por qué gestiona mal la privada? Porque en un servicio social entra en escena el ánimo de lucro: tiene que salir un tanto por ciento para los intereses de los fondos buitres que participan. Si tengo un presupuesto de siete millones de euros y un 12% va a parar a los inversores, me quedan cinco y pico millones, y eso va a repercutir. Hay que fijarse en los Estados Unidos, donde una enfermedad te puede llevar a la bancarrota.

Al final salió usted bien parado del juicio, pero supuso una amarga victoria.

Recurrimos el auto de archivo del juzgado de Leganés, porque sostenía que hubo mala práctica médica, algo que descartó posteriormente la Audiencia Provincial. La batalla la perdimos porque no queda nadie del equipo trabajando en el Hospital de Leganés. Destituyeron a cinco jefes de servicio, a tres supervisores… El daño fue terrible.

En un primer momento, esa política de miedo provocó que disminuyesen las sedaciones, no fuese a ser que alguien enviase una denuncia anónima. Pero la crisis del Severo Ochoa abrió el debate definitivo de la eutanasia y el suicidio asistido. Tanto es así que, once años después, los profesionales pueden consultar en la web de la Organización Médica Colegial un protocolo de sedación paliativa terminal: fármacos, dosis, cómo emplearlos… A la larga, ha supuesto un avance.

Y Lamela, pese a los reveses, quiso morir matando.

Arrasándolo todo, así es la derecha. Si se hubiesen consentido en cinco años más de cuatrocientos homicidios, significaría que los dos mil profesionales del hospital serían colaboradores necesarios. ¿Usted cree que es verosímil que un médico llamado Montes le comió el tarro a todos los trabajadores? Claro, tras la denuncia, el hospital explotó. Luego más de 50.000 vecinos se manifestaron en defensa del Severo Ochoa. Crean una comisión a dedo con personajes bastante nefastos de la medicina. De 400 muertos bajan a 63. Luego, la  Clínica Médico Forense los baja a 17 y el juez nos llama por cuatro. En seis meses, la campaña mediática. Y, durante ese tiempo, arrasan con el hospital, que no ha vuelto a ser lo que era. Finalmente, cuando el caso fue archivado, Lamela dijo que del Severo Ochoa no iba a hablar más. Y no volvieron a hacerlo. Para ellos fue una derrota, pero la derrota fue para nosotros. Nos dieron hasta el carné de identidad.

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Pepe Velo, el maestro republicano que secuestró un transatlántico para hundir el franquismo

Pepe Velo Santa Maria Liberdade

El gallego no protesta, emigra. Pepe Velo, sin embargo, protestó y por eso se vio forzado a la emigración, que en realidad era destierro. Allí, fondeado en el desarraigo, había un exilio de ultramar convencido de que le correspondía a ellos, como expatriados forzosos, liberar a España. Él también lo creía así, por lo que ideó un utópico plan para quitarle el yugo a los súbditos de Franco y Salazar: secuestraría un trasatlántico en el Caribe, tomaría rumbo a África, sublevaría Guinea Ecuatorial y Angola, y propagaría la revolución de las colonias a la península Ibérica. El barco elegido tenía capacidad para 1.500 personas y se llamaba Santa María, aunque los insurrectos pronto lo rebautizaron como Santa Liberdade.

Xosé Velo Mosquera (Celanova, 1916) se quedó con apenas diez años huérfano de padre, Lino Velo, que había sido el alcalde de su pueblo. Allí fundó, junto a Celso Emilio Ferreiro, las Mocedades Galeguistas, de las que llegó a ser secretario general. “En nosotros predominaba ese caudal de entusiasmo que nos llevaba a no renunciar de ninguna manera a la lucha por la recuperación del país”, afirma el economista Xaime Illa Couto en el documental Pepe Velo, verbas como lóstregos, dirigido por Xan Leira. El Partido Galeguista, paraguas de aquellas Mocedades, cobijaba un espectro de políticos nacionalistas que iban desde una derecha wagneriana hasta una izquierda independentista. Tras la sublevación de 1936, fueron pasados por las armas o buscaron refugio en el extranjero, donde crearon organizaciones afines. Quienes resistieron en su tierra, exploraron la vía cultural, que contrastaba con la estrategia de algunos exiliados.

