A veces oigo voces

Las entrevistas etcétera

Eleuterio Sánchez: “Que un obrero vote al PP es un reflejo de la estupidez humana”

Eleuterio Sánchez, el Lute. / Foto: Christian González

El primer delito del Lute fue nacer. Una chabola cochambrosa, un frío más severo que la Guardia Civil, una barriada desnutrida donde la nada era de todos. Pizarrales, vomitorio de la ciudad, el niño no duerme porque la imaginaria ronda su estómago. Serafina, sorda y muda, madre. David, el padre, escuchó su primer berrido tras los muros de la cárcel. Los Castellanos, familia merchera que alumbraría otras dos bocas, la camada toda mamando del teto. Lo primero que aprendieron fue a tener hambre. Un apetito nómada, que ruge de pueblo en pueblo. Eleuterio Sánchez Rodríguez (Salamanca, 1942), ni gitano ni payo, la otra tercera España.

Cabrero de prestado en Las Hurdes, lo confinaron en el carambuco por robar gallinas. La sopa boba del Estado: crear un mito con el molde de un hambriento. “Duérmete, niño, que viene el Lute”. Salió del talego, dio el palo a una lamería de Bravo Murillo y una bala tasó al biorro. Eran tres bravos quinquis tres a lomos de una moto desvencijada. Cuando los atraparon, un disparo de la policía mató accidentalmente a una niña que pasaba por allí. La llaman bala perdida, como si todos los casquillos del mundo no se echaran a perder. El tiro que tumbó al vigilante no era de su propiedad, pues nada tenía, pero le encalomaron todo: joyas, caídos y leyenda. Víctima de la Ley de Bandidaje y Terrorismo, juzgado por un tribunal militar y defendido por un teniente chusquero, es condenado a muerte.

Cuando los hijos la lían parda, sus madres señalan con el dedo acusador a las malas compañías. Del Lute dijeron eso, que se había juntado con quién no debía. ¿Fue así, Eleuterio? “Ya lo he contado en tantas ocasiones… He escrito mi vida para no tener que explicarla, mas estoy condenado a hacerlo una y mil veces”, gruñe entre bambalinas. Ha llegado con retraso a la entrevista y advierte de que saldrá pitando, pues tiene que firmar libros. Luego volverá al Circo Price para ilustrar al auditorio sobre la miseria humana y la cultura alienante “que nos domina”. Es uno de los invitados al congreso Mentes Brillantes, donde dejará claro que el maniqueísmo va ganando la partida de la vida. “Nos olvidamos de que tenemos un cerebro prodigioso”, eleva la voz. “¡Portentoso!”, grita con las venas empachadas. “Nos comen el coco y apenas manejamos cuatro conceptos”.

A veces, Eleuterio se cabrea. Otras, sonríe. Lo hace bajo la inmunidad que concede la senectud, cuando los arrebatos ciclotímicos ya no te hacen pasar por necio ni por loco, acaso por un sabio que aún caldea la sangre del corazón y del cerebro. “Los mass media funcionáis con etiquetas”. Nunca dice “la prensa”, tampoco “los medios”. Repite una y otra vez “mass media”, como si se hubiera quedado colgado en McLuhan. El franquismo necesitaba un enemigo interno y, dado que la escoria comunista ya estaba entre rejas, forjó un icono que infundiese pavor. El quiosco hizo el resto: del “enemigo público número uno” que le había colgado el régimen a la aureola adjetivada de los periódicos. “El último bandido romántico”, titulaba uno. “Un Luis Candelas del siglo XX”, subrayaba otro.

– A mí me habéis puesto una etiqueta. Que alguien viola o comete un atraco, pues “vamos a ver qué opina el Lute”. ¿Y sabes qué es eso? Es maniqueísmo, es simplicidad, es estupidez, es negar nuestro cerebro… A base de simplificar conceptos complejos, se desnaturalizan las cosas.

– [silencio]

– Así que fíjate si tengo cosas que decir…

– ¿Todo esto también se lo cuenta a sus nietos?

– Bueno, a ellos les digo muy poca cosa [arquea la sonrisa, dulcifica el rictus]. No quiero que me consideren el abuelo cebolleta o el de las batallitas.

– ¿Cuántos tiene?

– Cinco. Yo podría ser bisabuelo, pero hoy los hijos ni se te van de casa, ni se casan, ni tienen hijos. No se mueven de ahí ni aunque los mates a palos. Indudablemente, hay razones objetivas.

Cuando él era hijo, no había casas. La vida era un carromato, una sinfonía de hojalata, un que vienen los mercheros. Su primera fuga fue de la mano de Consuelo, porque los suyos se arrejuntaban así, por ayuntamiento. El primer amor es como un tatuaje: no se va ni con lejía. Luego llegó el láser, también llamado divorcio, si bien él nunca olvidó a la madre de José María y David. No los separó un papel sino la cárcel, de la que saldría para casarse con Frasquita, una gitanilla de quince años. Durante su relación con Carmen Romero nació un pequeño Eleuterio. Dos hijos más, Ismael y Camino, llegarían con Carmen Cañavate, que lo denunció por malos tratos. Con Teresa, su actual pareja, no ha tenido descendencia. Hay paro hasta en la fábrica de parados.

– Engrosan una generación que vivirá peor que sus padres, y no lo digo por usted, que nada tuvo.

– Mucha gente ha dejado la universidad porque no puede pagar la matrícula. Cuando terminas el grado, si no estudias un máster no eres nadie. ¿Pero quién lo puede pagar? Sólo los estudiantes de clase media para arriba. Ese elitismo se lo debemos a Rajoy.

– Lo ve como una regresión.

– La derechona que nos gobierna configura la élite. Son ellos los que se forman y los que están llamados a gobernarnos de nuevo, porque son quienes se han preparado. Con Felipe González, había acceso a la educación. El hijo del zapatero no tenía por qué ser zapatero, pero ahora sí. O casi.

– Sin embargo, el voto no siempre se corresponde con el poder adquisitivo del elector. ¿Cómo se explica que en los barrios obreros se vote al PP?

– Einstein dijo que hay dos cosas en la vida que no tienen límite: la estupidez humana y el universo, y de lo último no estaba muy seguro.

Eleuterio no ha venido aquí a hablar de su libro, que para eso ya lo ha escrito. Camina o revientaMañana seré libreCuando resistir es vencer. Todo lo de dentro también está grabado en los surcos de su frente. Si acercase la punta de un pañuelo para poner coto al sudor, sonaría el disco rayado de su existencia. Pero no hay aguja que valga porque el otoño se ha acordado de Madrid, al que había dejado olvidado en el paragüero de una taberna de frasca y serrín, como la que frecuentaba el Lute antes del palo gordo. “El 5 de mayo de 1965 fue el día más negro de mi vida”, le dijo a la tele, fijando el alumbramiento de la leyenda negra. Un tribunal civil y la aplicación del Código Penal no le hubieran perdonado el castigo de la celda, mas la ley “que se había sacado Franco de la manguita” lo condenó a muerte, pena conmutada por cadena perpetua. “Una vez que te llevan a los militares, ya no hay abogados, ni justicia, ni nada”.

Su madre no lo había parido para que se pudriese en la cárcel, por lo que buscó una razón para sobrevivir. Ese motivo estaba fuera: Franco tenía que morirse algún día y una amnistía podría librar de los barrotes a un preso sin delitos de sangre. Había entrado el Lute, aunque de allí tenía que salir Eleuterio Sánchez. Lo primero era aprender a escribir, porque le daba vergüenza que sus colegas conociesen sus intimidades, y Consuelo esperaba sus cartas. Luego entró en contacto con el dirigente comunista Simón Sánchez Montero, que lo animó a estudiar Derecho. Entonces, aquel analfabeto entendió que había sido un chivo expiatorio, y comenzó a redactar sus memorias en cartoncillos del papel higiénico.

Él no podía salir de la cárcel, pero su vida, sí. Le quitaba la entretela a los puños de la camisa y los rellenaba con los rollos manuscritos, que su hermana se llevaba a casa para hacer la colada y, de paso, blanquear su historial. Aquellos cientos de cilindros de doble cara, porque había que aprovechar el espacio, se reciclaron en Camina o revienta, un éxito editorial publicado en 1997 y traducido a diez idiomas. El pueblo, que había convertido en héroe a quien el Estado quiso vender como villano, piensa en Eleuterio Sánchez, si bien visualiza a Imanol Arias con el brazo en cabestrillo. Una foto que, en realidad, es un posado amañado entre los guardias civiles y los reporteros de El Caso, al loro de la detención. Vicente Aranda había llevado su historia al cine y Victoria Abril, su virginidad al huerto. El actor se metió tanto en el papel que, cuando se presentó la película, su bigote competía con el del salmantino.

Tiempo atrás, no había sentido simpatía por él, aunque el libro le permitió descubrir a la persona que se escondía tras el personaje, porque el famoseo de la época abrazaba al Lute, no al autodidacta experto en Derecho Penal que había hecho prácticas en el bufete de Tierno Galván. “Ejercí muy poco la profesión, porque me enfrentaba con el sistema. La delincuencia de hoy es otra cosa, pero en el franquismo era subdesarrollada, una delincuencia de muertos de hambre”, afirma quien llegó sumar 1.022 años de condena, pues le endosaron hasta la muerte de Manolete.

– Usted los llama delitos famélicos.

– Es que no eran delincuentes, sino trabajadores del campo que se quedaban en paro cuando se terminaba la temporada. Hay que tener en cuenta que entonces no existía el subsidio de desempleo. Tú comías y vivías en tanto en cuanto había trabajo. Luego, con una mano delante y otra detrás, tenías que hacerte vividor y trincar lo que pudieras por ahí. Los Bárcenas y todos estos vinieron después.

– ¿Calificaría la pobreza como violencia de Estado?

– Esos delitos no deberían pagarse nunca con cárcel, porque se cometen para comer y subsistir. Los delincuentes son quienes crean las necesidades de protomiseria que fuerzan a un padre a robar un saco de trigo para darle de comer a sus hijos. Esos son los verdaderos chorizos. Aquí, el que roba un barco es un ladrón, pero el que roba mil barcos es un conquistador. ¡La hostia en bicicleta! ¿Hay alguien más ladrón que los de Bankia y sus tarjetas black?

Eleuterio, que colaboró en el guion de Camina o revienta, recuerda las que montaba en los juicios. Suyo también es este diálogo entre el juez y él, que toma la palabra:

– Estos hombres no tienen que estar en la cárcel. Lo que necesitan es libertad, ayuda sana y orientación. ¡Señoría, es antes la sociología que la criminología!

– ¡¿De qué está usted hablando, letrado?!

– Estoy hablando de la base fundamental, que ustedes no conocen.

– ¡Fuera, fuera!

– Adonde me voy a ir es al talego. Mi defendido y yo, juntos los dos.

“Tuve que dejarlo”, concluye Eleuterio, quien a partir de ahí siguió con sus libros, colaboró con varias publicaciones e impartió conferencias. Como la que le ha devuelto a la capital, de donde salió huyendo hace veintitantos años, porque Madrid le mataba. Ahora vive en Niebla, un pueblecito de Huelva que a veces deja atrás para refugiarse en Cabezabellosa. La localidad cacereña no dista mucho de Las Hurdes, porque uno nunca deja de ser de donde pacieron sus cabras. Allí, escribe. Debe de estar fantaseando las ingeniosas aventuras de un Quijote quincallero, su libro de cabecera, que habrá leído unas quince veces. Aboceta la historia de su gente, los mercheros, cuyas carretas terminaron echando el ancla cuando el plástico desplazó al vil metal que vendían y arreglaban de pueblo en pueblo. Eso, y las somantas de hostias de la pareja de la Guardia Civil, su enemigo natural, que rivalizaba con el frío y el hambre.

“Ahora echo de menos Madrid. Conviene reposar y tranquilizarse, pero cuando ya lo has hecho, esa combinación puede abotargarte. Ya sabes que descanso más descanso es igual a cansancio”. Sin embargo, cuando fue pasto de los focos, necesitaba poner tierra de por medio. Lo invitaban a saraos, posaba con Sofía Loren, Joaquín Sabina le cantaba “furtivo como el Lute cuando era el Lute” y Boney M. le destrozaba la cama de la prisión de Alcalá de Henares. Allí, en régimen abierto, recibió a Marcia, Bobby, Maizie y Liz, que popularizaron El Lute, cuya pronunciación, en boca del cuarteto antillano, a él le sonaba a El Luche. Le trajo sin cuidado, porque la canción de marras, donde se le comparaba con Robin Hood, le reportó cuatro millones de pesetas, que bien valían un jergón. El caso es que, durante la visita, los cantantes se habían subido a la cama, que terminó cediendo. Eleuterio, en cambio, no sucumbió a la proposición de una productora porno, que llegó a ofrecerle cincuenta millones por dar la talla en una película.

Lo consultó con la almohada, porque era mucho dinero, pero él no se había fugado para eso. Siempre ha dicho que, adquirida cierta conciencia política, su objetivo una vez en libertad era despertar a los suyos. Quería que los hijos de los mercheros tuvieran una educación, que la cuna no marcase el destino del recién nacido. Todo esto lo cuenta en sus libros, que ilustran su mutación en un hombre nuevo. Hay pasajes que ponen la piel de gallina, aunque el ave fénix resurgió de sus cenizas para contarlo. Antes de caer en el sótano de la Dirección General de Seguridad, no podía imaginarse las técnicas de tortura de la policía franquista, ni la capacidad del ser humano para soportar el calvario. Tampoco se le habría pasado por la cabeza introducirse en el ano una llave que le había pasado un preso anarquista, abrir las esposas, salir al pasillo escoltado por dos guardias civiles y arrojarse de un tren a setenta kilómetros por hora. Durante el trayecto a Madrid para testificar en una causa, había calculado la frecuencia del paso de los postes: cada dos segundos. No se partió la crisma de milagro y saboreó la libertad durante trece días.

Su fama de fuguista se consolidó cuando una Nochevieja logró huir de la cárcel del Puerto de Santa María. Fue el único preso que lo consiguió en la historia del penal, lo que le valió un homenaje de sus compañeros, que bautizaron su vía de escape como la Avenida del Lute. Más allá de esquivar las balas que le iban marcando el camino, su mérito había consistido en ganarse la confianza de los carceleros. ¿Quién iba a pensar que el estudiante de Derecho, resignado a envejecer en prisión, iba a fugarse? Podría haberse dedicado a contar las arrugas de su rostro, como quien raya la pared año tras año. No obstante, la única operación matemática de su ábaco daba como resultado la libertad. Tres bolas, otros tantos propósitos: “Estudio, gimnasio y fuga”, se repetía. “El primer año fluctuaba entre el homicidio, el suicidio y la idiotez, porque el traje me venía muy grande. Era joven, analfabeto y no entendía nada de lo que me pasaba. Por ello, empecé a estudiar como un loco, me declaré estudiante a perpetuidad y seguiré siéndolo para siempre”.

Eleuterio empezó a adjetivar su vida. Una vida perra. “Descubrí todo lo que habían hecho conmigo y saqué mis conclusiones”. Cuando se fugó de la prisión gaditana, los suyos lo acogieron durante casi tres años. La Guardia Civil tiró de mosquetón y peinó con su capa la piel de toro. En Granada conoce a Frasquita y le pide la mano a su padre, pero es localizado y huyen a Sevilla. Dos meses ocultos en un colector echaron los recién casados por el rito gitano, y de ese agujero salieron las primeras páginas de Camina o revienta, que ha sido reeditado por Almuzara. Cuando es capturado de nuevo en junio de 1973, luce perilla, mientras que los picoletos que lo escoltan sonríen a la cámara y alguno lo mira con arrobo.

Frasquita regresa a Granada, donde la entrevista un periodista del Ideal durante una reunión del clan de Los Gatos. Sobre la mesa, para cenar, hay torreznos y vino en damajuana. “Resulta violento hacerle cualquier pregunta”, escribe Antonio Ramos. “Apenas habla, y cuando lo hace, con la mirada baja y la voz apagada”.

– ¿Cómo es el Lute?, o perdona, ¿cómo es Manolo? —pregunta el reportero.

– Me ha tratado muy bien. Conmigo lo ha hecho lo mejor que ha podido —responde ella.

– ¿No te dejaba salir?

– Eso no.

– ¿Cómo te compraba la ropa?

– Él sabía mi talla y me compraba los vestidos.

– ¿Qué hacías sola en casa?

– Guisaba. También me aburría.

– ¿Quién creías tú que era él?

– Siempre nos dijo que era un comerciante.

– ¿Piensas escribirle ahora?

– No queremos saber nada [contesta su padre]. Lo pasado…

Lolo y Toto también son detenidos. Los hermanos del Lute sufren cinco años de prisión preventiva hasta que son absueltos. Le debe todo a Lolo, muerto de cáncer en 2010, pues le pagó la carrera y los libros. Peor suerte corrió Toto, que se enganchó entre rejas y, cuando salió a la calle, lo hizo a caballo. Después de la cena de Nochebuena, entró en una tienda de ropa para llevarse unas prendas y procurarse lo suyo. No le urgía, pero quería guardarse una dosis para el festivo de Navidad. Eleuterio asegura que el dueño y su hijo le pegaron un escopetazo por la espalda, lo metieron en un coche y lo arrojaron a un pozo. El ABC del 4 de abril de 1989 refleja la condena de quince años impuesta al hijo por homicidio y de dos meses de arresto mayor al padre por inhumación ilegal.

– Tras ser arrestado en Sevilla, es trasladado a Cartagena y después a Córdoba. ¿Qué cárceles hay más allá de las rejas?

– ¿Te refieres a las cárceles del alma? Son las peores, porque de las físicas consigues salir antes o después, ¿mas cómo sales cuando estás atrapado en un conflicto? Donde está la vida, está la muerte. Y el hombre está atrapado en su conflicto porque la propia naturaleza nos ha hecho una trampa tremenda. O sea, nos ha dotado de una inteligencia prodigiosa, sin embargo esa inteligencia también nos dice que somos seres finitos y que figuramos en la lista: estamos vivos hoy, pero mañana tenemos que morir. Y eso nos crea un conflicto tremendo. Si no los resuelves, se convierten en cárceles del alma.

– ¿Se arrepiente de algo?

– De muchas cosas. Me hubiese gustado que me conociesen por ser un buen cantante, un magnífico actor, un gran científico, un médico eminente… No por haber protagonizado robos ni por haberme fugado tirándome de un tren, desesperado y buscando la muerte antes que la cárcel de por vida.

– Pero usted se ganó el respeto después.

– Sí, a posteriori. No obstante, si hubiera ido a la escuela como un chico cualquiera, con unos padres y una familia convencionales, tendría una vida normal e iría a la universidad. A lo mejor hubiese sido un berzotas, aunque es de suponer que seguramente habría llegado lejos, por otros conceptos y por otros méritos. Algo debía de haber en mi cerebro, porque nada sale de la nada.

Eleuterio es un hombre nuevo, pero la amnistía de 1977 lo esquiva. Consigue, al menos, que le concedan el régimen abierto un año después. Llega a la cárcel de Alcalá de Henares en un furgón, escoltado por dos coches y con las esposas puestas. Cuando mira atrás, la puerta de la prisión está abierta y él, claro, no da crédito. Carlos García Valdés, director de Instituciones Penitenciarias, entendió que necesitaba esa “prueba de confianza” tras ser víctima de una “legislación anacrónica” que lo había condenado al olvido eterno. Eleuterio pensó que era una trampa de “la derechona” para que se fugase y, así, mancillar su imagen. El Lute se dijo a sí mismo que el Estado tendría que inventarse otro Lute. Cumplió, bajo la tutoría de su guitarrista y amigo Narciso Yepes. Ya libre, dejó que lo bronceasen los flashes, hasta que harto de matar al personaje con la palabra, que había regado durante tantos años con lecturas a la sombra, se fue a vivir a Sevilla. Allí trabajó con Jesús Quintero, buscando almas descarriadas para El perro verde, y conoció a Carmen Cañabate, quien años después lo denunciaría por pegarle y amenazarla de muerte. Él se declaró inocente y la Justicia lo absolvió.

– Usted que conoce al ser humano y ha visto cómo se ha robado a izquierda y derecha, ¿cree que pasará lo mismo con los nuevos políticos? ¿Cree que el hombre y la mujer, cuando tienen poder, se crecen, olvidándose del proyecto inicial?

– Cuando se está de estreno, por una revolución política o por los derechos feministas, inevitablemente se cae en excesos. Con la ley de violencia de género, que bendita y bienvenida sea, se están dando muchos abusos, porque a la mujer se le cree bajo palabra y ésta no se discute. Ahora bien, más vale absolver a un culpable que condenar a cinco inocentes. La ley hace aguas por muchos sitios, pero había que hacerla, porque la mujer tradicionalmente estaba abocada a ser un objeto, o sea, nada.

– En realidad, le preguntaba si cree que la nueva política también puede corromperse.

– No podemos establecer reglas generales, porque existen personas con ética y pudor. Hay una frase muy bestia: “En este mundo, el que no jode y no roba es porque no puede”. Se suele dar bastante y es muy triste. No obstante, hay gente honrada y decente, sí, en la política y fuera de ella. No creo que todos sean unos chorizos. La política, para mí, tiene un carácter muy especial. Yo no sería político jamás, y eso que me han propuesto ir en listas electorales al Congreso. Para ser político hay que ser un poco actor y tener muchos deseos de protagonismo. Que no me llamen para nada de todo eso.

Eleuterio lleva años luchando por la nulidad del proceso que lo elevó a una fama indeseada. Reclama su particular ley de memoria histórica, pues el indulto de 1981 lo sumió en una extraña y paradójica tristeza, como quien sufre una depresión posparto o acusa una resaca pegajosa tras superar unas oposiciones. Él quería ser amnistiado, como los presos políticos, porque se contaba entre los perdedores de la guerra: muertos de hambre que tuvieron que hacerse buscones para malvivir. “No tenía conciencia de haber hecho tanto daño y tanto mal como se me atribuía. Me habían utilizado hasta el último momento como chivo expiatorio y no se había hecho la reparación que yo necesitaba”, declaró en una entrevista. No tenían que perdonarle, sino que pedirle perdón.

– Dice que la cárcel es una escuela de criminología. ¿Es posible rehabilitarse entre rejas?

– Es bastante raro e insólito. Una pena, porque te condenan a estar un tiempo dentro y, si pudieras aprovecharlo, sería una gran oportunidad para estudiar o formarte. En la calle no puedes hacerlo porque la mayor parte del tiempo se te va en pos de la magra pitanza, de pagar las letras, del hijo que tiene paperas… Cuando tienes una hora libre, no puedes estudiar ni leer, pero en prisión, sí. Las condenas son tiempo de espera y de desesperación. Si pudieras hacer abstracción de tu condición de preso, sería magnífico, aunque no es posible. La cárcel te mina psíquicamente, está dentro de tu cerebro. Ése fue mi milagro.

-¿Cuándo se obró?

-Llegó un momento en el que me harté de llorar, de no dormir, de sufrir como una bestia… Y dije: “Alto, que tengo veinte años y Franco se tiene que morir antes que yo. Vamos a prepararnos para cuando se muera el dictador, y los mismos verdugos que se han cebado conmigo me van a tener que escuchar”.

La prisión no lo rehabilitó, fue él quien se reinsertó. “Soy un caso de sociología. Un señor que, como diría Miguel Hernández, ha arrastrado los pies por la humedad del mundo, que son las cárceles”, afirma Eleuterio, cuyo bastón es la cita. “En mi hambre mando yo”, decía su padre. “Yo a los palacios subí”, escribió José Zorrilla en Don Juan Tenorio, “y a las chabolas bajé”, añade el merchero más popular de su estirpe, cuya figura sigue siendo glosada por la juventud patria. Lo reivindica El Coleta con su rap quinqui de Moratalaz; le rinden honores José Mercé y Haze; todavía en el recuerdo la rumba ensamblada en la Seat por Estopa. “Cuando el hambre y la miseria te margina / cuando la ley te persigue en cada esquina / cuando en tu mirada la tristeza domina / y no te queda más remedio que luchar”, rima el hiphopero sevillano en Libre o muerto. La disyuntiva ya la había resuelto él en aquella máxima que circula por presidios y juzgados: “La obligación de todo preso es fugarse”.