Con el paso de los años, Velo, que había estudiado Filosofía y Letras y dos cursos de Medicina, consideró que sus paisanos en Suramérica se habían anquilosado. Frente a un antifranquismo adormilado, propugnaba la acción directa desde Caracas, adonde había llegado en 1948. Su huida de España parece un ensayo de lo que sería su gran odisea: el ourensano es detenido y encarcelado tres días después del golpe de Estado; lucha obligado en las filas rebeldes de la División Acorazada Brunete; es condenado por desertar a un batallón de castigo en Guinea Ecuatorial; al término de la guerra civil abre una academia de enseñanza en Celanova y luego, otra en Vigo; vuelve a ser detenido por ejercer de enlace con el antifranquismo en el exterior; ingresa de nuevo en prisión y es torturado; se fuga aprovechando la libertad condicional; permanece oculto más de un año en la aldea de Moreira, cerca de su pueblo; y atraviesa la frontera, donde lo arresta la temida policía política portuguesa (PIDE).

Corre entonces el riesgo de ser expulsado, pero su causa se internacionaliza gracias a la ayuda de Humanitarian Service, una organización mormona que presta socorro a los refugiados, sostiene José Ramón Campos Álvarez en la tesis La emigración gallega a Venezuela (Complutense). Rómulo Gallegos, presidente venezolano y simpatizante republicano, se interesa por su caso y, gracias a él, logra hacerse con un pasaporte de emergencia expedido por el Consulado de Venezuela en Lisboa. Válido para un sólo viaje, finalmente embarca rumbo a Caracas.

En el documento figura que “no es venezolano”, que está casado (había contraído matrimonio a los diecinueve años con Jovita Pérez González, con quien tuvo tres hijos: Lino, Manuela y Víctor), que ejerce de profesor, que profesa la religión católica, que mide 1,76 metros, que su cabello y sus ojos son negros, y que su filiación política es “republicana galleguista”. La mejor definición de su ideología, si bien la prensa franquista se encargaría de tachar a los secuestradores de comunistas. “Era un tipo libre e indomable. Aunque no era anarquista, su espíritu era libertario”, asegura a Público el editor Paco Macías, que tiene previsto publicar ¡Morra España!, ¡Viva Hespaña!, su testamento ideológico. Ahí se ve reflejado no sólo que era una persona de izquierdas, siglas al margen, sino también un iberista.

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Julio Rodríguez: “Soy consciente de que soy un general objeto”

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Cuando a la hija pequeña de Julio Rodríguez (Ourense, 1948) le pidieron en el colegio que dibujara su casa, pintó una puerta y escribió encima: “Todo por la patria”. Aquel hogar era el Estado Mayor de la Defensa y su padre, el jefe. Piloto de caza, fue el primer Jemad que no juró sino que prometió el cargo. Hijo de militar franquista, lo apodan el General Rojo, pero él lo deja en progresista. En las elecciones del 20-D fue uno de los fichajes estrella de Podemos. No logró el escaño por Zaragoza, pero sí un castigo de las Fuerzas Armadas, que le quitó sueldo y honores por no ser neutral, aunque él ya había pedido pasar a retiro. Es culto, lector, antimilitarista y quizás sería un buen diputado, pero infelizmente perdió el tren del Congreso al no salir elegido por Almería el 26-J.

Pese a vivir toda su vida fuera, ¿ejerce de gallego?

Toda mi familia es de Ourense, pero mi padre era militar y, como no teníamos casa allí, he vivido siempre fuera: León, San Javier, Zaragoza, Valencia, Badajoz, Valladolid, Utrera, Morón, Sevilla, Múnich, Madrid… Los vínculos hacen que me sienta gallego. Mi abuelo emigró y mi padre nació en La Habana. Otros tíos fueron a Venezuela, a Brasil, a Nueva York… Yo nací en un balneario de las caldas, porque mi madre era de clase media alta. Estudió Magisterio en aquellos tiempos, aunque no ejerció porque no estaba bien visto. Mi padre se fue a Santiago a hacer Farmacia, donde lo pilló la guerra con dieciocho años. Se hizo alférez provisional y, luego, militar.

¿Pesó la profesión de su padre o entró en el Ejército para poder volar?

Algo pesa, porque vivíamos en un entorno muy cerrado, pero lo que me siempre me atrajo fue volar.

Una familia del bando nacional.

Claro, pero en mi casa nunca se habló de la guerra. El miedo impuso el silencio, porque una guerra civil es lo peor.

Corramos un tupido velo de cuarenta años, casi medio siglo si contamos hasta el 23-F.

Esa noche la gente revivió ese miedo y temió otra guerra civil. Durante unas horas de indecisión, nadie salió a la calle, algunos huyeron y se quemaron muchos papeles. Amigos de la Universidad vinieron a mi casa a refugiarse. Una casa de militar.

¿El futuro arrojará luz sobre una posible implicación del rey en el golpe?

Hubo varios golpes que se mezclaron. El blando de Armada, la dimisión de Suárez y el de un visionario como Tejero. No creo que haya documentos pendientes de desclasificar. Sabino Fernández Campo tenía mucho que decir, pero se calló.

Usted estaba en Manises.

Allí no había ninguna comunicación y la radio retransmitía marchas militares. Por onda corta, llegamos a escuchar que en Madrid no había golpe. Si hubieran cortado TVE, que anunciaba el discurso del rey, cundiría el pánico y tal vez se hubieran sumado algunos capitanes generales que dudaban [el comandante de su base aérea se negó y hasta llegó a amenazar con desplegar cazas para atacar la columna blindada que intentaba convencerlo].

¿Faltó poco?

Fue un golpe chabacano, y eso en política ocurre muchas veces: el factor tiempo y el factor suerte juegan un papel fundamental en procesos que parecen muy pensados y estudiados.

Y al revés: algunos actos parecen espontáneos, cuando detrás hay una estrategia meditada. Pensemos en el bebé de Carolina Bescansa durante la sesión de constitución del Congreso o en el beso de Pablo Iglesias durante el debate de investidura.

¿Crees que forma parte de una estrategia?

Podemos domina el tempo. Así lograron eclipsar la elección, por primera vez en la historia de España, de un presidente del Congreso que no pertenecía al partido más votado: Patxi López.

La interpretación es lógica, pero yo he viajado en campaña con Bescansa e iba siempre con su niña y su bebé. Lo hizo como un acto normal y a mí no me sorprendió. Han roto esquemas, empezando por el vestuario, pero la vieja política les ha tratado con mala educación, como si fuese una afrenta.

Hasta ahora, en las Cortes sólo podían vestir a su aire los fotógrafos.

Fíjate que, cuando Miguel Sebastián se quitó la corbata, José Bono llegó a apelar a las formas. Ahora, los diputados de Podemos han llevado nuevos aires al Congreso.

¿Llega usted al partido a través de su mujer?

No, eso lo publicó El Mundo. Siempre he sido votante de izquierdas y he tenido conciencia política y curiosidad intelectual. Me interesó desde su fundación y les voté en las elecciones europeas. Ella, por su parte, participó en el círculo de Majadahonda.

También le criticaron que, en su toma de posesión, prometiese pero no jurase el cargo.

Fue la primera vez que lo hizo un Jemad, pero yo ya lo había hecho como director general de Armamento y Material, pero eso no fue noticia. Te ponen una mesa con la Constitución, la biblia y el crucifijo… ¡Ya ves en qué país estamos!

Si el PSOE le hubiese ofrecido un puesto de salida y el Ministerio de Defensa, ¿hubiese aceptado?

Para nada. Ni pensaba participar en política. Podemos me ofreció en octubre el número dos por Zaragoza y respondí que no lo veía, porque me parecía que era tarde. Además, perdía dinero, incluso siendo diputado. En casa decidimos que no, pero le di vueltas y una semana después acepté. No sabía ni la provincia por la que iba a ir.

Si no existiera Podemos, usted no estaría en política…

Ni con Podemos tampoco. Alguien de la dirección pensó que mi participación aportaría valor añadido. Sin embargo, yo creía que mi tiempo había pasado. Quizás podría integrarme, una vez retirado, en un círculo. Me considero un privilegiado porque una generación más joven me haya invitado a participar. Si no me llegan a llamar de nuevo, hubiera seguido pegando carteles.

Ahora, como piloto, salta en paracaídas en Almería.

Allí no tengo nada. En Zaragoza, al menos, había estudiado. Como dice Max Aub, “uno es de donde hace el bachillerato”. Estoy implicado y habría ido el último, cerrando la lista. Me veo ilusionado, rejuvenecido y un poco egoísta, porque estoy haciendo algo por mis hijos. No defiendo mi opción como la mejor, pero me he reforzado desde que se metieron conmigo. Somos una sociedad democrática joven a la que le falta tolerancia. Hay gente que piensa que por nacer en el 2000 ya es demócrata. Y no, hay que educarse.

Entiendo que su padre era conservador.

Muy conservador. Mi padre no se adaptó a la democracia ni a nada. No era visceral, pero estaba completamente perdido para la causa.

¿Cómo nace usted demócrata?

Siempre se habla del proceso de acción-reacción.