La vida, cantada o no, es un bumerán. La primera vez que delinquió era un mocoso famélico que no pudo evitar mangarle el bocadillo a un niño, saltar varias tapias y devorarlo al abrigo de un muro. Hace cuatro años, Todocarne, un puesto del mercado del Alto de Extremadura, ofreció durante su reinauguración un emparedado bautizado como El Lute: “Estos huevos fritos con chorizo español en un bocata te darán energía hasta el final de tu escapada”, rezaba el eslogan que animaba a la clientela a hincarle el diente. No le hubiese hecho ninguna gracia: “El Lute sois vosotros, yo soy Eleuterio Sánchez”, ha repetido hasta la extenuación este rebelde con causa, pesadilla del régimen, sinónimo de lucha e icono de la superación. “La libertad lo es todo”, insiste. El hombre que no es libre no es hombre, sino eunuco. Un ser castrado, repite como un mantra. Se levanta porque tiene que irse. Debe firmar libros. Que tampoco le quiten eso. Antes muerto que preso; sometido por los barrotes o soberano de sí mismo, siempre al dictado de su conciencia. “Sin escribir no podría vivir”.

(Publicado en el diario Público en octubre de 2016)

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El beso

Golpe de Estado del 23-F

 

Los herpes, como la moda, son cíclicos. Yo los conocí tarde, a esa edad imprecisa en la que no te queda otra que comprarte un chaquetón oscuro para los entierros, reversible en caso de boda, o viceversa. Los herpes, al igual que las asonadas, son también muy españoles. Una tradición vírica que alumbra en los cuarteles y tiende a propagarse hasta las comisuras de la sociedad. No sabe uno cuando fue la infección primera, ya que a veces pasa desapercibida, fíjense en la Operación Galaxia. Pero el virus sigue ahí, latente en el organismo (o sea, en el cuerpo), hasta que presenta nuevos brotes, como la calentura de Tejero.

Todo comienza con un hormigueo. Allá por 1978, en una cafetería de la madrileña calle de Isaac Peral, varios oficiales empezaron a sentir un picor en los labios. Conspiraban para derrocar a Adolfo Suárez e instaurar un régimen de salvación nacional, pues ya se sabe que algunas de las causas de la infección son la emoción, la ansiedad y la fiebre, que suele venir acompañada por una cefalea reaccionaria que provoca la inflamación del extremo derecho de la cabeza. Alguien dio el chivatazo y los conspiradores fueron detenidos, pero apenas pasaron unos meses a la sombra, ya que alegaron que el golpe había sido de boquilla.

Lo único que hizo el Estado con aquella discusión de café fue lo mismo que yo, ayer mismo: acercarme a una farmacia y pedir aciclovir, una pomada de un solo uso, que caduca pronto y a la postre resulta cara. Lo digo por experiencia, pero si algún farmacéutico lector osa poner en duda mi crítica al prospecto, le recuerdo que uno de los tertulianos era Tejero, el de se sienten, coño. Para que se hagan una idea de la facilidad con la que se propaga el virus, después de usar el medicamento los encargados de aplicarlo suelen lavarse las manos, y no lo digo por los complots del 82 y del 85. En todo caso, tras esos dos últimos brotes verdes, la ampolla del 23-F parece haber cicatrizado, pero vaya usted a fiarse de las costras.

Porque esto viene de viejo. Para no eternizarnos, las grandes hinchazones del siglo pasado fueron protagonizados por el general Miguel Primo de Rivera, cuyo escozor le valió una dictadura, y por su hijo José Antonio, afectado por un fervor labial que contagió a Francisco Franco. El herpes más purulento que ha conocido la historia reciente de este país evolucionó —espoleado por la falta de un remedio de importación— de la pompa inicial a la úlcera que ustedes ya conocen, una llaga que permaneció abierta durante cuarenta años, con lo que debe de doler eso.

En el día de hoy, cautivo y desarmado por un catarro que me ha dejado sin defensas, atajo la comezón de mi carne antes de que se transforme en ampolla. Una práctica saludable que todos deberíamos seguir, pues el tratamiento de toda infección es más efectivo cuando comienza a multiplicarse el virus. No hay que bajar la guardia ni cejar en el empeño: la boticaria ha insistido en que no deje de echarme la crema durante una semana, sin redención de pena. La mía —mi pena, digo— es que mañana viene mi amor a verme y sólo sé que me faltan labios. Tendré, como un preso detrás del cristal, que besarla con los ojos.

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Javier Corcobado: “El amor es un pozo sin fondo, inexplorado como un agujero negro”

Javier Corcobado fotografiado por Aintzane Aranguena

Corcobado: roquero apasionado, crooner descarnado. Un artista desbordante que ha trabajado la poesía y la novela, ha flirteado con la fotografía inanimada y se ha casado y separado tantas veces del sonido que su matrimonio con la música durará hasta que la muerte los separe.

Ahora, solo o en compañía de tantos: el proyecto faraónico Canción de amor de un día es una pieza de veinticuatro horas de duración en la que han participado más de sesenta colegas. Antes, al frente de bandas de culto como Mar Otra Vez o Demonios Tus Ojos, que rescató de la ceguera en un reciente concierto en el Conde Duque de Madrid.

Crudo y frágil, sensible y áspero, Javier Corcobado (Fráncfort, 1963) ha comenzado este sábado una gira norteamericana que le llevará a Ciudad de México, Mexicali, Tijuana, Santa Clara y Los Ángeles, donde es considerado un redentor sufrido y oscuro por un público fidelísimo que lo sigue adorando desde que en 1992 pisó por primera vez aquella tierra, que años después haría su casa. De tanto experimentar, ya es un clásico en vida.

Muchos de los escasos Corcobados son de Badajoz. El apellido le viene de madre, pero ¿de dónde ha salido usted?

Corcobado, con be, es una deformación del Cristo de Corcovado, con uve. Yo, realmente, soy el hijo de Jesucristo [risas]. Por cierto, tengo ganas de conocer a mi primo en Río de Janeiro. Cuando vivía en Estremera, un pueblo a setenta kilómetros de Madrid, la primera visita que hice por la noche fue al cementerio. Me quedé acojonado, porque el ochenta por ciento de las tumbas eran de Corcobados. ¿Pero cómo podía ser, si todos los que salíamos en la guía telefónica éramos familia?

Además de en Badajoz, hay algunos Corcobados en Palencia. Y, me imagino que por la emigración, también en Madrid, Barcelona y Bilbao, en cuyo casco viejo vivió, aunque ahora reside a treinta kilómetros, concretamente en Errigoiti.

En la iglesia de Estremera, consulté las actas de bautismo —algunas antiquísimas— y el apellido se remonta al menos al siglo XVII.

Su familia es gata, gata; madrileña, madrileña.

Mi madre es totalmente gata. Yo también debería serlo, pero nací en Fráncfort, hasta que me trajeron antes de cumplir los dos años a Madrid, donde me crie.

Sus padres emigraron a Alemania. ¿Qué hacían allí?

Mi padre era rotulista publicitario, en unos tiempos en que las letras todavía se rotulaban a mano. Entre otras cosas, porque antes había sido futbolista. Jugó en el Rayo Vallecano y en el Atlético Aviación, el predecesor del Atlético de Madrid.

O sea, que llegó a ser profesional.

Sí, pero se retiró a finales de los cincuenta. Era un tío muy habilidoso y hacía todo tipo de trabajos manuales. De hecho, conoció a mi madre mientras le pintaba la casa a mi abuela. Se enamoraron allí mismo.

Entre capa y capa.

Cuando terminó de pintarla, como sólo se habían visto entre cuatro paredes, le dijo a mi abuela: “¿Podría salir con su hija alguna vez?”. Desde aquella pregunta, han pasado cincuenta y siete años juntos.

Tuvieron tres hijos. ¿Algún artista más entre la prole?

Mi hermano Esteban es un gran dibujante y tatuador. Gustavo es ingeniero informático, o sea, el cerebro privilegiado de la familia, no como nosotros. Yo soy el mayor de los tres.

Su madre quería que fuese ingeniero.

Concretamente, industrial. Sin embargo, a mediados de los ochenta, me arrojé al abismo. Cuando publiqué Edades de óxido (1986), el segundo disco de Mar Otra Vez, dedicí que sólo me iba a dedicar a la música. Lo pasé mal de verdad, hasta el punto de que llegué a sentir hambre.

Lo tenía claro antes del salto al vacío.

Sí, por eso me dije: “Mi vida es componer canciones, hacer rock extremo y entregarme al escenario. Mi vida, en definitiva, es el ruido”. Yo quería vivir ese rock and roll way of life hasta el límite y, de hecho, entonces no pensaba que fuese a cumplir ni treinta años.

Consta en acta.

[Risas] Y aquí me tienes, con cincuenta y cinco… Yo, que creía que no iba a llegar a los veintiuno.

Como diría Diego Manrique, usted sufrió un rejuvenecimiento drástico: del “desastre humano” de 1999 al tipo “sano, moreno y musculado” de 2003. Y también ganó peso o, si lo prefiere, lozanía.

Aumenté varias veces de peso, sobre todo cuando dejaba temporalmente la música. Yo me cuido mucho, porque tengo el complejo de haber sido un niño gordito.

¡Y cantor!

Y, además, tocaba el laúd en una rondalla.

En Vallecas.

Sí… Casi mejor me olvido de esas batallitas.

Por favor, siga…

Yo era uno de esos niños gorditos que no sabían jugar al fútbol con un padre, para más colmo futbolista, que me quería inculcar ese deporte. Pero, infelizmente para él, no tenía la agilidad suficiente… Desde entonces, le temo mucho al sobrepeso, por lo que procuro cuidarme sin caer en la obsesión. Hago ejercicio por una cuestión de salud, porque ya tengo una edad y hay que cuidar el corazón.

Usted tiró hacia la música porque no daba pie con bola, aunque no es el único artista que desarrolló esas habilidades para suplir sus carencias: Josele Santiago, en este caso por cegato, también cambió el balón por la guitarra.

Eso es precisamente lo que me pasó a mí.

Sin embargo, antes de entregarse en cuerpo y alma a la música, ejerció como diseñador gráfico y delineante industrial.

Sólo un año. Había estudiado delineación industrial para, luego, hacer COU e ingeniería industrial, pero era malísimo en matemáticas y lo dejé.

¿Aquellos años de música y experimentación son hoy un paréntesis, una franja de olvido, un mind de gap? “Al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre la vida y el andén”.

Decidí dedicarme exclusivamente a esto, con lo que conllevaba en aquellos tiempos y, sobre todo, con la música que yo hacía, pues no era nada fácil. Aquella decisión coincidió con la segunda formación de Mar Otra Vez y, en ese momento, en Madrid nos prohibían tocar en muchos sitios porque nos consideraban un grupo muy violento. Realmente, no era así. Aunque la música que hacíamos hoy pueda sonar hasta melódica, entonces no. Nos daba rabia que la gente estuviese hablando y no escuchara. ¿Qué hacía yo? Pues subirme a la barra y tirar las copas a patadas para que prestaran atención a la música.

Gracias a esa actitud tan juvenil y salvaje nos ganamos un prestigio de banda agresiva y nos impidieron tocar en garitos como el Agapo o El Templo del Gato. Decidimos irnos a vivir a Utiel y, durante un año, dimos muchos conciertos en la provincia de Valencia. Ya en 1987, grabamos el último disco de Mar Otra Vez, nos separamos de una manera bastante traumática y, como seguía teniendo contrato discográfico, quise grabar mi primer álbum en solitario. Providencialmente, conocí a Javier Almendral y a los hermanos Nacho y Javier Colis. Estábamos tan unidos que mi proyecto personal se convirtió en una banda, Demonios Tus Ojos, aunque todos sabíamos que sería algo efímero.

Hace tres años recuperó a Mar Otra Vez en la sala El Sol y recientemente ha vuelto al Conde Duque con Demonios Tus Ojos, con la que ejercieron de teloneros de Sonic Youth, si bien la aventura sólo duró un disco.

No sólo compartimos escenario en dos ocasiones, sino también vivencias. Me entendía muy bien con Lee Ranaldo. Ellos llevaban una decena de guitarras cada uno y me preguntaba cómo afinaba mi guitarra, que enchufaba a un amplificador baby de quince vatios. Le respondí que yo no la afinaba. Simplemente, le ponía cinco primas [la primera cuerda y la más delgada de todas, de sonido muy agudo] y tenía tres afinaciones: una aguda, una media y otra con las cuerdas totalmente descolgadas. Y Lee Ranaldo alucinaba, claro.