Aunque en su caso, siendo militar, ese rebote es más extraño.

En mi casa no había muchas lecturas, pero un libro me va llevando a otro.

Y, cuando pilota un Mirage 3 y tiene que practicar con el simulador en Francia, entra en contacto con los libros de Ruedo Ibérico.

En París me iba a la Librairie Espagnole, en la Rue de Seine, y me compraba libros que no estaban autorizados en España, como El laberinto español, de Gerald Brenan; Historia de la guerra civil española, de Hugh Thomas; Historia de España, de Pierre Vilar… Mi biblioteca, comprada y leída por mí, tiene cinco mil libros, desde temática militar hasta socialista, pasando por literatura suramericana y española.

No llega a militar en la Unión Militar Democrática (UMD), pero simpatiza con ella.

En seguida los pillaron. No pertenecí a la UMD, porque no los conocía ni me llegaron a captar. No sabía que existían hasta que los detuvieron.

¿Cómo se desenvuelve un militar de izquierdas en un estamento reaccionario?

El Ejército del Aire siempre ha estado muy profesionalizado, mientras que el de Tierra no salía de los cuarteles y tenía poco material. En democracia, no hay ninguna contradicción entre ser un profesional y tener tus ideas políticas de izquierdas. Yo diferencio entre un Ejército golpista y otro democrático. Otra cosa es que las mentalidades no hayan cambiado, como se vio en el 23-F, con aquellos militares que se decían portadores de valores eternos.

¿Pero ha evolucionado el Ejército?

En los últimos veinte años, en nuestra sociedad se ha producido un ligero retroceso. En la Iglesia, en la época de Tarancón nadie imaginaba a un Rouco; en la época de Iniesta, nadie imaginaba a un Cañizares… Pues en las Fuerzas Armadas, desde Gutiérrez Mellado, pese a que entonces había mucho golpista, ha habido una regresión debido a la falta de cultura política. Hay personas con mucho título universitario y mucho máster que son verdaderas bestias; me da igual que se llamen Félix de Azúa o lo que sea. Ahora se trata de deslegitimar y demonizar al contrario en vez de debatir sobre las opciones. Algunos no nos quieren ni para ir a la esquina y, a nivel europeo, pretenden evitar a toda costa que lleguemos al Gobierno, porque España no es Grecia.

Un ataque inédito en democracia.

A finales de los setenta y en los ochenta, cuando era capitán, yo debatía con otros mandos sobre a quién íbamos a votar. No creo que ahora un militar se atreva a decir que vota a Podemos, porque el empleo se ha precarizado. En definitiva, hay miedo. Y la caverna ha vuelto a salir a la luz.

La caverna militar, quiere decir.

Sí, pero también hay caverna en las redes sociales. Me insulta gente cuando reivindico la palabra patriotismo, porque nos la han robado. En la izquierda hay pudor a utilizarla, pues te pueden asociar con la bandera. Para patriotas, los de Podemos, porque estamos con toda la gente.

Una bandera estigmatizada.

La derecha nos ha robado las palabras. Aquí, los que presumen de patriotas se llevan el dinero fuera de España.

¿Se puede ser militar y antimilitarista?

Perfectamente. Militarismo es la preponderancia del poder militar sobre el civil. Ser antimilitarista es ser constitucional, porque yo antepongo el poder civil al poder militar, aunque no estoy en contra de la existencia de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, hay mucho militarista en la sociedad civil. Militarista puede ser Reagan, Bush u Hollande cuando utilizan el instrumento militar en política para hacer cosas que podrían hacer de otra manera.

¿Le resulta más complicado militar en Podemos que en el Ejército?

No. Cuando estaba en el Ejército, tenía que ser apartidista por ley, pero no apolítico. Cuando alguien me dice que es apolítico, me preocupa. Ahora que no soy un ciudadano de uniforme, elijo una opción con ilusión y presto un servicio público porque quiero dignificar la política. Podemos ha sabido leer la realidad, a diferencia de otros partidos. El PSOE estaba fuera y, cuando ha vuelto, se ha encontrado con que la gente ya se le había ido.

Tras dar un paso al frente, debe defender un programa con el que no comulga en su totalidad.

Sí, pero no hay tantas contradicciones. La gente debe leer los programas, donde te encuentras con propuestas distintas a los estereotipos. Como Podemos es un partido que quiere gobernar al día siguiente, hay medidas de sentido común.

La renta básica garantizada en un país mediterráneo y latino…

No sería algo general. Estamos entrando en una situación tan precaria que ya hay muchos economistas que piensan que con la robotización de la sociedad no va a haber empleo para todo el mundo.

Critican las relaciones de dirigentes de Podemos con Venezuela o Irán, pero luego el Gobierno vende armas y material militar a dictaduras o al propio Nicolás Maduro.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria de guerra no se transformó en una industria de paz. El propio Obama ha dicho que uno de los principales opositores a que Estados Unidos no interviniese en Siria fue su lobby, o sea, su propio staff de Washington, que presiona a favor de la intervención militar. No basta con vender armas a un país que no está en guerra, porque se las puede vender a otros, hasta que van a parar al Estado Islámico, por ejemplo. Por eso, abogamos por la trazabilidad del armamento. La máxima Si vis pacem, para bellum es errónea. Si quieres la paz, no tienes que preparar la guerra, sino la paz. Para ello, hay que educar a la gente en las escuelas y en las academias militares. El militar es como un bombero que no quiere que haya fuego. A mí me gusta prevenir, no quiero que haya guerra. Los Ministerios de Defensa fueron Ministerios de la Guerra, por lo que ojalá que un día haya Ministerios de la Paz. Mientras, los policías, que eran ciudadanos con una porra en vez de con una pistola, ahora van acorazados y con gafas de visión nocturna. La estrategia del miedo ha mezclado la seguridad interna con la exterior, el terrorismo islámico con la inmigración…

¿No se ha hecho conservador con el paso del tiempo?

No. El día que deje de cabrearme, estaré envejeciendo. Cuanto más sé, más compleja veo la situación y más dudas tengo. Yo, que leía Triunfo y otras revistas de la Transición, me sorprendo con la evolución de Gabriel Albiac, Pío Moa o César Alonso de los Ríos. Yo no me he hecho más conservador. De hecho, si esto no sale, yo no voy para atrás. Me echo al monte [risas]. No digo que me haga maqui, pero casi… Thomas Piketty hace un estudio de la evolución del capitalismo y señala que la desigualdad crece cada vez más. La dificultad es encontrar una alternativa, porque la inicial, que era el comunismo, ha fracasado.

La prensa de papel está inoculando al lector que, si gobierna Podemos, el país se va al carajo.

Es terrible. Nos presentan como el desastre, pero el capital no es tonto. Recuerda que, durante la Transición, para hacer frente al PCE, Estados Unidos y la Internacional Socialista (presidida por Willy Brandt) financiaron primero al PSP de Tierno Galván, equivocándose, y luego directamente al PSOE. Fue cuando Felipe González dijo aquello de “No he recibido ni un duro, ni una peseta, ni de Flick ni de Flock” [en los años setenta, el empresario Friedrich Karl Flick sobornó a políticos alemanes de todos los colores a cambio de beneficios fiscales; la trama de corrupción salpicó al PSOE, puesto que la Fundación Friedrich Ebert, creada por el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), financió a la emergente formación política de González con 2,7 millones de marcos, unos 150 millones de pesetas]. Si no es tonto, el capital, que se sacó a Ciudadanos de la manga cuando vio que el PP flojeaba, también tendrá que negociar con la izquierda.

¿Se siente cómodo con el pacto con Izquierda Unida?

Sí.

[Esta entrevista fue realizada antes de la campaña electoral, de ahí las preguntas en tiempo futuro sobre los resultados del 26-J] ¿Cree que restará votos a Podemos?

Me preocupan los mensajes de campaña, porque toman a la sociedad por tonta: Venezuela, el frentepopulismo, buenos y malos, el ceño fruncido… Pedro Sánchez se agarra a una imagen: “¿Te imaginas un presidente como Pablo Iglesias o a alguien como yo?”. En una sociedad que va al ritmo de 140 caracteres, parece que va calando. Soy consciente de que soy un general objeto, es decir, de que me han utilizado para borrar esa imagen de perroflautas. De ahí la idea de contar con gente como la magistrada Vicky Rosell o el juez en excedencia Juan Pedro Yllanes. También se tocó a más personas, pero quizás dijeron que no por el sueldo [los diputados de Podemos cobran un máximo de tres salarios mínimos, o sea, catorce pagas de 1.945 euros].

¿Está usted haciendo un sacrificio económico?

No exagerado, porque no ganaba 6.000 euros, pero sí que lo he hecho.

Ha sido apodado el General Rojo. ¿Orgulloso de compartir apellido con el general republicano Vicente Rojo?