Aquella guitarra se llamaba Tormenta, aunque no sé si la conserva.

No, la Tormenta evolucionó. En realidad, es sólo la afinación, que puedo utilizar con cualquier marca de guitarra.

En todo caso, no evolucionó de Tormenta a huracán, sino a un viento más melódico.

Evolucionó hacia una afinación mía más correcta: dos sextas, dos bordones y cuatro primeras, con todas las cuerdas afinadas en mi.

¿Duele más la pérdida de una guitarra —por despiste, hurto o préstamo sin retorno— o su muerte para siempre? Porque las guitarras se mueren, ¿no?

Yo he roto guitarras en el escenario y las he recompuesto, si bien algunas fallecieron durante la operación. Ahora, afortunadamente, tengo una Gibson Firebird, que es mi Tormenta desde hace muchísimos años.

Le comentaba antes que acaba de exhumar a Demonios Tus Ojos, aunque sólo fuera para ofrecer un único concierto en el Conde Duque.

No lo exhumamos, porque nadie ha estado muerto. Todos los miembros de Demonios Tus Ojos han seguido haciendo música, si bien ese concierto no fue premeditado. Suso Saiz, comisario del ciclo Sonido Malasaña, me ofreció tocar en el Conde Duque, pero le contesté que el grupo que pateó más el barrio había sido Demonios Tus Ojos. Por otra parte, es verdad que sí recuperamos para Mar Otra Vez a dos compañeros que se habían retirado: el batería, Luis Corchado, y el guitarrista Javier Rodrigo, porque el bajista Luis Sanz no ha dejado de tocar, incluso conmigo. Bueno, ahora que lo pienso, el teclista Andrews Wax estaba totalmente perdido… ¡A ése sí que lo sacamos de la tumba!

Canción de amor de un día: 24 horas de letra, música e imagen; cien piezas en las que han participado más de sesenta artistas; muchos años de trabajo. ¿Recuperado?

La gran satisfacción fue terminarla a finales de 2017. Comencé en 2004, mas el trabajo intenso —incluida la escritura de la novela homónima, cuyos extractos inspiraron las composiciones— duró seis años. No tuve que convencer a nadie, porque todos los colaboradores participaron encantados.

Y después de ese trabajo faraónico…

Caí enfermo de estrés. Al menos, la música está terminada y la editorial de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, de México DF, se ha interesado en editar la novela junto al pendrive con las canciones, que pesa veintiséis gigas. La fase de producción del vídeo está atascada, pero no me preocupa, porque mi sueño era hacer una canción que durase veinticuatro horas: un track continuo, compuesto por cien piezas musicales, todas enlazadas y a las que da sentido la novela escrita en 2011.

La anterior, El amor no está en el tiempo (2005), la escribió en Agua Amarga, un pueblo de Cabo de Gata. Allí permaneció seis años y montó un estudio con la ayuda de Fino Oyonarte, donde grabó Editor de sueños (2006).

Sólo grabamos ese disco. Para mí, Fino Oyonarte —quien ha sido parte de mi banda— es el mejor bajista de este país, además de un gran amigo. Fue la primera persona a la que le conté el proyecto de Canción de amor de un día y se involucró muchísimo. Al principio, yo pensaba implicar a artistas y bandas de todo el mundo: Alan Vega, Spectrum, Sonic Youth y gente así. Fino me dijo: “Otra vez tú y tus locuras”. Al final, me centré en grupos de la península ibérica.

La novela El amor no está en el tiempo se tradujo al italiano bajo el título Il rumore del sistema nervoso centrale. ¿A qué suena su cabeza? O, mejor dicho, ¿qué suena en su cabeza?

El título del libro lo cambió la editorial, tomando el nombre del capítulo El ruido del sistema nervioso central. Me dijeron que en italiano no funcionaba El amor no está en el tiempo y me pidieron permiso para poner otro. El que eligieron tenía sentido y la verdad es que me gustó.

Tras Corcobator (1999), vive dos años en A Coruña y luego da el salto a México DF. Había que echar el freno…

Sí, eeeh, sí [risas]. Había que echar el freno, porque llevaba desde 1985 sacando casi un disco al año y haciendo giras. Era agotador. Además, yo estuve siete años con una adicción tremenda y en 1998 la abandoné radicalmente. O sea, hace ya veinte años que dejé los opiáceos, que fueron la adicción más fuerte que he tenido. Desde muy joven, he tomado todo tipo de drogas, siempre para experimentar. De hecho, he dado conferencias con Antonio Escohotado en universidades como la de Granada. Él hablaba mucho del MDMA y yo hablaba más de la morfina, de la heroína y de todas esas cosas.

Durante ese tiempo, no paré de trabajar, incluso con una adicción enorme. Yo consumía muchísimo porque me lo podía permitir, pero nunca llegué al nivel de ser un yonqui de la calle. Cuando ya lo vislumbraba, fue cuando me quité. Estaba agotado de tantos años de discos y giras. Entonces me eché una novia guapísima de A Coruña y me fui a vivir a Galicia. Luego me dejó y, cuando la vi años después, me dijo que había sido la ganadora de la novena edición de Gran Hermano [risas]. Era Judit Iglesias e iba de gótica. ¿Lo vas a poner, cabrón?

¿En A Coruña se implicó en la fotografía? ¿Qué tiene la imagen que no tenga la música?

¡Buah! Durante dos años, realicé un trabajo que muy sanador para mí: fotografié la ciudad calle por calle, iglesia por iglesia y callejón por callejón para ilustrar cómo era A Coruña en el 2000. Siempre había hecho fotos y en los noventa me arruiné tirando polaroids. Afortunadamente, allí tuve como profesor a Manuel Barral, un fotógrafo magnífico que me enseñó durante tres meses algunas nociones básicas.

Respondiendo a la pregunta, la imagen es muchísimo menos importante que la música. Además, yo soy un fotógrafo de edificios, o sea, de cosas quietas. No me considero un retratista. Si te fotografiase a ti, me matarías por sacarte fatal.

¿Qué fotógrafo ilustraría mejor sus canciones?

Mi mujer, Aintzane Aranguena. Es mi fotógrafa favorita y tiene un gran talento. Manuel Barral, también. Alberto García-Alix, amigo de correrías, tiene sesiones de fotos mías que nunca he llegado a ver, por lo que no sé si las habrá perdido. La música es lo más importante porque es la disciplina más etérea y menos explorada. Dicen que ya está todo hecho, pero en la música no es así.

La música es lo que entra primero. Si no primitiva, sí primaria.

Sales del coño de tu madre con la música o sin ella. La mitad de la humanidad nace sabiendo cantar y la otra, si quiere hacerlo, tiene que aprender durante toda la vida.

¿Usted ha aprendido?

¡Yo no! [tajante] Yo nací cantando.

Lo decía porque ha escrito que, cuando tenía cuatro años, interpretaba en los cumpleaños Yo soy aquél (Raphael) o Poupée de cire (France Gall), aunque nunca le dijeron que cantase bien, sino que era un prodigio memorizando las letras.

Eso también. Pero yo he cantado desde que tengo uso de razón. En aquellas fiestas, me subían a la mesa para que lo hiciera.

Y de los cumpleaños a la rondalla de Vallecas.

Desde los seis a los diez años, aprendiendo solfeo y tocando el laúd. Acabé hasta los cojones y, cuando cogí una guitarra eléctrica, me propuse desaprender todo lo que había aprendido. Y así toco.

Usted escribe cuando viaja.

Poemas, sobre todo.

Si está parado, ¿prefiere la cafetería o el parque?

El parque.

Pero usted es muy de cafeterías con señoras, cardados y tortitas con nata.

También. Todo me aporta para crear: parques, bares, cafés…

¿Necesita gente?

¡Nooo! Bueno, el lugar ideal para escribir poemas es la calle Real de A Coruña o la Gran Vía de Madrid o de Bilbao. Es fantástico sentarte en una terraza y ver pasar el desfile de gente. Es algo que me inspira.

Siendo una persona introspectiva, que le agrade el gentío para escribir resulta en cierta medida curioso. En todo caso, usted prefiere la persona al grupo. ¿Y el grupo a la masa?

Yo prefiero… Reconozco que soy bastante misántropo, pero las personas de una en una me encantan.

¿Cuántas son multitud?

Tres, contándome a mí. Soy poco sociable, aunque también muy simpático, como estarás comprobando. Ahora bien, puedo tirarme un mes entero en mi casa, trabajando y escribiendo, sin salir ni ver a nadie. Afortunadamente, vivo aislado. O sea, que elijo a quién quiero ver. Me he vuelto muy ermitaño y, cuando tengo que venir a las ciudades, todo me parece bonito. Me encanta, porque es como si fuera algo nuevo. Me he hecho muy rural. A ver, ¡dios mío!, me refiero al plano físico, porque luego estoy conectado continuamente. No queda más remedio que interactuar en las redes. Le dedico un tiempo diario y lo hago con gusto.

Tiene que alimentar a sus fans de California, México y otros países de América Latina.

Se lo merecen y les tengo mucho respeto. Más allá de que sea parte de mi trabajo, para ellos supone un alimento. Es lo mínimo que puedo hacer, porque no sólo compran las entradas de los conciertos, sino que también me implican en sus vidas personales. Algunos seguidores me han dicho que han concebido a sus hijos escuchando mi música. Y, con el paso de los años, he visto crecer a esos niños.

No deja de sorprender su éxito en México habiendo publicado sólo tres álbumes. Todo gracias al boca a boca; antes a las cintas y ahora a las descargas. Obviamente, el público que acude a sus conciertos no se corresponde con la venta de discos.

De hecho, hemos tocado para dieciséis mil personas en el festival Vive Latino y llenado varias veces el Teatro Metropólitan, donde caben más de tres mil. Pero, cuidado, es una cuestión de trabajo. Por otra parte, más allá de mi desaparición —cuando me fui a vivir a México—, creo que dejé un poco abandonada a España. No me fui cabreado, sino que lo hice por salud y por vivir en otro sitio. Afortunadamente, allí me fue muy bien, porque daba conciertos con regularidad y me permitía comer con lo que hago.

Con España, por circunstancias, he tenido una relación distante, aunque ahora estoy percibiendo que me están reclamando otra vez. Tengo que ir a tocar a Barcelona y a Valencia, porque me lo piden constantemente. Confío en que el próximo año, con la salida del nuevo disco, vamos recuperar a ese público tan fiel que teníamos. Y, de paso, a buscar otro nuevo, porque mucha gente de mi edad ha formado una familia y ya no va a los conciertos. En este mundo, tienes que renovar a los espectadores, porque no puedes vivir siempre de tu leal audiencia, pues envejece igual que tú. Lo que sucede es que uno sigue sobre el escenario y ellos se quedan en casa.

Decía antes que, antes de pasarse a la fotografía, se había gastado una pasta en polaroids. Iván Zulueta, en cambio, recorrió el camino inverso: debutó con sus cortos en super-8, se pasó a los 16 mm, rodó dos largometrajes y, cuando se encerró en su casa, comenzó a apuntar con su polaroid hacia todo. Diez mil instantáneas, cuya selección de dos mil fue objeto de la exposición Mientras tanto.

Yo no tengo ninguna intención de desarrollar una carrera artística como fotógrafo. Lo consideré como un trabajo durante un par de años, porque descansé de la música. Ahora, con el iPhone, estoy haciendo fotos todo el tiempo. Sin embargo, no tengo ninguna intención artística, sino que es una masturbación artística.

¿Y la novela?

Ansío tiempo para dedicarme a ello, porque creo que va a ser mi principal actividad profesional cuando ya no pueda subirme a los escenarios. Es lo que más me gusta hacer, porque disfruto tanto escribiendo como actuando. Y, por supuesto, más que componiendo, porque componer música es muy doloroso. No obstante, lo tengo que hacer porque soy una especie de receptor-transmisor. Creo que me ha tocado ese papel de la creación, aunque no me gusta llamarla así, sino metabolización de un mensaje divino que, tras recibirlo, lo trabajas para convertirlo en canciones. En realidad, yo soy un poeta que, si no fuese por la música, me hubiera quedado en una cueva muy oscura. La música me dio la luz.

Un tímido patológico subido a un escenario. Una paradoja frecuente.