Pues sí, porque fue un hombre valiente. Pero si el afán es peyorativo, para deslegitimar mi persona, mi opción es progresista. No quiero volver a la dicotomía rojo y azul. Me siento más cercano a personas valientes como Gutiérrez Mellado, que sufrió un acoso mediático muy fuerte, y a los militares de la UMD. No me puedo equiparar a gente que estuvo en una guerra, luego fue marginada y sufrió mucho.

¿Qué futuro le quiere dejar a sus cuatro nietos?

Soy egoísta, porque lo hago por ellos. Hay que cambiar este país. En mi época, pensábamos en tener un empleo seguro. Nadie concebía que si alguien estudiaba fuese a ir al paro. Ahora, mi hijo arquitecto y su pareja farmacéutica están en paro o tienen empleos precarios. Hay una generación que está viviendo en la incertidumbre.

Cuando ya podía estar tranquilo regando plantas, se mete en esto.

Hay gente que me para por la calle y me llama valiente.

¿Un sueño futuro?

Estos últimos cuatro años he cuidado a mi familia, he profundizado en mis lecturas, he asistido a tertulias y me he dedicado a cultivarme. No me considero nadie, pero mi sueño sería que este grano de arena hubiera hecho despertar a mucha gente. La sociedad debe movilizarse: si nos recortan los derechos es porque la sociedad cede. Comentas que ahora podría estar tranquilo… Desde que entré en política, me atacan a mí y también van a por mi mujer, porque buscan que me rinda. No tengo vocación de héroe, pero no lo conseguirán, porque pretenden precisamente eso. Intentan minar, uno a uno, nuestras voluntades. A quien va a la huelga le quitan dinero, a quien se moviliza lo acusan de participar en una manifestación ilegal…

¿Algo que le quede por hacer?

Viajar con los míos, pero sería una vida placentera, de jubilado. He tenido siempre pocos recursos económicos y, pese a ello, he sido feliz, porque no he extrañado ni anhelado el dinero. Ahora me satisfaría que el país fuese a mejor. Luego, una vez retirado, me bastaría con leer un libro frente al mar o en el monte, lejos del follón de Madrid.

Cuando se levante de la mesa y vuelva a su casa, ¿me habré despedido del próximo ministro de Defensa?

No, porque probablemente causaría más problemas que otro… Si dependiese de mí, no me nombraría. Para el cargo, hay que tener sentido común. El ministro de Defensa no tiene que ser el mejor militar, al igual que el de Sanidad no tiene que ser el mejor médico ni el de Educación, el mejor profesor. Elegiría a una persona que no produjera heridas en las Fuerzas Armadas, porque hay militares que consideran que irme a Podemos fue una traición. Yo ya tengo 68 años y hace falta un Gobierno joven, al que yo estaré ahí apoyando.

Si le ofrecieran el cargo, ¿diría que no?

Diría lo que estoy diciendo, y lo argumentaría. Como argumenté que no me veía participando en política, aunque luego me convencieron. Si alguien piensa que yo proporciono valor añadido, sí, pero pondría las pegas que acabo de comentar.

La primera pregunta que le formulé fue si ejercía de gallego y he visto, ahora que se acerca el final de la entrevista, que sí lo hace.

Probablemente, alguien me considerará así. Un piloto de caza y combate está solo en un avión y debe tomar las decisiones rápido y bien, porque si no te quedas sin combustible o te la pegas. Eso me ha ayudado mucho en mis puestos de gestión. He preferido tomar una decisión equivocada y corregirla que no tomarla. Si empiezas a dudar, malo. Y, en ese sentido, me he acostumbrado a no ejercer de gallego porque tengo una visión pragmática. Por ejemplo, si alguien me manda a los cuarteles de Almería, Zaragoza o Marín para ganar más votos entre los militares, no saco ni uno. Se habría equivocado. Lo importante para un ministro es rodearse de un buen equipo, no saberlo todo sobre Defensa. Y no creo que yo fuera el mejor ministro en el primer Gobierno de Podemos.

¿Cree que no hay militares que votarán a Podemos?

Claro que sí, lo que pasa es que no lo dicen. El Ejército es una institución conservadora compuesta por oficiales, suboficiales y una tropa de 40.000 soldados profesionales. Entre ellos, también hay gente ilusionada con Podemos, porque las Fuerzas Armadas salen de la sociedad. Pero si les pido que levanten la mano, no lo hacen, porque no les merece la pena. Mañana pueden cambiar de destino o quieren otra plaza y no se la dan. Sucede lo mismo en las empresas, donde hay contratos precarios y los trabajadores se arriesgan a que no se los renueven.

Sea como fuere, usted puede arrastrar votos.

Sí. Cuando el 23-F, muchos militares se acercaban a mí y me decían: “Dime qué libros puedo leer”. Se sentían engañados. Ahora, me dicen que les hice despertar muchas inquietudes cuando he hablado sobre antimilitarismo y otros temas. Les obligué a pensar y a ver que hay otras opciones. Pero cuando voy a debates y llega la ronda de preguntas, me doy cuenta de que queda mucho por hacer, porque la gente todavía tiene demasiados prejuicios. “¿Crees que hay muchos militares como tú?”, me preguntan, pues no se lo creen. “Tú pareces un tío majo, pero el resto brrrr…”.

Foto: Toni Juliá.

(Publicado en la revista Luzes en julio de 2016. Puedes comprarla o suscribirte aquí)

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Poli Díaz: “La persona que mejor se portó conmigo fui yo”

 

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Un chaval de barrio obrero que iba para delincuente se redime a través del boxeo y consigue acaparar la atención de la España felipista durante su asalto al título de campeón del mundo. Poli Díaz (Madrid, 1967) tenía 23 años y una cuesta abajo por delante: tras su derrota en Norfolk contra Pernell Whitaker, el púgil español más mediático de todos los tiempos pasó de acumular cinturones (siete nacionales y ocho europeos) a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en un poblado chabolista a cambio de una dosis.

Pero El Potro de Vallecas rehúye las preguntas que remiten a su viaje por el lado salvaje de su biografía, que para eso ya ha publicado un libro en el que lo cuenta todo: una infancia de necesidades, el amateurismo de bocata, la indomable cresta de la ola, la calma de la coca y la furia del caballo, el actor porno desbocado y las broncas que hicieron que diese con sus huesos en la cárcel.

Como antes de subirse al ring, cuando no bebía ni siquiera fumaba, ahora lucha por espantar esos fantasmas y ganarse el pan impartiendo cursos de boxeo. Por eso, ha ajustado cuentas con el pasado en A golpes con la vida (Espasa). Sólo quiere vivir tranquilo con su chica en su barrio de siempre, donde en aquellos maravillosos años saludaba diciendo: “Buenos días, soy Poli Díaz y pego hostias como tranvías”.

¿Dan más golpes los tópicos o la vida?

La vida, claro.

¿Y duele más subir al ring o que cuenten mentiras sobre uno?

Las mentiras joden mucho.

Fue un héroe de barrio en una Vallecas donde campaba la heroína. La cosa, en el sur de Madrid, estaría fina cuando era joven…

A tope.

¿Perdió a algún amigo?

Hay gente que se pierde. Pero no quiero hablar siempre de lo mismo. Contra más sepan de eso, más droga van a pasar. Y no me apetece dar publicidad para que vendan tanta.

En sus primeros combates, la guita escaseaba.

No era una cuestión de dinero. Quería boxear para poder viajar.

En cambio, con Whitaker se llevó una buena bolsa.

La gente está muy confundida. Durante los combates europeos también gané dinero. De hecho, pude comprarme mi primer piso.

Al principio se pasaba el día entrenando y trabajando como albañil. Alguna chica por ahí también habría, ¿no?

Si no tenía edad para estar con chavalas… A los diecisiete años, no piensas en eso, sólo en trabajar y jugar.

Cuando se proclamó por vez primera campeón de España en 1986, le dieron un cinturón con pollo

Tenía el escudo del águila de Franco. ¿Tú ves eso normal en una Federación? ¿No le daba vergüenza entregar una chapa barata con aguilucho?

Mucho no le duró porque se la dio a su preparador, Ricardo Sánchez Atocha.

Sí, pero paso de hablar de ese señor. Para mí no es nadie. Una cosa podrida.

Vamos, que la persona del mundillo que mejor le trató fue el empresario Enrique Sarasola.

El que mejor se portó conmigo fui yo, que era el que tenía que estar arriba y pegarme. Quien tenía que cuidarme era yo. Quien tenía que trabajar y correr era yo. Nadie lo hizo por mí.

Pero le montó una promotora y, además, usted siempre ha hablado bien de él.

Era un tío de puta madre. En cambio, cuando disputé mi primera pelea por el título de campeón de Europa contra Di Lorenzi, no puso el dinero para que se celebrase en España. En su momento me ayudó mucho, sobre todo como amiguete y relaciones públicas, presentándome a gente famosa y tal. Pero, a la hora de pelear, el que se pegaba era yo… y con rivales difíciles.