Ya, ya, ya… En eso soy muy vulgar. Yo he sido un tímido patológico, pero hay muchas maneras de vencer esa timidez. Para eso existen los medicamentos, el alcohol y las drogas, legales e ilegales.

Antes decía que tres personas, contándose a usted mismo, son multitud. Aprovechando que el río Oka pasa por Errigoiti, en el disco Mujer y Victoria (2016) trata el tema de la apotemnofilia, que da título a una canción del disco. ¿Parafilia real o aproximación estética?

En algún momento dado de mi vida, he tenido todas las parafilias que aparecen en la canción, de una manera más o menos profunda.

Sin embargo, cuento diez dedos en sus manos.

Bueno, nunca he intentado mutilarme ningún miembro [risas]. No he tenido apotemnofilia, aunque la idea surgió de Consumidos, la novela de David Cronenberg; al igual que la acrotomofilia, es decir, la atracción sexual por los amputados. Como Joel-Peter Witkin, quien buscaba mutilados para fotografiarlos. La mayoría de las parafilias que aparecen en la canción, sobre todo las más fuertes, no pasan de la expresión artística. Pero hay unas cuantas que sí tengo, como la capnofilia, o sea, el placer de ver fumar a alguien con estilo. Por ejemplo, me ha gustado la calada que le has dado ahora al cigarro, ¿ves? [risas].

Tanto en Mujer y Victoria como en otros discos, hay cierta crítica social. Pongamos por caso la canción Bienestar.

Totalmente. En Los estertores de la democracia (2014) hablo de forma gráfica de lo que pienso de los políticos, mientras que en Bienestar aludo a cómo están los tiempos.

¿Cómo están los tiempos?

Los tiempos están bien si tú estás bien. Depende de ti.

¿Y los tiempos políticos?

Son un circo estúpido que llena los medios de comunicación, que están totalmente manipulados, quizás incluso desde que nacieron [risas]. Los políticos ocupan más espacio que todo lo demás, seguidos de las catástrofes.

¿Le molestaría que el titular de esta entrevista fuese político, cuando hemos hablado casi todo el tiempo de música?

No, porque yo detesto a los políticos. No es que los aborrezca, sino que creo que ya no hay vocación política.

Pero sí carrera política.

Claro. En el colegio, los profesores, cuando se ausentaban del aula, nombraban a un delegado de la clase. El alumno que accedía y le gustaba iba para político. Entonces, la mayoría de ellos no tienen vocación, y los que la tienen dejan la política cuando se topan con un panel de heces secas, o sea, con un muro de corrupción que no se puede traspasar. Además, los políticos son detestables y feos, porque Dios no les ha dado belleza o un talento especial, sino una tremenda falta de escrúpulos para alcanzar el poder.

¿Le iba a preguntar si a veces es necesario salir de la ciudad, pero ahora tendría más sentido preguntarle si en ocasiones necesita salir del pueblo, donde recaló por amor tras pasar por Bilbao?

Sí. Necesito salir por trabajo. Si no tuviese que dar conciertos, no [risas].

En Errigoiti los votos se reparten entre Bildu y PNV. Apenas Podemos ha asomado la cabeza en las autonómicas y en las generales. ¿Qué hace un domingo de elecciones?

Yo soy anarquista desde niño, aunque mi madre era comunista, y en Euskadi ejerzo como tal. Cuando coincido con gente de Bildu y del PNV y veo que intentan recabar mis intenciones, les digo que no me pregunten más, porque están hablando con un anarquista.

Defiende que la democracia no funciona en una banda: alguien tiene que mandar.

Si un grupo se forma de manera tácita, ha de ser democrático, pero siempre tiene que haber alguien que dirija. Yo me cansé de tener grupos y de ser democrático. Realmente, yo no creo en la democracia en el mundo creativo. Decidir cada paso entre todos suponía un freno. La música, las letras y las ideas me salen como un torrente, por lo que tengo que llevarlas a cabo inmediatamente. Por eso empecé una carrera en solitario.

Respecto a Canción de amor de un día, ¿es más complicado vencer el tiempo o el espacio?

El tiempo es muy fácil de vencer, pero el espacio, no tanto. Por ejemplo, el tiempo en el amor y en el sexo no existen.

Sus letras, con los años, se han hecho menos crípticas.

He intentado ser cada vez más claro. Eso lo aprendí escribiendo la novela El amor no está en el tiempo. Decidí que la gente tenía que comprenderme más, porque hasta a mí me costaba entenderme. Al principio, tuve una época de escritura automática, muy William Burroughs. Escribía compulsivamente y tenía miles de poemas. Ahora tiendo a la claridad, porque quiero que se comprenda lo que canto, lo que digo y lo que escribo.

Antes que nada, la canción, sea de Roberto Carlos o de quién sea.

No. Yo navego por dos ríos paralelos: el mundo crooner de la canción romántica y el mundo de la exploración y el ruido. En este momento, de nuevo va avanzando cada vez más el ruido, pues creo que ya he aprendido a cantar. Porque mi intención también era cantar mejor, porque hay gente que dice que lo hago muy mal [risas].

Por cierto, ¿qué fue del monopatín? ¿Ha vuelto a montar?

Sigo montando. No me arriesgo tanto en los skateparks, pero siempre lo llevo en el maletero del coche.

Ha escrito sobre usted mismo que “es tan hombre como niño”. También han dicho que es el roquero “más viril y femenino”, como cazó al vuelo el periodista Óscar Iglesias durante un concierto en Santiago.

Yo tengo una mujer dentro. Si no fuese así, no podría ser cómo soy.

Tiene una hija y un hijo. ¿Qué futuro les espera?

Mientras estemos junto a ellos como padres —para protegerlos, educarlos y dirigirlos por el buen camino—, yo creo que el futuro es bueno. Quiero ser lo más optimista posible, pese a que vaya a haber más guerras y catástrofes, como las que provocará el cambio climático. Porque es así… El ser humano es el cáncer de la humanidad. Ahora bien, si les enseñamos a nuestros hijos a estar la mayor parte del tiempo bien consigo mismos, pueden encarar lo que les caiga.

Es algo que todo ser humano debe aprender. Aunque estés sin dinero, aunque te hayan robado el coche, aunque tu novia te ponga los cuernos o aunque tu mujer te deje, tienes que pensar que es por algo bueno que va a venir después. Con esa actitud, puedes sobrevivir a todo. Eso sí, hay que hacerse fuerte para resistir lo que viene, porque va a ser duro. Y los débiles que no puedan aguantarlo van a caer.

¿El amor es un pozo con fondo?

El amor es un pozo sin fondo. Algo tan inexplorado como un agujero negro, en el mejor sentido de la palabra negro [risas].

(Publicado en el diario Público en febrero de 2019)

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Pucho Boedo y Los Tamara: leyenda pop

Pucho Boedo y Los Tamara

Una mujer ingresa en un hospital de Miami tras sufrir un violento atraco. Sufre amnesia y no se acuerda ni de su propio nombre. Los encargados del centro médico no saben a quién enviarle las facturas, pues lo único que sale de su boca son retazos de canciones que remiten a Galicia, la madre tierra de tantos cubanos que dejaron atrás la isla. “A Santiago voy / ligerito caminando y con mi paragüitas / por si la lluvia me va mojando”. El corte figura en la cara A de un sencillo de Los Tamara editado en 1967, cuyo reverso se apropia del I Feel Good de James Brown, rebautizado para la ocasión como Soy muy feliz. “A Santiago voy / ligerito suspirando por mi niña Carmela / que en Compostela me está esperando”, canturrea la señora, mientras el cónsul español la busca por toda la ciudad. Sus vecinos desconocen su paradero y las cartas se acumulan desde hace un año en el buzón. El diplomático pregunta aquí y allá por María Romo, pero nadie sabe quién es. Ni siquiera ella.

El cerebro, cuando su propietario sufre, trata de barrer los malos recuerdos, mas también desempolva el primer beso furtivo, la llorera después del parto, el chorro de voz de Pucho… Al cónsul le dijeron que desconocían a la tal María, aunque le indicaron que había una paciente que no dejaba de repetir la canción compuesta por Ricardo Ceratto, un argentino que había escrito letras para Raphael hasta que se convirtió al cristianismo, abandonó la música secular y lanzó discos como Vamos a aplaudir a Dios. La prosaica letra de A Santiago voy fue el pasaporte que permitió a una mujer amnésica volver a su tierra con los suyos. Ese cordón umbilical que durante tres décadas la conectó con Galicia sigue siendo la banda sonora de los gallegos en la emigración, que no pueden contener las lágrimas cuando suenan los acordes de piezas como Unha noite na eira do trigo, una balada basada en Cantiga, el primer poema escrito en la lengua vernácula por un bisoño Curros Enríquez. “Lonxe dela de pé sobre a popa / dun aleve negreiro vapor / emigrando camiño de América / vai o probe e infeliz amador”.

Aunque hace referencia al lloro desconsolado de una adolescente que ha visto partir rumbo a América a un amor destilado bajo la luz de la luna, Los Tamara provocaron inundaciones en pisos y barracones de obreros diseminados por Suiza, Holanda, Alemania, Reino Unido, Francia o Bélgica, que concentraron desde los años sesenta la mano de obra gallega. Hasta esos lejanos destinos acudió con su orquesta Prudencio Romo, que, como ya habrán supuesto, era el hermano de María. No sabemos si el remedio era peor que la saudade —esa enfermedad no diagnosticada que se manifiesta cuando uno siente una acusada nostalgia de algo ya vivido que se desea con ahínco—, pero Los Tamara instalaron hospitales de campaña en los centros regionales para tratar de combatir con sus melodías melancólicas la morriña, un mal que campaba a sus anchas por Europa y para el cual aún no se ha encontrado una cura definitiva. Los Tamara, por supuesto, cantaban en gallego, una lengua proscrita por Franco, lo que permitió a quienes no habían leído un poema en su vida conocer los versos de Celso Emilio Ferreiro, Eduardo Pondal o Rosalía de Castro. “La gran poesía autóctona se convirtió en una música mayoritaria al posibilitar que llegase a cada rincón del país y a la emigración”, explica el artista Xurxo Souto, director del documental Pucho Boedo, un crooner na fin do mundo.

Su protagonista nació allá por 1928 en A Fortaleza, un lugar donde la ciudad deja de serlo. Pronto se trasladó con su familia un par de kilómetros más allá, hasta A Silva, un barrio de A Coruña con tics de aldea. De niño, las vecinas postergaban sus labores en el río de lavar para escuchar a aquel Orfeo con tirabuzones. Entonces pensaban que, cuando la voz angelical madurase, todo se acabaría, inconscientes de que estaban asistiendo al bautizo de un mito con las aguas bendecidas por el jabón Lagarto. No obstante, el mocoso sufriría lo indecible hasta convertirse en una leyenda. Su padre, Xosé Boedo, dirigente del sindicato de canteros y fundador del ateneo libertario Resplandor en el Abismo, fue asesinado tras el golpe de 1936. La misma suerte corrió su hermano José Antonio, dirigente del sindicato de albañiles y también miembro de la CNT, que contaba en la urbe con unos diez mil afiliados. Manuel, su otro hermano, logró huir a Francia en un pesquero. Tenía dieciséis años y Pucho, apenas siete. Para salir adelante, el chaval tuvo que trabajar como barnizador, limpiabotas, revendedor de entradas de cine y recadero de farmacia.

“Conocer el dolor tan pronto le permitió tener argumentos que compartir”, cree Souto, cuyo documental da la palabra a Manuel Rivas, otro valedor de su figura. “La hondura se manifiesta en sus canciones”, afirma el escritor. “Es como si su voz tuviese memoria, por eso resulta tan emotiva”. El crítico Fernando Fernández Rego va más allá y entronca su vacío con el de músicos de la talla de Johnny Cash, Ian Curtis o Nick Drake. “Muchas de las voces más sentidas fueron producto del sufrimiento del alma”, añade el autor del libro 50 años de pop, rock e malditismo, quien recuerda que el rapaz fue “un buscavidas” hasta que una década después empezó a cantar en Radio Juventud, lo ficharon Los Trovadores tras ganar un concurso y logró enrolarse en Los Satélites, con quienes viaja a Venezuela en 1954 reclamados por el Lar Gallego. Ninguna orquesta local había cruzado el charco, aunque El Dorado caraqueño no los deslumbraría tanto como imaginaban. Un paisano sin escrúpulos los había engañado: sin contrato, las actuaciones apenas les dieron para pagar el pasaje, por lo que se vieron obligados a tocar durante casi un año en el país suramericano.

“Los Satélites fracasaron porque quisieron hacer música tropical en la tierra del Trópico”, explica Souto, “pero trajeron esos sones a España antes de que llegasen a Nueva York”. Los Satélites vuelven a casa y Pucho Boedo permanece allí, empapándose del género, prestando su voz a otras bandas y “haciéndose pasar por un cantante criollo”. A su regreso, se reincorpora a Los Trovadores, una orquesta de campanillas que durante el invierno actúa en las salas de Madrid, desde Pasapoga hasta Casablanca. Los rigores nacionalcatólicos fuerzan a los músicos a buscarse la vida lejos de la pacata diócesis de Santiago, donde las sotanas han vetado los sones diabólicos durante la Cuaresma y la Semana Santa. Los Españoles, por ejemplo, tocan en México y en Japón, donde Alvarito acompañó a la artista Connie Francis, amén de sus estancias en México y Jordania, concierto para el rey Hussein incluido. La nómina en el extranjero es extensa, incluido Prudencio Romo, que en 1957 monta en Noia una banda de empaque, Los Tamara, cuyo nombre remite a la denominación romana del río Tambre. Mientras debutan en el casino de Tánger tras ganar un concurso en Radio Vigo, la voz de Pucho resuena en la capital de España. Cuando los metales y las cuerdas callan, no sólo emociona al público, sino que eriza la piel de los propios instrumentistas.

“El sello francés Bel Air los mete en el circuito extranjero”, explica Fernández Rego. La orquesta de Romo, un orfebre musical, recorre Marruecos, Túnez, Líbano y Argelia, donde los sorprende la guerra de independencia, por lo que se ven obligados a salir pitando hacia Marsella en un avión fletado por la Cruz Roja. Luego, actúan dos meses en la Olympia de París, una hazaña a la que se sumará Pucho cuando el cantante de Los Tamara se enamora perdidamente y se fuga con una chica a Córcega en lo que se tarda en cerrar los ojos para dar un beso de tornillo. El solista coruñés llega a tiempo para sacar pecho en el mismo escenario que Jacques Brel o Charles Aznavour, mientras que aprovecha la estancia para tratar de encontrar a su hermano entre la comunidad de refugiados españoles (sin embargo, Manuel estaba en Venezuela, donde no se cruzó con él de milagro durante sus noches en Caracas). Una historia de amor enfebrecido propicia que se junte una de las grandes orquestas del país con la que sería la gran voz de la canción ligera gallega. O quizás sería suficiente decir La Voz: “Fue nuestro Frank Sinatra”, afirma Fernández Rego, responsable de La Fonoteca y autor de Saudade, una biografía sobre Andrés Dobarro.

Antes de cumplir los treinta, las orquestas se lo rifaban. Pasó, entre otras, por Eslava, Spallant, Mallo, Radio City y Oriente, hasta que incluyó por primera vez su nombre en una de ellas: Pucho Boedo y Los Trovadores. Pero con Los Tamara empezó a frecuentar las salas de la Costa Azul y los casinos suizos, codeándose con Doménico Modugno, The Platters o Shirley Bassey, la solista que interpretó más canciones para una película de James Bond: GoldfingerMoonraker y Diamantes para la eternidad. Al tiempo, recorre la geografía autóctona y española. En Madrid, el estudiante Nonito Pereira, que con los años se convertiría en el cronista musical por excelencia de A Coruña, se encuentra a Dios en el Casablanca. O, lo que es lo mismo, a Pucho, quien lo saca de un apuro cuando el camarero le entrega la dolorosa, una abultada cuenta producto del desenfreno juvenil que su maltratada cartera de universitario no puede afrontar. Él se hace cargo de la factura y se lo lleva de farra, un servicio que no olvidaría con el paso de los años.

“El llamado salón de té Casablanca era muy moderno en la época y tenía un escenario giratorio y un techo que se abría en verano”, detalla la periodista madrileña Ada del Moral. “En los años treinta, las orquestas tocaban música americana, aunque tiempo después entró en decadencia, si bien siempre conservó cierto empaque”, añade la autora de Noches de Casablanca. Una historia republicana. “De hecho, lo derrumbaron en los años setenta, algo que nunca deberían haber hecho, porque fue una barbaridad”. Proyectado por el arquitecto Luis Gutiérrez de Soto, responsable del diseño de la coctelería Chicote, era un edificio singular. Precedido en la entrada por un espigado luminoso con forma de palmera, su autor pretendió crear, según él, “una especie de jardín de invierno en un país caluroso”. Allí sonaban los ritmos tropicales de Los Tamara, cuyo repertorio abarcaba desde el tango hasta el bolero. Pucho alternaba el micrófono con otro vocalista, que se encargaba de las canciones más pop, mientras que él interpretaba rancheras, jotas, merengues, estándares anglosajones, clásicos de la canzone y joyas de la chansonen español, inglés, francés, italiano o ¡griego! (escúchese Zorba el griego, de Mikis Theodorakis, quien compartía repertorio con Otis Redding, Elvis Presley o Wilson Pickett). “Fueron de los primeros que tocaron un twist en España”, recuerda Nonito Pereira. Ojo, porque Los Tamara también presumían de souleros y hasta se atrevían con himnos como Hutsch, compuesto por Joe South, antes de que lo popularizasen mundialmente Deep Purple o Kula Shaker.

En clave local, fueron unos pioneros en el uso de la lengua gallega, pues se adelantaron a la canción protesta de Voces Ceibes. Sus letras no eran políticas, aunque todo es relativo. Un texto sobre alguien que se ve obligado a dejar su tierra atrás para ganarse la vida —los protagonistas de sus canciones o, incluso, los propios miembros de la orquesta— está describiendo, de algún modo, al país que lo expulsa, en este caso una dictadura autárquica que se resiste a cualquier tipo de apertura. Si nos fijamos en el detalle, Monólogo do vello traballador es un himno obrerista templado por los metales que sonrojaría a los actuales dirigentes de Comisiones y UGT: “Dinlle ao patrón a frol do meu esforzo / i a miña mocedade. Nada teño. / O patrón está rico á miña conta; eu, á súa, estou vello. / Ben pensado, o patrón todo mo debe”. Era el poema musicado favorito de su autor, Celso Emilio Ferreiro, que denunció la larga noche de piedra en la que estaba sumida Galicia. “A mi padre le gustaba porque resumía en una canción la teoría de la plusvalía de Marx”, le confesó Luis Ferreiro a Xurxo Souto, agitador cultural y líder de la banda de rock bravú Os Diplomáticos de Monte Alto.

Manuel Rivas ha pedido repetidas veces que se le dedique el Día das Letras Galegas. En 2002, escribió a la Real Academia una carta en la que exponía los motivos para concederle tal distinción: “Cantó a Rosalía, a Añón, a Curros, a Celso Emilio… Hizo de esos poemas himnos populares. Tuvo coraje, tuvo amor y tuvo sentido de la belleza”. Años antes, el autor de El último día de Terranova lo había calificado como “el cantor más venerado por las gentes humildes”. Una devoción comparable, en el terreno deportivo, a la motivada por las gestas de Luis Suárez o Amancio, quien compartió pupitre en el colegio de Doña Manolita con Peri, el batería de la banda. “Hay que destacar su labor a favor del idioma y las raíces”, subraya Fernández Rego, mientras que Nonito Pereira deja claro que era un grupo de boîte hasta que con Galicia terra nosa (1964) “explota la vena galleguista y se rodea de una aureola cultural”. Hasta entonces, no les habían dejado cantar en su idioma, pero Zafiro toma nota del éxito de ventas y les da carta blanca. “Ahí nace el mito galleguista de Los Tamara”, apunta Pereira. En casa ha nacido una superestrella, mientras que en la diáspora el crooner coruñés se erige en el símbolo de la matria ausente. Como dice Souto, “la cultura flamenca tiene a Camarón y nosotros, a Pucho”.

Hace un mes, se descubrió una placa en la calle Benela, donde se escuchó por primera vez su voz. Allí estaban sus vecinos, los gaiteiros Os Viqueiras de Ordes y Sito Sedes, su sustituto en Los Satélites de A Coruña cuando la banda rivalizaba con la Sintonía de Vigo. Una pelea de gallos sólo comparable a la protagonizada hoy en día por las orquestas Panorama y París de Noia, a la que habría que sumar su carácter de derbi geográfico. Grabados en la piedra, los versos de Manuel Rivas: “No teu canto, / o amor venceu a morte, / a lingua foi chorima, / e latexou o corazón na noite / PUCHO BOEDO, / o neno da Silva, / a estrela do pobo, / mentres ti cantes / vivirá Galicia / nunha esperanza incesante”. El homenaje se suma al busto de la plaza de Azcárraga y a la estatua de O Ventorrillo, limítrofe con la Agra do Orzán, construida por los emigrantes llegados en los sesenta desde las parroquias de la comarca de Bergantiños y uno de los bastiones de la ciudad en el uso de la lengua gallega. Un barrio cuya válvula de escape es la Avenida de Finisterre, que conduce a Carballo, donde Boedo solía dar uno de los primeros conciertos de la temporada veraniega. “Primero con Los Satélites y después con Los Tamara, no fallaba en las fiestas de San Xoán”, rememora María Lorenzo, que regentó durante años O Vinteoito.

La taberna estaba a escasos metros del palco, adonde se subía el cantante coruñés después de dar buena cuenta de unas tapas de pulpo y calamares. “En el descanso, a eso de las once de la noche, pedía carne asada y vino. Y a la una de la madrugada se tomaba unos cafés y, a veces, incluso otro pincho”. Cenas pantagruélicas regadas con ribeiro durante la actuación. “Mero, mi marido, les regalaba una botella de coñac o de vino para que la bebiesen en el escenario, y ellos siempre correspondían dedicándonos una canción”, recuerda María. La verbena era la expresión cultural por excelencia en aquella Galicia. “El baile duraba hasta las siete de la mañana y por la noche no quedaba nadie en casa: el pueblo entero iba a verlos. Venía toda A Coruña, estudiantes de Santiago y hasta gente de Lugo”. Además de sus dotes musicales, era un conquistador. “Guapísimo, educado, bien vestido… Una maravilla, no como los trapalleiros que anda ahora por ahí”, añade la dueña de O Vinteoito, que con su cierre mandó de vuelta a casa a los taceiros, quienes entre trago y trago de ribeiro entonaban a capela las cantarelas de Los Tamara y otros clásicos populares. Signo del fin de una época, cuyos ecos todavía se escuchan en alguna tasca de la capital de provincia, donde el alma de Pucho sigue resonando.

“Todas las chicas se volvían loquiñas por él”, reconoce su viuda, Xulia López, en el documental dirigido por Xurxo Souto, emparentado con Los Satélites, pues su abuelo tocaba el saxofón y un tío, la trompeta. “Era un hombre de la noche, un golfo elegante, un tío muy molón que siempre sacaba pecho… O sea, el chic de Los Tamara”, lo describe Nonito, quien deja claro que era “muy buena persona” pese a que “había gente del mundillo musical que no lo tragaba por sus ínfulas o por envidias”. Enrique Paisal, teclista y fundador de la orquesta, aseguró en su día que llegaron a tocar en la casa madrileña de Ava Gardner. Motivo suficiente para codiciar su trono, que pronto empezaría a cojear. “Era una persona fenomenal, la pena es que no se cuidase”, se lamenta María.

El cantante llevaba una vida frenética, resumida por Miguel Ríos en el documental: “Tenía una resistencia… Era un atleta de la noche”. El roquero granadino, cuando el reloj marcaba las dos de la madrugada, buscaba excusas para desembarazarse de su colega gallego, incapaz de seguirle el ritmo. “Bebía aguardiente como si fuese agua mineral”, añade Amador, exfutbolista del Atlético de Madrid, que terminaría acogiéndolo en su discoteca de Palma de Mallorca. Los Tamara, en la plenitud de su carrera, ya planificaban su salto a Estados Unidos cuando a Pucho le diagnostican una enfermedad renal durante una visita a la isla balear. Allí se quedaría, atado a una máquina de diálisis tres veces por semana, sin perder su sentido del humor. “Yo no me muero”, decía. “A mí hay que matarme… y por la espalda”.