Usted, políticamente…

¿Cómo políticamente?

¿Le es igual el PP, el PSOE o…?

A mí me suda el nabo todo. Me es igual. Yo tengo que trabajar para mí, ni el PSOE ni nadie me han ayudado.

“Tenemos un rey que no nos merecemos”.

Me cae muy bien. Es muy majo y muy buena gente. Le he vacilado muchas veces. “¿Qué, rey, nos damos unos puñetazos?”.

¿Le parece bien que la corona se herede?

Si existe la monarquía, por algo será. Yo lo que digo es que si pagan a gente como la Duquesa de Alba por sus títulos, ¿por qué no me pagan a mí, que también los tengo? Mejor los habré ganado yo, ¿o no?

Fue un boxeador oportunista: dejaba flancos descubiertos para buscar un descuido del rival y luego atizarle.

Le ponía el cepo [cebo] para que picara.

En realidad, aprendió a boxear solo.

Sí, uno aprende mutuamente solo.

Le molestaba que El País no informase de boxeo mientras que Canal+, que pertenecía al mismo grupo, emitía las grandes peleas de Tyson pero no las suyas.

Si saben que hay dinero, lo ponen. Es como los videojuegos de combates para los críos, donde no hacen más que pegarse. ¿Cómo se llama eso? Esepé [PSP]… su puta madre. Tenían que estar prohibidos. Es como los coches sin carné: ¿tú ves normal que alguien sin carné se ponga a conducir? ¿Y si mata a alguien?

De hecho, cuando Whitaker, en Estados Unidos estaba prohibido anunciar alcohol y, por ello, en el precio de la entrada estaba incluida la multa…

Sí, pero de eso no quiero ni hablar.

¿Por qué le decepcionó el estadounidense?

No fue así. Él me ganó, fue mejor que yo. Pero los que no saben de boxeo no tienen ni puta idea o no se enteran.

¿Fue una encerrona?

El árbitro y otros le ayudaron un poquito… Tendrían que haberlo expulsado después empujar al árbitro.

¿Cómo se pelea con una costilla rota?

Tiré p’alante porque estaba caliente. Pero sí, al respirar dolía…

Luego, al volver de EEUU tras el combate, cada vez que iba al banco, sacaba mazos de medio millón de pesetas.

Cuando no dormía, sacaba dinero. Cuando dormía, pues no lo sacaba. Lo gasté y ya está. No quiero volver a esos malos recuerdos, para eso he publicado el libro. Deberías leértelo.

Claro, pero estas preguntas están hechas a partir del libro.

Y las contestaciones, también.

Después de dos años, se quedó “sin rubia, sin dinero y sin amigos”.

Me duró más de dos años.

Paradojas de la vida, se enganchó a la heroína cuando no le quedaba dinero.

Sí, pero bueno… Eso está pasado. Por contestar a estas preguntas, en otro lado me pagarían dinero, ¿sabes?

Entonces no le pregunto por las películas…

Puedes hacerlo.

Dice que lo de actor porno se le dio “bastante bien”. El título de la primera, El Potro se desboca, era bueno, no sé la película.

Estoy avergonzado de haber hecho eso. Era joven y punto.

Ha dicho que, si no fuese por el boxeo, habría sido un delincuente.

Podría haberlo sido.

¿Qué especialidad?

¿De delincuente? Ninguna. Eran cosas en las que sólo piensa un crío.

Cuando cayó en la heroína, llegó a alquilar a toxicómanos una tienda de campaña en La Rosilla.

Sí… Contando esas cosas podría hacer caja en otro lado y no voy a decirlas aquí, por la cara.

¿El suicidio de Urtain no fue un toque de atención? ¿Qué pensó cuando se mató?

No sé, hay gente que no es Urtain y se ha suicidado. No hace falta ser boxeador, hay hombres de negocios que se ven en la ruina y luego…

Sarasola fue como un padre. ¿Quién ejerció de madre?

No, no hubo ninguna mujer en mi vida.

Pero Eva, su pareja…

Sí, me apoya, pero no quiero darle tanta cancha.

¿Cómo se entendía con Mickey Rourke en sus noches vallecanas?

Él chapurreaba italiano. Íbamos de un lado para otro y ya está.

¿Qué mejor recuerdo guarda de su vida?

Haber nacido.

¿Pero su infancia tampoco fue…?

Fue la infancia de cualquier chico de barrio.

Foto: Paola Manfredi. (Publicado en la revista DT en junio de 2013)

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