La fama y el cariño quedaban lejos, aunque contaba con el apoyo de Amador y de Paco Buyo, que jugó de portero en el equipo local antes de fichar por el Deportivo, el Sevilla y el Real Madrid. Sin embargo, a Boedo le podía el corazón y, además, necesitaba el dinero, por lo que siguió cantando en solitario. “¿Piensas volver al terruño?”, le preguntaba un reportero de televisión. “Yo jamás he salido de mi tierra”, respondía Pucho, como podría hacerlo cualquier gallego en la emigración. Cuando llegaron los homenajes de A Coruña y de Londres, se colgó el cartel de “no hay billetes”. En el Palacio de los Deportes de su ciudad lo secundaron Betty Missiego, Juan Pardo y Rocío Dúrcal. Había tanta gente que fue necesario habilitar la grada posterior al escenario. Cinco de enero de 1979: “Nunca pensé que tuviera tantos amigos”, agradece el crooner cuando sale al escenario. En el Porchester Hall, el programa era de cinco horas, pero la velada se demoró casi el doble, y eso que hubo que cancelar cuatro actuaciones porque la noche se había echado encima. Cuando se despidió con Galicia Terra Nosa (“E despóis na miña terra / quero vivir e morrer”), el público se puso en pie y gritó: “¡Pucho non morras! ¡Quédate con nós!”. Nonito Pereira, que ejercía de maestro de ceremonias, tampoco pudo evitar la emoción: “Regresé de Inglaterra con la sensación de que iba a ser eterno”.

Hubo Los Tamara sin Pucho, mas ¿habría Pucho sin Los Tamara? ¿O, mejor dicho, sin Prudencio Romo? “El primero era un frontman con muchísimo tirón. Tenía un gran magnetismo como cantante y no hubo ninguno como él”, aclara Fernández Rego. “Ahora bien, el segundo fue el ingeniero en la sombra, el responsable de los arreglos de la banda y uno de los creadores del pop en gallego”, añade. “Prudencio, un gran técnico e ingeniero de sonido, era el arquitecto de Los Tamara, quien realmente dirigía el cotarro”. Javi Álvarez abunda en esta idea: “Romo es el cerebro visible, como compositor y arreglista, de un grupo que atesoraba una calidad instrumental sólo comparable a Los Pekenikes”. El músico de Fluzo y Dúo Cobra rechaza que fuese una banda de acompañamiento y recuerda que Boedo era “la voz cantante que nubla los méritos del resto”, aunque no le resta importancia a su faceta de galán y a su gran voz. Peri, el batería, imparte justicia: “Uno hacía las canciones y otro las bordaba”. Admirador de la orquesta de Noia, Álvarez ajusta cuentas con la letra impresa: “Las comparaciones de Pucho con Frank Sinatra y otros crooners son un intento de mitificación que ha habido en los últimos años por parte de la prensa local. Han construido una historia, pero no es del todo cierta, porque han vendido a Los Tamara como el backing group del solista coruñés, cuando no es así”.

Para él, era una orquesta, no un grupo de pop, donde los vocalistas cobran más importancia y protagonismo. “Colaron como grupo yeyé, sin embargo eran unos viejos entre modernos. En ese sentido, no compartían ideología ni sesgo cultural. Es un relato perversamente ideológico, y te lo dice alguien a quien le gusta mucho Pucho”, concluye Álvarez, sin ánimo de ofender, pero sí de situar a Romo a la altura del cantante. Infelizmente, ambos habían compartido la desgracia de la represión del golpe de 1936. Hijo de un guardia de asalto conservador, permaneció fiel a la República, lo que motivó su encarcelamiento en el Castillo de San Antón “en unas condiciones que impresionaron de tal forma a su hijo que estuvo un mes sin hablar”, escribió Xosé Manuel Pereiro tras su muerte, en 1987, durante la convalecencia de una operación del corazón en el hospital de Santiago. A Pucho y a Prudencio, además de la música, también los unía el horror, aunque el primero vería cumplido uno de sus sueños. “Amigo, aquí tienes a una de las personas más queridas, que acabo de conocer”, le espetó Boedo a Manolito Núñez, miembro de la orquesta Foliada. “Te presento a mi hermano. Hace cincuenta años que no lo veo”. Era Manuel, el sindicalista huido.

“Un tipo, cuando tiene problemas, los refleja”, le confesó el cantante a Rivas en 1981 mientras pisaba la arena de la playa de Santa Cristina. “Si las canciones son tristes, melancólicas o románticas, sale. Y si dentro de ti llevas algo de romanticismo y de melancolía —porque nuestra tierra y nuestra raza es así, y no debemos cambiarla— pues mejor todavía”. Para el periodista y escritor coruñés, aquel niño había salvado la vida “para convertirse, de adulto, en un mito de la canción popular que al cantar hacía sonar las voces desaparecidas de Resplandor en el Abismo“, el ateneo libertario cuya biblioteca fue pasto de las llamas mientras el fascismo ejecutaba a buena parte de sus miembros, incluido su padre y un hermano. “Su figura permite trazar un recorrido histórico”, afirma José Manuel Sande, concejal de Cultura del Concello de A Coruña, que ha aprobado concederle una calle por su “arraigo popular”, por su “carácter casi épico” y por su condición de personaje “emblemático” como vecino, músico y defensor del gallego.

Si bien treinta años después de su muerte ya le han adjudicado la vía, aún se desconoce su ubicación. “Dado que ya cuenta con otros honores repartidos por la ciudad”, apunta Sande, “tendría más sentido que fuese en su barrio”. El mismo que cada septiembre le rinde tributo con el Día de Pucho Boedo, organizado por A Tropa da Tralla. “Es un talento único, una de esas figuras que condensan en su vida y en su quehacer todos los estilos del arte con mayúsculas”, afirma el líder de Os Diplomáticos. “Le pasa como a Carlos Gardel, que cada día canta mejor. Y él lo hace, como diría Nonito, con las cuerdas del corazón”, añade Souto antes de recordar la última actuación de su vida, que tuvo lugar durante la gala de fin de año de la TVG de 1985, un mes antes de su muerte. Antes de desaparecer entre bambalinas, elige su canción favorita, O vello e o sapo, un poema de Curros que había mandado musicar a Romo. “De ella brota todo el dolor infinito”, afirma el autor del documental. Cuando la entona, levanta el brazo y esgrime su puño cerrado. “Y con ese saludo libertario, el gran círculo se cierra. Aunque él nunca llegó a morir, porque Pucho es una emoción colectiva”.

(Publicado en el diario Público en noviembre de 2016)

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Sílvia Pérez Cruz: “Le canto a la pena para librarme de ella”

Sílvia Pérez Cruz

Dicen quienes la han visto allí arriba que encarna la emoción, que es el vivo sentimiento. Palafrugell, año de 1983: Sílvia Pérez Cruz.

Blanca sobre negro, qué bien luce sobre la mesa el vinilo de Vestida de nit (Universal). Y qué gusto poder tocarlo, ahora que la música es tan líquida.

Todo es como el aire, que se te escapa. Pero en vinilo parece más de verdad, ¿no? Y, ahora que tenemos tantos inputs, también le da valor. Internet claro que es bueno, porque tienes más alcance, aunque gestionar tanta información resulta difícil. Hace muy poco que uso el tocadiscos, pero me gusta la relación que estableces con el objeto, que hasta necesita que le des la vuelta.

Algo con lo que jugó en la edición doble en vinilo de 11 de novembre: en una cara, las canciones más tristes; en la otra, las más alegres.

En vinilo, había otro ritmo y, por tanto, otra escucha. Por eso, pensé que cada cara debía tener un color. Saber ordenar el repertorio es muy importante. Sea un cedé, un vinilo o un concierto, el oyente necesita que lo guíen por un sitio u otro.

¿A usted no le ha quedado otra que ser ordenada o es algo desastre con la agenda?

Puedo ser caótica, pero yo me entiendo y todo siempre tiene un sentido. En principio, me gusta el caos, aunque con el tiempo he aprendido mucho y ahora debo ser muy ordenada. Por suerte, cuento con gente que me ayuda, porque tengo mucho trabajo y, además, soy madre.

Presume de equipo. ¿Se ve como su cara visible o se basta sola?

Creo mucho en el equipo, porque es un engranaje que suma. Juntos, todo sale mejor. Para mí, el éxito es encontrar un buen equipo. Ahora bien, necesito que me ayuden, porque si no tendría que hacerlo todo yo sola. Por cómo se me ha criado, no sólo canto, sino que me gusta la creación, la fotografía, la estética… Por eso prefiero hacerlo con gente, porque así me relajo y me centro más en lo que me toca.

De usted, ¿ya se ha dicho todo?

No te creas. Las entrevistas acaban siendo conversaciones y reflexiones sobre el arte. Es muy personal, tanto para mí como para el que pregunta. Aunque he hablado mucho de algunos temas concretos, como la conversación está viva —en el fondo, se habla de mi manera de ser y de vivir— va mutando. Siempre tengo algo que decir, porque me dejo el alma en cada cosa que hago.

Vayamos atrás en el tiempo: Sílvia Pérez Cruz, la niña cantora.

Aunque parece una historia de cuento, todo fue mucho más normal. Nací en una familia donde la música era una manera de comunicarse. Fue mi base, por eso en la música me siento como en casa. Mi padre, Càstor Pérez Diz, era un apasionado de las habaneras que buscaba canciones perdidas en Cuba. Mi manera de relacionarme con él fue a través de ellas. Cantar era nuestra conversación.

Frecuentaba una taberna de Calella, La Bella Lola, donde un par de veces al año interpretábamos juntos dos o tres temas. En ese ambiente descubrí mi vocación: aunque había empezado a estudiar música a los tres años, a los doce sentí que necesitaba hacer eso.

Qué precocidad.

Bueno, te apuntan, empiezas a hacer expresión musical… A los cinco empecé piano; a los siete, saxo… Toda la vida haciendo mil cosas. Aparte, mi madre, Glòria Cruz, tenía la escuela de arte. Y con ella descubro mi camino.

Escuela en la que también echó una mano.

La ayudaba a montar y a dar las clases. Y, a veces, también las recibía. Allí, los niños pintaban con tinta de calamar, tocaban el sonido y cosas así. Para mí, aquella escuela era la felicidad y marcó la manera de relacionarme con el arte: en libertad y con confianza.

¿Quién pesó más, su padre o su madre?

Mi madre, porque me ha criado ella. Yo no veía a mi padre, sólo me relacionaba con él cantando. Lo que pasa es que se murió y se creó toda una… De él aprendí a hablar cantando. Era mi forma de comunicar lo que yo sentía. Con el viví las primeras experiencias y aprendí de su humildad y del amor que le profesaba a las canciones. Pero la que me ha enseñado a ser, incluso a disfrutar de esos momentos con mi padre, fue mi madre. La academia no era nada académica, sino una filosofía de vida.

De hecho, su madre dejó a los bachilleres, que le resultaban más rígidos, por los niños de la academia Alartis, que eran como esponjas.

Empezó a dar clase en el instituto a chavales de dieciocho años y vio que no sabían expresar lo que sentían. Entonces se dio cuenta de que tenía que enfocarse en los pequeños, porque son la base. “Hay que ayudar a que los niños sientan”, pensó, y empezó a dar clases mezclando la guitarra y el dibujo.

Sus abuelos maternos eran del Ampurdán, aunque tuvieron a su madre en Murcia y luego regresaron a Girona. Los paternos eran gallegos y su padre, en cambio, nació en Catalunya.

Sus dos hermanos nacieron en Correchouso —una aldea de Laza— y él, en Coll de Nargó, aunque es muy gallego. No recuerdo a qué se dedicaba mi abuelo, porque no lo conocí, pero su mujer era muy bestia. El aguante y la supervivencia: ¡la señora Luisa! Mi canto tiene que ver con el canto de las abuelas de la península Ibérica.

Que sumado a su arrojo de juventud…

Nunca he tenido miedo. El arte es lo que más me gusta y a través de él entiendo algo la vida. No lo puedo evitar: es una necesidad de aprender, de conocer, de cantar, de tocar, de crear… Haciendo esto soy feliz.

Flamenco, jazz, pop, bolero, fado, música tradicional catalana y gallega, folclore ibérico y suramericano… ¿Qué palo le falta?

Muchos. No tengo problema en abordar ninguno. Lo que pasa es que si no lo siento, no lo puedo hacer. Es algo muy personal, que también depende de las personas con las que te vas cruzando. No me importaría cantar con una banda punk o sobre bases electrónicas. Antes hablábamos del equipo, pero me ha venido bien cantar sola. Reencontrarme con la guitarra y sentir el vértigo de mi propio silencio es muy terapéutico. Me encanta compartir, porque le da sentido a todo, aunque a veces necesito esa soledad.

En cuanto a estilos, yo canto canciones, pero también emociones. No tengo reparo ni miedo alguno. Ahora mismo estoy tan en paz con todo lo que he hecho, que me apetece seguir arriesgando para descubrir cosas en profundidad a través del arte y la emoción.

Parece que convierte en oro todo lo que toca, porque ha cantado desde La Macarena hasta El tractor amarillo.

Como las canciones de las que disfruto más son muy bestias a nivel de intensidad, necesito algo de humor: o reírme de mí misma o hablar un poco de cachondeo. Al final de Vestida de nit, que toma el nombre de una habanera compuesta por mis padres, empezamos a improvisar y ahí me vinieron a la cabeza los hits del verano.

Una vez, mientras recibía clases de saxo, Sheila Jordan impartía un seminario en otra aula y me puse a espiarla por la ventana. Su clase era de canto y ella —una cantante de jazz de 89 años, con la que he cantado hace poco— repartía canciones, hasta que una chica le dijo que le había tocado una muy fea. Entonces, le respondió: “Las canciones no son feas, tú las haces feas”.

Yo comparto esa filosofía. Por supuesto, hay algunas que son maravillosas y otras, mucho más cómodas. Sin embargo, a veces te encuentras con bellezas escondidas. Por ejemplo, la Lambada, que siempre ha sido denostada. De niña, me encantaba el videoclip. Vale que estábamos en verano y era pequeña, pero yo ahí veía una melodía: “Chorando estará, ao lembrar de um amor”. Había una emoción que me apetecía rescatar.

Amália Rodrigues, Fito Páez, Lola Flores… Pese a que son versiones, usted las hace suyas, véase el Pequeño vals vienés de Leonard Cohen.

Es un viaje personal. Cuando se han hecho versiones tan bonitas [como la de Enrique Morente en Omega], no tienes que superarlas, sino desear cantarlas y darles tu propia voz. En la interpretación, además, hay que reivindicar la creación, porque siempre puedes añadir cosas.

Este disco tiene temas que me resultan familiares para poder investigar a nivel sonoro, no se trataba simplemente de unir canciones. Lo hice con un quinteto de cuerda que tocaba de memoria, rompiendo las dinámicas y sin miedo a equivocarnos. No buscábamos la perfección, sino vivir esa experiencia en equipo.

Las canciones, a veces, son excusas y vehículos. Quería investigar, pero al tiempo mantener un pie en algo conocido. Y aquí hay muchas canciones que ya son estructuras que se pueden permitir muchas cosas.

Vestida de nit, que homenajea a sus padres, es un disco pelado: su voz y el quinteto de cuerda.

Al margen de En la imaginación, grabado con el trío de Javier Colina, éste es el disco donde canto más como en el directo. En realidad, tocamos todos los músicos a la vez y apenas añadí un par de voces y algún efecto sutil que apenas se percibe, una cuestión casi de estómago. Es la emoción del directo. Un quinteto clásico con modos populares. Yo los dirijo mucho, porque cambiamos los tiempos y hay silencios.

Le gusta dirigir la orquesta.

Es necesario. Y a nivel físico estoy en un momento en el que necesito bailarlo más. Aunque cantes con los ojos cerrados y estés en tu mundo, le estás cantando a alguien que está ahí, a tres metros de ti. La voz es muy intensa y las cuerdas son como un mar que para el tiempo.

Hablando de estómago, usted canta desde las tripas, lo que le permite abordar nuevos géneros con respeto. Llama a la puerta antes de entrar. No ha venido para quedarse. Digamos que no tienen por qué verla como una paracaidista.

Como una intrusa, ¿no? Es así. Además del respeto, se nota el amor por lo que hago y el aprendizaje acumulado. Conozco muchos lenguajes y sé moverme. También soy consciente de lo que puedo aprovechar de mí, así como de lo que se puede tocar o no. Es muy bonito sentirte bienvenida en tantos sitios distintos. El otro día estuve en el homenaje a Pepe Habichuela y pensaba: “¿Qué hago aquí?”. Sin embargo, ellos estaban emocionadísimos.

Si tuviera muchas vidas, en una vida sería cantaora; en otra, jazzera; en la siguiente, tanguera… Dedico mucha energía a buscar el punto de unión entre los estilos y he llegado a la conclusión de que mi trabajo tiene que ver con el peso y la verdad.

Cuando estuve en Brasil, quizás mi acento no era muy sambado, pero notaban que había conocido la verdad desde otro sitio. El punto de partida tiene que ser honesto y el resto se puede ir aprendiendo.

Ha cantado en castellano, catalán, gallego, portugués o inglés. Cuando compone, ¿qué lengua le viene a la lengua?

Depende de la canción, porque cada idioma tiene su musicalidad. Cuando compones la música, te puede sonar a portugués o a catalán. Por ejemplo, My Dog, incluida en la banda sonora de Domus, me sonaba a inglés, aunque no sea un idioma que yo controle. Además, depende del idioma que escojas, le das una fuerza u otra. La lengua es un elemento más en la paleta.

Cuando la música es emoción y sentimiento, no siempre es necesario entender la letra, ¿no?

Al principio, con la música tenía de sobra. Sin embargo, cuando conecté con el lenguaje flipé. Si puedes sumarle la palabra a la música, es un despiporre. Claro que con la música resulta suficiente, pero si puedes añadirle un mensaje, mejor. Y hay que saber qué se dice, aunque cada uno lo interprete o lo pronuncie como pueda.

Su mensaje es sutil a la hora de abordar ciertos temas. Prefiere quedarse al borde del precipicio, como si no fuera necesario decirlo todo.

Hay muchas capas. Puedes decidir ser muy concreto o no serlo. Yo hago más bien una pequeña revolución emocional. Estar vivo es primordial, porque estamos muy dormidos. Yo me sincero para que tú te sinceres, de modo que te encuentres con tus emociones y te sientas más vivo, porque nos constriñen unas corazas enormes. Eso se me da bien, aunque si un día me interesa hacer algo más concreto, lo haré. Para mí el arte es libertad, no algo obligatorio.

¿Y los conocimientos de los últimos años nos han hecho despertar? ¿Hemos abierto al menos un ojo?

No sé si es el despertar al que yo me refiero. Ahora hay más opinión, sabes lo que piensa la gente. Yo me refiero a un despertar individual, personal, de responsabilidad con uno mismo, con su vida y con sus decisiones. Hablo de la masa madre del ser humano, que luego puede concretarse en lo demás, pero me cuesta hablar de…

¿Cree que, después de todas las luchas recientes, el fruto ha sido magro?

Me cuesta hablar de eso, porque ha habido agitación, aunque a veces la agitación no está más viva que la calma. No lo sé.

Volvamos, pues, a la música. Decía antes que empezó a estudiar solfeo a los tres años: piano y saxo clásico. ¿Le gustaba más tocar o jugar?

Para mí era un juego. Tuvimos profesores muy buenos, como el de saxo, que me decía: “No te olvides que la música es para disfrutar”. Luego, jugando en casa con mis amigas, era muy creativa y me montaba unas películas tremendas. Pero la música me apasionaba, no era una obligación. Realmente, hacía mil cosas. Pasaba muchas horas con las actividades extraescolares. Para mi madre, incluso en momentos de dificultades económicas, la música era una prioridad. Creía que era una pena cortar todo eso.

Una niña pequeña cantando cosas de mayores.

La elección de aquel primer repertorio tiene que ver con mi padre. Ahora estoy descubriendo que las canciones que le gustaban eran una manera de acercarme a él. Un día pensé: “¿Por qué yo cantaba Alfonsina y el mar con doce años?”.

La descubrí con ocho, uno menos de los que tiene mi hija, a la que ni de guasa me imagino cantándola. Ahora bien, yo entonces tenía una sensibilidad sin prejuicios. Me pasa también con las personas: no veo lo evidente, pero sí las cosas especiales de cada uno. Para eso tengo una empatía singular.

¿Qué fue del género? ¿Dónde puede hallarse hoy el canto tabernario?

Desde que murió mi padre, no lo vivo, aunque era muy emocionante. La parte más conocida de las habaneras no me toca, es ajena a mí. Sin embargo, cuando canto, busco recuperar ese ambiente de taberna, de madera, de ojos vidriosos y de la gente compartiendo las penas y las alegrías, porque allí se reía mucho, pero también se lloraba. Es algo auténtico que me emociona.

Le canta a la pena, pero se le ve una persona alegre.

Soy una persona muy sensible que vive las cosas intensamente. Le canto a la pena porque son las canciones que me hace remover más. No obstante, también me río de ella y me sirve para limpiar mis penas, o sea, para ser feliz. Le canto a la pena para librarme de ella.

A veces, las canciones tristes reconfortan, procuran una melancólica felicidad mullida como una manta.

La tristeza hay que vivirla y aceptarla, como si no pasase nada. Siempre hay un renacimiento.

Ha sido una artista precoz, si bien la vida también le dio pronto una hija y le quitó a un padre.

La vida y la muerte, siempre presentes. Fui madre a los veinticinco y perdí a mi padre a los veintisiete. Fue importante para mí, porque aprendí los límites: hay un momento en el que la biografía se acaba. Cuesta entenderlo, pero te mueres. Asimilar eso me quitó muchas tonterías. Me sacudí lo que me hacía infeliz y me centré en lo que me hacía feliz. No me refiero sólo al goce y al disfrute, sino a cosas que te quitan energía y te hacen sufrir. Aunque siempre he tenido los pies en el suelo, me ayudó todavía más a vivir el momento.

Me imagino que usted, licenciada en canto-jazz por la Escola Superior de Música de Catalunya, siempre tuvo claro a qué quería dedicarse. ¿Llegó a vislumbrar este momento?

Nunca visualicé todo esto. Para mí es simplemente un momento que viene detrás de otro.

¿Se siente orgullosa de haber sumado a gente joven a la canción popular o tradicional?

Ahora me estoy dando cuenta de que he influenciado a muchísima gente, cosa que antes no entendía. Aunque es un piropo, me cuesta mucho ver todo esto. Incluso el éxito, de verdad te lo digo, porque es mi vida y mi pasión. Voy pasito a pasito y no veo tanta diferencia entre uno y otro. Lo que estoy haciendo es compartir mis valores y mi pequeña verdad.

Aunque en la interpretación cinematográfica o teatral no hay música, sino voz, usted debe meterse en la piel de varias intérpretes cuando canta para hacer suyas otras músicas.

Hay cosas en común, pero más abstractas. El silencio, el saber escuchar, el ritmo, la melodía y la curva emocional. Cuando canto, siempre soy un poco yo. Sé que a las actrices, en el fondo, les pasa lo mismo, pero yo —aunque cante cosas que no he vivido— sigo siendo Sílvia, no tengo el nombre de un personaje. Luego, a partir de la música, llego a un trance y canto las penas o las alegrías de todos, no sólo las mías.

Sin embargo, en el canto, ¿qué realidad imitas? Es más, ¿qué coño es la realidad? Todavía no entiendo eso de “hablar la realidad”, pero el resto tiene mucho que ver con la interpretación: confiar, dejarte llevar, que te afecte el otro…

En Cerca de tu casa, de Eduard Cortés, interpreta a la desahuciada Sonia, que le valió un Goya a la mejor actriz revelación. ¿Le ha caído alguna otra oferta? ¿Se ve de nuevo delante de la cámara?

Me han hecho varias propuestas, sin embargo no es mi vocación ni mi oficio. Lo que pasa es que a veces me ofrecen cosas tan bonitas que… Ahora, por ejemplo, acabo de participar en la música de Memorias del calabozo, de Álvaro Brechner. Luego me pidió que hiciese una escena. La historia —aunque dura— es tan bonita y confío tanto artísticamente en él, que le dije que sí.

¿Qué le hace sentirse más viva?

El arte y mi hija. Mi hija y el arte.

(Publicado en el diario Público en noviembre de 2017)

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